Capítulo 33
11 horas y 53 minutos hace
—Bennett, Bennett, Bennett…
Tartaglia se puso a horcajadas sobre el cuerpo inconsciente de Bennett. La fiebre que lo atenazaba era horrenda, y solo podía pensar en tocarse.
Acarició con sus temblorosos dedos la mejilla húmeda de Bennett. Con su otra mano, rodeó su propio pene y soltó un largo suspiro, poniendo los ojos en blanco. Luego deslizó la palma de su mano a lo largo de su miembro. Agasajó su glande, que estaba húmedo de líquido preseminal. Tartaglia devolvió su mano a la raíz de su pene, luego a su glande, mimando con energía su polla, sin apartar la vista de la cara de Bennett.
Bennett crispó la cara, a punto de recuperar la conciencia. Tartaglia estaba frito, muy en el fondo lo sabía. Si el chico despertaba y lo veía montado encima de él mientras se masturbaba, podían ir dando por terminada esa expedición.
Tartaglia estaba seguro de que Bennett le iba a cocinar las bolas. Pero a pesar de que sabía el peligro que corría, no podía dejar de tocarse, prisionero de su maldita lujuria.
—Hmm —Bennett suspiró entre dientes, sintiendo que había un peso significativo justo encima de su entrepierna.
¿Qué estaba pasando? ¿Dónde había despertado? ¿POR QUÉ HABÍA ALGUIEN MONTADO ENCIMA DE ÉL?
Bennett abrió los ojos de golpe, atemorizado. Ni en sus sueños más locos hubiese tenido una visión como la que lo recibió. Tartaglia, completamente desnudo y mojado en sudor, gemía con la boca abierta, el ceño ligeramente fruncido, las mejillas rojas, febriles. Lo miraba directo a los ojos, con esos ojos azules desprovistos de brillo. Tartaglia se masturbaba de una forma tan salvaje que parecía a punto de dejarse sin piel el miembro.
Y repetía, como un maldito mantra—: Bennett, ah, Bennett, Bennett, mmm…
Su mano derecha, que apenas tocaba ligeramente la mejilla de Bennett, se movió con rapidez y levantó la camisa del muchacho.
—¡¿Qué haces?! —gritó Bennett, pero ya era tarde. Tartaglia sorprendió el pezón izquierdo de Bennett y lo pellizcó con fuerza—. ¡Ah!
El miedo y la sorpresa invadieron a Bennett. No sabía qué estaba pasando, pero no estaba dispuesto a dejar que Tartaglia continuara.
No obstante, el hombre tenía otros planes: antes de que Bennett pudiera moverse, Tartaglia tomó las manos de Bennett y entrelazó sus dedos con los de él. se recostó encima con apenas un movimiento y llevó sus manos por encima de la cabeza del muchacho, estampándolas contra el futón.
Luego se posicionó entre las piernas del muchacho, abriéndolas de par en par, y restregó su pene desde el bulto en el short de Bennett hasta su ombligo desnudo.
—Por favor, por favor, Bennett, por favor…
Suplicaba, pero Bennett no podía comprender nada. Su miembro estaba levantándose dentro de su ropa interior y Bennett no podía hacer nada por evitarlo.
Tartaglia dejó caer su cabeza en el futón. Como era más alto que Bennett, su cuello coincidió de una forma fortuita con la boca del muchacho, quien intentaba dilucidar lo que estaba pasando.
Bennett agitó las piernas, pero el movimiento era bienvenido para Tartaglia, que movía su cadera adelante y atrás para restregar su pene contra el cuerpo del chico.
—¡Tartaglia!
—Perdón, perdón, Bennett, ah, eres, ah, perdón, mmm, se siente, ah, ah… muy bien…
Bennett le mordió el cuello, furioso.
—¡Ah!
Tartaglia gimió con fuerza y su semen salió disparado entre los pechos de ambos. Intentó serenar su respiración, pero no podía. Levantó la cabeza para poder observar a Bennett, que tenía la cara pintada con una mezcla de sentimientos variopintos.
—¡Dijiste que no me ibas a volver a tocar! —le gritó a la cara.
—Eso no fue lo que juré, camarada.
