Capítulo 16
11 horas y 52 minutos hace
Bennett despertó sintiendo frío en las piernas. Estaba a oscuras en un dormitorio solitario, extendido como si fuese una estrella. Se sintió desconcertado por un momento, porque juraría que se había ido a dormir con la canción de cuna de Tartaglia, que tarareaba, como siempre, a su lado.
Oteó el pedazo de cielo que se podía ver desde la portezuela abierta que daba al balcón, pero aún era noche cerrada. Era imposible que el hombre se hubiese levantado de madrugada a hacer ejercicio.
Bennett estaba a punto de levantarse para buscarlo, pero entonces escuchó su risa colarse a través de las puertas que daban al balcón de la habitación. Tartaglia habló y Bennett se quedó en su lugar, escuchando.
—Uno no espera salir a su balcón y encontrarse con un vagabundo andando entre los techos, señor Zhongli.
—Tan irrespetuoso como siempre, Tartaglia. Supongo que ya se te ha pasado el enojo, si andas tan campante por el puerto. Pero recuerda que la señorita Ninguang sigue furiosa por lo que le tuvo que hacer a su Cámara de Jade no una sino dos veces.
—Humm, pero la segunda vez no fue mi culpa —Bennett casi podía sentir que el joven se encogía de hombros—. Con quien no querría toparme es con ese guerrero malhumorado que suele hospedarse en la Posada Wangshu, pero él no suele entrar a la ciudad, ¿cierto?
—Quédate tranquilo. Aun si te viera, Xiao no sacaría su arma en plena calle. Valora más la seguridad y la paz de los ciudadanos que perseguir a un hombre que no ha vuelto a ver en meses. Hablando de eso, Signora me contó, antes de marcharse a Inazuma, que irías a Mondstadt por un asunto de tu nación. ¿Ese asunto está resuelto?
—Esa mujer no sabía cerrar el pico. Se acostumbró a hablar y hablar frente a los arcontes que pensó que podría hacer lo mismo en Inazuma —despotricó, indolente—. Esto no es algo que vaya a hacer daño a esta nación, señor Zhongli, quédese tranquilo.
—Solo quise cerciorarme de que no venías con la intención de despertar a otro de mis… amigos.
—Lo juro, señor Zhongli, nunca más despertaré a uno de sus amigos en Liyue —Bennett sabía que ninguno de los dos se refería a amigos literales, al menos no como Razor y Amy, sino como a algo más.
—Sé que cumples tus promesas, Tartaglia. Confiaré en tu palabra. Ahora descansa. Si necesitas mi ayuda, sabes donde puedes encontrarme.
—Espere, señor Zhongli…
Un sonido, parecido a las ropas moviéndose con repentina rapidez, llegó hasta los oídos de Bennett. Estaba a punto de levantarse de la cama, nervioso, pero no necesitó hacerlo. Desde su posición vio perfectamente a Tartaglia arrinconado contra la pared, con un hombre de cabello largo y ropas que parecían oscuras debido a la poca iluminación.
Tartaglia lo sostenía con firmeza de lo que parecía su camisa o su corbata, Bennett no podía estar seguro, pero sus ojos brillaban de una forma que él jamás había visto. Bennett pudo sentir el enojo creciente del hombre, filtrándose a través de la noche.
—Hicimos un contrato, Ajax, un juramento —siseó Zhongli. Su presencia se sentía cada vez más peligrosa.
—Lo juro, por mi patria y por mi honor, lo juro con mi vida. Solo una. Solo una vez más. Por favor.
Bennett se quedó petrificado cuando Zhongli miró hacia adentro, directo a sus ojos. El corazón se le desbocó en el pecho. Se sintió inútil y amedrentado cuando Zhongli rompió el contacto de miradas, volvió su vista a Tartaglia y lo besó.
El joven rodeó al hombre con los brazos, profundizando el beso. Entonces uno de los dos gimió, no importaba quien. Bennett, sin saber qué hacer, le dio la espalda al balcón, apretó con fuerza los párpados y la boca y se tapó las orejas.
Luego de un suspiro, que parecía nunca llegar, Zhongli dijo—: Este es el único contrato que renovaré porque lo he roto. Y agregaré una cláusula: tratémonos como conocidos cordiales. Sin contacto físico, sin miradas, sin insinuaciones ni subtextos. Si no puedes cumplir con tu parte del trato y con tu propio juramento, nunca más volveré a aparecer ante ti.
—Zhongli…
La voz de Tartaglia era suplicante, devastadora. Bennett lo pudo escuchar a pesar de que quería arrancarse las orejas. Se sentía como un intruso, como una tercera rueda que ni siquiera podía moverse por temor a alertarlos.
Después de mucho rato, Bennett se giró con lentitud hacia el balcón. En el suelo, en cuclillas y con la cara entre los brazos, Tartaglia pasaba la noche en completa soledad. Hacia rato que Zhongli se había marchado.
Se quedaron así, respirando a la vez, pero con sentimientos que nada tenían que ver los unos con los otros.