Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
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Capítulo 22

Ajustes
—Nos viste esa noche, ¿verdad? Bennett fue tomado desprevenido por segunda ocasión. Se atragantó con el estofado y por poco hacía un desastre en la parte de atrás del Rompeolas. Llevaban toda la tarde navegando directo a Watatsumi. El camino era sencillo: salir del puerto, dar media vuelta, doblar hacia la derecha para rodear la ciudad y luego ir derecho rumbo al sur. Hasta ese momento todo iba de maravilla. El sol iluminaba el horizonte, las nubes flotaban apacibles en el cielo y todo era de color azul intenso. —¿A qué te refieres exactamente, Tartaglia? —Bennett se masajeó la nuca con nerviosismo. Tartaglia hizo lo mismo que Zhongli: evitó hablar directamente del tema. Los pensamientos de los hombres adultos eran complicados para él. Se quedaron silenciosos por un rato, hasta que Tartaglia decidió hablar de nuevo. —¿Te gustan los hombres? Otra pregunta sin sentido. —La verdad es que no —Bennett se encogió de hombros—. No es que tenga nada en contra de los homosexuales, o algo así. Solo sé que me siento como un manojo de nervios cada vez que Bárbara me cuida. O cuando Amy se acerca mucho y puedo oler su perfume. Las chicas son encantadoras, ¿no lo crees? Je, je. —Bueno, he de decir que nadie se puede resistir a una chica bonita —coincidió Tartaglia. Bennett no sabía si hablaba en serio, pero prefirió no averiguarlo. Las dudas se acumulaban cada vez más y ni siquiera tenían una semana viajando. Aun así, Bennett estaba decidido a no dejar a Tartaglia hacer un movimiento sobre él. Sí, respetaba las extrañas preferencias de sus hermanos y la relación rara que se había dado entre Zhongli y Tartaglia, pero el muchacho no quería nada que ver en todos esos dramas. Él estaba bien moviéndose en terreno seguro. Mejor tener un amor no correspondido por la diaconisa Bárbara o por la Caballero Exploradora a tener que lidiar con un hombre más grande y fuerte que él. Sí. La erección de la noche anterior había sido una reacción natural de su cuerpo. No tenía nada que ver con el deseo o la atracción. Simplemente se sentía celoso de la espalda perfecta y el abdomen tonificado de Tartaglia. Solo eso. Los derroteros de su mente no pudieron seguir más, pues tan pronto como dejaron de escuchar el bullicio de la ciudad, el cielo se tornó de un oscuro gris y gruesas gotas de lluvia comenzaron a hacer un desastre donde antes solo había un oleaje suave. —Maldita sea —despotricó Tartaglia, sin poder dirigir el Rompeolas. El pequeño timón se le resistía entre las manos—. ¡Camarada! Tira los líquidos y guarda todo. Asegura las ventanas. Cierra el baúl debajo del asiento con llave. Bennett obedeció en el acto. Hizo todo al pie de la letra. Luego, sin que Tartaglia se lo dijera, se coló entre los asientos de en frente y se sentó a su lado. Rayos comenzaron a caer por todos lados y la tormenta arreció, furiosa. Se suponía que ya no había más tormentas en esa parte del mundo desde que la Arconte Electro calmó su ira; al menos eso era lo que Aether le había asegurado a Bennett. —¡El cinturón! —le reclamó Tartaglia, pero el Rompeolas ya se estaba dando la vuelta—. ¡BENNETT! Bennett sintió el aire entre su trasero y el asiento. Estaba volando, o flotando. Antes de cerrar los ojos y cubrirse la cabeza, vio a Tartaglia luchando con su propio cinturón. Segundos después, sintió los brazos de Tartaglia a su alrededor antes de escuchar el ¡CRRRAC! de un hueso roto. Bennett abrió los ojos y vio la sangre manchando todo mientras el Rompeolas daba vueltas. Por puro instinto abrazó la cabeza de Tartaglia con el mismo ahínco con que él lo abrazaba. Un segundo después un golpe doloroso le deformó los dedos de la mano derecha y le reventó un dedo, pero la cabeza de Tartaglia estaba segura. —¡Bennett! —volvió a gritar, si acaso, más asustado. Era la primera vez que escuchaba a Tartaglia decir su nombre de día, y además dos veces. El dolor le hizo perder la conciencia.   Cuando Bennett despertó era pasada la medianoche. Estaba recostado en una cama de sábanas y arena en un sitio que parecía tranquilo y seguro. Encima tenía una tienda Fatui. Por un momento se sintió nervioso, pensando que los Fatui lo habían apresado, pero entonces recordó que, de hecho, viajaba con uno de los más importantes. Se levantó, nervioso, amodorrado y con el peor de los dolores en su mano derecha. Salió directo hacia una pequeña fogata con un caldero humeante encima. A un costado había un montón de verduras. Dos enormes rábanos, un repollo, una solsettia, una ristra de trigo y dos guardamanos viejos. Tartaglia estaba sentado en un asiento improvisado, con uno de sus brazos en cabestrillo. —¡Camarada! Nos salvamos por los pelos —dijo, cansado—. Y lo peor es que esos idiotas a los que vencí no me dejaron más que verduras. Nunca había obtenido tan poco por tres grandotes amenazantes. Bennett comenzaba a extrañar esa suerte maldita que lo acompañaba, pero no esperaba ver a Tartaglia hecho pedazos. Cuando invocó su espada y la imbuyó en elemento pyro, vio la sorpresa de Tartaglia. —Hummm, no es suficiente. ¡Espérame aquí, Tartaglia! Tartaglia se levantó de golpe cuando vio a Bennett guardarse la espada y echarse a nadar. Tardó casi veinte segundos en llegar a la siguiente orilla, donde había visto una especie de máquina cuadrada. Bennett, apaleado, cansado y con la mano dominante rota, provocó al Patrullero de las Ruinas y comenzó a golpearlo con puros ataques elementales. Movía su espada de un lado a otro con una mano con la que no era muy bueno y, aun así, logró vencer a la enorme máquina en un santiamén. Tomó los materiales del Patrullero una vez que cayó roto al suelo y entonces nadó de regreso, si acaso, más aporreado que unos minutos atrás. Tan pronto como estuvo a menos de dos metros de Tartaglia, Bennett golpeó el suelo con su mano rota y un enorme círculo pyro se formó debajo de ellos. Ambos se recuperaron al instante, en cosa de dos o tres segundos. Los huesos rotos, los golpes, los cortes e incluso el cansancio y la baja estamina. Todo había desaparecido al instante. —¡Camarada! ¡Me estaba deprimiendo tener el brazo roto! ¡Gracias! Bennett sonrió con verdadera felicidad al escuchar a Tartaglia. Eso era para lo que era realmente bueno: para curar y apoyar. Bennett no sabía hacer otra cosa. Después de tanto tiempo prácticamente solo, lo menos que podía hacer era que sus compañeros no se entristecieran a su alrededor por llevar heridas fuertes. —¡Vamos! ¿Qué tal si comemos algo y nos vamos a dormir? Por la mañana podemos ir al Santuario Sangonomiya para presentarnos al encargo de la Arconte Electro. Sí, esas eran las verdaderas aventuras. Medio cansados, medio maltrechos, pero con la satisfacción de saber que vivirían un día más para contar sus aventuras.
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