Capítulo 35
11 horas y 52 minutos hace
—Henos aquí con la última prueba —anunció Ayaka Kamisato, la mujer que regentaba el Estado Kamisato. Parecía muy joven y elegante para ser la jefa de todo un ejército privado y un pelotón de ninjas, pero nadie trataba de cuestionarla—. Se trata de la prueba más sencilla de todas, durará 5 días y solo tienen que hacer una cosa: no comer.
Los participantes se miraron entre ellos. Aunque pensaban que era descabellado lo que Ayaka explicaba, nadie se atrevía a dar un paso adelante para decir algo. Estaban reunidos en el foro principal de la mansión y a su alrededor no había más que jardines y un sol que comenzaba a ponerse intenso desde temprano. En lugar de ser obsequiados por un copioso desayuno, los diez participantes que quedaban habían sido convocados casi tan pronto como dieron las ocho de la mañana.
Nadie cuestionó la razón por la que Bennett llegó por la puerta principal y no de los dormitorios. Después de todo, estaban más que advertidos de volver a meterse en serio con él.
Aun así, Mona le preguntó—: ¿Estás bien? Te ves un poco… pálido.
—Es porque no he desayunado.
Kokomi aplaudió una vez para obtener nuevamente la atención de la gente. Todos voltearon a mirarla—. Como dice lady Kamisato, la prueba es muy simple: durante los próximos cinco días, ustedes no podrán probar un solo bocado de comida. ¿Ven las diez cantimploras que hay en la mesa? Contienen agua potable. Eso es todo lo que podrán llevarse a la boca. Dormirán aquí, al aire libre. Si tienen que hacer sus necesidades, pueden ser escoltados por dos soldados al interior y de regreso. Tampoco pueden bañarse. De entre ustedes diez debemos escoger a los dos representantes de cada una de las tres naciones restantes: Mondstadt, Liyue y Sumeru. Solo enviaremos a los seis más resistentes, así que su lugar en la tabla de clasificaciones era una mera formalidad. Una cosa más: SOLO los que sigan de pie al terminar el quinto día son los que podrán formar parte de la comitiva. No importa si no se llenan los dos lugares por nación, para eso tenemos a un excelente candidato que se ha ofrecido a acompañarlos, además del señor Tartaglia.
—Así que, para resumir, esto no es una prueba final sino una fase de eliminación directa —Beidou se cruzó de brazos, pero permanecía tranquila—. Me parece bien. Enkanomiya es un sitio peligroso en el que podríamos quedar atrapados sin recursos. Lo mejor es ver en directo quiénes de nosotros tenemos más posibilidades de sobrevivir.
—Es bueno que estén de acuerdo —Kokomi sonrió—. Recuerden: es mejor rendirse ahora, durante una prueba controlada, y no ser obstinados para ir a morir en Enkanomiya. Bueno, eso es todo. Los soldados y ninjas del Estado Kamisato cuidarán de ustedes. Vendré dentro de cinco días.
Y, dicho esto, se marchó.
—¡Ah! Su Excelencia Sangonomiya olvidó un detalle —Ayaka intervino, antes de darse la vuelta—: Todo lo que traen en sus bolsillos les pertenece. Incluyendo las raciones de emergencia —luego se marchó.
Los cuatro aventureros, es decir, Janis, Ming, Tiantian y Akim miraron con recelo a Bennett y al resto. Se apresuraron a tomar las cantimploras que tenían más cerca y se sentaron lejos, donde sus susurros no pudieran ser escuchados. Mientras tanto, Mona, Collei, Beidou, Kaveh, Xinyan y Bennett tomaron cada uno su propia cantimplora y se sentaron justo del otro lado.
Las cantimploras eran simples: estaban hechas de cuero tratado y parecían haber sido refrigeradas de antemano. Las gotitas de agua condensada perlaban las cantimploras, señal de que el ambiente se estaba poniendo cada vez más caliente.
Los aventureros echaban miradas de vez en cuando y pequeñas risas, pero no se acercaban.
