Capítulo 38
11 horas y 53 minutos hace
—Si te lo encuentras, no interactúes con él, Bennett —la voz de Aether resuena en su cabeza.
Paimon, que flota junto a él, lo secunda con las advertencias.
—¡Es muy pero que muy peligroso, Bennett! Siempre que nos topamos con él, está envuelto en desastres o cosas tenebrosas. Aunque, bueno, para mí Dainsleif y Xiao dan más miedo.
—¡Paimon!
—¡Paimon!
—¿Eh?
Bennett abrió los ojos. Se sentía ofuscado y nervioso, pero cuando pudo enfocar la vista y se dio cuenta de que todavía estaba debajo de la palapa (y que, por ende, todavía participaba en la prueba), Bennett se sintió aliviado por un momento. Se incorporó a medias, sobándose la cabeza. Seguía sintiendo como si su cabeza hubiese sido metida a un remolino, pero fuera de eso no había desperfecto alguno.
—¡Eh, pequeñajo! ¡Te gusta soñar con el Viajero, ya veo! —la alegre Beidou le habló, pasándole una mano por los hombros—. ¿Cómo te sientes?
—No muy bien, pero no tan mal como para no seguir —Bennett se sinceró, porque de nada servía ocultarles algo que era obvio—. ¿Qué pasó?
—Bueno, ¿qué va a ser? Te desmayaste. Ya estamos en la mañana de nuestro tercer día —Kaveh parecía un poco brusco, pero en realidad así hablaba. Bennett sabía que ese era su tono normal—. Será mejor que te recuestes otro rato, y que duermas si necesitas dormir. Nadie te va a robar las bayas.
—Ah, creo que eso voy a hacer… ¿Dónde está Tartaglia?
Todos se quedaron callados un momento. Después, Beidou habló—: Tuvo una situación de emergencia. Avisó que vendrá al finalizar la prueba.
—¿Está segura de que vendrá? —la pregunta de Bennett era ansiosa—. Es decir, puede que se ocupe tanto que no pueda volver a tiempo. Y si me expulsan de la prueba y me tengo que ir solo, y…
—¡Whoa! Tranquilo, amigo, para el carro. Él es una persona de palabra —Xinyan intervino—. Todos lo escuchamos. Él va a venir cuando la prueba finalice.
Bennett aspiró y suspiró lentamente. Después se regañó por parecer tan ávido de la presencia de Tartaglia. Hace tiempo que estaba sintiendo que se olvidaba de las cosas, y eso no hacía sino empeorar su estado de ánimo y sus preocupaciones. Sentía que estaba dejando pasar conversaciones importantes y que, a cambio, solo se abandonaba a la desidia y a seguir la corriente. Sabía que en algún momento el karma se las cobraría por ser tan autocomplaciente. Siempre lo hacía.
Aun así, los siguientes dos días sucedieron sin percances. Los aventureros dejaron de hacer comentarios en voz alta, los usuarios a ratos jugaban a cosas sin importancia, aburridos de no hacer nada, y competían a ver quién aguantaba más tiempo sin comer. Al final, alguien tenía que sacar una baya, un pedazo de pan o un poco de cecina.
En realidad, las aventuras consistían en eso. La mayor parte del tiempo se iba en sobrevivir dependiendo la hora del día: buscar comida, un refugio para el sol, el viento o la lluvia y evitar a los enemigos. A veces te encontrabas con cofres en tus exploraciones, o algún objeto que formaba parte de algo más grande y que desbloqueaba entradas a mazmorras y ruinas olvidadas a lo largo de los siglos. Entonces tenías que luchar contra insectos, monstruos, ladrones y mercenarios. A veces contra los Fatui. A veces contra simples slimes.
Sea como fuere, la aventura no se trataba de ir de evento en evento sin parar. Cualquiera moriría de cansancio. Más bien, se trataba de pequeños momentos de euforia, aderezados de grandes momentos de paz en los que te divertías en medio de la naturaleza con la compañía de otras personas. Eso era, al menos para Bennett, lo que sentía acerca de las aventuras.
Entonces, casi a la medianoche del cuarto día, Tiantian se desmayó por la falta de alimento. El proceso fue sencillo: dos médicos entraron al espacio de la prueba, subieron a Tiantian a una camilla y la metieron dentro de la casa Kamisato. Los usuarios miraron la calma con la que los aventureros se tomaron la condición de Tiantian. De hecho, a Ming parecía brillarle la mirada de emoción. Después de todo, solo había que vencer a Xinyan para obtener su lugar. No era como que pudiera hacer algo en contra de Beidou.
