Las deudas constituyen una de las realidades más estresantes y agotadoras dentro de la vida humana.
Existen de muchas clases, desde las deudas económicas, que pueden ser saldadas con dinero, hasta las de sangre, que solo reciben como pago la violencia o muerte de una persona.
Pero las peores, las más dolorosas de contraer y las más satisfactorias de solucionar, son las de la carne y el deseo.
Ahora, El Reclutador e In-ho deben saldar la suya.
No se permite su copia completa ni parcial.
Con tanto dinero y tantos recursos, ¿quién no sería capaz de fingir su muerte?
Y más aún frente a los ojos de alguien tan ingenuo como Seong Gi-hun.
Ahora que lo cree muerto, El Reclutador ha vuelto a la isla sabiendo que la misión que le encomendaron (salir del radar de búsqueda de Gi-hun y atraerlo de nuevo hacia los juegos, dónde está destinado a morir), ha sido realizada con éxito.
Y ahora, con su cometido cumplido de forma impecable, debe ser premiado por el Líder.
La paciencia de Chan se repone gota a gota, porque no se le escapa ni un solo detalle.
Cada regla queda grabada en la memoria, junto al castigo que se impone por las malas acciones.
Sin embargo, Ian se ve tan lindo mientras duerme, sin siquiera saber cuánto le debe.