Capítulo 31
11 horas y 52 minutos hace
Kaveh comenzaba a creer que Bennett estaba maldito. La verdad, parecía improbable que una lluvia en altamar descendiera sobre ellos en Inazuma, no cuando la Arconte Electro era más estable que en los últimos siglos. Sin embargo, una tormenta les destrozó el rompeolas.
Era imposible que un lawachurl los persiguiera por un tramo tan largo, dado que eran extremadamente territoriales y no se podían mover tan a prisa como un hilichurl. Y, sin embargo, parecía como si todos esos enemigos los hubiesen estados esperando solo para irse sobre Bennett y su acompañante.
Los números no daban cuando se trataba de la presencia de dos o más magos del abismo en un espacio tan corto, a menos que un destacamento completo estuviese haciendo de las suyas con completa impunidad. Pero se estaba llevando una prueba que se suponía que estaba supervisada no solo por sacerdotisas y soldados, sino por Su Excelencia Kokomi y por El Onceavo.
¿Tenía algún sentido que dos magos estuviesen esperando el momento preciso para intentar matar a Bennett? Por supuesto que no, pero una vez más, Kaveh se encontró con que lo más irrealizable estaba ocurriendo frente a sus ojos.
—¡Mehrak! ¡Busca a los organizadores!
Kaveh decidió cargar su mandoble por primera vez en mucho tiempo. No esperaba que fuera tan pesado. Desde que usaba a Mehrak, su vida había sido tan sencilla que había perdido músculo y ahora sentía los brazos desgarrarse mientras intentaba infundir su arma en dendro y asestarles golpes a los escudos de los magos. Por supuesto, no servía de mucho, porque, para empezar, su elemento ni siquiera era rival para el cryo.
La burbuja de Bennett se reventó a casi cuatro metros del suelo. Kaveh, asustado, hizo desaparecer su mandoble y se lanzó a agarrar al muchacho en el aire, pero se dislocó el brazo con ese movimiento.
En el peor momento, Kaveh se dio cuenta de que estaba mojado. El mago cryo aprovechó y le lanzó un carámbano, así que Kaveh solo lanzó a Bennett sin medir a dónde o cómo. Se dejó ir a la suerte. Si Bennett todavía estaba vivo, eliminaría a los magos. Si no, él también moriría en ese momento.
A pesar de la urgencia de la situación, de que sentía su cuerpo congelado y su corazón a punto de detenerse por el repentino cambio de temperatura, Kaveh volvió a pensar en que, si ese maldito escriba de la Akademiya estuviera ahí, se burlaría de él. Pero lo salvaría. De alguna manera petulante y maravillosa, haría que el dendro ignorara las leyes elementales y eliminaría a los dos magos en el acto.
Kaveh intentó cerrar los ojos, pero hasta eso era imposible.
Moriría así, a merced de dos simples magos, lejos de casa y de sus seres queridos. ¿Collei estaría bien? ¿Se pondría triste cuando se diera cuenta de que tendría que regresar sola a Sumeru? ¿Y Cyno y Tighnari? ¿Ellos serían de esos que lloran cuando pierden a un amigo? Porque Kaveh era su amigo, ¿no?
Un repentino resquemor derritió todo a su alrededor. Kaveh cayó de rodillas, tosiendo. Mehrak flotaba de aquí para allá, como un colibrí nervioso, poniendo una cara de preocupación que se veía estúpida.
Cuando Bennett vio que su compañero estaba vivo, soltó la espada, cayó de rodillas y tomó el aire con fuerza, como si sus pulmones de pronto fuesen muy pequeños. Respiró y respiró, exhausto, con lágrimas en los ojos.
Ahora sí lo dejarían solo. Era imposible que alguien se quedara con él después de tres situaciones de riesgo en un solo día. No solo estuvieron a punto de ahogarse y fueron rodeados perseguidos y rodeados por múltiples enemigos, sino que dos magos del abismo se les aparecieron casi que de la nada.
—¡¿Cómo que son parte de la prueba?! —Gritó Kaveh, exaltado—. ¡Hijos de puta! ¡Deja que tenga a Kokomi Sangonomiya en frente!
Bennett levantó la vista. Era como si Kaveh estuviese hablando con Mehrak, aunque el muchacho no entendía cómo. De todos modos, no entendía la mitad de lo que el maletín hacía, pero a cada rato no dejaba de maravillarse de su existencia.