Pero ya que era la última noche, todos decidieron quedarse en vela. Mona comenzaba a mostrar señales de deshidratación. Por otro lado, Akim no se veía mejor: aunque había comenzado la prueba con toda la intención de ganar, en realidad Kaveh y Collei parecían tan frescos como una lechuga recién cosechada.
Bennett se preguntaba si, como él, los usuarios dendro habrían tenido que desarrollar habilidades para reducir el hambre en tiempos de escasez. Collei era pequeña, su cuerpo debía entrar en modo de ahorro de energía cuando no tenía para comer. ¿Pero y Kaveh? ¿Cómo era posible que solo hubiese comido cuatro bayas hasta el momento?
Además, lo irracionales que podían ser como seres humanos rayaba en la ridiculez cuando se trataba de ir al baño. Mientras que Bennett y los otros aventureros tomaban el permiso de hacer sus necesidades tres o cuatro veces por día, Beidou, Mona, Kaveh y Collei iban solo una vez, al anochecer. Xinyan, un poco más humana que el resto, iba solo dos.
De todos modos, era imposible ir al baño sin perder la dignidad. Consistía en una letrina excavada al aire libre que tapaba apenas lo suficiente para que no se viera nada de la cintura hacia abajo, pero los participantes podían ser observados en todo momento para que no hicieran trampas de ningún tipo. Varios soldados los acompañaban, en caso de que alguien les hubiese dejado comida en el camino.
Así que a lo mejor los ridículos eran los aventureros por estar tan acostumbrados a cagar al aire libre. Igual la diversión residía en ver las caras avergonzadas de quienes iban a la letrina, sobre todo de Bennett, que casi estuvo a punto de caer encima de aquella concentración espantosa de orines, caca y moscas.
A las siete de la mañana del quinto día, el Estado Kamisato comenzó a llenarse de gente. La primera en presentarse fue Ayaka Kamisato. Iba con un bonito vestido a la usanza de Fontaine, pero sus soldados todavía portaban con orgullo la armadura de su nación.
Después arribó Yae Miko, acompañada de un séquito de sacerdotisas. Apenas unos minutos después, Kokomi Sangonomiya arribó, acompañada del general Gorou y de un pelotón de soldados que, curiosamente, iba precedido por Itto Arataki.
Una media hora antes de que acabara la prueba, Ming comenzó a vomitar sin control. Todos acudieron en su ayuda, entre los que se encontraba Kokomi. Incluso Bennett y Beidou, uno por solidaridad y la otra por preocupación, se acercaron de inmediato a ver si podían ayudar en algo.
Ming los apartó a todos y, con la barbilla manchada de saliva y vómito, señaló a Bennett con un dedo acusador.
—¡Envenenaste mi agua, maldito tramposo!
Esta vez, incluso Bennett hizo ademán de mandar todo a la mierda. Todos tuvieron reacciones parecidas. Rodaron los ojos, bufaron, susurraron con molestia. Pero lo curioso era que las reacciones de desprecio ya no iban dirigidas a Bennett, como siempre le pasaba, sino que iban para Ming.
Ayaka, tan diplomática como era, estaba a punto de tomar control de la situación cuando los soldados se cuadraron ante la llegada de tres individuos. Caminaban lado a lado y hablaban entre ellos como si nada en el mundo les preocupara.
Tartaglia era uno de ellos. Otro, de ojos verdes y una cabellera similar a la de Tartaglia, caminaba del otro lado del tercer individuo. Este era alto, esbelto y de cabello azulado. Llevaba un traje blanco con motivos de Inazuma y todo en él rezumaba elegancia y confianza.
El hombre elegante dirigió su mirada relajada a la palapa donde se estaba llevando a cabo la escena y parecía como si todo mundo se hubiese concentrado con él de pronto.
—¿Ocurre algo? —preguntó, aunque era más que obvio que sí estaba pasando algo.
—¡Hermano! Llegas justo a tiempo para la ceremonia. Hay un problema —Ayaka se acercó, presta a resolver las cosas cuanto antes. Cuando estuvo cerca de los tres hombres, Ayaka bajó la voz—. Un aventurero acusa a Bennett Ragnvindr de envenenar su cantimplora de agua.
—Otra vez esos malditos… —Tartaglia se detuvo a mitad de la oración, recordando con quiénes estaba—. No voy a intervenir, lo prometo.
