Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
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Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
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Capítulo 32

Ajustes
La maga lo miró extrañada, pero parecía tomar cada vez más confianza en que no le harían daño, así que explicó—: El tatuaje que lleva en la nuca, señor. Cada vez que se imbuye de electro y otro elemento a la vez, el tatuaje con el símbolo de los Fatui brilla con intensidad y demuestra su estatus. Creí que la Arconte le explicaría algo tan… básico. ¿Tatuaje? ¿Arconte? Bennett miró a Kaveh, pero estaba tan perdido como él. —Bueno, tomaré tu insignia —Bennett le arrebató el escudo, nervioso—. Así que, más tarde, cuando le pregunte a Tartaglia, espero que él me dé respuestas. —¡Oh! ¡Así que viaja con el Onceavo! —la maga aplaudió, contenta—. Aunque el Onceavo no es muy confiable en sus explicaciones, si me permite decirlo, señor. Será mejor que busque a una persona de mayor rango. Alguien como, eh, ¿el señor Capitano? Aunque nadie lo ha escuchado hablar. O tal vez El Regatero, señor, busque al Regatero y pídale explicaciones. Si anda por ahí con ese tatuaje y alguien más lo ataca por error, los Fatui podríamos comenzar a despedirnos de este mundo. Si… me permite aconsejarlo, claro. Espero que no se ofenda y haga que el Onceavo venga a decapitarme. —¡Qué no! ¡Ya me voy! —¡Adiós, señor Bennett y… tipo que lo acompaña! ¡Por favor háblele bien de mí al Onceavo! ¡No quiero ser decapitada! ¡Soy Svetlana! Bennett y Kaveh se alejaron con rapidez, antes de que la maga comenzara a jugar con sus cicines de nuevo. Cuando estuvieron a suficiente distancia, se volvieron a mirar con el torbellino de preguntas generando chispas entre ambos. —¿Qué fue eso? ¿De verdad tienes un tatuaje? —No… sé. Creo que debería pedirle ayuda a la capitana Beidou para averiguar si lo que la maga decía es verdad. —¿Por qué no le preguntas a Tartaglia…? —No quiero molestarlo —Bennett descartó la idea de inmediato. Kaveh pensó en que Beidou, una capitana pirata, no podría ayudarlo con un asunto interno de los Fatui, pero no lo dijo en voz alta. Al final, era asunto de Bennett y él no tenía derecho a meterse u opinar. Sí. No le incumbía si el muchacho parecía no tenerle la confianza suficiente al Onceavo como para preguntarle algo tan serio. —En fin… —Bennett abrió la papeleta, leyendo—. “¿Ves esas lámparas a mis espaldas? Ahí se encuentra el tesoro”. Mmm, ¿qué? —¡Oh! Tenemos que volver con el tanuki. Después de aquello las cosas marcharon relativamente bien. Kaveh se resbaló y se torció el tobillo, y Bennett fue molestado por dos pequeños niños extraños que saltaron de entre los arbustos, al punto de que le arrebataron los googles. Pero fuera de pequeños incidentes y rocas voladoras, ambos lograron llegar hasta la estatua de tanuki. Observaron los dos montículos detrás de él y, también detrás pero a una distancia considerable, vieron el camino principal del bosque, que ascendía y se perdía entre los árboles. El camino era flanqueado por más torii, y justo había uno detrás del montículo más alto, iluminado por dos lámparas de piedra. Bennett y Kaveh corrieron hasta estas lámparas y buscaron por todos lados hasta que hallaron, entre la tierra removida, una cajita de madera bien cerrada. Lo bueno es que sus rivales que iban río abajo no habían leído la papeleta, porque de lo contrario hubiesen encontrado el tesoro antes de que Bennett y Kaveh lo hicieran. —¿Qué contendrá? —Ni idea, pero es mejor apurarnos. Dijeron que estarían en la Estatua de Ioroi —tan pronto como Kaveh dijo esto, una vez