—¡Lo que sea! ¡Bennett! Si recuperaste el aliento, vamos por esa maldita pista. Si otro puto mago se aparece juro que renuncio a este circo y al diablo con el dinero.
—Pero mi mala suerte…
—¿Qué? —Kaveh ya estaba acercándose al tanuki para examinarlo. Como Bennett no habló, se concentró en otra cosa—. ¿Quién habrá esculpido estas estatuas? Son tan detalladas, pero todas parecen tener ligeras diferencias. Y además son del tamaño exacto que tendría un mapache… ¡Hmp!
Kaveh cargó con la estatua. Debajo de ella había otra papeleta doblada. Bennett la tomó con rapidez, antes de que su compañero le aplastara la mano.
—¿Qué dice…? ¡Ah! Espera, déjame recuperar el aliento…
—“Sigue derecho con mi tía de atrás. Junto a su brazo derecho lleva a mi primo, quien está preparado para el invierno o tal vez para la lluvia. Sigue derecho el camino hasta el riachuelo y encontrarás, del mismo lado, a otro primo idéntico al primero. Sigue derecho en la dirección de ese primo, con el riachuelo a tu derecha y encontrarás, del mismo lado que los otros dos, a otro primo idéntico al segundo. Pregúntale en dónde se encuentra el tesoro”.
—Okay, es ese —Kaveh apuntó en dirección al siguiente torii, que estaba también rodeado de estatuas de tanukis. Una de estas, en particular, llevaba un pequeño manto y un sombrero de paja real.
Bennett se impresionó. A diferencia de su aparente ineptitud para manejar el rompeolas o su debilidad ante los magos, Kaveh parecía resolver los acertijos con bastante rapidez. Volvió a murmurar algo sobre que Alhaitham ya habría llegado al tesoro, pero parecía algo más para él que para Bennett, así que el chico se guardó sus comentarios sobre el dichoso Alhaitham. Comenzaba a creer que no era más que un mantra o una alucinación de Kaveh, así como los delirios de Amy sobre ser una princesa de otro mundo.
Cuando ambos recuperaron el aliento y se unieron en la vereda, caminaron cautelosamente, como si estuviesen a la expectativa de los osos o los animales salvajes. Por supuesto, los hilichurls, los slimes y cualquier otro enemigo abismal era mucho más poderoso, inteligente y mortal que cualquier animal que se les pudiera aparecer ahí, pero la lógica no podría estar de viaje en el peor momento, como Kaveh acababa de darse cuenta.
Una vez dentro del bosque, ambos gritaron con miedo cuando vieron unos arbustos moverse, pero no eran más que dos aventureros que corrieron sin hacerles el más mínimo caso. El lugar de búsqueda debía ser amplio, porque Collei, Beidou y los demás que se habían ido primero de Watatsumi ya no estaban por ahí.
—Collei es aprendiz de guardabosques. Esta prueba debe ser pan comido para ella —explicó Kaveh en voz baja.
Cuando llegaron a la segunda estatua con manto y sombrero de paja, ambos miraron hacia todos lados, pero nada ocurría. Ahora que estaban con los nervios de punta, se comenzaba a hacer cansado todo aquel recorrido.
El lugar era aterrador en esas circunstancias. Se había hecho oscuro de repente y no tenían más que la luz de ciertas plantas fascinantes que parecían brillar por el resto de la eternidad. De todos modos, era más que suficiente luz para iluminarles los pasos, pero si algo descendiera desde las ramas altas de los árboles, ninguno de los dos lo vería a tiempo, así que todavía iban, medio agachados, casi espalda con espalda, sosteniendo las armas en ristre, en caso de que algo se les acercara de repente.
Siguieron así, pasito a pasito.
De repente escuchaban el crujido de los pasos a lo lejos, de aventureros o usuarios con visión que buscaban sus propios tesoros en la quietud del bosque. Pero nadie se les acercaba. Nadie ni nada.
Kaveh se relajó cuando tuvo a la vista la tercera estatua con manto y sombrero. Se acercó, susurró un audible—: Disculpe, señor tanuki —y buscó alrededor de la estatua, sin duda buscando otra papeleta.