—Thoma —Ayato, el hermano de Ayaka, llamó a su acompañante—. Revisa al chico —Thoma se separó del grupo de inmediato—. ¿Yae Miko ha llegado?
—Aquí me tienes, Ayato.
Miko se acercó a los presentes con su habitual actitud relajada y juguetona. Dirigió una mirada significativa a Tartaglia, que todos los que estaban cerca notaron, pero nadie dijo nada al respecto.
Todos se saludaron antes de que Ayato se acercara, liderando la comitiva. Junto a él iban Yae Miko, Ayaka y Tartaglia.
—¿Cómo está, Thoma?
—Tiene una intoxicación alimentaria. No es veneno.
—¡Claro que es veneno! ¡Todo es culpa de Bennett! —insistió Janis—. ¡Yo lo vi! Fingió que se tropezaba junto a nuestras cosas y fue cuando echó algo raro en la cantimplora que tenía más cerca. Su torpeza debe ser solo una treta para engañar a todos.
—Podríamos analizar las manos y los bolsillos de Bennett en busca de evidencia —sugirió Ayato. A los aventureros les brillaron los ojos—. Pero perderíamos el tiempo. No tenemos la capacidad tecnológica de otras naciones. Así que nos iremos por algo más sencillo. Señorita Yae, ¿puede hacernos el honor?
Yae Miko se volvió a acercar a la palapa. Otra vez por Bennett. Pero, por alguna razón, no parecía fastidiada o molesta como la primera vez. Se aseguró de tener a todos a la vista, a su alrededor, y ordenó a cuatro soldados bajar a los kitsune colocados estratégicamente debajo del techo, terminando los pilares de la palapa.
Si los aventureros de Inazuma hubiesen estado ahí, el resto de los aventureros se hubiesen puesto nerviosos. Pero como no había nadie que les advirtiera, Yae Miko sacó de entre sus ropas una pluma púrpura, especialmente grande, y la agitó con desenvoltura encima de los cuatro pequeños zorros de piedra.
Inmediatamente, comenzaron a proyectar hologramas de los últimos días. Se veía a Ming rompiendo una de las cantimploras antes de tomar otra, y a Akim espolvoreando la boca de la cantimplora de Ming, con su propio permiso. Más allá, Mona intercambió su cantimplora buena con la cantimplora rota de Bennett.
De hecho, cuando las proyecciones acabaron, tanto Mona como los aventureros tenían las caras lívidas, aunque por diferentes razones. Los aventureros comenzaron a sudar frío. Mona, en cambio, se desmayó por la falta de agua.
Bennett corrió a auxiliarla, preocupado. La cargó en brazos, nervioso, y se dirigió de inmediato con los hermanos Kamisato.
—¿A dónde puedo llevarla? No me importa perder. Mona Megistus es… mi amiga. No sabía que gracias a ella yo todavía tenía agua.
—No te preocupes, Bennett —Ayato sonrió—. La prueba terminó en cuanto Akim, Ming y Janis fueron descalificados. Thoma te guiará adentro de la casa. Ve.
—¡¿Descalificado yo?! ¡Yo no hice nada! —Janis saltó, abandonando a los aventureros. Bennett ni siquiera volteó a mirarlo; se fue, dejando el problema atrás.
—Mentiste —Ayaka ocultó su desprecio detrás de su abanico por un momento. Todos la miraron, Janis cada vez más furioso—. Dijiste que viste a Bennett envenenando la cantimplora. ¿Crees que enviaremos a un sitio tan peligroso a alguien que miente para perjudicar a quien podría ser su compañero de viaje? No somos tan incompetentes.
—Dicho todo lo anterior —Kokomi fue la próxima en hablar—. Anunciaré los resultados de las pruebas: Kaveh y Collei de Sumeru, Gorou y Arataki Itto de Inazuma, Xinyan y Beidou de Liyue y… Mona Megistus y Bennett Ragnvindr de Mondstadt. Ellos son los ocho representantes de las cuatro naciones convocadas. Akim, Ming, Janis y Tiantian, quien se está recuperando: pueden hacerlo mejor. Cuando no se unan contra una persona que ni siquiera los ve como enemigos.
—¡Esto es inadmisible! ¡Ese idiota debe haberlos sobornado a todos! —Janis se rompió, gritando por todo lo alto—. ¡Por supuesto, Bennett debe tener tanto apoyo y tanto dinero porque se prostituye con este tipo violento! ¡Los Fatui son pura basura! ¡Todos hemos sufrido por culpa de ellos! ¡Ese maldito niño, engatusando a un Heraldo…!
