Abro la puerta de la casa con las llaves que traigo en el bolsillo, mientras cuido que Naranjo no se despierte. Se quedó dormido desde el trayecto en el autobús. Entro y subo las escaleras rumbo a mi habitación. Dejo al gatito sobre la cama y, de inmediato, este empieza a maullar desesperadamente. Lo acaricio por unos minutos, hasta que se calma y salgo del cuarto.
—¡Ray! ¿Por qué no estás listo? —La voz de mamá se escucha por detrás del pasillo que lleva hacia la cocina.
Volteo y la encuentro con un vestido negro ajustado que la hace ver como esas actrices de las películas aburridas sobre temas sociales o legales, como las abogadas.
—Todavía no es de noche —respondo al aire y sigo hacia la cocina.
Busco un plato hondo en las puertas superiores y luego la leche en el refrigerador. Sirvo un poco y me encamino rumbo a la salida, pero mamá se interpone como si fuera el jefe final de un videojuego de peleas, con las manos en la cadera y los ojos entornados.
—Faltan quince minutos para las seis, jovencito. Los Lombardi llegarán en menos de media hora y tu papá no quiere sorpresas.
Sorpresas, pienso, al recordar a Naranjo.
Como no digo nada, mamá frunce el ceño y mira el plato que traigo en las manos.
—¿A dónde vas con eso?
—Eh… —titubeo y le imploro a todos los dioses mitológicos, incluido a ese que West menciona de un libro que ni siquiera puedo escribir su nombre, porque voy a necesitar todas las energías positivas para decirle a mamá la verdad.
—¡Ray! ¡Responde!
—Encontré un gatito abandonado en una plaza. —Omito la parte de que también conocía a Asher y que entre los dos decidimos hacernos con nuevas mascotas.
—¡Por dios, Ray! ¡Otra vez con tus estupideces! ¿Cuántas veces tengo que decirte que no puedes meter animales a la casa?
—¿Por qué? —cuestionó con un tono más alto, pero no me doy cuenta.
Lo único que percibo es a mi estómago hirviente, como una caldera de café recién hecho. Mis oídos inician a retumbar cada vez más fuerte.
—Porque tu padre no quiere problemas y porque… —mamá detiene la frase, y me percato de la razón.
Papá sale del corredor opuesto, el que lleva hacia el comedor. Está vestido con un esmoquin de pingüino y una corbata de moño color azul para sobresaltar el resto de la ropa. Tiene los ojos de un tono muy oscuro, en comparación con mamá. Yo me parezco más a él en las facciones, excepto por los ojos ligeramente más claros.
—¿Qué pasa, cariño? —dice papá.
—Nada, amor. Ray estaba a punto de ir a su habitación y cambiarse —responde ella tranquilamente, al girarse para verlo de frente.
Aprovecho para escabullirme hacia las escaleras.
—Los escuché gritar, por eso me pareció extraño. —Continúa papá.
—No es nada grave. Voy a ayudarle a seleccionar la ropa. No tardamos.
Veo que mamá me sigue hasta la recámara. No me queda de otra que aceptar su presencia. Ella cierra la puerta por detrás y me fulmina con la mirada. Agacho la cabeza. Sé que está furiosa, pero no como cuando me reportan por no hacer una tarea, sino como cuando algo realmente malo ocurre, justo como aquél día en que entré a la oficina de papá a los seis años, para así jugar con mis crayolas y adornar la pared con un hermoso panorama de un bosque y unas hadas.
—¿Eses es el gato? —pregunta ella.
—Sí.
Doy la vuelta y pongo el tazón de leche en el suelo. Tomo a Naranjo y lo dejo frente a la comida, que no duda ni un segundo en comenzar a beber. Le acaricio el lomo, mientras sonrío con timidez.
Gracias a ese gatito, mi cabeza logró salir de los pensamientos oscuros relacionados con Flint. Mi corazón ya no se siente tan apachurrado. Todavía hay una sensación pesada, como un punzar cada que respiro y pienso en él, pero no es tan extrema como lo fue a la salida de la escuela.