—¡Lo dijiste! ¡Dijiste que no me volverías a tocar…! —Bennett se calló de golpe.
Mientras durmiera, recordó.
El imbécil se la había jugado.
—Voy a vestirme —anunció, con voz ronca—. Quédate, por favor…
—¡Estás loco si piensas que me voy a quedar!
—¡Necesito contarte!
—¡Quítate!
Bennett volvió a removerse. Esta vez Tartaglia le dio la espalda y se sentó, retraído sobre sí mismo. Bennett pensó por un momento que debería quedarse, pero decidió que lo mejor era dejarlo solo y hablar por la mañana, cuando su entrepierna no estuviese pulsando contra su ropa interior.
El muchacho se levantó, pero un síncope lo obligó a caer de rodillas, apretándose las sienes.
—Otra vez… Creo que voy a morir…
Tartaglia le cubrió la vista con la palma de su mano. Antes de que Bennett pudiera respirar el semen y sudor, el agua fresca acarició sus párpados y las comisuras de sus ojos. Sintió que se relajaba casi al instante.
—Hay dos cosas que no te he dicho, camarada —Bennett sintió que era atraído al pecho de Tartaglia. Dejó que su espalda se recargara en él, sin poder calmar su nerviosismo—. Hace unos meses estuve en el bosque Chinju. Bebí mucho y bueno… oriné sobre una estatua de los tanuki. Al día siguiente mi… aparato sexual… —Tartaglia carraspeó—… La tuve parada todo el día, Bennett.
Involuntariamente, Bennett rio entre dientes, imaginándose al Fatui.
—Dolía como la mierda y no podía ir y masturbarme en medio de Inazuma. Si terminara apresado por tocarme en público me daría vergüenza regresar a Snezhnaya.
Bennett tiró una carcajada, relajado. Tartaglia apartó la mano de su cara y tocó con dos dedos frescos su nuca. Soltó un suspiro de placer. Parecía como si el Fatui supiera exactamente en donde poner hydro para que Bennett dejara de sentir dolor.
—Así que una o dos veces al día, o a veces más, necesito masturbarme para bajar las erecciones que tengo. No sé si estaré maldito para el resto de mi vida, pero comienzo a cansarme de tener la polla dura todo el tiempo. Es por eso por lo que las últimas noches, ejem, te he molestado con eso. De verdad, de verdad, no te estoy mintiendo. Lo juro.
Bennett se mantuvo en silencio por unos instantes, dejando que, lenta pero inexorablemente, Tartaglia posara su mano sobre el ombligo pegajoso de Bennett. Luego, con la otra mano, Tartaglia metió sus dedos entre el cabello de Bennett y volvió a aplicar hydro.
—¿Probaste a pedir disculpas y hacerles una ofrenda? —preguntó, recordando la oportuna ayuda de la tarde—. Cuando Kaveh y yo nos disculpamos por molestarlos y les ofrecimos fruta, dos mapaches bailarines nos guiaron hasta el tesoro de la prueba.
Tartaglia se quedó callado. Seguro que en ese momento debía estarse sintiendo estúpido, pero Bennett dejó que se guisara en su propia vergüenza. Era venganza suficiente.
—¿Lo segundo que me vas a decir tiene que ver con el tatuaje que tengo en la nuca?
—¿Cómo sabes lo del tatuaje?
—¿Me lo ibas a decir en algún momento? —cuestionó, apesadumbrado—. ¿Fuiste tú quien me lo puso?
—No, no fui yo —Bennett se relajó aun más al escuchar la respuesta. Tartaglia continuó—: El tatuaje que tienes es un ritual de perdón y olvido, Bennett. Solemos colocarlo en las nucas de los bebés snezhnayanos recién nacidos. Así, si algún día llegan a presenciar alguna atrocidad cometida por un Fatui, los snezhnayanos simplemente perdonan porque no son capaces de retener las escenas en su mente. Fue un snezhnayano quien te puso ese tatuaje, pero no tengo la más mínima idea de quién lo hizo ni porqué. Lo que sí está claro es que fue un Fatui de alto rango, porque somos los únicos que sabemos cómo practicar el ritual. No te lo había dicho porque, bueno, ¿no crees que es raro? ¿Por qué un aventurero de Mondstadt tendría la necesidad de perdonar y olvidar las fechorías de los Fatui?