más comenzaron a escuchar la música. Más adelante en el camino, bailando con alegría, un mapache los atraía. No sabían si era el mismo, pero esta vez los compañeros no dudaron en seguirlo. El mapache volvió a llevarlos cerca de la maga, pero cuando ella los volvió a ver, se limitó a hacer una reverencia y siguió jugando con sus cicines. Esta vez el mapache continuó camino arriba. Por fin, después de muchos escalones y pendientes, Bennett y Kaveh, apaleados, cansados y con el cuerpo magullado, llegaron hasta donde se encontraba una solitaria sacerdotisa, vigilando la espesura del bosque. —¡Genial! ¡Son los penúltimos! —gritó la mujer, emocionada—. Solo faltan dos aventureros y la prueba habrá terminado. —¿Habla de un aventurero de Mondstadt y uno de Sumeru? —cuestionó Kaveh, haciéndose a la idea. La sacerdotisa asintió—. Nos encontramos con una maga de cicin electro hace rato. Confesó que los tiró al río. La sacerdotisa se llevó las manos a la boca, asustada—. ¡Tengo que informar a Su Excelencia! ¡Síganme! —¿Y qué hacemos con el tesoro? —¡Es suyo! ¡Hay cien mil mora que se pueden repartir entre ambos! Bennett y Kaveh casi que volaron siguiendo a la sacerdotisa cuesta arriba. A la distancia, una Dama del Espejo estaba parada mirando hacia el camino, como vigilándolo. Parecía a punto de atacar a Kaveh, o tal vez a la sacerdotisa que iba junto a él, pero cuando vio a Bennett, hizo una reverencia y siguió vigilando, sin moverse. —¿Esa no es la mujer que estuvo en el incidente de ayer? —preguntó Kaveh, curioso. —¿Tú crees? Yo no puedo acordarme muy bien de los Fatui. Como usan máscaras y ropas iguales, como que no se distinguen. Bennett pensó que lo mejor era no alarmar a Kaveh, porque la verdad era que no recordaba muy bien la presencia de los Fatui en la invasión del gimnasio. Era como un borrón en su mente. Él solo podía recordar a Tartaglia en medio de la refriega, gritando: “¡Protéjanlos de los enemigos del Abismo!”. Nada más. El chico pensó que era extraño que nunca pudiera recordar con claridad sus incidentes con los Fatui. A veces le venían a la mente pequeños fragmentos de memoria, pero sentía como si los hubiese leído en un libro de aventuras y no como si los hubiese vivido él mismo. Incluso en ocasiones, sentía que se olvidaba de cosas importantes cuando estaba con Tartaglia. ¿Era acaso alguna advertencia que le habrían dado sus amigos o sus hermanos? ¿Algo de lo que de pronto no era consciente? Y luego estaba el asunto del dichoso tatuaje. ¿La maga tendría razones para mentir? Pero, si fuese una mentirosa, ¿entonces qué pasaba con la actitud respetuosa de la Dama? Bennett tenía un montón de dudas en su mente, pero todo cuanto se preguntaba pasó a un segundo plano cuando llegó a las puertas de una enorme mansión e ingresó junto a la sacerdotisa y Tartaglia, ante la mirada expectante de un soldado. La mansión era estilo inazumés. Había un pequeño jardín hecho de bonsáis y arena a la derecha, mientras que en el centro había un zócalo de madera oscura al que se podía acceder desde cuatro escalinatas distintas. Una escalinata, la que daba a la izquierda, se juntaba con un largo pasillo abierto que daba a la enorme mansión, que tenía sus puertas abiertas de par en par. De la mansión iban y venían sacerdotisas y sirvientes, mientras les ofrecían asientos, bebidas o comida a los participantes. Estos se encontraban en el zócalo, disfrutando junto a Kokomi, sus sacerdotisas y sus soldados. Con Kokomi también estaba otra mujer: era blanca como la nieve, tenía un cabello largo y laceo y vestía con una especie de armadura femenina. Esta era escoltada por dos de sus propios soldados. Ahí