Tal vez, estaba predestinado a pasar. Quizás, en algún panfleto escrito por alguna deidad antiquísima, yo debía ver a Flint con su novia y bajar de esa fantasía que parecía estar en las nubes, justo como dice West, y así encontrarme con Naranjo. Pero eso significa que mis padres me regañarán y que, por el rostro que pone mamá, me obligarán a echarlo.
Bien, está bien. Seguramente, si hablo con Mauricio y le explico la situación, me dará asilo en su departamento. Al final, le prometí al chico-gato que no iba a abandonar a Naranjo.
—Ray, sabes bien que papá no quiere animales en la casa. El único perro que Mauricio tuvo destruyó el jardín y era muy desobediente —mamá explica, mientras sus tacones resuenan al acercarse a mi lugar.
Se inclina a mi lado y me toca el rostro, de modo que la veo de frente.
El escozor en mis ojos es tan molesto que no puedo evitar llorar.
Entonces, el rostro de mamá cambia drásticamente. Sus cejas se arquean y abre un poco la boca. Acorta la distancia y me abraza. Me aferro de ella. No puedo dejar de sollozar. Quiero contarle lo mucho que duele saber que mis sentimientos no serán correspondidos, sobre el miedo que tengo de que otros se enteren que me gustan los chicos, incluso el pavor que me da que ella y papá lo sepan. No sé qué hacer. No quiero dejar de tener amigos. No soportaría vivir como Tommy Dallas, señalado por ser gordito, o como la chica Delaware del salón B, que todos descubrieron que le gustan las mujeres porque un profesor la interrogó por unos dibujos de princesas besándose en su cuaderno.
—Está bien, el gato puede quedarse, pero tendrás que hacerte responsable de él —mamá susurra.
Afirmo tímidamente, mientras nos separamos un poco. Me limpia las mejillas y sonríe.
—Debes cambiarte ya. Los Lombardi están por llegar. —Prosigue—. ¿Acaso no quieres ver a Tania? Sé que son buenos amigos.
No es verdad. La hija de los Lombardi no es mi amiga, pero suele estar a mi lado cada que nos visitan, porque somos de la misma edad. Por supuesto que no voy a discutir algo así con mamá.
Le agradezco en un murmullo y me pongo de pie. Busco en el armario la única camisa de vestir que me gusta y unos jeans de mezclilla negros para simular el estilo formal.
Cuando entro al baño, veo que mamá le da mimos a Naranjo. Sonríe como hacía mucho no la veía. Se ve más joven y bonita, como si estuviera realmente feliz. Tal vez, la vida de una madre es muy difícil, más cuando la contraparte ha estado tan ausente en los últimos años.
Me alisto y salgo, pero mamá me detiene en la entrada.
—Mañana llevaremos al gatito al veterinario. Hay que revisar que no tenga parásitos, y también para darle un baño —dice y abre la puerta de la recámara—. ¿Ya le pusiste nombre?
—Naranjo.
Ella suelta una risita y me hace reír también.
—Le compraré una placa con el nombre y el teléfono de la familia, por si se extravía.
—Gracias, mamá.
Ella aprieta mi mano y me besa la mejilla. Luego, sigue por las escaleras. Eso me hace saber que no es mi enemiga. Probablemente, si le cuento la verdad de lo que pasó respecto a Flint, no se enojará.
Escucho que la puerta principal se abre y veo a tres personas entrar. Son los Lombardi, amigos de papá. El señor es ancho y de bigote pronunciado, como una especie de Santa Claus, pero sin el porte bonachón y cálido del ídolo navideño. La segunda es una mujer muy alta y delgada, con labios que resaltan demasiado por los pómulos tan huesudos de la cara. La tercera es Tania, la única hija. Justo como el resto de su familia, tiene el cabello rubio-cenizo. Las caderas anchas le sobresalen más por los pantalones cortos que trae puestos. Parece como esas niñas ricas que odian los deportes y sólo hablan de maquillaje, pero no es del todo así.
Cuando bajo, saludo con timidez. Escucho que papá y el hombre hacen comentarios sobre las inversiones necesarias. Vamos al comedor, y mamá comienza a servir los platos. Le ayudo a toda prisa. Paso la cacerola con la pasta y los vasos. Cenamos, ¿o merendamos? No tengo idea de por qué mis padres decidieron hacer una comida antes de las siete de la noche.
