Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
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Capítulo 39

Ajustes
—Todo es culpa de ellos. —No puedes estar hablando en serio. —¡Hablo muy en serio, Kaeya! —Solo… tranquilízate, ¿sí? Yo… tengo que decirte algo. A ambos, de hecho. Sé que no compartimos sangre, pero quiero pensar que… —¡Ya! ¡Suéltalo! No estoy de humor para sentimentalismos. —Yo… soy descendiente de Khaenri’ah. Puede que sea… un príncipe o algo así. Bennett ve a Diluc apretar la mandíbula y los puños. Está a punto de descargar su furia contra Kaeya, lo sabe. Se aparta rápidamente, nervioso, y escucha: —¡No te bastó con dejar morir a mi padre por culpa de los Fatui! ¡Resulta que eres un maldito espía! —¡Nuestro padre, pedazo de idiota! Bennett despertó con una profunda sensación de desasosiego. Sentía como si acabara de estar frente a una colosal pelea entre fuego y hielo. La pelea de sus hermanos. Siempre la recordaba con aprensión y pesadumbre. Aunque no había estado tan “presente”, todavía podía recordar cómo Diluc los había apartado a él y a Kaeya y se había marchado en medio de la noche para iniciar una persecución de dos años. Al final, Bennett no supo qué fue lo que hizo, pero regresó siendo un huraño cerrado y malhumorado. Se estiró, intentando olvidar aquellos momentos. Estaba contento de poder descansar en cama después de poco más de una semana. Después de unos segundos, se dio cuenta de que estaba solo. Por un momento no sintió nada fuera de lugar, pero después se alarmó. Estaba en una habitación desconocida, recostado sobre un futón típico de Inazuma y su cuerpo olía a limpio. Bennett estaba a punto de salir corriendo, pero en ese momento recordó que la prueba había terminado y que él había estado cuidando que nadie molestara a Mona. Se tranquilizó un poco, aunque no pudo evitar sentir desasosiego. Sabía que había abandonado la prueba por voluntad propia antes de que se cumpliera el plazo de cinco días, pero todavía se sentía como un fracasado. Tanto esfuerzo, e incluso el sacrificio de Mona, y para nada. Suponía que, dadas las circunstancias, ya todos se habrían marchado a Enkanomiya, dejando a la gente de Mondstadt de lado. Bien podrían haber convocado a gente de Fontaine para sustituir a los idiotas que habían hecho de las pruebas una cadena larga de problema tras problema. Bennett no lo dudaba, dada su mala fortuna. Aun así, decidió que lo mejor era confrontar la realidad con la frente en alto. Se vistió, cuidando que toda su ropa, sus botas y sus googles estuvieran en su lugar. Por primera vez en mucho tiempo se miró a un espejo, notando que tenía marcas rojizas, casi sanadas, cerca de la clavícula y el cuello. Por un momento sintió tanta vergüenza que su cara se tornó del color de los tomates, pero luego se recompuso. No sabía cómo se había hecho aquello, pero podría jurar que algo había pasado en la tienda de Tartaglia, la noche anterior a la tercera prueba. Por más que lo intentaba no podía recordar, pero lo que sí se quedó grabado a fuego en su mente fue la cara de decepción que compuso Tartaglia cuando vio a Bennett por la mañana. Como si fuese infeliz porque Bennett no podía recordar nada de lo que había pasado la noche anterior. Lo que sí podía rememorar era una noche particular en que Kaeya se emborrachó de más. Estaba desparramado en una silla del Obsequio del Ángel, una noche de esos largos años en que Diluc desapareció. Tenía el cabello revuelto, ojeras bajo los ojos, apestaba a alcohol porque llevaba tres días bebiendo e incluso tenía rastros de llanto y vómito. Kaeya no podía controlar su lengua y, cuando Bennett fue y se sentó junto a él para hacerle compañía por encargo de la florista Donna (y porque tenía ganas de verlo), el hombre se aferró al muchacho y comenzó a llorar a lágrima viva. —¡Tráelo, Benny! ¡Lo extraño! ¡Lo extraño tanto! Al principio, Bennett no sabía si Kaeya se refería a padre Crepus o a Diluc. Pero conforme avanzaba la noche se hizo más que obvio que hablaba de Diluc, porque Kaeya dejó de llorar cuando comenzó a hipar, y entre los vapores que le nublaban el cerebro, comenzó a decir cosas que en circunstancias normales no diría en público. Lo bueno era que estaba sentado en un lugar apartado de la gente, porque sus palabras podrían haber causado un escándalo nacional. —Sus caderas son perfectas… Suaves y firmes… Igual que su pecho. En ocasiones me recuesto encima de su pecho desnudo y es la cosa más gloriosa, lo más… cómodo del universo entero… Y sus gemidos… ¿Sabes cómo tienen sexo dos hombres, Benny…? No lo sabes… Si lo supieras no me mirarías con curiosidad… El sexo es asqueroso en general… Hay saliva, semen… Imagínalo ahí, recostado sobre la barra… completamente desnudo mientras se sostiene los tobillos… y se abre de piernas para mí… ¿Quién lo diría…? Que los hermanos criados por Crepus Ragnvindr… harían esto a sus espaldas. —¿De verdad te parece asqueroso? —Bennett no comprendía porque no quería imaginarse a sus hermanos teniendo sexo. Era más joven y su cabeza estaba llena de mazmorras, cofres y hilichurls. —Nah… Puede que sea asqueroso para ti, Benny… Después de lo que pasó en