ya estaban doce participantes, pero había dos grupos bien marcados: los aventureros, por un lado, los usuarios con visiones en el otro. Kaveh y Bennett fueron recibidos con miradas ácidas y vítores de bienvenida por igual. La sacerdotisa que los guio se fue directo hacia Kokomi y le susurró. Esta, a su vez, le dijo algo a Gorou y este dejó su lado para ir dentro de la mansión, apurado. Luego de unos segundos, el gran general volvió y se reportó con Kokomi, cuando Bennett y Kaveh ya habían tomado asiento entre Beidou y Xinyan. —¿Dónde está Tartaglia? Pero nadie parecía haber escuchado la pregunta de Bennett, porque todos estaban en sus asuntos. Había soldados, sacerdotisas, sirvientes e incluso ninjas y aventureros que nada tenían que ver con la prueba yendo de allá para acá, pero ni rastro de Tartaglia. —Una ninja de confianza irá a revisar el río, Su Excelencia. Kokomi suspiró—. Muy bien. Descansa Gorou. Kokomi cuchicheó con la mujer de armadura. En realidad, podrían haber hablado con un volumen normal, pero parecía que no querían que las cosas se salieran de control. Bennett y Kaveh decidieron observar en silencio, porque estaba claro que ellos no podían hacer nada para remediar la situación de sus rivales. Mientras el sol se ocultaba y caía la noche de repente, una niña entró corriendo y se paró frente a la mujer de armadura. La niña hizo símbolos con las manos y, con dos volutas de humo, Royce y su compañero aparecieron en el suelo, mojados e inconscientes. —¡¿Ese es Royce?! —¡Y también Amal! Los aventureros se acercaron, preocupados. —Los encontré a la deriva cerca de un campamento hilichurl —explicó la niña—. Están vivos, pero no creo que vayan a despertar hoy. —Buen trabajo, Sayu. Descansa —la mujer acarició la cabeza de la niña. Esta se estiró como si hubiese hecho el trabajo más extenuante de la vida y se fue corriendo, cumplida la misión. —Silencio, por favor —Kokomi alzó la voz—. Mis hombres llevarán a estos participantes a la enfermería de los Kamisato. —Adelante —concedió la mujer de armadura—. Mis médicos son competentes, los dejan en buenas manos. Kokomi asintió—. Muy bien, antes de que se los lleven, deben saber algo: Royce de Mondstadt, Amal de Sumeru, Fuji de Inazuma y Dai, también de Inazuma, quedan descalificados de la contienda —los aventureros comenzaron a protestar, montando en cólera. Kokomi los acalló con un gesto y una mirada pesada—. Fuji y Dai pelearon a golpes cuando ni siquiera habían llegado a divisar los rompeolas. ¿Qué pasará si los envío con esa clase de compañeros a una misión en la que se van a jugar la vida? Solo lograrían fragmentar la comitiva. En cuanto a Royce y Amal, ambos fueron vistos por los ninjas de los Kamisato y por mis propios subordinados mientras tomaban deliberadamente una de las pistas de sus contrincantes para que perdieran. Ambos se enfrentaron a una maga de cicin electro y fueron derrotados.  —¡Así que es culpa de Bennett! ¡Apuesto a que la pista era de Bennett! —William interrumpió a Kokomi. —Bennett y Kaveh pudieron elegir no decir nada y sus compañeros estarían muertos en este momento —esta vez fue Gorou el que habló, perdiendo la paciencia—. Si vuelven a interrumpir a Su Excelencia… Kokomi detuvo a Gorou con un gesto. Este, obediente, volvió a poner atención sin protestar. —Ahora siéntense todos y pongan atención. A continuación, les revelaré la tabla de clasificaciones nueva. Calificamos su desempeño individual, pero un pequeño porcentaje todavía se destinó a su desempeño como compañeros de equipo. Primero, Inazuma. ¿Gorou? Gorou se aclaró la garganta antes de anunciar—: El participante Arataki Itto gana su