Parte I
¿Qué onda con el clóset?
Flint tiene los ojos más bonitos del mundo. Reflejan el cielo levemente opaco; no son tan claros ni tan oscuros, sino que tienen el color perfecto que me derrite cada que los tengo de frente. Y, por alguna extraña razón, nos encontramos delante el uno del otro, en un sitio lleno de luz blanca, como un estudio para las fotografías de modelos de ropa. ¡No importa! ¡Estoy frente a Flint Meyers! Mi mejor amigo, el chico que me roba suspiros cada que tomamos las clase en el cole y que, cuando nos sentamos juntos y nuestras manos rozan, siento pequeños espasmos en el pecho. ¡Y aquí está, delante de mí! Sonrío como un bobo y acorto la distancia. Levanto la mano y acaricio la suya. Él esboza una sonrisa, y el calor invade mi rostro. Estoy con el corazón desbocado. Flint aprieta mi mano y se acerca más. Habla, pero no sé que dice. Es como si una estática se interpusiera en sus palabras. ¡Joder! Quiero escucharlo porque su voz me alegra el día, como si fuese una buena rola de Electrónica o Hip-hop. Exhalo con pesadez. Al parecer, mis pulmones han olvidado el ritmo natural con el que debo respirar. Estoy nervioso. No puedo negarlo. Flint da otro paso al frente, mientras yo me humedezco los labios. Creo que estoy en una escena de alguna película cursi, de esas que le gustan a mamá, donde el chico está a punto de declarársele a la chica. Me atrevo a tocar la mejilla de mi amigo y lo beso con movimientos torpes. El cuerpo no deja de temblarme del estrés. Flint responde la caricia y parece que volamos. ¡Esto tiene que ser una maldita broma! ¿En qué momento nos revelamos sentimientos? Lo último que recuerdo es que estábamos en la clase de Matemáticas, con el odioso profesor Robles, hablando sobre teoremas y un tal Pitágoras. Flint y yo hacíamos dibujos ridículos en el cuaderno y nos burlábamos de Tommy Dallas, el gordito del salón, porque se había resbalado en la clase de deportes. El profe Robles nos regañó y nos dijo que “otro chiste de esos y los mando a detención”. Pero no le hicimos caso y seguimos. ¿Si así fue, por qué estoy delante de Flint? ¿Por qué nos hallamos en la blancura de un sitio desconocido? ¿Por qué nos estamos besando? ¿A cuál dios debo ofrecerle mis plegarias y sacrificios por haber hecho mi sueño realidad? ¡Oh, Flint! Si supieras que desde el primer año de bachillerato he estado enamorado de ti, ¿qué me dirías? ¡Todo es perfecto! El sabor mentolado de su boca, el calor de sus besos, nuestras manos que se entrelazan y a veces exploran hacia el cuello y… ¡Pum! ¿Qué carajos fue eso? Siento como si algo me hubiera golpeado la espalda y la cabeza. Me alejo un poco y, de pronto, veo que Flint se asemeja a un holograma de esos que se proyectan con los lentes de Realidad Virtual de las consolas modernas. Intento tocarlo pero se desvanece. ¡No! ¡No! ¿Por qué? ¿Acaso es un castigo divino? ¿Es porque todas las noches discuto con mamá sobre las calificaciones y los “futuros” posibles que ella y papá desean para mí? —¡Ray! —Una voz femenina se oye en los alrededores. Miro a los costados, pero lo único que hay es la extraña blancura. —¡Ray! ¡Joder, muchacho! ¡Otra vez te quedaste dormido! ¿Mamá?, pienso, con unas ansias enormes. Creo que me va a dar un tic en el ojo. ¿Qué va a decir si me ve besándome con Flint Meyers? ¡No estoy listo para esa conversación! ¡Mucho menos para que le diga a papá y termine por desheredarme y echándome a la calle! Respira hondo, Ray, respira hondo, como los ejercicios ridículos de meditación que haces con Elisa, me repito en un monólogo, al recordar a mi hermana mayor, pero me doy cuenta de que no puedo moverme. —¡Ray! No sé si sigo dentro de la habitación blanca, debido a que siento como si cayera por un tobogán acuático en los que te obligan a usar un salvavidas de dona gigante para que disfrutes las curvas sin destrozarte el culo. Hasta que los alrededores empiezan a cambiar como una pintura de acuarela chorreante y, finalmente, diviso mi recámara. El techo está adornado con un ventilador de candelabro con bombillas en forma de flores