Por unos minutos, picoteo unas bolitas de carne de la pasta a la boloñesa y bebo del jugo de limón que mamá preparó. No tengo mucha hambre, a pesar de que no he probado nada desde que tuvimos el receso en la escuela. No sé si sea por el malestar en el estómago o por la emoción de tener un gatito y olvidar mis sentimientos por Flint.
Me excuso y les digo a mis padres que iré a la sala de TV a jugar, pero me piden invitar a Tania de inmediato. No me queda de otra que dejarla seguirme. Pasamos el recibidor y la puerta de la derecha para llegar al salón donde suelo divertirme en la consola con Elisa. Hay un mueble grande para los controles y juegos. Nos sentamos en el sillón, y recuerdo que a Tania no le gustan los videojuegos; lo sé porque la conozco desde hace tiempo, aunque nuestra relación es más como “hablamos porque nuestros padres lo ordenan”.
—¿Todavía tienes eso? —Ella señala la consola de última generación de color blanco que me costó un semestre de notas superiores a la reprobatoria para que papá me la regalara en la Navidad pasada—. ¿No crees que ya estás un poquito grande para seguir jugando esas cosas?
¿Grande? ¿Acaso no sabe que no hay edad para los videojuegos? Son universales. Existen de todo tipo, hasta para los abuelos que les gusta el ajedrez, ¡o incluso los que fueron veteranos y que son maestros en los
FPSs!
Antes de contestar, los consejos de emergencia de Elisa rondan en mi cabeza para cuando tengo que tratar con Tania. “Hermano, los Lombardi son básicos, así que no te molestes por los comentarios de su hija. Síguele la corriente”.
—Es más un token de recuerdo —miento, y ella suelta una risita suave.
De pronto, se acerca más a mí. Intenta tocarme el cabello, pero reacciono abruptamente, haciéndome para atrás. Odio que toquen mi cabellera esponjosa sin mi consentimiento.
—Está bastante largo —opina ella.
—En un par de meses haré rastas, por eso necesito que crezca un poco más —explico ligeramente estresado.
—Me gusta que se vea esponjado, te hace lucir más tierno.
¿Tierno? ¿De dónde carajos saca que soy tierno?
Casi siempre, las conversaciones con Tania parecen críticas. “¿Por qué tienes eso?”, y yo de tonto me engancho y le recrimino que no le importa. No tenemos la mejor relación, tampoco puedo considerarla mi amiga. Es más como la hija de los socios a la que tengo que entretener cuando nos visitan.
—Pues haré las rastas en unos meses. Ya tengo la cita y todo —agrego una mentirilla al final, para que deje de molestar con el tema.
—Mi papá dice que estás en el equipo de baloncesto de tu escuela y que compiten en los torneos estudiantiles. ¿Por qué no me invitas a un partido? La última vez que me contaste de la escuela, olvidaste mencionarlo.
La miro con los ojos levemente cerrados. No sé si es una recriminación, o si de verdad quiere verme jugar. El problema es que no soy muy bueno. Hice las pruebas el primer año del bachillerato, porque el objetivo era pasar más tiempo con Flint y quedarme después de clases con una excusa coherente sin causar sospechas.
Hasta ese momento, caigo en cuenta de que no quiero seguir en el equipo. De inmediato, me encojo de hombros.
—¿Qué pasa? ¿No quieres invitarme? —Tania pregunta y evita mi mirada. Se mueve un par de mechones hacia atrás y saca el teléfono de la chaqueta de mezclilla que trae—. Me gustaría ir.
—No soy tan habilidoso —revelo con honestidad, mientras exhalo profundamente.
Busco mi móvil en el bolsillo y le mando un mensaje a West. Necesito su ayuda porque quiero darme de baja del equipo.
—¿Sabes? Voy a entrar a la misma escuela que tú este semestre.
Dicho esto, abro los ojos de par en par y la miro como si fuera lo más extraño de toda la habitación. Probablemente lo sea. Tania no tiene nada en común conmigo. Es como un abanico ornamental de color café en medio de una recámara llena de luces de neón, estanterías con juegos y figuras de colección de caricaturas y una computadora pro para hacer
Streaming.