Espinadragón… Pero veo que eres una persona fuerte… Algún día encontrarás a una chica… o chico… con el que querrás hacer lo mismo… Espero que tu pasado no sea un impedimento… Espero que tus sufrimientos no te encadenen para que puedas disfrutar… del sexo… y de todo lo bueno que tiene para ofrecerte el amor sincero de alguien… —¿Amas al hermano Diluc? —Con todo mi corazón… lo extraño como un desquiciado… —Otra lágrima se deslizó por su mejilla—. Ya vete, Bennett. Dile a Donna que estoy bien. Bennett respingó en su lugar—. No solo es Donna quien está preocupada por ti, hermano. —A pesar de las circunstancias… eres un grandioso hermanito, Benny. Vuelve mañana… hoy… solo esta noche… esta noche y ya… Y, tal como prometió, Kaeya no volvió a llorar ni a hablar de sus noches calientes con Diluc, pero a Bennett se le quedó grabado en la memoria. La forma en que Kaeya le describió el acto sexual. Aunque Bennett sintió rechazo absoluto por imaginarse a su hermano desnudo, no pudo evitar pensar en que un poco más de conocimientos, ahí en Inazuma, no le vendrían nada mal. Con todos estos pensamientos y sentimientos, Bennett salió al pasillo de la casa en un silencio contenido. En la sala principal se escuchaban voces, una risotada de voz grave y luego la suave y brillante voz de Tartaglia, que hablaba con entusiasmo acerca de una batalla especialmente emocionante. —Así que todo lo que tienes que hacer es venir con nosotros, Aether. —¿Y si encontramos ese plano también tendremos nuestro propio arco? Yo digo que lo intentemos, Aether —la voz de Paimon flotaba a través del pasillo, aguda e insistente—. ¡Podríamos vender…! Digo, podríamos tener un arco super antiguo y super caro. —Alto ahí calavanda flotante, el viajero no ha dicho que sí —la voz de Itto se alzó. Cuando Bennett ingresó al lugar, todos los ojos fueron en su dirección. Mona y Kaveh, que comían como si no hubiera un mañana, se levantaron en el acto y corrieron hacia el muchacho. También lo hicieron Collei y Xinyan, que parecían haber hecho buenas migas. —¡Ya despertaste, Bennett! —Mona le echó los brazos al cuello y lo abrazó con fuerza—. Perdón por intercambiar las cantimploras sin decirte, pero es que esos malditos idiotas siempre te están molestando y estaba harta. Le escribí a Fischl, se quedó hecha una furia en Mondstadt y dice que ha invocado una parvada de cuervos para molestar durante un mes a los aventureros jóvenes. A pesar de las circunstancias, Bennett comenzó a reírse a carcajadas. Podía imaginarse muy bien la escena: a su amiga Amy imponiendo su Juicio Final en medio de las calles de Mondstadt, haciendo el ridículo. Lo más seguro era que los pájaros solo le jalarían el cabello a las aventureras y a los aventureros les cagarían sobre la ropa, graznando sin parar y tocándoles los vidrios de las ventanas a mitad de la noche para que no pudieran dormir por el ruido y el miedo. Seguro que la chica recibiría un castigo, pero como era la mejor aventurera de Mondstadt, saldría bien librada. El Gremio no se podía dar el lujo de prescindir de los servicios de Fischl durante demasiado tiempo, así que más temprano que tarde estaría de vuelta para atormentar a los aventureros con su presencia. —Aether y Paimon trajeron fotos de la infestación de cuervos —Kaveh se reía mientras explicaba esto—. Alguien les hizo el encargo de que vinieran a averiguar cómo estabas, Bennett. —¡Así es! —Paimon se metió, flotando por ahí—. ¡La ciudad es un caos! Si no le dices a Fischl que ya estás mejor, ella seguirá atormentando a todo mundo con esos pájaros. Aether también se estaba riendo. Bennett lo vio por primera vez en mucho tiempo. Él era una persona libre como el viento, poderosa y brillante. Bennett siempre se sentía abrumado en su presencia, tal vez porque era sincero, risueño y sus ojos resplandecían como dos piedras preciosas. Si tuviera que decirlo, confesaría que Aether era uno de los hombres más atractivos que había visto nunca. Tenía una piel tersa y lozana, un abdomen tonificado, brazos y piernas fuertes, agilidad, rapidez, astucia, inteligencia. Su cabello, largo y sedoso, caía en dóciles ondas sobre su espalda cuando estaba por irse a dormir. A pesar de que parecía una persona a la que se debía proteger, lo cierto era que Aether era todo lo contrario: era un héroe y un aventurero en toda regla. Un soldado, un hombre poderoso, amable y leal. Por eso el lugar parecía más brillante y acogedor, por eso todo mundo parecía girar alrededor de Aether, incluyéndolos a él y a Tartaglia. Todo el tiempo parecía como si Aether fuese el protagonista del mundo, atravesando las aventuras y las tragedias con una facilidad apabullante. —Espero que no les importe si me uno a la comitiva. Paimon quiere volver a Enkanomiya. —Contigo acompañándolos no tengo nada que temer —Ayato habló con serenidad desde detrás de su pequeño cuenco de vino de arroz—. El Viajero y el Onceavo de los Fatui. Parece que la misión puede ser un éxito, ¿no es así? Bennett miró a Tartaglia a los ojos y este le regresó una sonrisa confiada. Si Tartaglia iba, por supuesto que Bennett iba. Había pasado las pruebas.
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