o ¿campanas? Nunca he sabido qué carajos son. Pero me dan una lata cuando se funden. Muevo la cabeza y me doy cuenta que la cama está delante de mí, en lugar de que yo esté sobre ella. ¿Me caí? ¿En qué momento? Me pongo de pie y toco mi nuca, donde hay un chichón acompañado de dolor. ¡Mierda! ¡Todo fue un jodido sueño! Recojo las sábanas regadas por doquier y miro el reloj sobre el buró junto a la cama. Faltan treinta minutos para las ocho en punto, y la escuela inicia precisamente a las ocho. Mamá tiene razón, llegaré tarde. Pero no es como si me importase. Bueno, sí me importa, pero no mucho. Todavía no tengo idea de lo que quiero hacer después del bachillerato. No soy Mauricio, mi hermano mayor, quien heredará el imperio de la empresa de pesca y transporte marítimo de papá, ni tampoco soy Elisa, quien decidió estudiar ecología y sistemas de no sé qué carajos en la mejor universidad de la ciudad. Mamá está muy orgullosa de ella. Yo no tengo ninguna habilidad, a excepción de que me gusta el baloncesto. Verlo, en realidad. La música Hip-hop es mi hit, así como escribir canciones. ¡Eso es! Abro el cajón del buró a toda prisa y saco mi libreta de la inspiración que está adornada con un montón de calcomanías de mis superhéroes favoritos y artistas preferidos. ¡Los mejores DJs me acompañan en mi travesía para componer! Estoy seguro de que ese sueño significa algo muy bueno. Si le dedico a Flint una rola con estilo, para luego decirle lo mucho que estoy enamorado de él, seguramente me dirá que también siente lo mismo y que ha sido así desde el primero año. ¡Sabía que Elisa no mentía cuando me dijo que los sueños tienen significados! Algo bueno tenía que aprender de todas las quejas del medioambiente que suele mencionar. Me siento al borde de la cama, con las piernas cruzadas, con el pijamas desacomodado y el cabello alborotado. No importa cómo lo peine, siempre será esponjoso y rebelde. No le doy más importancia. Es momento de que los maestros de la música y el arte me ayuden a describir todo lo que Flint me hace sentir. Anoto un par de líneas, cuando mamá abre la puerta y me arroja una mirada entornada, enfurecida, de esas que se sienten como cuchillas en el pecho. El ceño fruncido no ayuda mucho a su imagen agraciada, como dama de alta sociedad, o como ella se hace llamar. —¿Todavía no te cambias? Ray, no te voy a esperar. Tengo cita con unos doctores y luego con los abogados de papá —dice tan rápido que creo que está a punto de morderse la lengua. Me levanto, escondo la libreta debajo de la almohada y me meto rápidamente al baño. Abro la ducha y le digo que salgo en cinco, lo cual es mentira. Me toma casi quince minutos arreglarme, en especial porque tengo que darle forma al peinado esponjoso como una bola de algodón negro. ¿Cómo carajos le hacen los mejores basquetbolistas para mantener sus cabelleras intactas cuando juegan en las finales enloquecedoras? Una vez que termino de ponerme una playera con el logotipo de mi equipo favorito, guardo algunos libros en la mochila que está en el escritorio junto a la ventana, luego agrego mi libreta de la inspiración y agarro el teléfono móvil que había dejado en el buró. Bajo las escaleras rumbo al recibidor y entro por la puerta de la cocina. Checo la aplicación de chat y le mando un mensaje a West, quien es el único que sabe que me gustan los chicos. Le cuento que una revelación me llegó durante la madrugada y que le declararé mi amor a Flint. —Ray, si no te sientas a comer, mamá se irá sin ti —Elisa dice con un tono regañón. —Ah, sí ya voy —respondo como de costumbre, mientras le dirijo una mirada de duda. Tomo asiento en una de las sillas libres, no sin antes ver que luce unos aretes largos y el cabello recogido. Creo que tiene una cita o una presentación escolar, por lo guapa que está. Empiezo a comer lo más rápido que puedo, pero solamente termino la mitad de los huevos revueltos y el pan, pues mamá entra con un chongo de bola, de modo que se ve como una luchadora, por el rostro molesto. Dice algo sobre unos abogados, luego que unos doctores