—Pensé que estabas en Flare Bloom —replico, con la voz rota del susto.
—Papá quiere que estudie Economía y Finanzas, y tu escuela tiene el mejor programa de Matemáticas —explica, mientras deja el teléfono sobre la mesita de centro. Se gira unos centímetros y vuelve a quedar frente a mí.
—No lo sabía —confirmo.
Ella se queda en silencio. Yo tampoco hablo más.
Reviso el móvil y veo que West todavía no responde; ni siquiera ha visto el mensaje. El único sonido que acompaña el momento es el tictac del reloj que está colgado en la pared contraria a la entrada.
—¿Crees que soy bonita? —Tania habla con un tono más agudo.
Su pregunta me toma por sorpresa. Vuelvo a poner los ojos como platos, con la boca entreabierta. ¿Qué carajos pretende?
Ella se mueve el cabello hacia atrás y sonríe de una manera distinta. Antes, parecía que algo le molestaba en los cachetes, por lo que su boca se quedaba a media cara, pero en esos momentos no es así. Su rostro parece iluminado por los últimos rayos del sol que entran por las persianas de la ventana.
—¿Supongo? —Intento sonar convincente, pero no tengo idea de qué decirle.
No es que no sea linda, es que para mí no es más que una chica y ya. No me interesa en absoluto. Es como cuando salen las modelos en las pasarelas de la televisión. Son guapas, pero que lo importante es apreciar la ropa que llevan porque algunas prendas están geniales. Así es Tania. Como esas mujeres de la televisión que portan estilo.
—¿Supones? ¡Guau! Vaya manera de responderle a una mujer, Ray —espeta, engorrosa.
Sus cejas se juntan tanto que acrecientan la mueca de pez globo que hace con las mejillas hinchadas. Está enojada.
—Pues sí, eres linda, pero ¿por qué me preguntas eso? —respondo a toda prisa.
No quiero que se queje con su padre porque es el socio del mío. Todo podría terminar en un malentendido, o pensará que la he ofendido. ¡Sería una catástrofe para los negocios!
—Pues porque sí y ya —masculla y vuelve la atención a su teléfono.
La imito. Abro la aplicación de chat y encuentro que tengo un mensaje sin leer de alguien que no está en mi lista de conversaciones usuales. Presiono el nombre y veo que hay una imagen adjunta. Es el gatito vaca con un listón en el cuello, frente a una ventana que refleja la luz en sus ojos hermosos de color azul esclarecido. Esbozo una sonrisa como un bobo y recuerdo a Naranjo.
—¿Es tu gato?
La voz de Tania me asusta. Había olvidado que estaba a mi lado por un momento.
Niego a toda prisa y bloqueo la pantalla del celular.
—No. Es de un amigo —menciono la última palabra sin estar del todo convencido.
No puedo decir que Asher sea mi amigo. No conozco nada de él, nada más que su nombre y que le gustan los gatos.
—Pues es muy bonito. Yo tengo uno negro que se llama Artemis. Mira. —Tania desliza el dedo por la pantalla de su móvil y me muestra las imágenes más lindas de un gato gordo y esponjoso.
No puedo evitar hacer un sonido de emoción, a punto de arrebatarle el teléfono. Artemis es un adulto, con un collar blanco que tiene una luna en la placa que lleva. Sus ojos son amarillos como los clásicos de su especie. Es tan lindo, que olvido que es de Tania.
—Es súper bonito. ¿Cuántos años tiene? —hablo con emotividad.
—Este año cumple tres, pero ya está muy grandote y gordo. Le construí un laberinto de obstáculos entre el suelo y la pared, para que se ponga a hacer ejercicio —Tania dice, mientras cierra la distancia conmigo—. También juego con él por las mañanas, antes de ir al cole. Necesito que baje la panzota porque la veterinaria me dijo que no es bueno que tenga demasiado sobrepeso. Como es un gato de casa, pues come bien, pero no hace mucha actividad. Duerme mucho.
—Es tan lindo.
