Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Capítulo 37

Ajustes
Miko no podía creer que estuviera siendo llamada por las pruebas otra vez. Las malditas pruebas. Había sido insistente en que simplemente debería enviarse al Viajero y a dos o tres aventureros inazumanos de confianza, pero al final Ei había insistido en que era necesario que otros países cooperaran para que vieran de primera mano el creciente poder militar de Inazuma. Por supuesto, aquello no tenía sentido. En realidad, Ei se había llenado la cabeza de las idioteces de los humanos que querían seguir gobernando la nación sin una intervención directa de su Arconte. Su mejor jugada era esa: que la mismísima gobernante mandara a llamar a diferentes aventureros y usuarios, los sometiera a una serie de pruebas sin sentido y los enviara al lugar más peligroso de todo Inazuma: un maldito agujero del que nadie se hubiese acordado de no ser porque Aether había tomado cartas en el asunto. ¿Qué pasaría si todos esos aventureros extranjeros fueran solo a morir? El puro desprestigio de la Arconte y de sus primeras intervenciones después de quinientos años. Al menos Liyue respondería con agresividad, y solo una nación medio fuerte era suficiente para hacer tambalear a Inazuma, que iba saliendo de una larga y cruenta guerra civil. Ni siquiera Ei podría detener la ira de tres naciones si decidían formar un frente unido contra la nación que mataba con impunidad a sus aventureros. Por eso le pareció una tontería cuando los Hiiragi y los Kujou le ordenaron no cesar las pruebas a pesar de las palabras de Gorou y del líder Kamisato. Muchos heridos, decesos entre los Fatui, incluso Su Excelencia Sangonomiya está teniendo problemas para acallar las quejas por la intervención del Onceavo. Pero el maldito Hiiragi solo fue y dijo—: Todo lo hacemos para poner en la cima el nombre de nuestra Arconte. Ajá. En la sima, mejor dicho. Miko estaba que hervía de rabia cuando Kano Nana fue a informarle (chismearle, más bien) que dos aventureros casi fueron asesinados por una maga de cicín mientras hacían la segunda prueba. A Nana, por supuesto, se lo dijo la pequeña Sayu en uno de sus deslices. Y ni se diga del dichoso Bennett, que estuvo a punto de morir ahogado en aguas inazumanas. Si ese niño hubiese muerto, Miko se estremecía solo de pensar en todas las tropas Fatui marchando por la ciudad hasta el recinto de Ei para reclamar venganza. Aunque no terminaba de comprender qué hacía un aventurero de Mondstadt siendo protegido por los Fatui. Por fortuna todo había ido bien. Al menos durante unos dos días. Ahora estaba bajando de su santuario al maldito pie de la maldita segunda montaña para ir al Estado Kamisato de urgencia. Bennett Ragnvindr, otra vez. Un peligro de muerte. Otra vez. Era verdad que de no ser por su presencia y la del Onceavo, Inazuma ya habría sido vilipendiada por las demás naciones por una matanza de la que ni siquiera hubiesen tenido la culpa. Pero de tanto escuchar su nombre, Miko comenzaba a hartarse. Si no lo mencionaban para insultarlo o alabarlo, lo hacían para describir formas insólitas de casi morir. Por agotamiento de energía elemental. Ahogado en un mar en calma. Perseguido por hordas de enemigos. Una concentración de magos del abismo que ni siquiera habían sido contemplados para las pruebas. Y ahora, ¿por un tatuaje? ¿Era en serio? Cuando llegó al lugar, los soldados del Estado Kamisato amenazaban con lanzas y espadas al Onceavo, que cargaba al chico. Este yacía entre sus brazos, dormido, ajeno a la guerra que estaba por desatarse. Los otros nueve participantes estaban apelotonados a un lado, sin saber qué hacer. Bueno, no era que estuviesen todos amontonados. Delante de ellos, sentada, con las piernas cruzadas, una mujer recia, de mirada pesada y gesto marcial, observaba con detenimiento la escena. Parecía lista para saltar y defender a los chicos detrás de ella en caso de que las cosas se salieran de control. Miko pudo ver su visión electro colgando en su costado izquierdo, lo que hablaba muy bien acerca de las usuarias electro que los dioses elegían. Por supuesto, la prueba seguía su curso, y Ayaka estaba ahí, solo observando, sin intervenir. Parecía que había ordenado a sus soldados algo así como “expulsar al Fatui de la zona de prueba sin afectar a ningún participante”. Pero aquello era descabellado. Ese tipo era capaz de exterminar a todos los presentes en el acto y