no sé qué tanto pidieron, y que papá no está de buenas para que le causemos más problemas. Supongo que dirigir una compañía marítima no es fácil. Cuando era un niño, tenía la creencia de que papá era un pirata. Era la única imagen que podía asociar con eso de la marítima. Pero no. Al parecer, lo único que hace es estar sentado detrás de un escritorio, mientras revisa papeles, habla con empleados y ve mapas en la computadora. Suena demasiado aburrido. Entiendo por qué siempre está irritado, ¿quién no lo estaría con un trabajo así? La profesión de un marinero pasó de ser lo más divertido al estilo piratas de los siglos XIV y XV a un simple oficinista que no puede ni ver el mar. Me cepillo los dientes a toda prisa, salgo junto a mamá y entramos a la SUV que es demasiado grande para mi gusto. Mauricio ya no vive con nosotros y Elisa prefiere tomar el autobús con la excusa de que debemos evitar contaminar y ser más ecológicos. Tiene mucho conocimiento sobre eso en general. Puede mencionar nombres de químicos peligrosos y residuos que no debemos usar nunca. —La próxima vez no voy a despertarte y me iré sin ti, jovencito —dice mamá, al bajar el volumen de la radio. Afirmo con la cabeza, sin reprochar. Luego, cambio el canal de la radio para escuchar un poco de buena música de la estación Dolphin 103.4 FM, la que siempre tiene a los mejores DJs del momento. Eso me hace recordar que todavía tengo que terminar la canción para revelarle a Flint la verdad, sobre lo mucho que me gusta. ¡Oh! ¡Flint! ¡Eres el chico más guapo que he visto en toda mi vida! No importa lo que se ponga, siempre se ve bien, aunque los tonos verdes acrecientan lo bonito de sus ojos y su tez bronceada, así como su cuerpo tonificado por el baloncesto. Incluso, su cabello negro se ondula un poco y le da el porte de un modelo. —No olvides regresar temprano, Ray. Tu papá quiere que todos estemos presentes en la visita de los Lombardi. Ni siquiera recordaba el evento con los Lombardi, pero no puedo rebatir nada al respecto. De algún modo, comprendo que es algo importante para papá. —Nos vemos más tarde, hijo —dice mamá. —¡Nos vemos! —respondo y bajo del auto, sin antes agarrar la mochila y agradecerle. Mientras me alejo del coche, ella insiste en que debo llegar temprano, que porque los Lombardi irán a cenar, así que le digo que sí, que no se preocupe. No sé para qué tengo que estar presente en esas reuniones tan aburridas, pero ha sido la tradición desde años atrás. Los Lombardi son amigos de mis padres, o socios, ¿creo? No estoy muy enterado de los negocios, pero últimamente los nombran mucho porque, según papá, son “la clave para mantener a la empresa a flote”. Supongo que los barcos no están en muy buenas condiciones o quién sabe. Casi nunca presto atención a las charlas de trabajo. Camino hacia la entrada de la escuela y veo a Flint junto al grupo de amigos con el que siempre estamos, así que me apresuro, pero alguien me sujeta el brazo y me detiene. Miro a la derecha y encuentro a West, con sus clásicos lentes cuadrados que lo hacen ver como un hípster lleno de sabiduría y su vestimenta de chico nerd. —¿Qué carajos estás haciendo? —Me pregunta en voz baja. —¿De qué? —digo, sin saber por qué me interroga como un agente encubierto. —No vayas a cometer una estupidez. Si le dedicas una canción en público, toda la escuela se enterará, ¿eso quieres? —insiste él. Joder, no lo había pensando de esa forma. No estoy muy seguro de querer convertirme en el “amigo gay” y dejar de ser el “amigo DJ” que todos ven en mí. —Es una pésima idea, Ray. Además, tus letras apestan —West continúa, pero con una voz llena de crítica. —Que no sepas apreciar el arte de la música electrónica no es mi culpa —recrimino un poco a la defensiva, pero sé que tiene razón. Todavía soy un novato. West pone los ojos en blanco y me jala con él hacia la zona de los casilleros. Nos detenemos en los que tienen nuestros nombres y matrículas y recuerdo que ni siquiera revisé el horario de las clases. Muy probablemente no traiga los libros correctos. Sin embargo, simulo que