Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
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Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
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Capítulo 34

Ajustes
Bennett no comprendía lo que estaba pasando. ¿Por qué se comportaba de esa forma? ¿Por qué estaba huyendo de la presencia de Tartaglia y de cualquier cosa que el hombre pudiera agregar a su explicación? Corrió a través de la noche, con la ropa manchada de semen, el viento refrescándole el cuerpo sudado y la amenazante sensación de que algo estaba cambiando dentro de él. ¿A dónde iba? ¿A dónde debía ir? Estaba en una nación desconocida, a merced de la noche y sus peligros. No tenía más que las pocas herramientas de la alforja que siempre iba abrochada a su short. Tenía la ropa sucia, no solo de sus fluidos y los de Tartaglia, sino también de tierra y sangre. Se sintió irritado y molesto. Se regañó por no vislumbrar lo que estaba pasando. Lo que estaba sintiendo. Todo era culpa de Tartaglia. Todo. Él no estaría perdido en las lindes de un bosque siniestro si Tartaglia no le hubiera endulzado el oído con esa maldita canción de cuna. Si Tartaglia no le hubiese dicho que ser un imán de problemas era un don y no una maldición. Si Tartaglia no le hubiese sonreído. Si Tartaglia no lo hubiese protegido de esas megafloras. Bennett hubiese obtenido alguna cicatriz en la cara y seguiría con su pacífica vida en Mondstadt. Nada de toqueteos y persecuciones y aventuras lejos del hogar sosegado. Solo una que otra tormenta, uno que otro rayo, uno que otro secuestro. Y las miradas de desdén de los aventureros. Y las miradas de pena de los caballeros de Favonius, que querían ayudarlo, pero también tenían miedo de terminar envueltos en su mala suerte. Y la lista interminable de aventuras reales que sus amigos sí habían tenido. Como esa vez que Razor se perdió y resultó que estaba viajando encima de Dvalin hacia un archipiélago desconocido. O esa vez que Fischl se fue con Mona y regresó hablando de cómo había islas que retrataban los corazones de sus visitantes. Bennett nunca había sentido tanta envidia como cuando Fischl se puso a hablar durante horas acerca de cómo había conseguido su nueva ropa. Se veía preciosa, pero el muchacho solo sentía una desazón enfermiza estrujándole las entrañas. Se preguntaba cómo era posible que Klee pudiera ir hasta la guarida de un protodragarto, o porqué incluso el alquimista Albedo tenía más historias por contar si se la pasaba metido en su laboratorio. ¿Si cuidaban tanto que Noelle no se hiciera daño protegiendo a otros, porqué tenía una vida tan agitada, derrotando a guardianes de las ruinas mientras hacía cualquier pequeño encargo? ¿O por qué Lisa iba y venía a su antojo entre Sumeru y Mondstadt, mientras que Bennett no podía ni poner un pie lejos de la ciudad antes de que los hilichurls y los animales salvajes comenzaran a perseguirlo? Él solo quería hacer justo lo que se había imaginado que haría junto a Tartaglia: ir por ahí peleando contra los hilichurls, comer pescado o frutas y dormir con el cielo estrellado como techo. ¿Entonces por qué diablos estaba corriendo a oscuras con la ropa manchada del semen de su compañero? Su pie se enredó con una rama que se confundía con el humus del suelo y cayó de golpe, raspándose los brazos y la barbilla. Bennett se hizo un ovillo y, aunque se prometió que no volvería a llorar por su mala suerte, no le importó. Comenzó a llorar a lágrima viva. ¿Qué tenía el mundo en su contra? ¿Por qué no podía ni siquiera correr en medio de la noche sin terminar siendo patético? Estaba solo, como siempre lo había estado. Aunque sus papás se esforzaron por hacerlo sentir querido y consentido, aquello no hizo sino acrecentar la ojeriza que los aventureros jóvenes le tenían. Apenas los Ragnvindr fijaron su vista en él, uno murió, el otro desapareció y otro entró en depresión. De verdad parecía como si Bennett hubiese nacido para estar solo. Sin compañeros en la Brigada de Benny, sin el valor para convivir con Diluc y Kaeya, sin ser invitado a las