Capítulo 36
11 horas y 52 minutos hace
—Pero miren qué tenemos aquí —una risotada burlona hace estremecer a Bennett desde las entrañas. No se permite externarlo, pero por alguna razón sabe que el hombre frente a él siente el miedo emanando por cada poro de Bennett—. ¿Quién le ha hecho esto a este pobre desgraciado? ¿Fue ella? No sabía que la perra estaba interesada en niños.
—No sé de qué estás hablando, pero, si pudieras soltarme…
Una nueva risotada hace estremecer a Bennett.
—¿Crees que estás en posición de pedir algo…?
Bennett no alcanza a escuchar lo último que aquella persona dice. Antes de eso, abre los ojos y se levanta para un nuevo día.
---
Bennett se levantó con una profunda sensación de desasosiego. No sabía si era por las risas que martilleaban detrás de su frente segundos antes de que lograra despertar con el rocío matinal, o porque sabía que había un desperfecto con su cantimplora.
La tomó entre sus manos, esperando sentir solo un cuarto o ya casi nada de contenido. Sin embargo, la situación era muy diferente: Bennett sintió, como en un milagro, que su cantimplora estaba casi completamente llena. Un poco más y el agua comenzaría a derramarse.
Miró a todos lados, sorprendido, pero nada parecía darle señales de que algo hubiese pasado durante la noche. Sus amigos platicaban entre ellos mientras tomaban un puñado de comida de sus propias raciones para empezar a desayunar, los soldados cambiaban de turno y los aventureros se desperezaban para comenzar un nuevo día.
Bennett se acercó a Tartaglia, que parecía estar en la misma posición que cuando llegó: sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y mirando con atención a todo mundo. Bennett pensaba que su presencia era suficiente disuasión para quien intentase un nuevo sabotaje, pero hasta el momento nada había ocurrido.
—Creo que has estado ahí toda la noche, Tartaglia. ¿Ya comiste algo?
—¡Camarada! ¿Cómo va tu día?
—Eh, bien, considerando que llevo veinte minutos despierto, je, je.
—No te preocupes por mí. Necesitas resistir tres días más.
—¿Puedes…? —Bennett sacó una baya grande y jugosa de su alforja y la ofreció a Tartaglia, sintiendo que las orejas se le calentaban—. ¿Puedes aceptar esto?
—¿Acaso está envenenado o hechizado? —Tartaglia bromeó, pero tomó la baya, rozando la palma de Bennett con sus dedos. El muchacho se agitó, y Tartaglia intentó ocultar su sonrisa de placer—. Todo lo que venga de tu parte es bueno, camarada. Incluso aunque esté envenenado —dio un mordisco—, o hechizado —otro mordisco.
Bennett apretó la mandíbula, cohibido—. Bueno. Me voy con la capitana Beidou y los demás. Si necesitas otra baya…
Tartaglia se rio. Bennett sintió que el pecho se le calentaba al escucharlo.
—Ya te dije que estoy bien, camarada. No pasará nada si no como un día o dos.
—¿Seguro?
—Siempre te he dicho la verdad —se encogió de hombros, así que Bennett no insistió más.
Volvió a su grupito, pero las miradas de los aventureros no dejaban de molestarlo. Eran miradas juzgonas, de esas que ni siquiera el más paciente aguantaría. Ni siquiera Bennett que solía perdonarles todos y cada uno de sus desplantes. Sin embargo, cuando estaba a punto de ir hacia ellos, Kaveh le alcanzó a tomar la mano.
—¡Oye! Es de mala educación no sentarse a comer con la gente que te ha estado esperando —le dijo.
—¡Lo siento! —Bennett exclamó su disculpa, se sentó junto a Kaveh, Beidou y las demás y comenzó a comerse dos bayas—. Es que Janis y los demás no dejan de mirarme… No, es decir, creo que me están mirando y me comienza a incomodar.
—No les hagas caso —Kaveh lo golpeó con el hombro, desenfadado—. Te tienen envidia porque hay un Heraldo de los Fatui cuidándote día y noche.