—No sabía que te gustaban tanto los gatos —añade más alegre.
—Me encantan. Son mi animal favorito. Bueno, también me gustan los perros, pero son más difíciles de tratar.
—A mí me parece que son iguales. En general, me encantan los animales.
—¿Y por qué mejor no estudias en la escuela de Veterinaria? —pregunto, sin darme cuenta de lo que hago.
Repentinamente, Tania baja el teléfono y agacha la cabeza. Se encoge de hombros y tuerce la boca de vez en cuando. Creo que la he cagado. No debí decir algo tan desconsiderado.
—Porque mis padres quieren que me quede con el negocio —revela, cabizbaja.
Nunca me he preguntado por qué Tania no tiene hermanos, pero debe ser duro ser hija única. Toda la atención de tus padres sobre ti, todas las expectativas de la familia, todas las conversaciones girando alrededor de tus actos.
No me parece justo decirle que debe ignorar los deseos de los adultos y hacer lo que quiera. No parece correcto juzgarla desde una posición como la mía. En mi familia, Mauricio es el foco de atención porque estudió Finanzas, o algo relacionado con los números, para heredar el negocio de papá. Supongo que por eso Elisa y yo podemos hacer lo que nos de la gana.
—Por lo menos tienes a Artemis. —Prefiero expresar consuelo.
—Sí. Y próximamente adoptaré a un perrito de la calle. ¡Oh! —Hace una pausa y me mira de frente. Señala mi pantalón, y yo me quedo helado. ¿Qué ve?—. Está sonando tu teléfono.
Me percato muy tarde que es la alerta de los mensajes, pero la común. La de mis amigos suena como cuando obtienes una moneda en los juegos de vídeo de un personaje muy famoso que usa una gorra roja. La de los desconocidos es cuando pierdes los aros dorados de otro personaje popular, pero de cuerpo como un erizo azul.
Saco el móvil otra vez y veo que es
Asher Gato Vaca. No hay una imagen, sino una palabra. “Evidencias”. ¡Joder! Olvidé mandarle una fotografía de Naranjo mientras comía. Y no me podía escapar de la cena con los Lombardi, o papá me recriminaría y diría que soy un maleducado.
—¿Te molesta si voy a mi habitación unos minutos? Puedes prender la tele, si quieres —hablo lo más convincente posible, pero no consigo que el temblor del nerviosismo deje de hacer que mi voz suene como si tuviese atorado un gargajo.
Tania sonríe y niega. Entonces, me pongo de pie y ella hace lo mismo. La miro con los ojos entrecerrados. mientras ella sonríe nuevamente. Me rodea el brazo y me guiña el ojo.
—Vamos juntos —dice.
De tan sólo escucharla, casi se me cae la boca.
Recuerdo respirar hondo, omitiendo el sonido del “ohm” que Elisa me enseñó en las mini clases de yoga y meditación que hacíamos antes.
Si le digo a Tania que no, seguramente le dirá a sus padres que fui grosero. Así que afirmo con la cabeza.
Salimos hacia el recibidor, subimos las escaleras, y me suelta cuando abro la puerta y ve a Naranjo dormido sobre la cama. Se le acerca con una cautela impresionante, como una
ninja, para no despertarlo. Por mi cuenta, uso la
app de fotos para mandarle a Asher la “evidencia”. Una parte del cabello y hombro de Tania se cuela en la foto, por lo que Asher responde con una frase que me sonroja y me hace sentir incómodo. “¿Y esa chica? ¿Es tu novia?”.
Escribo tan rápido para explicarle que no, que es una amiga, que es la hija del socio de papá, que está allí porque insistió en seguirme hasta la habitación, que tiene un gato gordo llamado Artemis y que por eso la dejé ver a Naranjo.
Asher lee el mensaje. Lo sé, por las marcas en color añil, pero no responde más. Y, sin poder comprender la razón, me estresa. ¿Por qué no dice nada? ¿Por qué no hace más preguntas? De algún modo, esperaba algo. Una frase. Un emoji. ¡Un maldito
gift para burlarse de mí! Pero nada.
La conversación se queda sin señales de vida. Debajo de su nombre, desaparece la palabra “
online”. Sé que no está activo.
