Capítulo 24
11 horas y 56 minutos hace
—Señor Tartaglia, usted no puede participar —Kokomi interceptó a Bennett y a Tartaglia mientras comían, sentados en la misma mesa que Mona, Beidou y Xinyan. Ambas se habían presentado luego de reconocer a la antigua astróloga de Liyue.
—¿Cómo dice?
—¡No me malinterprete! —Kokomi se aclaró la garganta, dándose cuenta de que todo mundo le estaba prestando atención—. No lo estoy excluyendo por algún rencor pasado. Es todo lo contrario: se ha comprobado su reputación a lo largo y ancho de la nación. Nosotros no podemos impedirle la entrada a Enkanomiya. De hecho, nos sentiríamos seguros si usted entrara junto a la comitiva.
—Ah… Pero mi compañero no puede quedarse solo —argumentó, relajado—. Si Bennett no pasa la selección, entonces nos marcharemos juntos.
—Es un trato justo —Kokomi coincidió—. Disfruten su comida. Lamento haberlos interrumpido.
—¡No pasa nada, Kokomi-chan! —Beidou habló con su vozarrón de capitana pirata—. ¡Ven! ¡Siéntate!
Así que, sin más, Bennett y Tartaglia estaban rodeados de hermosas (e importantes) mujeres. Al poco rato también se les unió Gorou, que estaba en su hora de descanso y había ido para ver si todo estaba bien.
Bennett sentía las miradas pesadas de Royce y el resto. Y tal vez era porque él no era muy bueno tratando con los aventureros en general, pero sentía que todos lo miraban con algo cercano a la envidia o al coraje. Aunque él también era un aventurero, quedaba clara la diferencia de niveles con el resto, quienes debían usar el uniforme reglamentario y ni siquiera podrían soñar con ser escoltados por un Fatui o sentarse en la misma mesa que la pirata más famosa del mundo.
Después de mediodía, todos fueron dirigidos a un gimnasio dentro del palacio. Kokomi, los soldados, Tartaglia y las sacerdotisas se sentaron en las gradas. Mientras tanto, todos los participantes, entre los que se encontraban Bennett, Mona, Beidou, Xinyan y los aventureros, fueron colocados en el centro del gimnasio.
Aunque el público era reducido, Bennett se sintió cohibido. Solo esperaba que no los pusieran a hacer el ridículo.
—¡Esta es una prueba de arena de combate! —Anunció Kokomi cuando todos estuvieron dentro—. ¡Calienten! ¡Nunca saben cuando un enemigo puede atacar!
Y apenas terminó de decir esto, se hizo el pandemónium en el gimnasio. Un Patrullero de las Ruinas, luego dos guardianes, luego un montón de hilichurls ballesteros les salieron al paso a los participantes. Cuando uno de los aventureros fue lanzado por los aires, los demás se pusieron a la defensiva de inmediato. De hecho, todos empezaron a ponerse nerviosos cuando las sacerdotisas se levantaron, asustadas.
—¡Xinyan! ¡Yangxie! ¡Cúbranme! —Ordenó Beidou, con su enorme mandoble por delante del cuerpo.
—¡¿Por qué demonios trajo a tantos civiles, señor Itto?! —reclamó Gorou, metiéndose en la refriega. Tiró a tres hilichurls, que no es que desaparecieran, sino que se hicieron ceniza tan pronto como fueron derrotados… como si fueran reales, y se puso por delante de tres hombres que corrían asustados de un lado a otro—. ¡Tiene que desmantelar esa banda antes de que termine asesinando a sus camaradas!
Bennett escuchó una potente risotada brotar del pecho de un tipo alto y fornido que llevaba consigo un garrote. Dos cuernos rojos sobresalían de su pelo blanco, en la frente.
—¡Solo es la magia de Sangonomiya! ¡Sé que nunca nos haría daño real!