puesto por default, debido a que los otros dos participantes de Inazuma fueron descalificados. —¡Oh, yeah! ¡El grandioso Arataki Itto lo hace de nuevo! —Itto se levantó, sacó un peine de su bolsillo y dedicó una gran sonrisa a todo mundo. Casi todos aplaudieron la incorporación de Itto. En realidad, todos, menos los aventureros rivales. —Segundo, Mondstadt. —La señorita Mona Megistus va a la cabeza —anunció Gorou. Los aventureros se calmaron por un momento—. Seguida de Bennett Ragnvindr y Janis Müller —los aventureros volvieron a protestar, en especial Janis. —¿Por qué Bennett está por encima de mí? —Bennett Ragnvindr supo descifrar las primeras dos pistas correctamente, eliminó a tres magos del abismo e incluso pudo dialogar con el enemigo en lugar de pelear —explicó la mujer de armadura—. Para mí, debería estar en primer lugar, pero Mona Megistus llegó primero. ¿Qué hizo usted, señor Müller? Supe que molestó a dos espíritus del bosque y que por eso los pequeños se ensañaron con los otros participantes. Janis se calló, avergonzado. —Siguiente nación: Liyue. —Quien va a la cabeza es la capitana Beidou —explicó Gorou—. Le sigue la señorita Xinyan, el aventurero Ming y por último la aventurera Tiantian. —Y Sumeru. —La señorita Collei va a la cabeza, seguida del aventurero Akim y al final el señor Kaveh. Bennett sintió que su compañero se desinflaba a su lado, pero Kaveh mostró una sonrisita a pesar de todo. Era una persona fuerte, Bennett estaba seguro; aunque perdiera su lugar, seguro que se aguantaría las ganas de protestar y llorar. —Eso es todo por hoy. Dormirán en los aposentos de los Kamisato y mañana, a las ocho, haremos la última prueba —anunció Kokomi—. Recuerden que solo los primeros dos de cada nación, excepto Inazuma, serán quienes formen la comitiva. Eso es todo, pueden descansar. Casi todos los aventureros estaban en la cuerda floja, excepto por Akim. Aunque Tiantian había sido torpe, ingenua y un lastre, Akim todavía había podido salvarlos a ambos para que pudiesen llegar antes que el equipo de Ming y Janis. Así que ahí estaban los resultados: el majadero de Kaveh estaba a punto de perder su lugar en la comitiva. Akim se mostró ufano en todo momento, y lo hizo sobre todo porque sus compañeros no podrían reprocharle nada, aunque quisieran. Todos tenían en la mira a Bennett, así que Akim se sentía seguro de las trampas o ataques que los aventureros estuviesen ideando en sus mentes. Cuando los participantes comenzaron a desfilar hacia la mansión, exhaustos, Bennett se separó de la comitiva y fue directo hacia Kokomi. —Oiga, eh, disculpe —llamó la atención cuando ninguno de los participantes estaba cerca—. ¿Sabe dónde está Tartaglia? ¿Está dentro de la mansión? —¡Ah! El señor Tartaglia dijo que tenía algo pendiente por hacer y que hoy tendría que acampar. Puedes dormir junto al resto de los participantes —concedió Kokomi—. Hoy hay más soldados que ayer, así que nadie podría hacer nada para perjudicar a alguno de los participantes. —¿Sabe dónde iba a acampar? Me preocupa un poco… —Dijo algo sobre el bosque Chinju. ¿Qué no quería entrar pero que debía comunicarse con sus subordinados? Así que lo más probable es que haya acampado en los alrededores del bosque. —Iré con él, si no le importa. Bennett comenzó a correr, con el grito de Kokomi a sus espaldas—: ¡La siguiente prueba será después del desayuno, a las nueve! Lo primero que hizo, nada más salir de la vista de los soldados que custodiaban los alrededores de la mansión, fue acercarse a la Dama del Espejo con la insignia de oficial en la mano. Tal como en la tarde, la Dama mostró un respeto genuino por el chico y esta