Joder, joder, ¿qué va a pensar de mí?, repito en mi mente.
Me percato de que las manos me sudan, porque dejo una marca visible en la pantalla del celular. Recuerdo los ejercicios de meditación de Elisa e inhalo lo más profundo.
De repente, aparece un nuevo mensaje, y presiono el ícono a toda prisa, creyendo que es Asher, pero no. Es mi buen amigo nerdo, diciendo que lo único que necesito es llenar el formato para la baja del equipo.
—¿Qué te parece si salimos un día de estos? Estaremos en la misma escuela, así que sería buena idea, ¿no? —Tania rompe el extraño silencio de la habitación y se encamina hacia la puerta.
Confirmo con timidez, sin tener idea de lo que dice.
Bajamos juntos, y nos distanciamos al llegar al recibidor.
—Te mando un mensaje más tarde —añade con prontitud.
Se despide casualmente y se acerca a sus padres, quienes salen del comedor, mientras hablan con los míos. Les deseo las buenas noches y regreso a la recámara.
Preparo todo para dormir, incluida una almohada extra para Naranjo que se hace bolita cerca de mí. Me causa un estremecimiento en el pecho, como si un líquido cálido entrase desde mi espalda hasta el frente. Tomo el teléfono y reviso el chat con Asher. Sigue sin actualizaciones. Lo pongo de vuelta en el buró junto a la cama y la calidez desaparece.
Me encantaría decirle que también me gustan los chicos como a él, pero no lo hago.
Es un desconocido. Un desconocido que adoptó al hermanito, ¿o hermanita?, de Naranjo.
Analizo la coincidencia y me doy cuenta de lo inusual que fue. No entiendo por qué llamó mi atención cuando llegó al parque, justo después de que terminé de chillar por Flint. ¿Una señal divina? ¿Un ángel enviado por algún dios inexistente? ¿O un demonio salido de una novela de terror?
No sé, pero sin él estaría dándole vueltas al asunto con Flint, me aseguro entre pensamientos ansiosos.
Y no tendría a Naranjo.
Me acurruco más hacia mi mascota y cierro los ojos, cansado de todo lo acontecido ese día.
A la mañana siguiente, acompaño a mamá al veterinario, antes de ir a la escuela. Dejamos al gatito en manos de los profesionales que tendrán que desparasitarlo, darle un buen baño y revisar que no tenga algún problema. Al subir al auto, le mando un mensaje a Asher para informarle que Naranjo está en el veterinario. Me siento inseguro de mis palabras, por lo que mantengo la conversación lo más neutral posible.
Cuando llego a la escuela, entro al salón de clases a tiempo. Unos segundos detrás de mí, la profe de Química también ingresa.
Me siento junto a West, quien me da el libro de Matemáticas. Lo miro como si estuviese fuera de sus cabales porque estamos en una clase distinta, y él pone los ojos en blanco. Me señala los ejercicios de la tarea que olvidé por completo, claro. Le sonrío como un bobo, en forma de agradecimiento, y comienzo a copiar las respuestas en mi propio libro.
Las clases continúan sin nada especial, hasta que el coach de baloncesto manda un comunicado para que nadie falte a los entrenamientos que iniciarán la próxima semana. Escucho a mis compañeros de equipo decir que invitarán a sus novias a los partidos del torneo. Como si eso pudiera darnos buena suerte y ayudarnos a llegar a las eliminatorias.
Paso de largo al resto e intento hablar con Flint, quien me saluda como de costumbre.
—Este fin de semana saldré con Martha, ¿crees que sea buena idea sugerirle ver una película de superhéroes? Hay una que me gusta. —Inicia la conversación de inmediato.
—No sé. No tengo experiencia en eso del amor —digo sin muchos ánimos de hablar sobre su novia.
—Ya encontrarás a una chica linda. Martha es bellísima. El otro día, le regalé un chocolate y se puso colorada. Se veía muy mona.
Camino a su lado, sin dejar de sentirme como si arrastrase los pies por el fango. Flint no para de hablar de su enamorada. Ni siquiera pregunta cómo estoy, especialmente por lo que pasó el día de ayer. Es como si estuviera hechizado por Martha, ensimismado, y hasta ese momento lo noto.
