Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
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Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
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Capítulo 26

Ajustes
—Claro que he dicho que los soldados Fatui deben permanecer fuera de mi vista —reconoció Kokomi, sin perder la compostura—. Los soldados. Señor Tartaglia, usted… —¡Claro que soy un soldado de mi pueblo! —exclamó—. Soy un Heraldo de las creencias de mi arconte, la Zarina. Soy un soldado, niño, pero no cualquier soldado… Ustedes pueden irse. Transmitan mi orden: no quiero ver ni la sombra de un Fatui a menos de medio kilómetro del Santuario Sangonomiya, o todos los apostados en Inazuma serán degollados —luego volvió su atención a William cuando los Fatui se fueron—. En cuanto a Bennett Ragnvindr… Bueno, yo no decido eso. Lo hace Su Excelencia —se encogió de hombros. —¡Ese idiota es una desgracia andante! —protestó William—. Si lo mantenemos cerca, la siguiente prueba va a terminar en una masacre… —William, quiero que recuerdes algo —Kokomi lo interrumpió. No perdía la sonrisa diplomática, pero al menos Gorou podía reconocer que estaba molesta—. El ataque de hoy se hubiese llevado a cabo con o sin la presencia de ese chico. Y, si ese chico no hubiese estado aquí, al menos la mitad de ustedes, incluyéndote, hubiesen muerto de verdad. Creo que deberías estar agradeciéndole en lugar de venir a decirme… tonterías. Dispérsense —repitió—. Mañana comenzaremos la segunda prueba. William se quedó en su lugar, temblando de furia. Desde siempre, a la gente le encantaba tergiversar las cosas cuando se trataba de Bennett. Que si los hilichurls siempre habían sido peligrosos, que si los mecanismos de las mazmorras eran viejos y por eso se quedaban encerrados, que maltratar el uniforme durante una misión era el estándar y Bennett no tenía nada que ver… Incluso las diaconisas, que decían tenerle miedo, siempre sonreían con cariño cuando alguien decía que Bennett había llegado otra vez. Siempre acaparaba a la diaconisa Bárbara, se juntaba con el Viajero aunque ningún otro aventurero lo hacía y lo peor de todo era que estaba respaldado por varias figuras de peso en la ciudad: el multimillonario Diluc Ragnvindr, el Capitán de Caballería Kaeya Alberich, la bibliotecaria Lisa, la Maestra Jean, Cyrus, la mayoría de los aventureros viejos… Vaya, incluso Katheryne parecía estar más al pendiente de Bennett que del resto de aventureros. Era insoportable. Toda esa atención y esa fama para un imbécil que provocaba desastres tan solo con estar a un metro de ellos. William no se quedaría de brazos cruzados, y estaba seguro de que sus compañeros tampoco. Lo que es más: a juzgar por las reacciones de los aventureros de las otras tres naciones, William casi podría jurar que algo podían hacer entre todos. Pero Bennett no participaría en la segunda prueba. Y si lo hacía, ay de él. -- Después de la ajetreada tarde, la noche vino con la más inquietante calma. Algunos decían que era la tranquilidad tras la tormenta, pero Beidou no estaba de acuerdo; su instinto la había salvado en múltiples ocasiones, así que esa insistente vocecilla en su cabeza le decía que era justo al revés, que era la calma antes de la tormenta, y que todo no haría sino empeorar. Beidou convocó a los tres piratas que iban con ella y les ordenó regresar de inmediato al barco. Si se quedaba solo con Xinyan ambas podrían protegerse la una a la otra, por lo que todos estarían más seguros. Itto la vio hacer esto en secreto, pero no la delató en absoluto; más bien, convocó a sus subordinados y les ordenó exactamente lo mismo: que abandonaran la prueba antes de que se hicieran daño de verdad. —¿Qué va a pasar con usted, jefe? —preguntó uno de ellos, preocupado. —No sé si se han dado cuenta, chicos, pero soy un oni con visión. Voy a estar bien. No quiero que nada les pase a ustedes… Me moriría si alguno de ustedes… —¡Ah! No diga esas cosas. Nos estamos yendo en este momento. Si necesita algo haga lo de siempre. —¿Lo de siempre? —Molestar al general Gorou. Itto tiró una carcajada al aire. Sí, la verdad era que siempre terminaba pidiéndole ayuda al pequeño general. Tal vez fuese porque su apariencia no era para nada intimidante o porque siempre estaba dispuesto a ayudar a las personas, pero Itto estaba seguro de que, no importaba con qué tontería acudiera a él, Gorou siempre lo ayudaría. Los heridos que seguían inconscientes se quedaron en la enfermería, ocupando todo el espacio disponible. En cuanto a los demás, los dieciséis que habían permanecido en pie, fueron distribuidos en