—Aun así… —Bennett intervino, concentrado en la mano de Tartaglia. Su pulgar se movía con parsimonia de arriba abajo, erizando la piel de Bennett—. Eso no explica porqué Svetlana, una maga de cicin electro, se asustó al ver el tatuaje. Si eso se lo ponen a los civiles, ella no tendría necesidad de llamarme “señor”.
—Ah… ese sí fui yo —Tartaglia se rio. Su risa reverberó por la espalda de Bennett y acarició su cabello—. Todos los Heraldos de los Fatui poseemos una marca personal, es como eh, ¿un sello? Y solemos ponerlo en nuestra frente. Al llenarse del poder del Engaño, el sello brilla con intensidad. Y como todos nuestros soldados usan engaños, pues, supongo que esa fue la razón por la que Svetlana vio mi sello. Cuando la vea tendré que castigarla por atacarte.
—Ella me ayudó con la prueba y me dio información —Bennett la defendió—. Solo hizo su trabajo. ¿Cómo iba a saber que he sido marcado por los Fatui dos veces?
Tartaglia pasó su otra mano por debajo del brazo de Bennett y la entrelazó con la mano que descansaba en su estómago. Bennett no se olvidaba de que su erección punzaba en su short, ni que su corazón martilleaba con insistencia. Pero la conversación que tenían era importante y él debía obtener respuestas.
—¿Es posible deshacer el ritual? —preguntó.
—Sí. Solo hay una forma.
—¿Cuál?
—Debes usar el poder del Engaño durante doce días. El Engaño borrará naturalmente todo rastro del ritual. Pero, camarada… Creo que deshacer el ritual solo te hará sufrir.
—Escuché sobre lo que hiciste en el gimnasio —Tartaglia se paralizó—. Las sacerdotisas hablaron de manos cercenadas y de una persona decapitada. Estaban aterradas. ¿Pero sabes qué pensé? “Ah, espero que los aventureros no me culpen por lo que pasó”. Si perdonar y olvidar implica que tú irás por ahí matando a tus propios subordinados a mis espaldas, Tartaglia, creo que no quiero seguir con esto.
—No volveré a hacerlo —se apresuró, apretando su agarre, como si Bennett fuera a salir corriendo en cualquier momento.
—No lo estás jurando —Tartaglia suspiró. Bennett se atrevió a poner su mano encima de las manos de Tartaglia y siguió hablando—. En el poco tiempo que llevo contigo, he aprendido que los juramentos son de vida o muerte para ti, Tartaglia. Si me juras que no volverás a matar a una persona, y que no volveré a sentir dolor por culpa del ritual, entonces me olvidaré del asunto. Olvidaré y perdonaré.
Tartaglia no habló. No tenía sentido. En su lugar explicó:
—Una vez que el ritual comienza a causar molestias, es necesario deshacerlo, aun si no se va a rehacer. Si no se deshace, el afectado termina volviéndose loco. Debes que usar el poder del Engaño, camarada.
Bennett suspiró con pesadez.
—¿Es posible retrasarlo?
—No más de un mes. Comenzarás a tener pesadillas y a escuchar cosas. El poder elemental de las Visiones alivia el dolor y las alucinaciones, pero todo tiene un límite. Un snezhnayano no aguanta más de un mes con este método hasta que termina loco y debe ser encerrado de por vida.
—Entonces… ayúdame. Después de que se acaben las pruebas de la comitiva, enséñame a usar un Engaño. Y espero que cuando esté curado de esta cosa, podamos hablar sobre nuestro viaje.
—¿No estás contento conmigo?
—No me perdonaría si viajo con alguien que mata a la gente apenas me doy la vuelta.
Tartaglia suspiró una vez más. Respondió luego de unos momentos de tenso silencio—. De acuerdo. Desharemos el ritual y después hablaremos sobre el viaje. Lo juro.
Bennett se quedó conforme con esta respuesta.
Y como no había nada más por decir, ambos se quedaron callados por un buen rato. Claro, hasta que la piel de Tartaglia volvió a sentirse caliente y este comenzó a respirar con dificultad.
Bennett sintió que algo duro y húmedo se levantaba contra su espalda baja.
