Capítulo 19
11 horas y 54 minutos hace
La tarde se les fue volando. Después de disfrutar de algunos platillos interesantes y deliciosos en compañía de Xiangling, Guoba y el chef Mao, Tartaglia y Bennett se despidieron. Llevaban a cuestas todo lo que habían encontrado en la pequeña isla de Guyun: reliquias, armas, joyas y cantidades obscenas de mora acuñada hacía siglos, según constataba el año de algunas.
De hecho, cuando quisieron intercambiar algunas en la tienda de antigüedades, la dependienta les hizo notar que llevaban monedas que ya no valían el valor que anunciaban, sino que se podían vender como antigüedades junto a las reliquias y las joyas. Bennett se emocionó cuando supo que cada una de las monedas valía al menos de cien mil a cuatrocientos mil mora actuales. Ellos habían dejado de contar después de 200, cuando ni siquiera habían recogido un puñado entre ambos.
Un corro de gente se formó alrededor al observar la extraña situación. Trece dependientes se dedicaron a pesar las monedas antiguas en lugar de contarlas una por una. Confiaban en que Morax habría hecho tan bien su trabajo que podían contar a ciegas, de esa forma, en lugar de irlas observando de una en una.
—Diez mil ciento treinta y dos monedas —anunció uno de los dependientes—. Haremos el análisis aquí mismo. Por favor, llamen a los guardias. Esta cantidad es demasiado valiosa para que sea robada.
Al poco rato había un pelotón de soldados, aventureros experimentados en protección y resguardo, comerciantes interesados y un sinfín de locales y foráneos que se dedicaban a observar con atención a los dependientes mientras trabajaban a toda marcha. Estos habían seleccionado un total de mil monedas completamente al azar para observar su composición, grabados y nivel de deterioro.
—Están muy bien conservadas. Nunca les entró humedad. Pareciera como si se acabaran de acuñar ayer, pero esta moneda es de hace más de setecientos años. Al menos esta moneda vale… —la dependienta hizo complicados cálculos mentales. Su cerebro parecía estar funcionando a toda máquina—: Medio millón de mora. Estoy segura de que puede sustituir medio millón de mora como catalizador en una mesa de alquimia.
Bennett se quedó estupefacto. De quinientas moras conseguidas a costa de casi morir en cada aventura, ahora ganaba mil veces más con una sola de ellas. Miró a Tartaglia de hito en hito, quien también parecía descolocado por el repentino golpe de suerte.
—Pero esta por el contrario podría sustituir si acaso a unos 70 mil de mora —consideró otro dependiente, apesadumbrado.
—Creo que, dadas las enormes diferencias entre una y otra, tendremos que verificar la calidad de cada una —anunció la dependienta que los había recibido al principio—. ¡Rápido! Publiquen un encargo en el Gremio de Aventureros y pidan a los comerciantes y a los alquimistas que nos ayuden a cambio de una gratificación adecuada. Señor Tartaglia, señor Bennett, ¿podrían esperar y volver dentro de una semana?
Bueno, no todo iba a ser ideal y perfecto. Bennett suspiró, como siempre que hacía cada vez que sus planes se desviaban por completo. Si tuvieran que esperar una semana, no lograrían llegar a tiempo a Watatsumi para aceptar el encargo de Enkanomiya.
Tartaglia pareció adivinarle el pensamiento, porque puso cara de contrariado y dijo—: No puedo aceptar este trato, señorita. Por favor, táseme ciento treinta y dos de esas monedas para la noche. En cuanto a las demás, los dejaremos hacer su trabajo cómodamente, así que pueden enviarnos una carta en cuanto obtengan los resultados. Nosotros necesitamos estar en Inazuma pasado mañana.
—En ese caso no necesitaremos a los alquimistas y podemos reducir el presupuesto que se destinaría a contratar a treinta aventureros —canturreó la mujer—. Xiexie, organicen una zona exclusiva para el análisis de las monedas. Iré al Pabellón ___ para solicitar un permiso especial de protección.
Mientras los dependientes hacían su trabajo, los dos jóvenes fueron llevados de aquí para allá para que vendieran sus joyas y reliquias. Después de todo, Joyas Mingxing podría quedar en bancarrota después de recibir más de diez mil monedas antiguas.