aventuras de los demás, porque todos sabían que algo se incendiaría o explotaría por su culpa. Solo. Siempre solo. Como en ese momento. Bennett lloró y lloró, como si no le quedara más que llorar. No sabía en dónde se encontraba, estaba herido y exhausto y tenía miedo de que en cualquier momento un enemigo fuese a saltar de entre la espesura del bosque. Sí. Así era como debía ser. Debería permanecer solo y dejarse morir en una zanja, olvidado por el resto del mundo. Ya nada importaba. De todos modos, dentro de unos días esas malditas risas en su cabeza terminarían por sacarlo de quicio. Eso era lo mejor. Bennett se quitó los guantes y los protectores de cuero de sus antebrazos. La piel debajo era ligeramente más blanca. No podía verlas, pero las cicatrices estaban ahí: largas líneas torcidas que cruzaban sus muñecas de lado a lado. Consideró trazar una línea perpendicular, a lo largo del interior de su antebrazo. Podía invocar su espada y solo terminar con todo. Podía. Sabía que tenía su espada en la mano. Sabía que estaba viendo el filo que brillaba a la luz de la luna. Sabía que estaba acercando su muñeca al filo de la espada. Entonces alguien agarró la espada por el filo con ambas manos. Bennett, que había estado como poseído por la idea, vio sangre que no era suya y su mirada volvió a enfocarse. La espada le fue retirada de la mano y fue lanzada lejos. Bennett renovó su llanto y tiró sus brazos al cuello de quien acudió a él. Escondió la cara en su pecho, hipando, sin importarle la sangre, el sudor, la tierra, el semen seco. Solo lloró y lloró como si la vida se le fuera en ello. —Se suponía que nunca más ibas a sufrir, Bennett —la voz de Tartaglia salió con suavidad. Apretaba con una fuerza moderada el cuerpo del muchacho, intentando contenerlo—. Se suponía que solo tenía que hacerte sonreír y mírame, fracasando como un maldito estúpido. Todo es mi culpa, Bennett. Todo. Bennett cerró los ojos, desfallecido. Cuando los brazos fuertes de Tartaglia lo rodearon, como si estuviera a punto de caer por un precipicio, Bennett de pronto se sintió seguro. Suspiró, su llanto se calmó poco a poco, pero su corazón sustituyó la carrera que sus lagrimales habían hecho hace rato. Bum bum bum, latía como si quisiera abrir el pecho de Bennett y quisiera salir corriendo. Bum-bum, bum-bum, bum-bum-bum-bum. Y aunque su corazón le advertía que algo andaba mal, que algo, de hecho, estaba cambiando en él, Bennett podría jurar que nunca en la vida se había sentido más a gusto. Cómodo. Tranquilo. —No sé cómo lo voy a hacer, Bennett, pero juro por mi vida que todos mis esfuerzos estarán destinados a hacerte sonreír. Confía en mí. Sí. Pero… ¿por qué Tartaglia seguía haciéndole juramento tras juramento si él solo era un Fatui con el que había tenido la dicha de encontrarse? Tartaglia entonó una melodía cadenciosa que nada tenía que ver con las marchas tranquilas que le tarareaba al oído. Llenó el aire con una canción que parecía una promesa, o tal vez un beso. O a lo mejor sí le besó de verdad la coronilla. Sin embargo, Bennett ya se había rendido al sueño.   —No eres más pendejo porque no eres más grande, Nikolay. ¿Cómo se te ocurre…? Da igual. ¿Cómo está? —¡Y a mí qué me importa! Que agradezca que lo caliento. El tal Nikolay se incorpora a medias. Es fornido, peludo y sus piernas son del grueso de la cabeza de Bennett. Este yace junto a él, con su desnudez apenas cubierta por un cobertor hecho con piel de hurón de las nieves. No puede moverse debido a la conmoción. —¿De verdad crees que alguien le hizo el ritual solo para cogérselo? —Mira, yo no sé tú, pero es pequeño y débil, y definitivamente no es snezhnayano. Los únicos Heraldos que han venido a Mondstadt en los últimos años son… —La Signora y el Baladista. —Tuvo que haber sido uno de esos dos. Así que yo… solo estoy aprovechando.   