Janis se calló cuando un puñetazo le volteó la cara y lo mandó a volar. No fue ni Tartaglia ni Kaveh. No fue Beidou, tampoco Xinyan. Incluso Itto se quedó estupefacto. Fue Gorou quien, harto de los gritos de Janis, se metió, golpeó al tipo y se quedó ahí, apretando los puños y respirando con dificultad.
—¡Oye! ¡No puede ser! ¡Gorou! —Itto reaccionó a destiempo—. ¡No fue Gorou! ¡Yo fui quien lo golpeó! ¡Yo, el grandioso Arataki Itto! ¡Arréstenme mientras puedan!
Por supuesto, no había duda alguna. El general del ejército inazumano acababa de golpear a un aventurero de otra nación. Como poco, podrían castigarlo retirándole el sueldo durante un año. Degradarlo, despedirlo o incluso encarcelarlo. Como mucho, incluso podrían flagelarlo o ejecutarlo si las cosas llegaban demasiado lejos.
Pero un oni con antecedentes dándole un puñetazo a un aventurero no era nada del otro mundo. Dos o tres días en la cárcel, si lograban apresarlo. Nada grave.
Sin embargo, todos lo habían visto perfectamente. Fue el general del ejército y no un criminal oni cualquiera.
A pesar de todo, Tartaglia se acercó y dijo—: Pues fue bien. Mejor que un oni haya desmayado a un aventurero. Estaba a punto de moverme para matarlo. Así que todo está resuelto, ¿no? Esperaremos a que salgas de la cárcel, amigo.
—¡Oh! Hasta hice un amigo Fatui. Es que soy genial —Itto se rio con escándalo. Luego se giró hacia los soldados—. ¡Bueno! ¿Me van a arrestar o no?
—¡Arréstenlo! —ordenó Ayato, perdido.
—¿De verdad están encubriendo el crimen de un militar? —preguntó Akim, entrecerrando los ojos.
—Nosotros no le decimos a Katheryne que sus aventureros son una punta de farsantes tramposos y ustedes no dicen que Janis Müller fue golpeado por ser un completo imbécil —Beidou se encogió de hombros—. Estamos a mano.
Akim miró a sus compañeros restantes. Uno vomitaba sin control mientras que el otro yacía inconsciente con la nariz cada vez más hinchada, roja y escurriendo sangre. No por nada Gorou era general de huestes enteras de soldados.
Por fin, viendo que todo el teatro se había caído, Akim suspiró y admitió su derrota. Entonces todos se desbandaron cuando Kokomi anunció que Itto saldría en tres días de la cárcel y que entonces todos se reunirían en Watatsumi para comenzar formalmente la expedición.
Bennett comenzó a sentir que un sueño espantoso le pesaba cuando dos sanadores le dijeron que Mona estaría bien con un poco de suero y descanso. Como nadie entraba para decirle novedades sobre la última prueba, Bennett asumió que había arruinado las cosas.
Luego pensó en que, después de todo, no era tan malo. Tartaglia llegó al final de la prueba, tal como había prometido. Y, aunque no hubiesen hablado sobre lo que harían a continuación, Bennett se sintió muy aliviado cuando vio a Tartaglia y este le dedicó una cara serena y una pequeña sonrisita.
Comenzó a dormitar, preguntándose qué pasaría. Cuando sentía que estaba a punto de caerse de la silla, Bennett sintió que algo suave y duro lo detenía. Entre sueños, se imaginó que era Tartaglia el que lo cargó en brazos y le susurró algo al oído. Bennett no lo supo, pero se sintió bien.
Se dejó arrullar por los fuertes brazos y volvió a dejarse ir por el sueño.
Volvió a despertar una vez más, pero esta vez estaba en una cama, abrigado y envuelto en los brazos y el pecho desnudo de alguien. Por un momento sintió un miedo absoluto, como si ya hubiese vivido una situación similar, pero después un olor fresco a agua salada le calmó los nervios de inmediato.
—¿Tartaglia?
—No te he tocado dormido, Bennett. Lo juro. Solo déjame abrazarte.
Bennett no sabía dónde estaba ni qué hora era. No sabía qué había pasado con la prueba o qué pasaría en adelante. Pero se sintió tan arrebujado y a gusto que se acomodó, sin decir ni hacer nada más, y volvió a dormirse.