Gracias a la suerte, mi buen amigo West nos intercepta y me libera de la prisión del “amor” de Flint. Me acerco a él y esbozo una sonrisa tímida. Lo sigo hacia la salida de la escuela, mientras saco el móvil del bolsillo.
—¿Te sientes mejor? ¿O vas a salir corriendo como un loco? —West pregunta como si me regañara.
No digo nada. Me detengo en seco; hay un mensaje por parte de Asher. No sé qué pasa con el clima porque siento como si, de repente, hiciera demasiado calor.
—¿Con quién hablas? ¿Flint? —West insiste.
—¿Qué? ¡No! —respondo a la defensiva y lo miro con titubeo.
Si le enseño el teléfono, sabrá la verdad. Pero, si no lo hago, no tendré con quién hablar de mis desdichas. Entonces, le muestro la conversación entre Asher y yo.
El chico-gato me acaba de contestar el mensaje de la mañana con “yo también lo llevé al veterinario y ya le compré una cama”, lo que me provoca un revoltijo en el estómago, pero sin las nauseas de vomitar como ocurrió el día pasado con lo de Flint y su novia que por fin sé que se llama Martha. El embrollo en mi panza se siente como si hubiera algo ligero, como si me diera fuerzas para mover el resto de mi cuerpo, pero no sé de qué manera exactamente. ¿Para trasladarme de un lado a otro? No creo, estoy cansado después de oír el discurso del entrenador. ¿Para usar el teléfono y conversar con Asher? No sé. ¿Con cuál excusa? ¿Naranjo? Ya le di una actualización del gatito.
—¿Adoptaste un gato? ¿Quién es Asher? —La voz de West me regresa al momento.
Agacho el rostro y respiro hondo, como a punto de revelar algo escabroso.
—Ayer, cuando me fui corriendo, llegué a una plaza que está pasando el bulevar Zoza. Allí encontré a Naranjo —digo, señalando la segunda foto en mi teléfono—. Y también conocí a Asher.
—¿Y cómo carajos terminaste con su contacto?
—Porque me dijo que necesitaba evidencias para asegurarse de que no abandonara a mi gatito.
West sube una ceja. Sé que no está convencido. Siempre pone esa cara cuando escucha una mentira de mi parte, que no es poco frecuente. Le arrebato el móvil y lo guardo en el bolsillo.
—Es la verdad —añado, a punto de gritar por el nerviosismo.
No dice nada.
Continuamos hasta la parada del autobús y comenzamos a charlar sobre la escuela. Me parece extraño que no mencione más sobre la conversación con Asher. Sé que West nunca me juzgaría. Estoy acostumbrado a que me diga “bobo” o “idiota”, especialmente cuando se trata de tomar decisiones sobre el amor o la escuela, pero es mi amigo de la infancia. No es mi mejor amigo. ¡Eso no! Ya no sé. Se supone que Flint es mi mejor amigo, o así lo había creído. Desde que nos conocimos, me habla para jugar, o para entrenar. Suele ser muy expresivo y, como es muy guapo, casi todo el tiempo está rodeado de gente. ¿Quién no lo preferiría a él como mejor amigo? No obstante, miro a West y me siento desengañado. Él es el único que me conoce de verdad. Pero es porque no dirá nada. Nunca ha dicho nada.
Y me cuida la espalda, recuerdo el evento del día anterior.
—Nos vemos mañana. —Se despide West como siempre y sube al bus indicado.
Levanto la mano para decirle adiós.
Prefiero pensar en otras cosas, como Naranjo, así que me muero de ansias por regresar a casa. No tengo cabeza para analizar quién es mi mejor amigo, si West o Flint.
El resto de los días siguientes, paso mucho tiempo con Naranjo. He hecho un juguete para él. Usé un peluche de tamaño mediano que tenía en los estantes de cosas olvidadas y lo até a un viejo periódico enroscado.
Corro con el gato por toda la casa, mientras recuerdo que mamá habló con papá al respecto para convencerlo. No sé cómo, pero lo hizo.