Bennett despertó y se levantó como un resorte, con el pánico atenazándolo. Miró a todos lados, nervioso. Sacudió la cabeza y cerró con fuerza los ojos por un momento. La escena frente a él era completamente diferente de su sueño. No había nieve ni una cueva que hacía eco de sus gritos, sino que una cómoda tienda lo protegía del frescor de la madrugada. Durante la noche, Tartaglia lo limpió y lavó su ropa. Esta yacía perfectamente doblada junto a la propia, formando dos montones de enseres y accesorios. Bennett se vistió a las prisas y salió de la tienda. Despuntaba el alba mientras Tartaglia, vestido apenas con su pantalón y sus botas de caña alta, hacía lagartijas parado de manos. El sudor le perlaba la espalda y la cara. Por primera vez, Bennett fue testigo de los entrenamientos de Tartaglia. A lo largo de los días, comenzaba a creer que todo eso de llevar a Snezhnaya a todos lados y entrenar no eran más que sandeces de Tartaglia. Él se veía tan fresco cada mañana que parecía como si nunca hiciera esfuerzo alguno. Pero ahí estaba, soltando pequeños sonidos de—: ¡Hmp! ¡Hmp! —mientras su cuerpo subía y bajaba, sostenido solo por la fuerza de sus brazos. Bennett lo observó en silencio, mientras el paisaje se iba iluminando con el sol saliente. Cuando Tartaglia acabó y se echó al suelo, cansado, Bennett se sentó a su lado y le ofreció una de las frutas que llevaba en su alforja. Tartaglia le dedicó una sonrisa brillante y tomó la fruta. Le dio un gran mordisco. —¿Estás bien, camarada? —Creo que tuve una pesadilla, pero no la recuerdo —Bennett se encogió de hombros. Extendió las piernas y se sostuvo sentado, con su mano muy cerca del brazo desnudo de Tartaglia. Con la otra comía su fruta. —Eso seguirá pasando hasta que eliminemos el ritual —advirtió el Fatui—. Ten un poco de paciencia. Hoy mismo vamos a comenzar con el proceso. —No pasa nada —Bennett hizo un gesto con la mano, descartando el asunto. Sonreía plácidamente. Parecía que su llanto y todo el remolino de sentimientos se habían quedado atrás, con la noche anterior—. Son solo malos sueños. No pueden hacerme daño. —Bueno, si es así como te sientes, camarada, es bueno entonces. ¿Cómo te sientes con respecto a… ejem… lo que pasó ayer en la tienda? —¿Qué cosa? ¿Pasó algo en la tienda? Tartaglia se sentó. Observó a Bennett, tratando de descubrir si estaba fingiendo. Lo había desenmascarado tan pronto como Bennett dijo que estaba dormido durante la visitar de Zhongli, pero ahora su respuesta era real, Tartaglia lo intuía. —¿Recuerdas cómo llegaste hasta la tienda? —La verdad es que no mucho —respondió—. Creo que, ¿alguien me trajo cuando me desmayé? Como sea, ayer estaba un poco sensible por alguna razón… No puedo recordar mucho. —Mira mis manos, camarada —Tartaglia hizo un nuevo intento. —¡Dioses! ¿Por qué estabas entrenando con ambas manos cortadas? ¿Por qué no me pediste que te curara? Bennett tiró a un lado el hueso de su solsettia y se sentó cruzando de piernas, tomando las manos de Tartaglia. Desenrolló las vendas que las cubrían. Dos cortes rectos le cruzaban ambas palmas. Un chisporroteo después, no quedaban más que finas cicatrices que se irían desvaneciendo con el tiempo. —Su Excelencia me dijo que la siguiente prueba comenzará a las nueve. Debería irme ahora, ¿no? ¿Qué harás, Tartaglia? —Haré lo que me sugeriste hacer ayer por la noche —Tartaglia apostó una última vez. Bennett frunció el ceño—. ¡Hah! No tiene caso, no puedo recordar mucho de anoche. ¡Pero no importa! Lo único que importa mucho más que divertirse es la seguridad, ¿no crees? Trata de no salir herido, a donde sea que vayas a ir. Pero si sales herido, recuerda que puedes venir conmigo. Sé que no soy el mejor curando heridas, pero espero que puedas apoyarte un poquito en mí. Je, je. Esto es vergonzoso, ja, ja, ja —una punzada hizo que Bennett cerrara su ojo, haciendo una mueca de dolor. Vio, como si fuera la primera vez, la palma de Tartaglia aplicando hydro en su sien. El alivio que sintió fue inmediato. —No voy a tardar —prometió—. Cuando vuelva, quiero que vengas a decirme que estás dentro de la comitiva. Bennett le sonrió, emocionado. Se despidieron, pero a diferencia de Bennett, Tartaglia se quedó agitado. ¿Cuántas veces el muchacho habría perdonado… y olvidado absolutamente todo lo que un Fatui le hizo?
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