Capítulo 40
11 horas y 54 minutos hace
—Con Bennett despierto podemos comenzar a hablar de la comitiva —Ayaka llamó la atención hacia ella, sonriendo—. Siéntate donde gustes, Bennett Ragnvindr. Mis ayudantes te traerán comida a tu gusto en un momento.
Bennett no se lo pensó mucho. Por alguna razón que parecía conocer, el asiento del lado derecho de Tartaglia estaba vacío. Tal vez la gente sospechaba que pronto despertaría y querría sentarse junto a su compañero de viaje. Tal vez los veían como un par inseparable, algo así como Aether y Paimon. O tal vez le tenían tanto miedo a Tartaglia que el único que estaba sentado junto a él era Itto, que parecía medio tontorrón como para darse cuenta de que Tartaglia era una persona peligrosa.
Sea como fuere, el cojín del lado derecho de Tartaglia estaba vacío, así que Bennett fue y se sentó ahí. En su paso hasta el lugar saludó a Beidou, a Xinyan, a Collei, a Gorou, a Itto y, finalmente, a Tartaglia. No le dirigió más que una tímida sonrisa.
—Prueba esto, camarada, es calavanda asada —Tartaglia le acercó plato tras plato de lo que él tenía en frente, sin esperar a que los sirvientes le preguntaran a Bennett cualquier cosa—. Y esto de acá es arroz cocido en hojas de loto. Y acá hay pollo al chile Jueyun, tengo entendido que esto fue una petición de mi querida Xinyan.
—El pollo al chile Jueyun es fantástico. Dejé toda mi reserva de chiles sin tocar porque no podía darles eso para que sobrevivieran por cinco días —Xinyan explicó, se encogió de hombros y volvió a su conversación con Collei.
Bennett probó cuanto Tartaglia le acercaba, pero apenas le dio un bocado al pollo picante. Por supuesto, Tartaglia se dio cuenta de esto, pero no hizo ningún comentario en voz alta y solo siguió comiendo, cerniéndose sobre el hombro izquierdo y la espalda del muchacho de vez en cuando para alcanzar tal o cual cosa con los palillos.
—Me causa una curiosidad tremenda, señor Tartaglia —comentó Ayato en voz alta. Él y su hermana estaban sentados en el centro del pequeño banquete, con sus propias mesitas de comida—. Su manejo de los palillos es tan natural que hasta parece mentira que aprendió hace tan solo unos meses.
—Ah —Tartaglia suspiró, relajado—. Es solo que aprendí de un experto.
Bennett no puso atención, o más bien no captó el subtexto del comentario de Tartaglia. Estaba tan concentrado en comer que no puso atención a su explicación. Por eso, dio un respingo cuando sintió sus dedos delgados acariciándole la espalda desnuda.
—Es un hombre que sabe de muchas cosas, y además sabe cómo enseñarlas. Un excelente maestro. Creo que usted disfrutaría mucho de una buena charla con él.
Es Zhongli, pensó Bennett. No habría otra razón por la que, tan de repente, Tartaglia tratara de distraerlo o, tal vez, de disculparse, por tener que mencionarlo. Bueno, de todos modos, no era él quien estaba trayendo su recuerdo a la conversación, y ni siquiera había dicho su nombre, así que Tartaglia no tendría porqué disculparse o intentar apaciguar a Bennett. Pero el muchacho se sentía agradecido de ser tomado en cuenta, de alguna manera.
Permitió que los dedos de Tartaglia se pasearan parsimoniosamente por su espalda, intentando que los nervios de ser descubierto no se le notaran en la cara. Siguió comiendo, como si nada estuviese pasando.
—Oh… —Ayato dio por buena la explicación.
—Bueno, ¿hermano? ¿Cuándo podemos empezar?
—Solo permití que Bennett se acoplara y probara dos bocadillos —Ayato le sonrió a su hermana, inocente.
—Bien… Con Bennett aquí tenemos completos a los seleccionados para la comitiva de Enkanomiya. Hay algo que como organizadores debemos confesar —anunció. Incluso Itto se quedó callado, a la expectativa—: No era nuestra intención hacer una selección. Ni Sangonomiya Kokomi, ni Yae Miko ni yo, estábamos dispuestas. Curiosamente, estas pruebas se convocaron justo cuando mi hermano, el líder de los Kamisato, estaba teniendo una fuerte disputa con los otros dos clanes. Todo fue demasiado raro.
—Cuando supe que los Fatui fueron implicados en un ataque donde uno de sus heraldos podría salir herido, me di cuenta de que había alguien detrás moviendo los hilos —Ayato fue el siguiente en hablar—. En la primera prueba había muchos civiles, pero también muchos aventureros con una experiencia mínima en batalla. De no ser por la presencia de sanadores expertos, las cosas habrían escalado hasta una situación diplomática muy fea. Habríamos entrado en guerra con al menos cuatro naciones, si teníamos en cuenta que nada menos que un Heraldo podría haber muerto dentro de las instalaciones de quienes todavía son considerados rebeldes por algunos círculos de Inazuma.