salir de la nación antes de que el sol llegara al ocaso. Esos malditos Fatui no hacían más que darle problemas a Inazuma. A pesar de la profunda irritación y el desencanto que sentía, Miko compuso una sonrisa afable y se paró junto a Ayaka. Ella estaba parada en el jardín, cerca de la palapa techada donde ocurría toda la acción. —Su Excelencia Yae —saludó Ayaka, respetuosa—. Me alegra que haya podido venir. —Oh, Ayaka, querida, no estoy aquí por voluntad propia —aunque su voz era amable y suave como la seda, podía intuirse el cinismo y el fastidio—. Además, tu hermano sigue ocupado con las falacias de Hiiragi y de Kujou. Si no era yo, ¿quién más podría haber venido? ¿Puedo ingresar? —Adelante, Su Excelencia. Su presencia se hizo notar tan pronto como ingresó. No era que ella fuese grande o de mirada pesada. De hecho, lo que si pesaba eran esos aretes que mantenían bajas sus orejas kemono. Pero tanto los soldados como el Onceavo, así como la gente de Inazuma, sabían quién era ella. —Muy bien, primero lo primero. ¿Cómo está Bennett Ragnvindr? El Onceavo le echó la mirada más pavorosa que Miko hubiese visto nunca. Tenía un par de ojos desprovistos de brillo, como dos insondables pozos de agua. Su cara, pétrea, expresaba muy bien la clase de torturas que practicaría en el primero que se atreviese a tocarle un pelo al niño humano. Miko no sabía cuál era la clase de importancia que el Onceavo destinaba para este niño, que yacía desmayado entre sus brazos. Tenía un buen cuerpo, que potencialmente crecería para ser, tal vez, incluso más alto que el Fatui que lo sostenía. Pero, fuera de lo que pudiera ser en el futuro, en ese momento no era más que un chiquillo malherido y medio feo. Además, era un varón. Cuando Miko vio al Fatui paseando junto a la chica de los fuegos artificiales, pensó que este tipo era de esos que metían las manos debajo de las faldas antes de preguntar siquiera el nombre. Parecía de esos que solían saltar de cama en cama como chinches, pero siempre metiendo el rabo entre las piernas de las damas. No de los varones. Así que toda esa actitud defensiva y agresiva a Miko solo le parecía la tapadera de algo más. Con toda probabilidad, Sangonomiya Kokomi debía saber de qué se trataba, porque Miko no se imaginaba a la calculadora y astuta sacerdotisa permitiendo que el Onceavo anduviera a sus anchas cerca de las pruebas cuando sus subordinados habían provocado el desastre del primer día. —No te atrevas a hacerle daño —amenazó el Onceavo. Casi parecía que en cualquier momento se pondría a gruñir por lo bajo, como un animal salvaje. —Todo lo contrario, Onceavo —Miko no se amilanó. No llevaba siglos viviendo solo por ser una cobarde—. Si no logro que este niño despierte dentro de una hora, tendremos que expulsarlo de la prueba para poder tratarlo correctamente. Con o sin tu consentimiento. Ahora déjame verlo. —O sea que todavía van a curar al señor —el “susurro” de Janis fue tan audible que incluso Miko rodó los ojos, pero lo ignoró. Ella revisó de cerca al chico. En la nuca tenía una especie de tatuaje. Para su visión de kitsune, que era bastante aguda, parecía como una masa informe de energía oscura que salía desprendida de su cuello como si se tratara de un collar de humo. Era asqueroso. También tenía en la frente una marca Fatui que parecía ser muy reciente, de solo días atrás. Todos los Fatui tenían aquello en algún lugar de su cara. Los anunciaba como subordinados de comandantes, altos mandos, Heraldos o como sirvientes personales de la Arconte Cryo. Por eso, muchos solían usar antifaces, pues no solo ocultaba su sello de pertenencia, dando a entender que todos eran iguales una vez que salían al campo, sino que era una estrategia eficaz para confundir a la gente. Por ejemplo, todos sabían que una maga de cicín electro rondaba el Bosque Chinju. Lo que pocos sabían era que en realidad cuatro mujeres se turnaban para mantener la ilusión. Como no les veían la mitad de la cara ni el cabello, la gente solía decir que aquella maga vigilaba día y noche sin descanso, esperando emboscar a los viajeros despistados. Pero Bennett Ragnvindr era un aventurero de Mondstadt. Sus papeles eran legítimos. También su apellido. No era como que los Ragnvindr llevaran cosa de nada establecidos en la Nación Anemo; ellos eran parte de las familias fundadoras. Miko podría jurar que el enigmático Diluc Ragnvindr no permitiría que un tipo sin credenciales usara