—¡Muy bien! —Beidou tomó la iniciativa, como la capitana que era—. Somos seis personas, y además, dos de cada nación, ¿ya se dieron cuenta?
Bennett respingó en su lugar, impresionado. No había prestado atención a las nacionalidades de sus amigos, más allá de que eran usuarios de visiones. Xinyan era pyro, como él, mientras que Collei y Kaveh hacían honor a su nación siendo usuarios dendro. La capitana Beidou era una usuaria electro, mientras que Mona era hydro. Aunque no tuvieran cryo, geo ni anemo con ellos, todavía tenían seis visiones y cuatro elementos más que los aventureros que pretendían competir contra ellos.
Aun así, las cosas pintaban mal.
—Si queremos salir bien librados de esto, necesito que confíen en mí. ¿Pueden hacerlo?
—¡Obvio! —Xinyan fue la primera en aceptar—. Di salta y salto.
—Estoy de acuerdo —esta fue Collei.
—Su reputación la precede, capitana Beidou —Mona, que parecía nerviosa por la repentina falta de comida, se serenó—. Confío en usted.
—¡Yo también! —Bennett intervino, nervioso—. En Liyue escuché mucho sobre usted. Los comerciantes le temen y la gente la adora.
—¿Y tú, Kaveh? Somos los únicos adultos, pero no quiero imponerme por si acaso tienes un orgullo masculino que proteger.
—En absoluto —Kaveh desechó la idea con un movimiento de la mano—. Me importa un bledo eso. Necesito estar en esa comitiva. Si confiar en ti me dará lo que necesito, confiaré lo que haga falta.
—Excelente —Beidou se relamió los labios, calculadora—. Saquen todas sus reservas de emergencia y pónganlas al frente. No se queden con nada. Pueden confiar en mí, pero también debemos confiar entre nosotros.
Ella fue la primera en poner el ejemplo. Tenía tres botellitas de aguardiente, una botella entera de ron (a Kaveh le brilló la mirada), siete porciones pequeñas de cecina y una bolsita de lotos asados. Xinyan y Collei no se quedaron atrás: cada una tenía bolsitas de dulces, frutas, embutidos y hasta especias. Mona solo tenía una triste porción de ensalada que guardaba para un momento de emergencia.
Kaveh sacó de su alforja un platillo tan específico que hasta los soldados lo miraron de hito en hito. Con sumo cuidado, Kaveh colocó el Soplo de Arrojo entre la comida, como disponiéndolo todo, y de pronto parecía como todos se hubieran puesto a jugar a construir maquetas de comida.
Bennett fue el último. Apretó los labios, nervioso, y de su alforja sacó montones y montones de bayas, solsettias, una lechuga, dos tomates y un rábano casi tan grande como su antebrazo.
—¡Son treinta y siete bayas! ¿Cómo conseguiste tantas? —Collei estaba sorprendida. Ella solo había podido guardarse dos solsettias del camino antes de que unos hilichurls la persiguieran.
—Ah, bueno, suelo perderme un poco, pero aprovecho mis andanzas para recoger lo poco que pueda.
—¿Poco? —Kaveh estaba más sorprendido de la capacidad acumulativa de Bennett que de haber mantenido intacto un palacio hecho de pan.
—Sé que es un poco tonto, considerando que Kaveh trae comida hecha, pero juro que es todo lo que traigo conmigo.
Mona hizo un puchero y sacó las tres bayas que se había encontrado noches atrás. Xinyan y Kaveh hicieron lo mismo, sacando otras minucias que no hubiesen hecho mucha diferencia. Pero si había un compañero tan sincero entre ellos dándoles todo lo que tenía, lo menos que podían hacer era imitarlo.
Beidou se rio a carcajadas, contenta—. Eres una gran influencia para los de tu alrededor, muchacho —Bennett se sonrojó, alborozado—. Ahora, vamos a dividir todo esto entre seis. Tratemos de que las cantidades sean más o menos equivalentes. Y las raciones ya verán cómo se las reparten cada día. Les recomiendo comer poco o nada los primeros dos o tres días y empezar a comer hasta el tercer o cuarto día, cuando ya no soporten más.
