Capítulo 20
11 horas y 54 minutos hace
La noche volvió a caer sobre la animada ciudad. Bennett y Tartaglia se apuraron en ultimar sus compras para no andar a las prisas a la mañana siguiente, pero Liyue parecía nunca dormir. Los barcos arribaban a puerto a todas horas, los restaurantes parecían abiertos de día y de noche e incluso la famosa Yunjin ofrecía un pequeño concierto a pesar de que ya era más de medianoche.
—Es por el Rito de la Linterna —explicó Tartaglia, tranquilo—. La ciudad siempre suele ponerse ajetreada dos o tres meses antes de que ocurra.
Bennett veía todo con sumo interés. En cuanto los comerciantes se marcharon con los bolsillos vacíos, el muchacho suspiró, se desparramó sobre la silla y tembló por un momento, exhausto. De pronto volvió a ser el tipo ingenuo y torpe que se tropezaba con todo.
No obstante, Tartaglia se grabó en la mente su máscara de las últimas horas. Su espalda recta, sus hombros relajados, su cara seria y su mirada afilada. Hablaba con propiedad y elegancia y, si el fatui no supiera que era solo un aventurero desafortunado que solía quedarse encerrado en las mazmorras, bien pensaría que era el hijo perdido de Crepus Ragnvindr. El maestro Diluc había hecho de él un monstruo de los negocios, y ni siquiera había cumplido los diecisiete años.
A pesar de eso, a Tartaglia le gustaba más el Bennett auténtico. Ese que estaba a punto de ser estafado por un charlatán que le decía que sí, que esas piedras deslavadas que colgaban de cadenas de latón eran auténticos conductores elementales, que podría usar condensado de slime para imbuirlas y entonces podría imitar los poderes de las visiones.
—¡Tengo buen ojo, señor cliente! ¡Seguro que usted sería un maravilloso usuario cryo! —le decía el tipo.
A Bennett le brillaron los ojos. Tartaglia suponía que era la misma forma en que algún papanatas lo habría engañado para que llevara a todos lados esos googles inservibles.
—¡Mira, Tartaglia! ¿No sería genial usar otro elemento?
—Oooh, ¡hoy tenemos la oferta especial de dos por uno y medio! Tan solo setenta y cinco mil mora, ¡aprovechen esta grandiosa oferta! Y por supuesto, ¡también tengo condensado de slime! Con precio de descuento en la compra de estas piedras preciosas…
—Ah, pero no es necesario, creo que tenemos suficiente condensado de slime como para cubrir todo el puerto —argumentó Tartaglia, con una sonrisa que no parecía amable.
Se paró junto a Bennett. El muchacho tenía que verlo hacia arriba porque sus ojos estaban a la altura del pecho del fatui, pero no le importaba hacerlo. Este, sin embargo, parecía amenazante desde cualquier ángulo.
—Yo estoy muy contento con mi visión —dijo el fatui. Se llevó una mano al cinto del pantalón y removió la casaca abierta en el proceso. Su visión hydro destacó en su costado derecho.
El vendedor se puso blanco como papel al reconocer los detalles de la visión. Cada nación tenía las propias y, por supuesto, cualquiera que quisiera andar seguro por los caminos debía evitar a toda costa enemistarse con los fatui. Más si caminaban a sus anchas dentro de las ciudades.
—¡Podemos dejarlo para después! ¡Tal vez para el Rito de la Lintera, señor cliente! Estas piedras nunca se acaban, por lo que tendré nuevas adquisiciones provenientes de Sumeru muy pronto…
Dicho esto, el hombre tomó sus cosas como pudo y salió corriendo sin mirar atrás.
—¡Ah! —exclamó Bennett—. Agh. ¡Yo quiero saber qué se siente ser usuario cryo, Tartaglia!
Estuvo a punto de hacer un puchero, pero se lo pensó en el último momento. No quería que Tartaglia pensara mal de él. Se sentía como una carga, así que no quería incomodar de ninguna forma a su acompañante. Aun así, le preguntó:
—¿Tú sabes cómo se siente usar otro elemento?
Tartaglia movió un poco más su casaca. No era un gesto obsceno para mostrar su vientre o hacer resaltar su pantalón (aunque Bennett notó antes esto), sino que una visión saltó a la vista, más pequeña y completamente diferente a cualquiera que Bennett había visto. Era una visión electro.
—Esto, camarada, se llama Engaño.
Bennett vio por primera vez la razón del poderío militar de los fatui. Un poder maldito que nada tenía que ver con las bendiciones de los dioses. Sabía lo que provocaba en el cuerpo de una persona común. Diluc le había contado todo cuando bebió una copa de vino por accidente; no era muy tolerante al alcohol.
Padre Crepus envejeció de pronto. Se estaba secando en vida, como si el maldito artefacto le estuviese chupando la vida. Diluc decidió atravesarlo con su arma y terminar su sufrimiento. Aquello le hizo tomar un odio desmedido contra los fatui.
Bennett no los odiaba, pero sí les tenía suficiente aversión. Todavía sentía cierto rechazo por Tartaglia, sobre todo cuando intimidaba a la gente de la forma en que acababa de hacerlo. No obstante, ahí estaba con una carta de presentación escrita de puño y letra por su hermano mayor, el que más odiaba a los Fatui.