—¿Seguro que es por eso?
—Completamente.
Pero Bennett no estaba convencido. Los aventureros se cuchicheaban entre ellos, lanzaban miradas de burla y desdén y hacían tanto ruido como cuando tenían su desayuno en el Santuario Sangonomiya. No parecían necesitar a todos los demás: cuatro de ellos eran más que suficientes para ponerle los nervios de punta a todos.
A media tarde incluso Beidou parecía a punto de explotar, lo que era decir mucho, porque ella era una pirata que convivía con el fragor del mar y los griteríos de su gente. Tal vez porque los aventureros parecían no medir sus decibelios o porque no querían ser considerados con el resto de los presentes, o tal vez porque seguían haciendo cada vez más comentarios insidiosos, aprovechando que Kokomi no estaba por ninguna parte y que los soldados no intervendrían a menos que hubiese peligro físico.
—Ya, pero, hubo una ocasión en que ese papanatas se quedó encerrado con Royce y lo envenenó con su comida.
—¡¿Entonces no sabe cocinar?! —Tiantian gritó, con voz chillona—. ¡Eso es algo básico para un aventurero! ¿Qué ha estado haciendo todos estos años, aparte de fracasar en misiones básicas y provocar desastres?
—También se pierde con suma facilidad. Estoy casi seguro de que fue el Heraldo el que lo trajo hasta aquí. Nunca podría imaginarlo manejando un rompeolas sin que termine en otro continente.
Los aventureros comenzaron a reír a mandíbula batiente. Esta vez, antes de que cualquiera pudiera hacer algo, Kaveh se levantó de golpe y fue hacia ellos, invocando su mandoble. Bennett y Xinyan, los que estaban más cerca de él, se lanzaron de inmediato a detenerlo.
—¡Suéltenme! ¡Estoy tan harto de estos imbéciles que, si no me los cargo en este momento, no voy a poder vivir en paz!
—Eres el último lugar de tu nación, Kaveh —le advirtió Xinyan, susurrando—. ¿Quieres que te descalifiquen en este momento?
—¡No! Pero…
—Yo estoy bien —Bennett intentó captar la mirada de Kaveh hasta que pudo mirarlo a los ojos. El hombre parecía dispuesto a defenderlo a costa de perder su oportunidad en Enkanomiya—. Estoy muy bien, estoy acostumbrado.
—¡No deberías! —los aventureros se rieron del forcejeo, mirando a Kaveh con menosprecio—. ¡Estos hijos de perra…!
—¡Kaveh! —Bennett le habló una vez más. Impregnó su voz de seriedad todo lo que pudo—: Si tú eres descalificado por mal comportamiento, dejaré la prueba de una vez. No quiero ir a Enkanomiya a costa de que me defiendas.
—¿Y qué te hace pensar que vas a ir a Enkanomiya, zopenco? —Janis se paró detrás de Bennett, altanero—. Estás tan seguro de tu lugar que incluso piensas en renunciar a él si tu amiguito llorón viene y pelea con nosotros, ja, ja, ja, ¡no me hagas reír!
—Janis… vuelve a tu lugar, ¿sí?
—¿Qué? —Janis le empujó el hombro a Bennett ligeramente. Tanto los soldados como Tartaglia se envararon, atentos—. ¿Crees que estás en posición de desafiarme solo porque tu amiguito Fatui te protege? Siempre eres tan creído, tan exasperante. Si no es Diluc Ragnvindr es Kaeya Alberich, o Katheryne, o cualquier otra persona influyente que respalda tus desastres y tus tonterías —luego se acercó, de forma que solo Bennett, Kaveh y Xinyan lo escucharon—. Ahora incluso fuiste a meterte a la cama de un perro de Snezhnaya para que viniera a hacer de niñera. Maldito prostituto.