Bennett hizo lo mismo, pero no podía concentrarse en su actividad.
—¿Por qué te disculpas con la estatua?
—Mira su posición, su indumentaria y su localización. Primero: es más grande que las otras estatuas. Segundo, lleva manto y sombrero reales. Ese sombrero incluso podríamos usarlo tú o yo, alguien lo hizo de verdad, no es una chapuza para que la estatua destaque. Y, por último, la localización: está con dos montículos detrás de él, como representando dos montañas. Además, tiene velas junto a él, como si le rindieran culto. Habrá idiotas que se creen que un ser de este tamaño no puede hacerles daño, pero los samachurls matan personas y son justo de esta altura.
—Oh, no sabía —Bennett volteó a mirar la estatua del mapache con nuevos ojos—. Disculpe mi ignorancia señor, eh, tanuki… Solo vamos a tomar la pista que nos dejaron y nos iremos. ¡Oh! ¿A los tanukis les gustan las frutas?
—No tengo ni idea, pero no creo que se molesten…
Kaveh no se burló ni hizo algún gesto de desdén. Bennett estaba contento mientras seleccionaba las frutas más apetitosas y jugosas de su mochila. Siempre que iba a Espinadragón, procuraba alimentar a los jabalíes y a los hurones de la nieve. Esto no era más que una retribución, porque siempre que el muchacho terminaba perdido, atrapado o enjaulado, los hurones solían llevarle bayas y cantimploras que robaban quién sabe de dónde.
No obstante, una vez que Bennett iba a dejarles frutas a los jabalíes bebés de cierta zona, Royce le gritó que no lo hiciera y, en cambio, mató a uno de ellos para tomar su carne. Tan pronto como se volteó con el botín, un jabalí más grande lo embistió y casi lo mató, pero Bennett logró agarrarlo a tiempo y salir corriendo de ahí. Desde entonces, los jabalíes de esa zona solían aterrorizar a quienes pasaban cerca.
—¡Eres un imbécil, Bennett! ¡¿Cómo se te ocurre alimentarlos en lugar de cazarlos?! —le había gritado Royce a la cara, dos semanas después, cuando se recuperó por completo.
Aquello pasó a formar parte de la lista de crímenes de Bennett: no solo alimentaba a los jabalíes para que estos crecieran grandes y fuertes, sino que por su culpa uno de ellos casi mataba a Royce.
Pero Kaveh no se burló ni le gritó a la cara. Sacó por sí mismo una pequeña flor azulada que relucía en su centro dorado y la dejó junto a las tres frutas que Bennett seleccionó con cuidado: una manzana enorme, una solsettia todavía más grande y una calavanda que las sacerdotisas le habían regalado en el desayuno.
—Dicen que los lotos nilotpala son riquísimos cuando se trocean y se echan a la sopa —Kaveh dejó su propia ofrenda y volvió a la búsqueda. Luego de unos minutos, y de incluso atreverse a levantar la pesada estatua, Kaveh miró a Bennett—. No hay nada.
—Eso no puede ser, la pista era… era exacta, ¿no? Es decir… no es que esté dudando de ti, Kaveh, pero la resolución de la pista era correcta…
Y el mismo Kaveh estaba de acuerdo con Bennett en que no debían dudar de la respuesta a la pista. Viéndolo bien, los acertijos no podían ser más chuscos y fáciles. De hecho, la única razón por la que Alhaitham ya hubiese llegado hasta el tesoro era porque él poseía la fuerza y la experiencia, no porque fuese un tipo letrado e inteligente.
Así que ni siquiera Kaveh habría podido equivocarse, aunque quisiera. La estatua a la que estaban viendo era su respuesta correcta. ¿Entonces por qué no había señales de la última pista por ninguna parte?
En ese momento, una suave tonada, como si alguien estuviese agitando un pequeño instrumento musical, llegó hasta los oídos de Kaveh y Bennett. Ambos miraron en derredor mientras la música se hacía cada vez más nítida, hasta que Bennett gritó—: ¡Ahí!
Encima del montículo más alto, un mapache estaba parado sobre sus patas traseras y estaba bailando mientras producía esa extraña y alegre música. El mapache, contento, dio una voltereta hacia atrás y desapareció.
Reapareció unos metros más adelante, adentrándose en el bosque. Bailaba y componía su música, como instándolos a que se acercaran.