distintos dormitorios. Las mujeres, que solo eran Mona, Beidou, Xinyan, Collei y tres aventureras, fueron asignadas al dormitorio común más amplio del palacio. Los otros nueve hombres, entre los que estaban Itto y Kaveh, fueron repartidos de tres en tres en distintos dormitorios menos amplios. Bennett, por supuesto, fue a parar al mismo dormitorio que Tartaglia. No solo porque no cabía en los tres dormitorios de los hombres, sino porque Kokomi quería evitar cualquier problema durante la noche, mientras todos dormían. Por último, porque Tartaglia fue tajante al respecto: Bennett no podía salir de su vista en ningún momento. De hecho, mientras todos se iban a dormir, Kokomi se rompía la cabeza intentando idear al menos otras dos pruebas donde el Fatui pudiera vigilar a su protegido sin perderlo de vista. Su segunda prueba planeada era en una mazmorra selvática que casi no se exploraba, al sur de la isla, pero tendría que descartarla por el bien de sus negociaciones con Tartaglia. El Fatui era ajeno a las preocupaciones de la sacerdotisa. Uno de los mitachurl le había dado un mazazo pesado en el hombro derecho, y tenía toda la tarde pensando en que se lo había roto. Si algo pasaba al día siguiente y él no estaba preparado para proteger a Bennett, se volvería loco. Pero más allá de que estuviese lastimado, Tartaglia se quitó la ropa como acostumbraba a hacer, dejándose nada más que el pantalón que se había puesto después del interrogatorio, y se recostó de modo que dejó su hombro lastimado arriba de su cuerpo. Bennett no parecía haberse dado cuenta, tal vez fuese porque su cara, su cuello y sus orejas comenzaron a ponerse cada vez más rojas. Tartaglia estaba seguro de que Bennett preferiría recibir una paliza de sus compañeros aventureros y no dormir a tener que meterse en la cama con él, pero permanecía firme en el aspecto en que debía vigilarlo de cerca. No le importaba que Bennett terminara odiándolo o hartándose de él. Tartaglia ya había hecho un juramento de permanecer a su lado a menos que Bennett, efectivamente, lo echara a un lado del camino. —Camarada, acuéstate. Necesitas dormir para reponer energías. Mañana debes pasar esa prueba si quieres que ese regalo esté a tiempo. —Tartaglia… El Fatui comenzó a tararear, cerrando los ojos. Bennett se dio la libertad de observarlo por un momento. Mostraba sus músculos firmes sin pudor alguno, como si no le importara que su compañero de viaje lo estuviese observando. Sonreía, relajado. —Bennett —lo llamó. El aludido se envaró, apartando la vista de golpe—. Debo pedirte una disculpa por lo que pasó en nuestra última noche en Liyue. Ven, prometo no volver tocarte mientras duermes. —¿Lo juras? —preguntó, esperanzado. Estaba completamente exhausto y, aunque saldría corriendo si Tartaglia intentaba algo raro, la verdad era que no tenía la energía para hacer algo como eso. Tartaglia echó una suave risa que hizo que el pecho de Bennett se estremeciera—. Lo juro, por mi vida y por mi honor. No volveré a tocarte mientras duermes. Aquello era más que suficiente para Bennett. Se relajó visiblemente, se quitó las botas, el short y los googles y se metió a la cama, sonriendo. Tartaglia estaba sorprendido de que el muchacho decidiera de pronto quitarse algo más que las botas y los googles, pero intentó que no se le notara la sorpresa. —Cuando duermo en cama me incomoda llevar tanta ropa puesta —confesó el muchacho—. Pero tú seguías haciendo cosas extrañas… —Lo lamento, camarada. Ahora duerme, mañana tendremos un día agitado. Bennett se quedó dormido casi de inmediato, pero Tartaglia no tenía la misma suerte. Salió de la cama, tambaleándose, y casi se arrancó el pantalón y la ropa interior. —¡Mierda! —soltó, fastidiado. Estaba tan duro que podría golpear a alguien con su pene. Apenas rodeó su falo con las manos, el alivio que sintió fue inmediato. Suspiró mientras su mano se deslizaba arriba y abajo, mojada con el líquido preseminal. No duró mucho tiempo, porque cuando volteó a ver la cama y vio las nalgas redondas de Bennett, marcándose a través de la ropa interior, su semen salió disparado como si fuera una de sus flechas. Tartaglia volvió a maldecir. Juraba y perjuraba que el único hombre por el que se pondría duro sería por Zhongli. Y ahí estaba, eyaculando nada más verle el trasero a un tipo casi desconocido que ya de por sí se sentía incómodo con él. Por eso había salido corriendo de Inazuma. ¡Por ese maldito hechizo! Y ahora estaba de vuelta… Solo esperaba que ellos, los que le pusieron el hechizo, no se enteraran que él estaba en Watatsumi...
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