todo está bien. Me concentro en la forma adecuada para decirle a Flint que me gusta. ¡Oh, Flint! ¿Qué hechizo me has puesto que hasta te sueño besándonos? De repente, me quedo como una estatua y recuerdo el sueño. Respiro hondo, llevo la mano hasta mi boca, para tocarla suavemente, sin percatarme de que sonrío como un bobo. Ni siquiera he dado mi primer beso. ¿Qué se sentirá? En el sueño, parecía que Flint expedía una calidez y que había un cosquilleo entre nuestras bocas y lenguas. —¡Ray! ¡¿No estás escuchando?! ¡Ya sonó la campana! Vamos a clases. —West me regaña y me hala del brazo con dureza. —Ya voy —digo como un niño mimado. Nos apresuramos por el pasillo, mientras lo escucho decir que siempre es lo mismo. “Vives en las nubes, Ray”, es la frase que más repite. No discuto, pero no creo que pueda vivir en las nubes de forma literal porque están hechas de agua y vapor, y no de algodón. Eso me lo contó Mauricio, cuando le pregunté si podíamos saltar de un avión para jugar en las nubes. Suena estúpido, lo sé, pero era uno de mis objetivos cuando tenía ocho años y no entendía mucho de ciencia. Al llegar al aula de la profesora Gulliver, nos sentamos en una de las bancas traseras. La profe está en el lugar frente al escritorio, con un libro grueso en la mano, mientras tuerce con ligereza la boca al contemplarnos. A diferencia del profe Robles, ella tiene mucho desorden en su mesa, pero encuentra todo fácilmente. —Buenos días, muchachos, hoy vamos a seleccionar el libro que leeremos antes del fin de semestre —habla con una voz levemente ronca que va con su imagen robusta, pero no con su rostro sonriente—. Ya terminamos el capítulo de los análisis literarios, así que harán un ensayo en lugar de un examen como proyecto final. Dicho esto, el salón estalla en reclamos y quejas. Todos le aseguramos que es mucho trabajo. ¿Acaso no sabe que tenemos otras clases? Parece que los profesores no tienen nada que hacer en la vida. Encargan tarea como si fuera lo único importante a lo que venimos a la escuela. —Solamente podrán seleccionar uno de los títulos que están escritos en el pizarrón. Si no quieren reprobar, será mejor que tomen notas. Llevo la vista hasta la pizarra y leo el primer renglón. “Desaciertos, 1948”. Luego, veo el segundo. “Anécdotas del castillo Pinciano”. Ninguno de los dos me parece interesante. Pero escojo el último, porque tiene la palabra “castillo”. El resto de las clases me pasan casi todas desapercibidas, aunque me divierto con el argüende que mis compañeros hace de vez en cuando. Para la hora del receso, me siento con West en las jardineras que dan hacia las canchas, y el resto de nuestros amigos nos acompañan. Flint se queda a mi lado y me sonríe un par de veces, por lo que hago un intento para que nadie se percate de que mi corazón empieza un martilleo pesado. No puedo dejar de pensar en el sueño y el beso. La idea comienza a arraigarse como un chicle que estorba en la planta de los tenis, y que se siente cada que caminas hasta el punto en que tienes que retirarlo, o se aplasta tanto que ya no importa. —El entrenador dice que vamos a jugar las preliminares en un mes —Héctor dice con un tono de líder. Justo como yo, Héctor es de piel muy oscura y de ojos entre un café y verde claro que le dan un toque singular. Su cabello no es un desastre como el mío; lo usa corto y a la moda. Quizá, yo también deba hacerlo, pero mi objetivo es dejarlo crecer lo suficiente para hacerme unas rastas. Héctor se viste como los cantantes de Rap, con ropa holgada y zapatillas deportivas, blancas y muy anchas. Luego, a la derecha, está Roger, el más alto y delgado de todos. Su cabello es rojizo y parece una flama por el estilo que usa. Su cara está llena de pecas y siempre habla de las chicas de la academia Flare Bloom, la que está hacia el bulevar Zoza, cerca de la calle de nuestra escuela. Como él también juega baloncesto, se viste con playeras sin manga con el número de su estrella favorita. —No tengo ganas de entrenar y escuchar que somos unos buenos para nada —añade Flint y suelta una risita