Lo que propuso tenía sentido, por supuesto. Era una pirata que había pasado semanas o tal vez meses enteros en alta mar, donde era probable que escaseara la comida cada dos por tres. Con una tripulación tan grande, la capitana debía lidiar con falta de comida y problemas de raciones todo el tiempo, así que parecía que sabía perfectamente lo que hacía.
Los aventureros la escucharon con atención, pero aun así, decidieron que cada uno iba a guardarse su propia reserva de comida, sin repartirla en partes iguales. De todos modos, todos ellos, incluyendo los soldados y los ninjas, estaban casi seguros de que los cinco usuarios que se habían sometido a Beidou tarde o temprano terminarían comiendo cuando se dieran gusto o peor: robándose la comida en medio de la noche.
Sin embargo, a media tarde, Beidou les dijo—: Somos seis, así que haremos guardia en pareja durante tres horas por la noche. Lo echaremos a suertes, pero es algo justo: todos tendremos nuestros turnos de vigilancia, sin excepción. ¿De acuerdo?
Ahí estaban a salvo de animales salvajes, hilichurls y las mesnadas de enemigos que rondaban a campo abierto. Además, estaban protegidos del sol y la lluvia, no así del frío, del viento o de la dureza del piso de madera.
No obstante, no debían bajar la guardia. No solo porque la prueba podría incluir ataques sorpresa o algo así, sino porque incluso con los Fatui bajo control, las cosas podrían tornarse peligrosas si algún otro grupo decidía que no era necesaria la expedición a Enkanomiya.
Por fin, al ocaso, Tartaglia llegó al Estado Kamisato. Caminaba con serenidad y parecía que acababa de tirar la basura o salir de un baño relajante. Al menos esa era la expresión que mostraba. Vio a los diez participantes divididos en dos grupos bastante marcados, ubicó a Bennett entre ellos y, cuando lo vio, le dedicó la más exultante de las sonrisas.
Bennett se puso rojo al verlo, aunque no comprendía porqué. Kaveh, el único hombre aparte de Bennett, le dio un codazo a este para llamar su atención. Él giró la cabeza con rapidez, como si tuviera un resorte.
—¿Qué? ¿Qué? —preguntó a las prisas, sorprendido. Beidou se sonrió al verlo.
—Cierra la boca amigo, vas a inundar de saliva este sitio.
Bennett se llevó una mano a la boca. Sus compañeros se rieron de él a sus expensas, pero al chico no le importó. Sintió la cara roja y cuando volvió a mirar a Tartaglia, se volvió a sentir como si algo se removiera debajo de su ombligo.
—Oye, dime algo, chico —esta vez fue Beidou, quien bebía un poco de ron. Todos acordaron que lo mejor era que el ron se lo repartieran entre ella y Kaveh—. ¿De verdad no le tienes miedo a ese hombre? Parece que eres el único al que trata… bien. Bueno, más que bien diría yo.
Beidou estaba observando los chupetones en el cuello de Bennett. Todos los habían visto, excepto él. Después de todo, los espejos no eran comunes en Teyvat.
—Tartaglia ha sido amable y paciente conmigo desde el principio —alabó Bennett, ajeno a las marcas en su cuerpo—. Sé que los Fatui suelen ser aterradores, incluso a mí me causaba dudas, pero él me ha estado salvando desde el primer momento en que nos vimos. Se interpuso entre el ataque de unas megafloras pyro y yo, ¿sabe? Y cada vez que peleamos contra los enemigos, él siempre me está protegiendo. A veces siento que soy una carga para él.
—Hummm —Beidou hizo una expresión de entendimiento, sin decir nada más.
Cuando cayó la noche cerrada los grupos se compactaron, pero muchos se tensaron al ver que Tartaglia se acercaba. A diferencia de los soldados que solo permanecían en sus lugares, observando, el Fatui se sentó justo en la unión entre el foro y la casa, sobre el pasillo, con las piernas cruzadas y observó, casi sin parpadear, como si fuera un perro de caza observando a sus presas.