Sin embargo, aunque Tartaglia era un buen negociador y un maestro del engaño, pronto se dieron cuenta de que no tenía madera para realizar compraventa de artículos antiguos. Lo suyo era recuperarlos para que alguien más (no importaba quién) se dedicara a venderlos. Él solo recibía las jugosas comisiones.
Así que no le quedó de otra a Bennett más que hacer valer los conocimientos que con tanto ahínco le enseñó el exitoso y millonario dueño de la industria vinícola de Mondstadt. Para algo llevaban los mismos apellidos.
Al principio Bennett se mostró cohibido y los comerciantes lo estaban haciendo papilla, pero cuando Bennett vio que cierto hombre gordo y grosero le miró fijamente el trasero a una de las meseras del Pabellón Liuli, el muchacho cambió por completo. Parecía como si el espíritu de Crepus Ragnvindr lo hubiese poseído.
Se sentó con la espalda recta, amenazó al gordo con una mirada afilada (que parecía más amedrentadora porque sus ojos eran del color del jade) y terminó desfalcándole diecisiete millones de mora por una de las joyas más feas de la colección.
Con cada nueva negociación el ambiente se ponía más y más caldeado. Las meseras y los cocineros observaban, cada vez más admirados, cómo un adolescente dejaba en bancarrota a dos comerciantes tacaños, otro salió con lágrimas en los ojos, otro más enfurecido por haberse dejado llevar por un niño.
No ayudaba que junto a él se irguiera amenazante uno de Los Once.
Este no estaba menos impresionado. Veía al adolescente tierno, ingenuo y torpe, que de pronto desplegaba destrezas que él mismo no habría podido inculcarle. ¿Cuánto tiempo se habría dedicado Diluc Ragnvindr en pulir al talentoso Bennett, que podía competir contra los mejores comerciantes de la ciudad y salir victorioso?
Pero Tartaglia no demostraba su desconcierto y excitación. Muy por el contrario, pues sabía que la gente lo reconocía y sabían quién era él. No podía ir por ahí revelando exactamente las mismas caras de asombro que los meseros de Liuli. Por eso, se mantenía junto a Bennett con las comisuras de los labios hacia abajo y con la penetrante mirada pendiente de los comerciantes y de sus acompañantes. Con tanto dinero a la vista, cualquiera podría querer aprovecharse de la situación.
—Parece que tenemos un hueso duro de roer —anunció un comerciante de mediana edad, sentándose sin más ceremonias—. Corre el rumor de que el joven amo Ragnvindr está en la ciudad y ya ha amasado más de cien millones de mora en un solo día. Esperaba encontrarme con ese característico cabello rojo que siempre es motivo de pesadillas a donde vaya.
Bennett no pareció avergonzado o desanimado, sino que infló el pecho con orgullo.
—Debe estar hablando de mi hermano —sonrió, mostrando esa cara desenfada que siempre traía en sus aventuras—. El maestro Diluc es quien me enseñó para que yo pudiera usar el apellido Ragnvindr dignamente.
—¿Y supongo que traes algo que pueda interesarme, joven maestro?
Bennett observó con atención al sujeto. Debajo de la barba y las cejas tupidas mostraba un rostro atractivo de mediana edad. No llevaba accesorios en demasía, como el resto de los comerciantes; este apenas usaba una argolla de matrimonio. Sus ropas tampoco parecían tener una nacionalidad específica, sino que llevaba pantalones, botas y una casaca de colores neutrales, sin adornos ni bordados de ningún tipo.
—Dígame, ¿le gusta más la ciencia o la tecnología? —cuestionó Bennett. Tartaglia se dio cuenta de que el muchacho siempre hacía la misma pregunta a cada persona que pasaba con él. A partir de ahí, dirigía la conversación en diferentes direcciones.
—Mmm —el hombre se lo pensó seriamente, luego respondió—: La ciencia. He descubierto que las tesis de la Academia de Sumeru pueden ser muy interesantes.
Bennett sonrió—. Entonces déjeme mostrarle algo, señor.
El muchacho abrió la bolsa que llevaba consigo y seleccionó una serie de zafiros. Unos iban incrustados en joyas, otros rodaban solitarios por ahí, entre moras y artefactos. Eran catorce en total, de diferentes tamaños, formas y tonalidades.