de broma, para que el resto también se burle—. Este año harán un baile escolar, ¿no? Creo que es para celebrar la Navidad. Las finales serán hasta el próximo semestre, así que no tenemos de que preocuparnos. Aunque soy parte del equipo, casi todos los juegos he sido un suplente, de esos que se necesitan para participar en los torneos. No es que no me guste, de hecho me encanta. Puedo pasar horas viendo partidos con los reyes de la duela, pero no soy muy bueno. Mejor dicho, no me gusta entrenar. Probablemente, ese sea el verdadero problema. En realidad, soy mejor para el arte, la música, o la pintura. Bueno, eso último ya no lo hago mucho. Hace tiempo, descubrí que la mayoría de los chicos de mi generación prefieren los deportes. A partir de ahí, decidí abandonar el gusto por el dibujo. Los tutores privados le rogaron a mamá que no me sacase de las clases, pues tenía talento, pero la convencí con la excusa de que ya no me gustaba. La realidad es que quiero que otros crean que soy un tipo cool. A los artistas se les ve como… “excéntricos”, por no decir otra palabra. Es mejor estar del lado de los buena onda, que vivir un infierno como Tommy Dallas, el gordito, o Gretchen Delaware, “la machorra del salón B”. Es mejor evitar etiquetas como esas cuando estamos en la escuela porque se convierten en nuestra única presentación. —¿Alguien se acordó de hacer el examen de Orientación? —West interrumpe el ritmo de la conversación deportiva. A diferencia de todos, él es el menos atlético, pero es el genio del grupo. Gracias a él, hemos pasado Química y Matemáticas, porque siempre nos deja ir a su casa para estudiar un día antes de los exámenes. Por eso, Héctor y Roger lo aceptan, y creo que para Flint es lo mismo. Yo lo conozco desde que éramos niños, así que no me queda de otra que considerarlo parte del equipo. —¿Era para hoy? —reniega Roger y agarra su mochila como si fuera un saco mágico. Mete la mano y busca desesperadamente. —Sí, es para hoy. Debemos entregárselo al orientador antes de la hora de salida —confirma West. —¿Y para qué rayos es? —pregunto con leve consternación. No vaya a ser que otra vez me manden a hablar de la dirección y mis padres digan que soy un irresponsable. —Para ayudarte a elegir tu carrera universitaria, por eso se llama Orientación —contesta West, girando los ojos y haciendo notar la estupidez de mi duda. —Acabamos de entrar y ya nos están jodiendo con eso —dice Héctor, y no puedo estar más de acuerdo con él. Por fortuna, todos tenemos la prueba en las mochilas, así que las hacemos a toda prisa. Hay preguntas extrañas como si prefiero leer, investigar o analizar. Ninguna. Claro. Si fuera por mí, me dedicaría a mezclar música e ir a conciertos en hoteles y discotecas. Pero soy menor de edad. No puedo entrar a esos sitios, por lo que selecciono la opción de leer, que es una mentira. Héctor y Flint hacen comentarios ridículos sobre algunas secciones de la prueba y opinan que es mejor estar en clase del profesor Robles que cuestionarnos sobre cuáles habilidades se nos dan mejor. Muevo la cabeza en afirmación, para que sepan que estoy de acuerdo. Por una parte lo estoy. Flint es un gran deportista y tiene carisma, podría dedicarse a cualquier cosa y triunfar. Héctor es un líder, así que podría ser un buen jefe en alguna oficina. Por otro lado, me parece que es interesante saber lo que podría servirme en el futuro. Debido a eso, selecciono las opciones relacionadas con la pintura, pero lo hago de modo tan rápido que le doy vuelta al librillo para que nadie vea mis respuestas. Cuando la campana suena, estamos listos y vamos al salón del profe Robles. Antes de entrar, West me sujeta el brazo y me conduce hacia el lado contrario de la puerta. —¿Qué? —Le digo sin mirarlo, distraído. —¿Todavía estás planeando decirle a Flint lo que sientes? Me refiero a la estupidez de escribirle una canción y ponerla en el altavoz del teléfono —responde. Me encojo de hombros rápidamente. Me siento más idiota que al inicio. No es que sea mala idea. A mí me encantaría que alguna persona se me declarase