—¿De qué estás hablando, Janis Müller? —Bennett estaba a punto de echar una carcajada, incrédulo—. Puedes decir lo que quieras de mí, pero Tartaglia…
Janis acercó una mano al cuello de Bennett. Cuando su dedo alcanzó a rozar el chupetón que era visible para todo mundo, Bennett y Kaveh ya lo habían detenido con agarres fuertes.
—Sé que siempre has sido un pequeño imbécil, Bennett, pero no puedo creer que vayas por ahí mostrándoles a todos que no te importa ser cogido por un Fatui con tal de conseguir lo que quieres.
—¿Cómo te fue con el agua, mariquita? —esta vez fue Ming, quien se acercó a Bennett como si nada.
—¿El agua?
—¿Ya se te acabó? —este era Akim. Tiantian observaba el intercambio en silencio, pero sin ocultar su diversión—. Pusimos cuidado en que no se notara, pero no creímos que de verdad tú eras el que iba a agarrar esa cantimplora. Supongo que todos los aventureros de Mondstadt no mienten cuando dicen que la buena suerte te persigue, pero tú eres más rápido, ¡ja, ja, ja!
Bennett apretó los puños, a punto de perder los estribos. Nunca se había sentido tan enojado en la vida, ni siquiera cuando las aventureras lo golpeaban o cuando los aventureros le rompían o le tiraban las cosas. Tal vez era porque esta vez se estaba dando cuenta de la clase de personas que habían sido siempre Janis y los demás, o porque se sentía avergonzado frente a la gente que tanto lo defendía, o porque había estado mostrando un chupetón sin darse cuenta.
Sea como fuere, Bennett dirigió a Janis una mirada cargada de rabia y coraje, y estuvo a punto de tirársele encima para golpear con una furia ciega. Pero antes de que cualquier desastre pudiese ocurrir de verdad, un dolor exasperante le nació de las sienes y le provocó un grito agudo.
Los aventureros comenzaron a reírse de nuevo, pero se callaron cuando Tartaglia se levantó de golpe.
Bennett cayó sobre sus rodillas, tratando de contener el repentino dolor de cabeza. Gritaba, presa de algo que nadie más podía ver. Y, mientras más perduraba el dolor, más imágenes desfilaban por su cabeza.
Un hombre joven con un enorme sombrero. Miríadas de Fatui. Mujeres, hombres. Un catre helado en una tienda a oscuras. Su piel desnuda, flagelada. Y entonces… un vacío inminente, algo que jamás había sentido. Como si algo le estuviese jalando el cerebro a través de las orejas.
Escuchó griteríos y voces, pero no podía comprenderlos. Su dolor lo mantenía enfrascado en sí mismo. Todo era un remolino de sinsentido, sufrimiento y decadencia hasta que… el frescor invadió su cara. Como si hubiese metido la mitad superior de su cabeza en un balde con agua fría.
El alivio fue inmediato. Intentó serenarse, se aferró a la mano que estaba posada sobre sus ojos, aplicando hydro, hasta que comenzó a respirar con tranquilidad. Entonces pudo respirar el olor de alguien que comenzaba a extrañar. Alguien que olía a conchas de mar y agua. Alguien de manos grandes y dedos largos. Alguien a quien pudo ver a los ojos cuando la mano le fue retirada de la cara.
Tartaglia lo sostenía contra su cuerpo y todo en él rezumaba preocupación y tristeza. Le acarició la mejilla a Bennett, presto a seguir aplicando hydro, y Bennett reposó la mejilla contra la mano que lo acariciaba.
Por un momento solo eran ellos dos, dentro de una burbuja de paz y armonía que nadie se atrevía a romper. Solo existía la tranquilidad y el arrobo.
Entonces Janis preguntó—: ¿Se supone que van a ir cargando a este enfermo mental a un lugar tan peligroso?
Y Tartaglia estuvo a punto de matar a un aventurero de Mondstadt por segunda ocasión. Y por segunda ocasión, Bennett llamó su atención y lo abrazó. Su intención asesina se desvaneció en el acto, tomado por sorpresa.