vez llevó una rodilla al suelo e inclinó la cabeza. —¿Sabes dónde está Tartaglia? —Sí, señor. Pero no puedo llevarlo. El Onceavo amenazó con decapitar a cualquiera que se acercara a su tienda. Bennett se estremeció. En ese momento sintió, por tercera ocasión desde que llegaron a Inazuma, que se estaba olvidando de algo muy importante. La Dama le estaba diciendo que Tartaglia amenazaba a sus propios subordinados con asesinarlos, pero él no había matado a nadie desde que reunieron en Mondstadt, ¿o sí? ¿De verdad sería tan cruel como para matar a sus propios soldados? Una nueva risotada llegó a su mente. Una punzada le taladró la sien derecha, como si un cuchillo se hubiese encajado en su cabeza. Bennett se quejó, adolorido. —¿Señor? —la Dama seguía con la cabeza inclinada, ajena al dolor del muchacho. Dos penetrantes ojos morados, que brillaban con desprecio y burla, se instalaron en los recuerdos borrosos de Bennett. Este cayó de rodillas, sintiendo que la risa burlona resonaba como golpes dentro de su cerebro. —¡Señor! —¡Mira nada más a quien tenemos aquí! ¿Qué haces tan lejos de casa…? La voz burlona martilleaba su cabeza mientras Bennett intentaba contener el ramalazo de dolor. Parecía que estaba gritando, pero no podría saberlo. Fue cargado en volandas, una vez más, pero ahora había más personas junto a él. Se gritaban órdenes y exclamaciones, como si sintieran urgencia. Bennett sintió la cara mojada en llanto. No sabía qué estaba pasando y eso lo confundía aun más. —¡Señor! ¡Se…! Una larga flecha de agua se encajó en el ojo izquierdo del Fatui que osó acercarse a la tienda de campaña de Tartaglia. Svetlana, la maga a la que Bennett había conocido hace apenas unas horas, gritó desde la distancia. —¡EL SEÑOR BENNETT ESTÁ TENIENDO UN ATAQUE! Bennett perdió el conocimiento en ese momento. Tartaglia salió de la tienda con nada más que unos pantalones cubriéndolo. —¡Me aseguré de que el tatuaje no sería tocado por los próximos días! —exclamó Tartaglia, con un tono cargado de furia—. Maldita sea, ¡por eso no quería venir a la Nación Electro! Natasha: déjalo en mi futón y lárguense todos. Por la mañana, vuelva uno solo en caso de que necesite de su apoyo. Y saquen ese cadáver de mi vista. —¡A la orden, señor! Los cuatro Fatui que seguían vivos obedecieron en el acto. Natasha, la Dama del Espejo, depositó a Bennett en el futón que estaba en medio de la tienda de campaña. Era lo único que había dentro, exceptuando los enseres y la indumentaria del Onceavo. Una vez que la mujer salió a toda prisa, vio que sus tres compañeros cargaban con el Fatui con la cabeza perforada. Los cuatro se apresuraron a perderse en la quietud de la noche, antes de que el Onceavo arremetiera contra ellos. Mientras tanto, Tartaglia entró a su tienda y observó a Bennett. Tenía la ropa sucia y la cara mojada por el llanto, pero fuera de eso parecía intacto. Puede que Su Excelencia Kokomi se haya tomado la molestia de curar a los participantes para que tuvieran una noche reparadora. Pero Tartaglia miraba a Bennett con el sudor corriendo por todo su cuerpo. Pararse frente a los Fatui en su condición había sido lo más difícil que había hecho en la vida, y no era para menos porque, cuando se supo a solas con su compañero, Tartaglia se arrancó la ropa y cayó sobre sus rodillas y sus manos, con su pene tan erecto que parecía una cruel broma. Tartaglia respiró con dificultad, asustado de tener a Bennett frente a él. —Te hice un juramento, Bennett. ¿Por qué diantres viniste hasta mí? Tartaglia no podía soportarlo más. Estaba a punto de romper un juramento, de nuevo.
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