—Mire este —señaló una piedra que en lugar de ser azul era entre morada y rosa—. La alta concentración de cromo lo hace ver de este color, pero sigue siendo un zafiro. Y este otro —sacó a continuación una enorme piedra brillante de color negro azulado— se ve así porque tiene una gran cantidad de hierro y titanio. De todos modos, las catorce piedras que está viendo son zafiros. El titanio puede cambiar la coloración de estos zafiros. De hecho, si usa titanio en una técnica de inyección, podría conseguir “tatuarle” a las piedras una marca en forma de estrella. Eso las haría más exclusivas y, por lo tanto, más valiosas… Tengo entendido que la Sima ha sido abierta, así que puede encontrar titanio a precios accesibles. Así que solo es cuestión de conseguir dos cosas de mí: el material principal y el procedimiento.
—¿Cuánto quieres por las piedras, joven maestro?
Los meseros de Liuli eran los mejores consiguiendo ciertos enseres. Así que de un momento a otro llegaron a Bennett y a Tartaglia con toda clase de alhajeros, sacos de terciopelo y cofrecitos acolchonados que les vendieron al por mayor. Era verdad lo que decían: no eras un liyuense si no podías aprovechar la oportunidad de hacer negocios.
Así que Bennett tomó uno de los cofres, depositó las catorce piedras y joyas, cerró el cofre y lo deslizó hacia el comerciante antes de decir—: Considérelo un regalo por participar en la subasta del procedimiento de inyección de titanio en piedras preciosas. El coste de inscripción es voluntario.
El comerciante abrió la boca, sorprendido.
—¿Cuál fue la inscripción más cara? —preguntó. Su orgullo de comerciante era el que hablaba por él.
—Cuarenta millones en efectivo —mintió Tartaglia. Cada vez que un comerciante preguntaba lo mismo, el joven iba aumentando la apuesta dos o tres millones más. Y lo hacía porque, tan pronto como lo decía, los comerciantes desencajaban la mirada, consultaban con rapidez sus finanzas y ofrecían dos o tres millones por encima de la cifra “revelada”.
Pasó exactamente lo mismo en esta ocasión: el comerciante maldijo por lo bajo, ordenó a su asistente que fuera al Banco del Norte a pedir veinte millones prestados y en media hora tenían listos cuarenta y cinco millones de mora en efectivo.
Cuando los doce comerciantes se reunieron a la vez para pujar por el procedimiento, Bennett permitió que los meseros fuesen quienes lo hicieran. La verdad sea dicha, a Bennett no le interesaba poseer tanto dinero; Tartaglia hacía rato que se había aburrido de contar. Seguían adelante tomando y tomando dinero por el simple hecho de que a Bennett le había molestado la mirada lujuriosa del comerciante gordo.
Al final, cuando los comerciantes se marcharon, entre descontentos e impresionados, Bennett yacía en medio de sacos y sacos apretados de mora.
Los dependientes de Joyería Mingxing llegaron con ellos, acompañados de un pelotón de soldados. Dos de ellos cargaban otro bulto de dinero.
—Terminamos de tasar las 132 monedas. Son 17 millones de mora. ¿Gustan que lo verifiquemos frente a ustedes?
—No hace falta —Tartaglia bostezó, sintiéndose libre de su máscara—. Abriremos una cuenta a tu nombre, camarada. Todo este dinero será tuyo —anunció, con ese tono que no admitía discusiones—. Toma lo que necesites. Llamaré a mis hombres para que vengan por el dinero.
—¡Muy bien! —exclamó el muchacho—. Señorita, ¿cuántas personas se dedicaron a tasar las monedas?
—Doce personas, contándome, joven maestro. ¿Tiene alguna queja o sugerencia?
—Muy bien —dijo de nuevo. Sacó tres millones de mora del saco más cercano y las ofreció a la dependienta. Luego sacó otros dos millones y los ofreció a una de las meseras—. Repartan a partes iguales el dinero. Es la propina por su trabajo.
Todos los trabajadores se alegraron. A partir de entonces comenzarían a hablar maravillas de Bennett Ragnvindr, que sabía recompensar en demasía a las personas que le ayudaban.
Bennett sacó otro millón de moras, abrió el saco y tomó un puñado pequeño con la mano, el mismo que echó a su mochila. Luego guardó el dinero y no volvió a preguntar por él.