Mona y Collei se estremecieron al verlo, pero Xinyan se acercó y lo saludó.
—Creí que no estabas dispuesto a regresar a Inazuma —comentó.
—Ah, bueno —él se encogió de hombros, pareciendo un muchacho de diecinueve años por un momento—. Iré a donde Bennett vaya.
Bennett, que escuchó perfectamente lo que Tartaglia dijo, sintió sus orejas calientes y se atragantó con la baya que estaba comiendo para pasar la noche. Aquello volvió a provocar las risas de Mona, Beidou y Collei, e incluso Kaveh se sonrió al verlo.
—¿Crees que estarás bien? —Xinyan susurró esta vez. Unos pocos soldados la escucharon.
—Bennett me dio una idea y resulta que funcionó. Al menos lo suficiente. No te preocupes, camarada. Deberías ir con los demás y ganar esta competencia para que podamos irnos a Enkanomiya.
—De acuerdo.
Bennett observó el intercambio en silencio. Vio la confianza con la que Tartaglia recibió a Xinyan cerca de él y la forma en que ambos parecían intimar, como si fuesen conocidos de toda la vida. Por lo que Bennett sabía, solo habían pasado alrededor de una semana explorando una mazmorra mientras perseguían a un Fatui.
Revisó muy en el fondo de su corazón y, aunque Xinyan parecía estar sentada muy cerca de Tartaglia, Bennett no se sintió amenazado. Al menos no como cuando Zhongli se acercaba a él. ¿De verdad estaba descubriendo una nueva faceta al andar con Tartaglia?
No obstante, a pesar de sus inquietudes, Bennett decidió que lo mejor era dejar para después todas aquellas cosas que lo afectaban respecto a Tartaglia. Si no, ¿cómo podría concentrarse en la prueba que tenía por delante?
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Los siguientes días fueron casi una tortura. Sobre todo, para Mona y Kaveh, que parecían los más afectados por el constante sudor pegajoso y la falta de comida real.
Durante la tarde del segundo día, Beidou intentó animarlos pidiendo un tablero de Invocación de los Sabios, pero nadie parecía estar en condiciones de pensar realmente en jugar. Para la segunda noche, durante el turno de Bennett y Beidou, podían escuchar el estómago de Mona rugiendo a toda potencia. Sin embargo, aunque la astróloga despertó para su turno sobándose el abdomen, apenas hizo sonido cuando sacó una baya de su bolsita y le dio el mordisco más pequeño que pudo.
—Descansen —deseó, conteniendo un gran bostezo.
Bennett fue a dar un pequeño sorbo a su cantimplora. En ese momento notó que estaba a mucho menos de la mitad, y eso le hizo fruncir el ceño. Tartaglia, que vigilaba todo con ojos de acecho, notó que algo andaba mal con Bennett, así que le preguntó en voz alta:
—¿Qué sucede, camarada?
Los soldados, Beidou, Mona y Kaveh, que apenas iba despertando, pusieron su atención en Bennett. Este, cohibido, negó con la cabeza.
—No, qué va, Tartaglia. Iré a dormir ahora.
Bennett se acostó y se quedó dormido casi en el acto. Mona, que no podía dejar de pensar en la mirada de Bennett, se acercó a su cantimplora y la tocó. Vio que Kaveh y Tartaglia la miraban con especial atención, así que dijo:
—La cantimplora tiene un agujero. Es casi imperceptible.
Kaveh miró de inmediato en dirección a los aventureros. Ellos habían sido los primeros en tomar sus cantimploras, pero no parecían haber hecho más movimientos que los suficientes para acercarse, tomar cuatro cantimploras y alejarse de la mesa. ¿Habrían sido ellos, o era solamente la mala suerte de Bennett actuando?
Sea como fuera, todos vieron el momento en que Mona tomó la cantimplora de Bennett y la sustituyó por la suya. Cuando levantó la vista, Mona se llevó un dedo a los labios y no se discutió más.