Si Diluc podía dejar su resentimiento de lado por el bien de Bennett, entonces él podía ser comprensivo con los métodos de Tartaglia. Al menos mientras no hiriera a alguien frente a él.
El joven, sin notar nada sobre el debate interno del muchacho, se giró dándole la espalda y lo llamó. Tenían que ir a dormir si querían descansar lo suficiente.
—Vamos, camarada, la noche es corta.
Y llegó el momento de dormir, de nuevo. Tartaglia realizó su rutina, que ya era casi un ritual preparativo para Bennett. Este lo observó en silencio, como si de un espectáculo se tratara.
Tartaglia se quitó primero la casaca. Debajo llevaba los cintos porta armas. Retiró cada daga, cada pistola, luego se quitó la camisa rojo sangre. Dobló tanto la casaca como la camisa y las dejó sobre el buró. Luego se quitó la máscara, los guantes y, descalzo, se dirigió a la bañera.
—Ahorraríamos agua si nos bañáramos a la vez, camarada —insistió.
Bennett se quedó congelado mientras se quitaba sus propias botas. Luego continuó, sin mirarlo a los ojos.
—No es necesario.
Tartaglia se encogió de hombros.
Bennett estaba exhausto. No había dormido bien la noche anterior, no había comido bien y tampoco había actuado bien. No le gustaba arrebatarle el dinero a la gente, aunque fuese un acto legítimo. Prefería encontrar las moras de cofres olvidados por el tiempo.
Apenas se recostó, cerró los ojos y se quedó profundamente dormido.
Volvió a despertarse a mitad de la noche, pero no porque le diera frío, sino porque sentía un calor sofocante. No, no era un calor sino algo caliente.
Caliente y duro.
Abrió los ojos de par en par y su corazón se desbocó en su pecho. Intentó contra todas sus fuerzas serenarse, porque solo su piel separaba a su arrítmico corazón de la mano áspera de Tartaglia.
Este estaba casi encima de él. Durante la noche y sin que se diera cuenta, lo atrajo hacia sí mismo, de manera que sentía el sereno corazón del hombre latiéndole en la espalda. Su nariz expulsaba aire caliente sobre el cabello del muchacho. Estaba tan cerca de él que sus labios rozaban con suavidad la nuca desnuda de Bennett.
Pero lo peor era, sin duda, su trasero. Sentía perfectamente la erección de Tartaglia, un palo de carne duro que parecía querer abrirse paso entre las telas.
Tartaglia se removió y Bennett se dio cuenta de algo peor. El hombre estaba desnudo. Completamente desnudo. De otra forma no podría sentir con tanta claridad una maldita erección de ese tamaño.
—Bunny… —susurró, sus labios puestos contra la nuca del muchacho.
—Tar…
Bennett no terminó de llamarlo. Notó algo en su short.
No puede ser, pensó.
Estaba teniendo su primera erección y no era por Bárbara o Amy, ni siquiera por Razor. Era por un tipo al que tenía menos de una semana de conocer.
—¿Estás despierto? —preguntó Tartaglia de pronto—. Bennett…
El muchacho cerró los ojos con fuerza. Intentó relajarse, pero las evidencias eran claras. Un corazón vuelto loco, un estúpido pene apretándole en el short.
Tartaglia soltó una risa que se sintió como un beso.
—Si lo odias, siempre puedes abandonarme en el camino, Benny. Bueno, primero puedes rostizarme las bolas.
Bennett se debatió por apenas tres segundos. Luego se desembarazó del abrazo de Tartaglia, intentó levantarse y se vio nuevamente aprisionado por sus brazos, pero ahora de frente a él. El aliento húmedo del hombre chocó con la mejilla de Bennett.
—¿Me odias? —cuestionó.
Bennett no soportaba la pugna en su pecho, en su ropa interior. Los brazos de Tartaglia eran frescos y cómodos, le invitaban a seguir junto a él sin cuestionarse las cosas.
—Sssí…
No.
Bennett se contorsionó para librarse del abrazo de Tartaglia, pero eso provocó que terminara a horcajadas encima de su ombligo, con esa monstruosa erección justo en medio de su trasero.
—¿Me temes? —susurró contra su oído.
Lo acarició del cabello, su otra mano explorándole la espalda por debajo de la ropa. Tartaglia solo lo había acomodado encima de él, pero era como si sus pieles fueran imanes.
—Sssí —intentó decir una vez más.
No.
Hacía tiempo que había dejado de temerle de verdad.
—Quédate a mi lado, Bennett.
—… Sí.
—¿Puedo besarte?
—¡No! —su respuesta fue firme, categórica. Se liberó de las caricias de Tartaglia y se levantó a toda prisa, golpeándose todo en su carrera por salir de ahí.
Tartaglia también se levantó y tomó algo del buró. Bennett pensó lo peor. Que se había enojado, que lo dejaría en ese momento, que le dispararía.
En cambio, se puso el pantalón a toda marcha y salió después de decir—: Necesito tomar aire, camarada. Duerme, nos queda un día largo por delante.
Bennett se quedó sentado en el suelo, con el corazón revuelto y la ropa desbocada. O algo así.