“La única condición es que no entres con Naranjo al estudio de papá”, me dijo.
—Por lo menos, no vas a pasar todo el día encerrado en la sala, jugando en línea con tus amigos de la escuela. —Elisa espeta, al interceptarme en el recibidor, y carga a Naranjo para darle mimos.
—¿Quieres jugar con él? —Le ofrezco el juguete.
Mi hermana lo inspecciona como una agente ecologista que ha llegado a la casa para supervisar el nivel de consumismo que Naranjo puede significar. Asiente, complacida, y lo toma.
—Usaste materiales reciclados. ¿Este peluche no era con el que te dormías de pequeño? —pregunta y comienza a juguetear con el gatito.
—Sí. Lo hice porque recordé que no debemos comprar cosas innecesarias, si tenemos los materiales para reciclar.
—Bien dicho, hermanito. —Me elogia y me da un leve empujón en el hombro.
Me siento en el escalón final de las escaleras y abro la conversación con Asher. Tengo el impulso de preguntarle qué hace, o qué le gusta, pero, desgraciadamente, los mensajes giran entorno a las mascotas. No sé nada de él. Es un misterio que me roba la atención como nunca antes me había sucedido. No puedo dejar de pensar en su móvil, en la carátula para ser exactos. El haber visto ese corazón con los colores de la bandera LGBTQ+, me hace creer que él no tiene miedo de ser quién es.
—¿Elisa? —digo, al buscarla con la mirada.
Ella detiene la actividad y también me ve.
—¿Qué? —replica con casualidad.
Respiro hondo un par de veces y carraspeo. De pronto, me siento como si estuviera a punto de ingresar a la arena de combate de un juego de disparos, con ese nerviosismo de no saber qué pasará, de no conocer el rostro de los otros jugadores y sus reacciones. Estoy a nada de decirle algo que no sé cómo lo tomará. Pero quiero intentarlo. Y Elisa es la más amable de todos conmigo. Mamá también, pero ella me regaña porque es mamá. En cambio, Elisa me defiende de papá o de algunas burlas que Mauricio solía hacer. Me escucha. Me ayuda a estudiar y es mi
player two cuando se trata de los videojuegos. Entonces, vuelvo a aclararme la garganta y digo:
—Soy gay.
—Ya lo sé —contesta sin cambio alguno.
Abro los ojos en demasía y le reprocho con un gruñido.
—¿Cómo? —indago a toda prisa, mientras veo que se me acerca.
Me acaricia la cabeza y se sienta a mi lado.
—Las letras de tus canciones son de chicos para chicos. Las que escribes en tu libreta llena de calcomanías —dice con una sonrisa enorme que me hace estremecer profundamente.
Quiero llorar, pero no lo hago. Quiero abrazarla y decirle que la adoro. Así que me giro y lo hago. Ella replica el gesto y me dice que también me ama.
—No le digas a mamá y a papá, por favor. —Le pido a toda prisa.
—No, no lo he hecho. Eso lo decides tú. Perdón —agrega rápidamente.
—¿Por qué me pides perdón? —expreso, confundido.
—Porque me metí a tu habitación y leí algo que es muy privado.
Niego y la abrazo de nuevo.
—Está bien —digo con seguridad, al aferrarme de ella como si fuéramos niños pequeños otra vez.
A veces, doy por sentado el cariño de mi hermana, olvidando que es muy importante. Por eso, lo percibo en ese momento como lo más sensato del día.
Una canción para Naranjo (¿y Asher?)
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Esponjoso y naranajoso, como un acidulado.
De ojos verdes y amarillos, como el atardecer dorado.
Siguiendo su cola en el juego de las sombras,
Porque se quedó sin su peluche enrollado en hojas.
¡Es el Naranjoso, Don Naranjo!
¡El que rellena mi corazón de amor anaranjado!
¡Y la razón para enviarle un mensaje al chico de ojos azulados!
Esponjoso y naranjoso, como un acidulado.
¿Y qué más le demando a su hermano manchado?
Ese que se quedó con el chico de nombre cenizoso,
El que me roba la atención hasta de los tramposos.
Dime naranjoso, ¿cómo le digo que sea más que un misterioso?