—¿Crees que eso sea nuestra pista? —cuestionó Kaveh, indeciso.
—No lo creo, pero no creo que haga daño seguirlo. ¿O sí? ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Bennett sabía que no debía tentar a la suerte. Aun así, asintió cuando vio a Kaveh más seguro y se acercaron con cautela al mapache bailarín. Este volvió a dar una voltereta y a desaparecer.
Una vez más, el mapache reapareció bailando y haciendo música un poco más adelante, entre la espesura del bosque. Después de algunos minutos haciendo esto, el mapache por fin apareció en un claro, donde una maga de Cicin Electro paseaba mientras jugaba con sus cicines, aburrida.
—Creo que deberíamos alejarnos…
Apenas Kaveh sugirió esto, la maga susurró—: Los encontré —parada entre el hombre y el muchacho.
Bennett y Kaveh gritaron a la vez, sorprendidos por la aparición repentina de la maga, pero todavía alcanzaron a sacar sus armas y prepararse para la batalla. La maga tiró una carcajada al aire, emocionada.
Una parvada de cicines electro rodearon a Kaveh, el que estaba más cerca de la maga. Bennett se deshacía de ellos con una rapidez magistral, pero de pronto eran demasiados como para contenerlos.
La maga volvió a reír y electrocutó directamente a Bennett. Este cayó de rodillas, conmocionado por la repentina ráfaga de electricidad, pero entonces la maga se llevó las más a ambos lados de la cara y gritó con verdadero terror.
Los cicines desaparecieron casi en el acto, Kaveh cayó de sentón por el impulso y entonces, una escena extraña se desarrolló frente a sus ojos: la maga posó una rodilla en el suelo, inclinó la cabeza con respeto y le dijo a Bennett:
—Perdóneme, señor. No fue mi intención.
Bennett y Kaveh se miraron, estupefactos. Ninguno de los dos sabía qué estaba pasando, pero por supuesto que aprovecharían la situación.
—¡Qué bueno que te das cuenta de tu error! —le gritó Bennett.
La maga gimió con miedo, como si en cualquier momento fuese a ser decapitada por la espada de Bennett. El muchacho decidió cerciorarse de que su arma no se acercara a la mujer.
—Estamos en medio de una prueba organizada por el Santuario Sangonomiya. ¿De casualidad notaste algo extraño? —cuestionó Kaveh, más confiado.
—¿Ah? ¿Y a ti que te importa? —la mujer le devolvió las palabras con desdén.
—¡Oye! —Bennett le gritó, cruzándose de brazos. La mujer volvió a soltar una exclamación de miedo y bajó más la cabeza—. Responde a la pregunta.
—Dos tontos vinieron a esconder esto cerca de mi zona, señor —la maga se sacó de un bolsillo una papeleta arrugada—. Venían hablando mal del Onceavo de la organización, así que los electrocuté y los tiré al río. Dijeron que esta era la pista final de “ese tonto de Bennett”. ¿Estaban hablando de usted, señor? De haberlo sabido los hubiera matado en lugar de solo darles una lección.
—¡¿Qué?! ¡No! ¿Por qué los matarías?
—Porque hablaban mal de usted... ¿Señor?
—¡No lo hagas! No hagas que la sangre de gente inocente pese sobre ti. Hablar mal de alguien no merece la muerte. ¿Podrías entregarme esta papeleta? Y deja de arrodillarte, me siento extraño.
—Aquí tiene, señor —la maga le entregó la papeleta y se levantó. Era más o menos de la estatura de Kaveh, pero no le ponía la menor atención al hombre. Todo su ser estaba enfocado en el muchacho. Parecía más relajada, porque se sacó del bolsillo un escudo rojo con dorado, que tenía en el centro el símbolo de los Fatui—. Si me lo permite, señor, me gustaría darle mi insignia del oficial.
—¿Por qué? —Bennett miró la insignia con temor, sin atreverse a tomarla.
—No quiero que alguien más cometa el error de… atacarlo. Si lleva esta insignia con usted, al menos hasta que obtenga una propia, no tendrá necesidad de imbuir en energía elemental su tatuaje.
Bennett levantó la vista, conmocionado—. ¿Tatuaje? ¿Qué tatuaje?