su nombre. Y pensando en ese señoritingo apático, ¿cómo era posible que permitiera que su hermano adoptivo viajara con un Fatui (no uno cualquiera, sino un Heraldo) a pesar de su historia familiar? Una chispa de curiosidad nació en el pecho de Miko. La presencia de Bennett Ragnvindr solo le provocaba pregunta tras pregunta y ella, como la cazadora de buenas historias que era, debía satisfacer esa curiosidad para seguir viviendo en paz. Incluso sería capaz de mandar a llamar a la famosa Charlotte, con tal de que le diera un informe pormenorizado de lo que estaba ocurriendo. Estaba segura de que una persona como Charlotte podría darle santo y seña de lo que estaba pasando. Pero, como Miko no tenía el tiempo ni las ganas suficientes para llamar a la periodista, se conformó con canalizar energía de purificación al cuello de Bennett y esperar un milagro. Tan pronto como se puso a trabajar, el rostro de Bennett, que estaba contraído por el dolor, se relajó. Parecía que su mente había pasado de la más aterradora pesadilla a un sueño calmo. Pero el Onceavo no cesaba en su vigía, atento a cualquier movimiento extraño. —Ya puedes salir de la zona de prueba —expresó Miko. En realidad, era una orden disfrazada, porque sabía que no podía hablarles a los Heraldos con tanta autoridad sin que los presentes salieran afectados—. El niño humano estará bien por al menos una semana más. Antes de eso, tienen que buscar la forma de quitarle esa cosa porque lo está ahogando. Lo que le estoy dando es solo algo para disminuir el dolor, pero el miasma sigue ahí. Si contamina su sangre y sus neuronas será tarde. —Capitana —el Onceavo llamó a la mujer electro. Miko supo en ese momento que se trataba de Beidou, la capitana pirata que participaba en las pruebas. Esta se dio por aludida y le sostuvo la mirada al Fatui—. Si alguien aparte de ti lo toca, están muertos todos. —Tranquilízate, Tartaglia —Beidou se levantó y se dirigió a Bennett, quien yacía en el suelo, dormido—. Si Bennett muere, no podré volver a mirar a Diluc Ragnvindr a los ojos. Y eso sería malo para los negocios. Miko se dio por satisfecha con las palabras de Beidou, pero su posición basada en la búsqueda de dinero y el interés comercial no tenía nada que ver con sus acciones. Entre ella y una chica peliverde le improvisaron al niño humano una almohada y se ocuparon de mantenerlo cómodo. La chica peliverde se acercó al Onceavo con una mirada llena de terror, pero aun así con firmeza—. Bennett es uno de mis amigos de Mondstadt, señor Tartaglia. Igual Mona y el tío Kaveh están con él. Creo que también confía en Xinyan. Por favor, no dude de nosotros. El Onceavo suspiró largamente. De pronto tenía esa actitud despreocupada y de sonrisa fácil con la que Miko lo había conocido meses atrás. El tipo se relajó y terminó de salir de la palapa. —Creo que, si sigo aquí, buscarán la excusa perfecta para expulsarme a mí o a Bennett. Volveré cuando finalice la prueba. Señorita Collei, venga un momento. Collei se acercó al filo de la palapa y prestó oído a algo que Tartaglia le susurró. Después, el joven dirigió una mirada de advertencia a los cuatro aventureros y les dijo bien alto: —Todo esto sucedió porque son una parvada de loros que no se hallan en su propia inmundicia. Pero claro, ¿los Fatui somos los perros traicioneros? ¡Ja! Y se fue. Cuando la presencia del Onceavo no se sentía más, incluso Ayaka se relajó visiblemente. Los soldados guardaron las armas y se cuadraron, los aventureros se apelotonaron aún más unos con otros y de más estaba decir que hasta los usuarios se sintieron aliviados. —Por todos los dioses, en Liyue no daba tanto miedo porque se la pasaba sonriendo como estúpido detrás del señor Zhongli —Beidou se volvió a sentar, esta vez junto a Bennett. —Y que lo digas —Xinyan suspiró—. Hace unos meses organizaba duelos de escaradiablos con los niños y se reía a carcajadas dentro de la mazmorra en la que nos quedamos atrapados con el Viajero. —¿Por qué estás tan callada, Mona? ¿Te acabaste tus raciones? —Kaveh intentó aligerar el ambiente. —Bennett… Podría morir, pensó Miko, pero no completó la oración de la astróloga. Yae Miko se despidió de Ayaka tan rápido como se lo permitió la cortesía. Después, en lugar de dirigirse a su montaña, Miko encargó a una de sus sacerdotisas que le preparara un bote. La explicación de Kokomi no podía esperar.
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección