Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
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Capítulo 14

Ajustes
—Si quieres deshacerte de mí, es el momento. Claro que, si pudieras dejarme en algún punto de Espinadragón te lo agradecería… Bennett estaba parado en medio de un desastre. Después de la parvada de cicines la cosa no había hecho sino empeorar. El chico no había reunido suficiente energía elemental para curar a ambos, así que tuvieron que pelear y sufrir electrocutados por estos malditos pajarracos que no se quedaban quietos. Después, debido a la concentración de energía y a que no se dignaron a recoger el condensado, algunos slimes hydro y electro se formaron y comenzaron a darles problemas. Luego vino la lluvia. Una estrepitosa tormenta que hizo encallar el Rompeolas y desordenó todo lo que Bennett se había esforzado en limpiar adentro. Y como si aquello fuera poco, uno de los cofres se alejaba flotando cuando consiguieron devolver el Rompeolas al mar. Estaban mojados hasta los huesos, ya habían perdido un cofre con un montón de mora, el Rompeolas había sufrido desperfectos y ni siquiera era media mañana. Tartaglia, con las manos a cada lado de la cintura, dejó caer la cabeza sobre su pecho, exhausto, y suspiró pesadamente. Bennett conocía muy bien aquella expresión. En cualquier momento le dirigiría una mirada asesina y le diría que era un bueno para nada, le tiraría una bolsa de mora a la cara y se iría con su Rompeolas a tener aventuras con alguien que no provocara tormentas e incendios con solo existir. Bennett estaba listo para los insultos, para una patada en la espinilla e incluso para una bofetada. Estaba acostumbrado. —Creí que Paimon bromeaba cuando me habló acerca de un sujeto que provocaba avalanchas en Espinadragón con solo estar cerca. —Eh sí —Bennett se rascó la nuca, riendo con nerviosismo—. Ese soy yo. —¿Al que le llueven las rocas de a saber dónde? —Sí… —¿El que se quedó encerrado con Aether, Paimon y un tipo llorón que te echó la culpa de todo? —Pero es que de verdad fue mi culpa, ¿sabes? Yo le traigo mala suerte a todos. Ya viste lo que acaba de pasar. Tartaglia lo examinó como si lo estuviese viendo por primera vez. Volvió a suspirar. —Hagamos algo, camarada —propuso, acuclillándose cerca del último montículo en el islote—. Si aparece un animal hostil, te haré caso y te devolveré a tu tierra para que te mantengas seguro. Si aparece un cangrejo o una concha o algo así, vendrás conmigo hasta los confines de Teyvat. Bennett se alejó, nervioso y apesadumbrado. No necesitaba conocer el resultado para saber que tendrían que pelear. Después, cansado, tendría que tomar su mochila del portamaletas. Le pediría a Tartaglia que lo dejara en el camino principal entre Liyue y Mondstadt. Conocía el camino de regreso al Viñedo del Amanecer y solo le tomaría uno o dos días a pie. O el doble si se encontraba con algún campamento de hilichurls. O el triple si eran Fatui, lo que parecía muy probable dada su suerte maldita. —¡Oooh, esto es lo mejor! —exclamó Tartaglia. Bennett se restregó los ojos, estupefacto. Frente a ellos apareció un cofre lujoso, como el que habían encontrado en aquella mazmorra en la que se quedaron encerrados Aether, Paimon, Royce y Bennett. No, era más grande. O tal vez era la emoción. Era brillante y parecía estar hecho de plata y oro. Tartaglia lo abrió y el contenido los volvió a sorprender. Contenía un arco bruñido sin cuerda, nueve artefactos en perfecto estado, tantos cristales de refinamiento que parecía imposible la cantidad y debajo de todo ello una cantidad insana de mora. Cuando llegaron a doscientas dejaron de contar, porque estaba claro que más de la mitad del cofre contenía moras y ellos no habían tomado ni siquiera la décima parte. —Rápido camarada, trae un saco. Tenemos que guardar las nuevas provisiones. La espada y el arco nos servirán para entrenar. Y si la mora no cabe debajo de nuestros asientos, tendremos que meterla entre el asiento trasero y los delanteros. Bennett siguió las instrucciones de Tartaglia. Cargaron el dinero, las armas y los artefactos y decidieron que verían con mayor detalle la repartición cuando no estuvieran varados en un islote donde parecía que se iban a rostizar por el calor. Después, mientras Bennett cortaba un montón de madera del bote y de uno de los cofres para hacer una fogata, Tartaglia anunció que se iría a pescar. Se quitó la casaca, las botas y los calcetines y trepó la piedra hasta una altura considerable antes de echarse al agua con un clavado meticuloso. Bennett lo vio bracear, con los músculos perfectos de la espalda moviéndose con una cadencia que hipnotizaba. Bennett frunció el ceño, regañándose mentalmente. Mientras Tartaglia regresaba, el muchacho se puso a pensar en cómo su acompañante distaba de ser como el resto, incluso como Aether. Tal vez este no expresaba en voz alta la mayoría de sus pensamientos, pero Paimon parecía ser un altavoz de su mente. Cuando Paimon se quejaba o decía algún comentario hiriente sin querer, Bennett sentía como si en realidad expresara en voz alta algo que Aether no se atrevía a decir por el simple hecho de que era una persona amable y diplomática. Pero Bennett todavía se sentía herido. Cuando sus compañeros de aventuras se lastimaban o se tropezaban, o incluso cuando les pasaba cosas tan sencillas como que su cabello se enredara con alguna rama o que se les desgarrara la manga del uniforme nuevo, siempre dirigían a Bennett una mirada agria y soltaban un comentario despectivo o furibundo. No obstante, Tartaglia no había hecho nada de eso. No lo había menospreciado ni le había dado un puntapié. No le había jalado el cabello o las orejas, como las aventureras solían hacer, ni le había gritado a la cara, como Royce o William. No lo había mirado con temor o nerviosismo, ni lo había apartado a empujones por provocar tormentas. De hecho, Bennett estaba sorprendido de que la reacción más negativa de Tartaglia hasta el momento hubiese sido suspirar. Un simple suspiro como si estuviese cansado y por fin comprendiera todo. No un suspiro cargado de acritud y hastío, como el que soltó incluso Razor una vez, cuando se quedaron encerrados en una prisión antigua. Tartaglia regresó con el cabello lleno de arena y sal, cargando sobre su hombro el cofre que se les había ido y sosteniendo en la otra mano el pescado más grande y gordo que Bennett había visto jamás. El joven tenía una sonrisa divina en la cara, que se amplió cuando vio la cara de sorpresa de Bennett. —Si un cofre se nos va, simplemente tenemos que perseguirlo, camarada. Bennett sintió que su corazón daba un vuelco.
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