Capítulo 23
11 horas y 57 minutos hace
Tartaglia no hizo ningún movimiento esa noche. En su lugar, como ya se había recuperado, armó con paciencia otra tienda y se echó a dormir debajo de ella con el estómago lleno y una sonrisa de satisfacción en la cara.
Bennett hizo lo mismo en la tienda que Tartaglia ya había arreglado para él, pero no pudo dormir hasta bien entrada la noche. No sabía si tenía miedo o estaba a la expectativa, pero el joven Fatui no se acercó en ningún momento, o al menos no mientras Bennett estaba despierto.
Para cuando abrió los ojos, por la mañana, lo primero que vio fue la cara y los hombros desnudos de Tartaglia. Tenía el cabello despeinado y mojado, pero Bennett todavía se sintió sorprendido al observarlo por un instante.
—Vamos a desayunar, camarada. Hice sopa de rábanos y repollo, aprovechando que obtuvimos demasiados de los idiotas de anoche.
La sopa llevaba chile Jueyun, pero sabía tan deliciosa que Bennett se terminó tres platos casi de inmediato. Tartaglia ampliaba su sonrisa encantadora mientras le servía más. Parecía complacido de que su compañero disfrutara con su comida.
—¿Me podrías enseñar a hacer esta sopa después? —preguntó, ignorando el ardor en su estómago—. Temo que te vayas a aburrir de que siempre esté cocinando huevos fritos o carne.
—No importa, camarada. Siempre puedo cocinar por ambos.
—¡No! De vez en cuando puedo hacerlo yo también. Lo que mejor cocino son las brochetas de champiñones y pollo, el filete a la barbacoa y eh… ¡el pollo asado a la miel! ¡Te prometo que no pasarás hambre conmigo, Tartaglia!
Este rio de contento.
Bennett, en cambio, esperaba no arrepentirse de haberse embuchado media olla de comida con chile Jueyun.
El Rompeolas terminó inservible. Ayudó a Tartaglia a desmantelarlo para tomar todo lo que se pudiese vender y a media mañana iban cargados hasta los dientes de insumos y mercancías.
Bennett no se amilanó cuando vio a Tartaglia nadar hasta la orilla de la isla con todo encima de su espalda. Al contrario, demostró ser un chico fuerte y confiable. Al menos eso era lo que pretendía, porque cuando llegó a la orilla se dio cuenta de que la mitad de lo que él llevaba se había empapado.
Tartaglia se burló de él, diciéndole que no solo era desafortunado sino también torpe. No obstante, Bennett encontró un extraño placer en escucharlo reír. En ningún momento lo llamó imbécil o estúpido, ni le torció la cara en un gesto de asco o ira. Muy por el contrario, se sobó la panza de tanto reír.
Cuando subieron una pequeña pendiente, se encontraron de frente con tres monumentos electro. Los estudiaron con curiosidad, pero decidieron dejarlos en paz.
—Lástima que ninguno de los dos manejamos el elemento electro —se lamentó Bennett, desanimado por un momento—. Hubiera sido buena idea comprarle esos emuladores elementales al tipo de Liyue.
Tartaglia volvió a reírse de él—. Los emuladores elementales no existen, camarada. Venga, vamos.
Dejaron atrás los monumentos. Diez metros más adelante, el suelo terminaba en un pronunciado arrecife y les ofrecía una visión espectacular. Todo era de un suave tono entre verde y azulado, mientras que el centro de la isla se hundía y apenas se divisaba en la neblina matutina. Podían ver el Santuario Sangonomiya desde la izquierda, dando la cara al mundo en todo su esplendor.
—¡Vamos, camarada!
Bennett y Tartaglia saltaron a la vez y desplegaron sus planeadores. Unos segundos después lograron llegar, sanos y salvos, hasta el pie del Santuario. Las cosas les pesaban un montón, pero Tartaglia era un soldado consumado y Bennett la persona más obstinada de Teyvat. Ninguno de los dos aceptaría que había sido un error ir cargando tantas cosas en lugar de dejarlas en resguardo.
Así que subieron, perlados en sudor y resollando, saltando a pequeños espacios de tierra y conchas planas del tamaño de un elefante. Estas se hacían cada vez más grandes a medida que avanzaban, por lo que la subida se hacía más sencilla.
Cuando lograron llegar a las escalinatas de la entrada, un soldado de Sangonomiya salió al paso. Aferró su lanza con decisión y los miró. Aunque, en realidad, a quien estudiaba con acritud era a Tartaglia.
—¡Oh, es Shibata! —exclamó Bennett, sin enterarse de nada—. ¿Cómo te ha ido?
—¡Pero si es Bennett! ¿Qué te trae por aquí? Su Excelencia está ocupada con un asunto, si es que pensabas visitarla. Por cierto, tu amigo…
—Tartaglia, el Onceavo de Los Once —se presentó.
—Lo suponía —Shibata pareció escupir las palabras—. Los Fatui no son bienvenidos a este lugar. Si vienen juntos, me temo que tampoco podré dejarte entrar, Bennett.
Un muchacho se paró al final de la escalinata. Mostraba casi todo el torso y llevaba una armadura que lo hacía ver diferente de los soldados. Su cabello era castaño y corto, con un flequillo rebelde que se tornaba blanco entre más cerca estaba de sus ojos azules. Dos orejas puntiagudas le coronaban la cabeza.