—La gente no habría tenido reparo en culparnos —esta vez fue Gorou quien, furioso, dejó salir lo que sentía—. Durante la guerra civil muchos nos apoyaban y estaban en contra de Su Señoría la Shogun, pero ahora que ha dado la cara y ha prometido restaurar la nación, la gente nos abandonó por completo e incluso busca cualquier excusa para señalarnos.
—Así que la primera prueba era solo una excusa para culpar a los rebeldes y después a la Shogun, ¿no? —Tartaglia habló, sin despegar sus dedos de Bennett. El muchacho se estremecía contra su voluntad y a Tartaglia le parecía encantador—. Así los tres clanes, o al menos dos de ellos, tendrían un pretexto para convocar a la gente a marchar una vez más contra la Shogun, porque parecería que sus órdenes no traen más que guerra y tragedias.
—Es correcto —coincidió Ayaka—. Por fortuna no murieron aspirantes y todos los aventureros descalificados volvieron sanos y salvos a sus naciones… Pensábamos aceptar a todo aquel que se anotara para la expedición, pero, viendo la forma en que los aventureros se unieron para molestar a uno de sus propios compañeros, creo que hacer las pruebas hasta el final fue lo mejor que pudimos hacer.
Bennett se desanimó por un momento. Dejó de comer y, muy a su pesar, recordó todos esos momentos tensos, incómodos y horribles con los aventureros. No solo durante los últimos días, sino durante los últimos años. No podía recordar un solo momento en el que hubiera sido feliz, a menos que fuera él solo o fuera acompañado de personas como Fischl, Razor, Klee o Aether. Incluso las expediciones que improvisaba con Rosaria o con Diluc solían ser más emocionantes y divertidas, a pesar de lo ariscos y serios que podían ser.
El muchacho levantó la vista, porque sintió que ya llevaban mucho tiempo callados. Todos lo estaban mirando. Él, cohibido, sintió que la cara le enrojecía de pronto.
—¿Q-qué pa-pasa? —tartamudeó.
Tuvo el leve impulso de apartar la mano de Tartaglia de su espalda, porque pensó que todos se habían dado cuenta, pero después se dio cuenta de que lo miraban con emociones que no tenían nada que ver con el reproche o la sorpresa. Eran más bien miradas de piedad, de lástima y de resolución. Bennett sintió una mezcla de vergüenza, molestia y autocompasión.
—Todos estamos contigo, alfeñique —explicó Beidou, antes de darle un largo trago a su botella de ron—. Eres un muchacho confiable y capaz, y un poco de mala suerte no es nada. Una avalancha de nieve solo lo hace más interesante.
—Oh, pero también lo golpean rocas voladoras —explicó Paimon—. Y es propenso a caer de lleno en las trampas más ridículas.
—Eso más que mala suerte es torpeza, ¿no? —cuestionó Gorou con inocencia.
Bennett se puso, si acaso, más rojo. Había dedicado ya la mitad de su vida a andar en pequeñas y grandes aventuras y todavía caía en las trampas más obvias. Más que torpe, era estúpido.
Tartaglia rio por lo bajo.
—Pero ahora estamos contigo, camarada. En especial yo. Si caes en una trampa solo tengo que sacarte de ahí y todo estará bien.
Bennett recordó el cofre por el que Tartaglia se lanzó al agua. “Si un cofre se nos va, simplemente tenemos que perseguirlo, camarada”, había dicho. Si, Tartaglia solo se reiría mientras derrotara a los enemigos que la mala suerte de Bennett habría convocado.
—Y aunque los demás no podamos acompañarte todo el tiempo, sabes que cuentas con nosotros —juró Aether.
—Los Kamisato también te respaldarán de ahora en adelante —fue el turno de Ayato, quien no perdía la serenidad—. Déjame decirte que no es solo porque seas un Ragnvindr, muchacho. A lo largo de estos días has demostrado una actitud y una personalidad que son elogiables y maravillosas. Si algún día quieres ser uno de mis ninjas, solo tienes que acudir a mí.
—O Thoma también estará contento de tener a un compatriota ayudándolo —sugirió Ayaka.
—También puedes subir a mi barco. Tengo a bordo a un chico de Inazuma con el que te llevarías genial —ofreció Beidou.
—O puedes venir conmigo y ayudarme a dar conciertos explosivos —esta fue Xinyan.
—En casa del maestro Tighnari siempre podemos alimentar a uno o dos más. Puedes ser un gran sanador si mi maestro te instruye —y esta, Collei.
Gorou le ofreció ser un soldado e Itto, pertenecer a su super fabulosa pandilla. Kaveh, quien parecía ostentar una suerte similar a la de Bennett, le dijo:
—Tengo contactos en la Matra, te podrían dar trabajo, si llegaras a necesitarlo. Yo no sirvo para eso, soy un arquitecto, no un luchador.
Esta vez, Tartaglia le dio una firme palmada en la espalda a Bennett, como un verdadero camarada. El muchacho no había podido evitar derramar lágrimas cargadas de agradecimiento y vergüenza.