Capítulo 17
11 horas y 54 minutos hace
Bennett volvió a despertar, pero ya era entrada la mañana. Cuando se giró, amodorrado, vio a su acompañante medio desnudo a su lado, acostado boca abajo, mirándolo directamente. Bennett dio un pequeño respingo.
—¡Tartaglia! Oh, qué susto. ¿Qué hora…?
—Más de las doce, camarada. ¿No pudiste dormir bien? Supongo que estábamos muy cansados, ambos.
Bennett recordó de golpe lo que sucedió en la madrugada. Intentó divisar culpa o nerviosismo en la actitud de Tartaglia, pero este permanecía impasible. Si acaso, parecía como si él tampoco hubiese podido dormir mucho. Bennett no quiso indaga; no lo consideraba prudente.
—¿No íbamos a irnos a mediodía? ¿Tendremos que quedarnos otro día en Liyue? —cuestionó Bennett. La verdad era que no quería parecer ansioso por salir corriendo.
No obstante, Tartaglia era un experto en el engaño. Él mejor que nadie sabía que Bennett le estaba ocultando algo. Se acercó un poco más al muchacho, seguro de que su mirada solía intimidarlo. De hecho, las pupilas de Bennett se agrandaron al notar que el joven se le estaba acercando peligrosamente.
—¿No pudiste dormir anoche? —cuestionó.
Si Bennett decía que no, entonces Tartaglia se daría cuenta de que lo estaba espiando. Así que se obligó a poner una sonrisa, de esas que siempre ponía cuando algo salía mal por su culpa, y dijo—: ¡Qué va! Estaba tan cansado que tan pronto como comenzaste a tararear me quedé dormido a pierna suelta.
—¿En serio?
Bennett agitó la cabeza en señal de afirmación. Se arrepintió, porque al mover la cabeza de arriba abajo sus labios casi rozaron con los de Tartaglia. Sintió su corazón saltar en su pecho, asustado.
—Eso es bueno, camarada. Vamos, tenemos que vender el botín, comprar algunos cambios de ropa, provisiones, ingredientes y el dinero restante lo podemos guardar en el banco del…
El estómago de Bennett rugió de forma tan sonora que pareció como si un perro se hubiera colado en la cama para gruñir. Bennett se sonrojó, cubriéndose los ojos con el antebrazo.
—Lo siento, suelo desayunar antes de mediodía.
Tartaglia se sonrió, relajado. Parecía como si lo de anoche jamás hubiera ocurrido. Incluso parecía como si simplemente se hubiera despertado al lado del muchacho y hubiera aguardado a que él despertara también.
—Creo que nuestra primera parada será una mesa llena de comida.
Bennett había notado en los últimos días: Tartaglia solía comer en grandes cantidades. A diferencia de él, que muchas veces se contentaba con alguna manzana o frutilla del camino durante sus largas jornadas a pie, Tartaglia solía buscar un lugar cómodo para disponer una amplia variedad de platillos.
Sabía pescar, conseguir ingredientes y además cocinar. Bennett no sabía si era porque tenía entrenamiento marcial o porque simple y llanamente Tartaglia era mejor explorador que el muchacho. Él a duras penas podía hacer huevos estrellados, que siempre terminaban quemados de las orillas.
Así pues, no le sorprendió cuando Tartaglia le dijo—: Espera aquí —y salió del dormitorio, vistiendo solo el pantalón que usaba para dormir. Si por él fuera dormiría desnudo, pero Bennett casi chilló cuando lo vio a punto de retirarse los calzoncillos la segunda noche.
Aun así, tan pronto como salió del dormitorio, Bennett escuchó los gritos de sorpresa y emoción que soltaron las dependientas al ver salir al joven desnudo de la cintura para arriba, y además descalzo.
Dejó todos sus enseres, su casaca, sus armas y sus botas dentro de la habitación. Bennett los observó con detenimiento, sobre todo a la extraña máscara que coronaba la mesita donde Tartaglia acomodó su camisa, su casaca, su bufanda y sus guantes. Tocó la máscara; se sentía fría al tacto. Le recordaba a las de los agentes pyro que solía encontrarse en campo abierto, pero esta era más elaborada y, de hecho, parecía más siniestra.
Estuvo a punto de tomarla, pero sintió a Tartaglia abrir la puerta, haciendo malabares con una bandeja llena de comida y una jarra llena de un líquido rosado que parecía fresco y delicioso, y que iba adornado con un ramillete de menta. Este depositó la bandeja en la mesita redonda que estaba frente al balcón del dormitorio.
Bennett se iba a sentar dándole la espalda al balcón, pero luego se lo pensó mejor. Necesitaba que Tartaglia creyera que no tenía nada en contra de ese lugar, así que se sentó dando la cara al intenso cielo azul de Liyue.
Tartaglia se acercó a la mesita de noche y comenzó a vestirse con paciencia. Primero la camisa, los arneses, sus armas, la casaca, la bufanda, el protector de hombro, los guantes y al final la máscara. Cuando se puso calcetines limpios y cerró las botas en sus piernas, el hombre se dirigió a la mesa y se sentó junto a Bennett, de cara al balcón.
El muchacho gradeció por la comida antes de servirse unos pancakes en los que la mantequilla y la mermelada de solsettia estaban untadas de una forma preciosa. Tartaglia hizo lo propio.
—¿Habías venido antes a Liyue, camarada?
—Solo a la posada Wangshu y a ciertas regiones cercanas a Espinadragón. Suelo encontrarme con muchos hilichurls así que prefiero no alejarme tanto de Mondstadt —se embutió un pancake entero a la boca, para no tener que seguir hablando. Sin embargo, como parecía que Tartaglia no iba a abrir la boca más que para comer, Bennett decidió sacrificar su paz mental para conseguir un poco de la atención del joven—. Pero ¿sabes? Una vez encontré una corriente de aire que me llevó a un precipicio, por alguna razón terminé cerca de la Guarida de Stormterror, aunque me hallaba en Liyue. Una tormenta se avecinaba, así que debía encontrar refugio…
Tartaglia era el público perfecto. Jadeaba donde tenía que hacerlo, reía con los chistoretes de Bennett y sus exclamaciones salían de su boca en el momento correcto. Al final, aunque el muchacho estaba reacio a hablar, terminó por contarle una aventura de dos horas al joven. Este no lo apuró ni lo presionó, a pesar de que estaban con el tiempo encima.
En cambio, cuando parecía que Bennett había terminado con su historia, Tartaglia se levantó, se estiró y tomó los platos sucios para devolverlos a la bandeja. Pero Bennett ya se había perdido en los derroteros a donde lo llevó su mente cuando su mirada recayó en el ombligo perfecto de su acompañante.