como en las películas románticas, con una pancarta, o una bocina a todo volumen tocando una canción emotiva. Pero esa idea se torna en una ridiculez, cuando recuerdo que soy un hombre y que sólo siento atracción por los chicos y nadie más lo sabe. Excepto West. —No, no lo haré. Le voy a dar una carta mejor —replico, al fin. West no dice nada, pero niega con la boca torcida. Cada que repruebas las acciones de otros, suele poner esa mueca. Me suelta y caminamos hacia la entrada. Intento reprocharle al sentarnos juntos, pero el profesor inicia la clase con una ecuación en el pizarrón. Quiere que resolvamos el problema por cuenta propia, lo que significa que nos quitará puntos si fallamos. Hago mi mejor esfuerzo, pero no lo consigo. No tengo cabeza para pensar en teoremas, solamente en lo que debo hacer respecto a mis sentimientos. Al final, le pido ayuda a West. No, no es así. Lo que en verdad hago es copiarle la respuesta y me dedico a escribir la carta. Pero no me salen las palabras. No sé de qué manera decirle a Flint que es el chico más guapo y perfecto que he conocido. Que me uní al equipo de baloncesto por él, y que puedo escucharlo hablar por horas sin entender qué carajos dice. La campana suena y el tiempo pasa volando. El resto de las clases terminan, y yo sigo sin poder completar una carta. Finalmente, decido escribir que es mi mejor amigo, que lo quiero mucho y que me gusta. Sí, parece lo indicado. Como dice mi padre, “entre más simple, mejor”. A la salida, busco apresuradamente a Flint en el exterior de la escuela. Mientras corro, siento que mi cabello se mueve como un algodón de azúcar y que la mochila va de un lado a otro. Cuando lo veo, me detengo, respiro hondo y estoy a punto de llamarlo, pero alguien más llega y le sujeta la mano. Es una chica. Una muchacha rubia, de ojos claros y sonrisa constante. Parece una estudiante de la academia Flare Bloom por el uniforme que usan, en contraste con nosotros que no tenemos un código de vestimenta. Intento hablar, pero ella le acaricia el rostro y le planta un beso. El resto de nuestros amigos rechifla, mientras que mis sentidos se opacan lentamente. No sé qué pasa en los alrededores. Parece que el ruido se baja como si el volumen pudiera ser controlado, y los cuerpos de los demás se tornan en espectros sin luz. Lo único que retumba en mis oídos es un golpeteo. Pum, pum, se repite una y otra vez. Mis ojos arden. Me tiemblan las manos y el papel que sostengo se arruga por la presión del puño. Creo que estoy a punto de morir. —¿Ray? ¿Qué pasa? ¿Todo bien? —alguien dice, pero no distingo la voz—. Te vez muy pálido, viejo. —Creo que le duele un poco el estómago y la cabeza —otra persona contesta, y siento que me toman la mano. Miro a la derecha y encuentro a West. No obstante, mi reacción es abrupta. Lo suelto de inmediato. Parece como si mi pecho estuviera por derretirse. Los pies me pesan, pero consigo salir disparado hacia el lado opuesto de la escuela, mientras cruzo la calle. Continúo por minutos, sin darme cuenta del tiempo que transcurre, hasta que me detengo frente a una plaza. Abro la boca en demasía y agarro suficiente aire. Me acerco a una banca y dejo caer la mochila. Flint tiene novia, pienso con más claridad. —Flint tiene novia —repito la única frase que pasa como un maldito letrero en rojo y amarillo por mi cabeza. Creo que está lloviendo, porque siento el rostro mojado y tengo frío. Me estremezco sin parar y subo las piernas a la banca, para luego aferrarme de ellas. Me muevo hacia adelante un poco y después hacia atrás, como una mecedora. No sé qué hacer. No sé qué decir. No sé qué pensar. No sé qué esperar. Todas las veces en las que Flint y yo pasábamos tiempo, comienzan a empalmarse en mi cabeza como un filme que lo único que hace es darme una jaqueca. Todo parece una ilusión gigantesca, una pantalla de humo blanco. No es la realidad. Lloriqueo sin parar, hasta que escucho que el móvil suena en mi bolsillo y lo saco. En la pantalla está el nombre de West más la palabra “nerd”. Contesto y pongo el aparato cerca de mi