—¡Tartaglia! ¿Qué demonios…?
—¡No puedo controlarlo! ¡Todo es culpa de esos estúpidos mapaches! Solo necesito… —Tartaglia tomó las caderas de Bennett, así que este protestó—. ¡Por favor, creo que voy a morir si esta cosa vuelve a dolerme durante horas!
—¡Maldita sea, Tartaglia!
—¡No me grites, Bennett! ¡Me estás excitando más!
—¡¿Quéee?!
—¡Ayúdame, por favor!
—¡¿Cómo te ayudo si soy virgen?!
—¡Por todos los cielos! ¡Ayúdame!
—¡¿Cómo?!
—Quítate la ropa —Bennett se negó, intentando huir. Cayó de rodillas contra el futón—. ¡Sólo quítatela! ¡Te juro que mantendrás tu virginidad, pero, mierda, quítate la ropa!
Bennett deliberó consigo mismo durante unos segundos que parecieron eternos. Luego, apurado, se quitó la camisa, el short y la ropa interior y se quedó de rodillas, congelado y tiritando. Él no la estaba llevando mejor con su propia erección.
Tartaglia no se hizo esperar. Estampó la cara de Bennett contra el futón y mantuvo su trasero en el aire. Acarició su nalga izquierda, produciendo un sonido gutural que venía de su garganta, o tal vez desde su estómago.
Entonces juntó las piernas de Bennett, rodilla con rodilla y, antes de que el muchacho se diera cuenta de lo que pretendía, el pene de Tartaglia se deslizó entre sus piernas y golpeó el escroto de Bennett y luego… la raíz de su propio pene.
—¡Ah! —Bennett gimió, asustado de su propia reacción.
En ese momento, Tartaglia notó la erección de Bennett. Y su mano, que segundos antes agarraba el cabello albino del muchacho, se cerró con fuerza en el pene de Bennett y se ayudó del líquido preseminal que salía de su glande para masturbarlo.
—¡No! ¡No lo hagas! —Bennett intentó detener la mano sobre su pene, pero solo tenía su cabeza y sus rodillas como apoyo.
Cayó de lado sobre el futón, pero el Fatui siguió flagelando entre sus piernas y masturbando el pene de Bennett. Sus gemidos, roncos y sinceros, se perdían entre el cabello de Bennett.
Tartaglia llevó su mano libre al pecho de Bennett y una vez más pellizcó su pezón.
—¡Basta…! Ah, ah, no toques… no… —la estimulación era demasiada. Bennett nunca había sentido nada igual en la vida—. Por favor, Tartaglia, para… No…
Parecía como si Bennett lo estuviese alentando, porque Tartaglia se deslizaba cada vez más fuerte y rápido entre sus piernas, vapuleando su perineo, llenándolo de líquido preseminal.
—¡Ah! ¡Ah! ¡Para! ¡No! —los gritos de Bennett eran cada vez más altos. La mano caliente de Tartaglia se deslizaba arriba y abajo a lo largo de su pene erecto, y Bennett solo podía ver cómo el glande del Fatui se asomaba entre sus piernas, enérgico y duro. Comenzó a sentir un hormigueo que se extendía desde su pene, por su abdomen y su espalda baja. Era… delicioso—. ¡Ahh! Me… Me gusta…
Bennett eyaculó en la mano de Tartaglia en el mismo momento en que él empujó una vez más y disparó su semen, manchando el futón. Se quedaron recostados por unos segundos, cansados.
El muchacho volteó a mirar a Tartaglia. Una gota de sudor le cayó en la mejilla. Luego lo vio a diez centímetros, a cinco. Sus labios todavía exhalaban como si tuviera sed, pero Tartaglia concentraba su vista en la boca de Bennett.
Él no se quitó. Levantó la barbilla, un movimiento apenas imperceptible pero que Tartaglia notó a la perfección.
Entonces, el hombre cerró los ojos, se apartó y se desenredó de Bennett. Comenzó a vestirse segundos después.
—Perdóname, camarada. Sé que soy una completa basura. No mereces esta clase de trato.
Bennett sintió una piedra en el pecho.
Tomó su ropa a las prisas, se vistió y salió de la tienda sin mirar atrás.