Bennett se sorprendió por un momento al verlo. Él solo había visto las pequeñas orejas de Diona, la cantinera que juraba rivalidad eterna a los Ragnvindr.
—¿Qué sucede, Shibata-san? —preguntó. Tenía una voz diáfana y amable que se podía escuchar perfectamente desde la distancia.
—Un… Fatui. Ha venido acompañado de un buen amigo del Viajero.
El desconocido bajó las escalinatas, extrañado. Entre más se acercaba, sus ojos parecían brillar más en señal de reconocimiento. Cuando estuvo a la altura de los demás, soltó—: ¿Tú eres Tartaglia? Supe que cierto Fatui extraño andaba jugando con los niños cerca del Bosque Chinju hace unos meses. No le tomé importancia porque Yoimiya te respaldaba.
—Ah, supongo que las amistades son buenas para estas ocasiones —Tartaglia se encogió de hombros, sin importarle demasiado la actitud bélica del soldado—. Sí, hace unos meses anduve por Inazuma. Ningún niño resultó herido en mis andanzas, si es lo que quieren saber. Soy inofensivo.
—Inofensivo para los niños, al menos —aclaró el desconocido—. Soy el gran general de las tropas de Watatsumi. Mi nombre es Gorou.
—Encantado, Gorou. Yo soy Bennett Ragnvindr, un aventurero de Mondstadt. Tartaglia es mi acompañante. Tengo un permiso especial para viajar por el mundo.
Gorou leyó el permiso, atento.
—Pero aquí dice “Graf”.
—Una de las muchas traducciones de mi nombre —Tartaglia se encogió de hombros por segunda ocasión. Interiormente maldijo a Diluc; suponía que el maldito no iba a dejar ir a su hermano por las buenas.
—Me llevaré esto por un momento. Su Excelencia es la que mejor puede iluminarnos en este momento.
Esta vez subió corriendo las escalinatas. Dejó a Bennett y a Tartaglia siendo fulminados por Shibata. A lo mejor los apresaban o los echaban del lugar. Conociendo su suerte, Bennett esperaba que fuera lo segundo. Ser apresado nada más llegar a un lugar buscando aventuras no sonaba precisamente lindo.
Unos segundos después, Gorou volvió a asomarse a la escalinata y gritó—: ¡Shibata, déjalos pasar!
El soldado refunfuñó en su lugar y se hizo a un lado. No dejó de dirigirle una mirada agria a Tartaglia. Ni siquiera se molestó en darle la bienvenida a Bennett; no se podía esperar nada bueno de quien iba protegido por uno de Los Once.
Gorou los guio a través del pequeño puente que adornaba la explanada del palacio. Ahí, como Bennett ya debía haberlo supuesto, había más personas. De hecho, había alrededor de treinta personas. Solo después de verlos por encima, pudo reconocer a Royce y a otros dos aventureros de Mondstadt.
—¡Bennett! —gritó una vocecilla entre la gente. Bennett se giró para encontrarse de frente con la astróloga más famosa de Mondstadt—. Lo sabía, ¡eres Bennett!
—¡Mona! —saludó Bennett.
Mona constituía una barrera natural para los aventureros de Mondstadt. No solo era alta, esbelta y bella, sino que poseía una cara seria que hacía retroceder a los coquetos más avezados. Mientras se soltaba a hablar con Bennett de cosas sin importancia, después de que Gorou le devolviera su permiso escrito, la gente alrededor de la explanada se fue moviendo cada vez más cerca de la escalinata que daba a la entrada del palacio.
De ahí salió Su Excelencia, Sangonomiya Kokomi. Bennett solo la conocía por descripciones, pero no sabía que sería una belleza total. Parecía una sirena con piernas humanas y se movía con la misma gracilidad que si estuviera nadando en aguas cristalinas.
—Soy Sangonomiya Kokomi, la sacerdotisa principal de este santuario —se presentó.
No era un secreto que esta mujer era quien había liderado las fuerzas de resistencia durante muchísimo tiempo. A pesar de su juventud y de que parecía una mujer frágil que había sido resguardada en una burbuja, los soldados y el gran general la reverenciaban con la más pura admiración.
No cabía ninguna duda: Kokomi era la rival directa de la temible Arconte Electro. Esta, por supuesto, no se dejó amilanar por la cantidad de personas que había presentes en su santuario. Los miró desde el final de las escalinatas que daban a su palacio y los examinó mientras pronunciaba sus palabras.
—Lamento decirles que no todos podrán entrar a Enkanomiya. Es un sitio peligroso del que no todos pueden regresar. Por supuesto, algunos de ustedes tienen puntos a favor porque ya han visitado el sitio —la mirada de Kokomi se concentró por un momento en Bennett. Todos lo notaron, incluso él—. Pero no puedo decir lo mismo de todos. Por eso tendremos que organizar una pequeña selección. El plano que necesitamos no se ha movido en siglos de Enkanomiya. Unos días más no hará daño. Dicho esto, hemos organizado el palacio para acomodarlos a todos durante los días que durará la selección… Recuerden una sola cosa: solo dos personas de cada nación podrán ingresar. El resto tendrá que regresar a casa.
Había siete u ocho personas por nación y, por supuesto, destacaba la cantidad de aventureros, pues eran casi veinte. Que la sacerdotisa del lugar les dijera que solo ocho personas iban a poder ingresar no les desanimó. Al contrario: en todos brilló una mirada de competencia y seguridad. Después de todo, no siempre había forma de comprobar quién era el más fuerte.