oreja. —¿Ray? ¿Dónde estás? Tuve que decirle a los chicos que tienes diarrea y que por eso saliste corriendo a buscar un baño. —Suena su voz desde el otro lado. No obstante, no puedo hablar. No sé qué carajos sale de mi boca porque suena como un balbuceo sin sentido, así que mejor la cubro y sollozo en silencio. —Te dije que no era una buena idea. Pero te ilusionaste como tonto y sabías que… Cuelgo el teléfono; no soporto escucharlo más. Miro el árbol que está hacia el fondo del parque. Es muy grande y bonito. Tiene hojas anchas, con las puntas en tonos amarillos. El otoño está por llegar. Hay unas camas de flores en la parte inferior, protegidas por unas bayas que hacen juego con las bancas. Tal vez, estoy cerca de una zona residencial, pues hay varias personas que caminan con tranquilidad por los senderos empedrados. La brisa se siente fresca y me arrulla, de modo que logro tranquilizarme por completo. Bajo las piernas y me limpio la cara con las mangas de la chamarra que llevo. Busco algún pañuelo en la mochila, pero nada. Me toca llenar de mocos la ropa y escuchar el regaño de mamá. “Es increíble que todavía hagas cosas de niño, debes madurar”. ¿Y qué es madurar? Según ella, hacer la tarea, que hago casi siempre. Sacar buenas notas, que no son las mejores pero tampoco las peores. Pero ¿manchar la ropa de mocos es inmaduro? ¡Es una emergencia, mamá! Hasta los vampiros tienen que limpiarse la boca con la ropa cuando no tienen de otra. ¡Sale en las películas! Estoy a punto de levantarme, cuando veo a un chico que se acerca hacia el parque. Tiene el cabello un poco largo y despeinado, por lo que le da un toque bonito. Su tez es pálida, más que la de West, y es delgado, ya que la sudadera que lleva le queda grande. Se acerca a uno de los jardines y saca algo de la mochila. Me yergo para ver qué hace y descubro a un par de gatitos que comen de un recipiente blanco. Agarro mi morral y decido acercarme a la jardinera. ¡Adoro los gatos! —Qué bonitos. ¿Son tuyos? —digo y tengo que carraspear de inmediato porque me sale la voz toda áspera por el llanto. —No —responde demasiado cortante. Me inclino a su lado y acaricio al gatito de la derecha. Este tiene un color naranja muy lindo, mientras que el otro parece una vaca de manchas cafés. Son tan monos que olvido por completo a Flint y su novia. —Si no son tuyos, ¿por qué les das de comer? —pregunto. —¿No te dan lástima? Son bebés y, seguramente, alguien los abandonó aquí. Por desgracia, no puedo llevarlos a casa porque papá no me dejará tener más que uno. —A mí tampoco me dejarán quedarme con los dos —contesto más tranquilo, pero me siento observado. Giro la cabeza y descubro un par de ojos de un tono azul claro. De alguna forma, me parece que el chico tiene un parecido con los gatitos; sus ojos tienen la forma de arco en la parte superior, como un rasgo común de las personas del Oriente. No obstante, su cabellera es de un tono castaño claro con destellos cobrizos. No tiene pecas, por lo que hay un parecido con las muñecas de porcelana como las que Elisa tiene. No sé por qué hay un leve traqueteo en mi pecho, pero lo atribuyo a toda la maraña de emociones que se manifiestan desde mi estómago hasta el cuello, como un reflujo intestinal. Desde la mañana, lo único en lo que podía pensar era en el beso entre Flint y yo, ese que nunca pasó, que solamente vi en el sueño. Luego, la idea de que era tiempo de declararle mi amor me hizo pasar el resto del día como un gladiador, listo para salir a la arena de combate. Incluso, llegué a pensar que Cupido estaría de mi lado y que Flint aceptaría ser mi novio. Novio, pienso y me da un escalofrío, pues recuerdo la escena entre Flint y la chica de Flare Bloom. Pero eso no borra el deseo de encontrar a un chico que me corresponda, a uno que sea soñado como Flint, que tenga todas las características que un hombre debe tener. Bueno, las que preferiría para evitar burlas. “A los chicos les gusta ensuciarse las manos”, recuerdo la frase de papá cuando se expresa de los negocios y mi hermano. —Si no podemos quedarnos con