—¡Itto…! —la protesta de Gorou se paró por un momento, cuando alguien berreó de dolor; el hueso le sobresalía del codo. La gente gritó, sintiendo miedo; incluso Gorou parecía sorprendido—. ¡Aunque solo sea magia no es inofensiva! ¡No sé qué pasa! ¡Tengan cuidado!
En ese momento uno de los Guardianes comenzó a dar vueltas, con sus brazos echando a volar a todo mundo. Los aventureros volaban como hojas al viento, el escudo de Xinyan cedió casi de inmediato y el grito de alguien se cortó de tajo cuando el guardián lo mandó a volar; era Royce.
Bennett se encendió al ver a su compañero a merced del enemigo. Corrió con todas sus fuerzas, tiró su habilidad definitiva al suelo y todos los de alrededor sintieron la repentina descarga de energía, incluyendo Royce, al que se le cerraron las heridas al instante.
El espectáculo no terminó ahí. Apenas el guardián dejó de dar vueltas, Bennett se le trepó como chinche a un perro y no cedió hasta que pudo encajar su espada justo en el núcleo. El guardián cayó pesado al suelo cuando Bennett logró derrotarlo.
Ni siquiera esperó un agradecimiento de Royce, si es que lo había. Bennett no se giró ni volteó hacia atrás; en su lugar, se alejó corriendo para ir a ayudar a alguien que tenía la cabeza llena de sangre.
Los mismos soldados, Kokomi y Tartaglia se levantaron de sus lugares y comenzaron a combatir a los enemigos, desconcertados.
—¡Abran el gimnasio! —ordenó Kokomi—. ¡Los enemigos no son hechos con magia! ¡Alguien los invocó! ¡Son reales!
La comprensión los golpeó a todos. Alguien había aprovechado para sabotear la prueba. Los enemigos siguieron saliendo por todos lados, como si el gimnasio fuese el epicentro de una invasión.
Kokomi y Bennett se dedicaron a curar a todos los que salían heridos, pero no se daban abasto. Tan pronto como uno se curaba, tres corrían con huesos rotos o cubiertos de sangre. Por supuesto, aquello demostraba que no eran aptos para salir al campo ni siquiera a cazar hilichurls desarmados, pero no era como que pudieran decirles ahí mismo que se pusieran a cubierta; el gimnasio entero estaba lleno de enemigos enormes y fuertes que los perseguían con ahínco.
Un recaudador pyro salió de entre las meznadas de enemigos. Cortó el estómago de un aventurero, tiró a Royce y se fue directo al pecho de Bennett. Este lo vio a destiempo. No podía hacer nada para pararlo.
Aceptó su destino.
Pero, como cada vez que estaba en verdadero peligro, una flecha de agua se encajó en el hombro del fatui y este cayó de rodillas, gritando. Tartaglia, quien de pronto estaba parado junto a él, gritó:
—¡Protéjanlos de los enemigos del Abismo! ¡ES UNA ORDEN DEL ONCEAVO!
Bennett vio a una Doncella del Espejo acatando la orden tan pronto como la escuchó. Se posicionó detrás de Beidou y la protegió con una pantalla de agua. Otros dos recaudadores pyro se metieron entre los enemigos, formando una barricada entre los aventureros y los mitachurls.
Incluso tres electromartilladores, que a Bennett le parecían el pináculo de los hombres snezhnayanos, se pusieron a proteger a civiles, soldados y aventureros sin distinción alguna. Parecía como si detrás de ellos estuviese la mismísima Zarina, porque aceptaban los golpes y las heridas como si fuesen medallas de guerra. Bennett no soportaba verlos ser molidos mientras los protegidos no hacían nada por ayudarlos; Tartaglia no pudo detenerlo cuando el muchacho fue corriendo y tiró su habilidad definitiva, casi dos veces seguidas, para que los electromartilladores pudiesen curarse y regenerar sus cuerpos.
Su energía elemental se recuperó casi de inmediato. Entonces tiró su habilidad definitiva una vez más. Y sus piernas cedieron.
Se desmayó en ese momento.