los dos, podríamos tomar uno cada uno —insisto y esbozo una sonrisa tímida. Extiendo la mano para tomar al primero, pero el chico lo impide, de modo que su piel roza con la mía. Otra vez, hay un leve sobresalto y me quedo pensativo. —Si lo dices únicamente porque te parecen bonitos ahora, pero si no lo vas a cuidar, mejor ni lo pienses —explica él, acariciando la cabeza del gatito vaca. —Lo digo enserio. Yo me quedo con uno y tú con otro —repito entre dientes y cargo al que es color naranja. El gatito ronronea ante mi tacto. Me hace reír un par de veces. Lo arrullo en mi pecho y, nuevamente, olvido a Flint. Me importa un bledo que tenga novia. —Está bien. Pero si osas abandonarlo, te las verás negras —expone el chico y toma al gato vaca para abrazarlo contra su pecho. Nos miramos otra vez, pero detecto una mueca entristecida. No sé por qué, pero me hace sentir identificado con él. Aunque también confundido. —Dame tu número, así podré asegurarme que no estás mintiendo —ordena. Saco el teléfono y se lo doy desbloqueado, de modo que introduce su contacto y me lo regresa. Leo la pantalla y veo su nombre. “Asher Gato Vaca”. Evito burlarme. Me parece divertido, pero también muy tierno. —Márcame y dime tu nombre. —Ah, sí, sí —digo a toda prisa y lo hago. Él saca un móvil de su bolsillo, y veo que tiene una protección rosa, lleno de imágenes de un felino pastelero de la cultura popular, y también algo más que llama mi atención por completo. Es un corazón en la parte superior, con los colores de la bandera actual que usan las personas de la comunidad LGBTQ+ para identificarse. ¿Acaso también le gustan los chicos?, pienso y busco una forma para interrogarlo, pero su celular deja de sonar y me dirige una mirada fría. —¿Cuál es tu nombre? ¿O quieres que escriba Gato Naranjoso nada más? —Ah, no, sí, yo pues… —pronuncio y me muerdo el cachete por balbucear como un idiota—. ¡Auch! Eh, me llamo Ray. Puedes ponerle Ray Gato Naranja. —Naranjoso suena mejor —contesta con una pequeña sonrisa que apenas noto en sus labios rosados. Nos ponemos de pie y damos un paso atrás. —Te mando imágenes de mi gato llegando a casa. Quiero que hagas lo mismo. Así sabré que no lo has tirado —habla él con un tono más severo que al comienzo. —Sí, me parece buena idea —contesto, todavía ligeramente intrigado. Nos quedamos en silencio por unos minutos. Él guarda el teléfono en el bolsillo, mientras que un montón de dudas pasan por mi cabeza, pero no me atrevo a decir nada. Estoy en un frenesí de recriminaciones, como en un shooter imposible de jugar donde tienes que esquivar puntos rojos por todos lados y no sabes ni a dónde moverte ni qué botón presionar. Entonces, él da la vuelta y se marcha sin despedirse. —¡Adiós! —grito levemente desesperado, y él regresa la mirada hacia mi posición. Pero no contesta. Asiente con la cabeza y se marcha. Por mi cuenta, me tomo unos minutos para admirar a mi nueva mascota. Doy la vuelta y camino rumbo a la escuela, pero reconozco una de las avenidas, así que doblo a la izquierda y llego a la parada del camión. Me enternece ver a mi Naranjo, que suena como un buen apelativo, acurrucado en mis brazos y pecho. Sonrío y me pregunto qué nombre le pondrá Asher a su nueva mascota.***
Hilo del chat: West Nerd
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West, 04:02PM: No se te vaya a olvidar que mañana tenemos que entregar el libro de Matemáticas. Ray, 04:05PM: Para qué ??? West, 04:07PM: Porque nos van a revisar las primeras cinco páginas de los teoremas. Ray, 04:07PM: Puedo copiarte las respuestas mañana ??? Llega tempra, por fa. West, 04:07PM: Solo por esta vez. Ray, 04:08PM: Eres el mejor !!! West, 04:11PM: ¿Llegaste bien a casa? Ray, 04:11PM: Apenas voy para allá. El camión tardó un chingo en pasar. West, 04:11PM: ¿No quieres hablar de lo que ocurrió hoy? Ray, 04:11PM: No estoy de humor para escucharte decir que soy un idiota. Ya lo sé !!! No tienes que recordármelo como siempre !!! West, 04:13PM: Eres un idiota. Pero también eres mi amigo. Y me preocupas. Ray, 04:13PM: Te veo mañana tempra.