Capítulo 42
11 horas y 57 minutos hace
Bennett se limpió las lágrimas. A pesar de que sentía un dolorcillo y un desasosiego, la emoción que más podía distinguir era “felicidad”. Gracias a las pruebas de Enkanomiya acababa de hacerse con una gran cantidad de amigos y conocidos que lo respaldaban por ser quien era y no por su apellido o sus conexiones.
Se sintió agradecido, no solo con ellos sino en especial con Tartaglia. Gracias a que lo había sacado de Mondstadt para conocer el mundo con mayor ahínco, Bennett pudo conocer gente de otros lugares y no se quedó con las malas experiencias que los aventureros le habían hecho pasar.
Estaba a punto de girarse hacia Tartaglia para agradecerle, pero una punzada repentina, como si un clavo le perforara la frente, le hizo soltar la cuchara y llevarse la mano a la frente.
—Por favor, por favor, Bennett, por favor…
Bennett vio a Tartaglia encima de él, desnudo.
Cuando Tartaglia lo llamó, angustiado, Bennett recordó sus propios reclamos.
—¡Lo dijiste! ¡Dijiste que no me volverías a tocar…!
—Es un ritual de perdón y olvido… Si algún día llegan a presenciar alguna atrocidad cometida por un Fatui… ¿Por qué un aventurero de Mondstadt tendría la necesidad de perdonar y olvidar las fechorías de los Fatui?
Bennett se sostuvo la cabeza con más fuerza. Sabía que Tartaglia y Ayato se habían levantado de sus asientos, igual que el resto. Sabía que algo estaba pasando y que la gente le estaba hablando, pero no podía escuchar nada.
Era como si estuviera sumido en un remolino de recuerdos inconexos.
—¿Cómo iba a saber que he sido marcado por los Fatui dos veces?
—Si perdonar y olvidar implica que tú irás por ahí matando a tus propios subordinados a mis espaldas, Tartaglia, creo que no quiero seguir con esto.
—Si me juras que no volverás a matar a una persona, y que no volveré a sentir dolor por culpa del ritual, entonces me olvidaré del asunto. Olvidaré y perdonaré.
—Perdóname, camarada. Sé que soy una completa basura. No mereces esta clase de trato.
Todo era culpa de Tartaglia. Todo.
Bennett abrió los ojos, empujó la mano cuidadosa de Tartaglia y lo miró con miedo y sorpresa mezclados. No sabía porqué. No sabía qué estaba pasando.
Perdió el conocimiento en ese momento.
—No podemos mandarlo a Enkanomiya en ese estado —una voz se coló desde el pasillo. Era la voz de una mujer a la que Bennett no conocía de nada—. Te dije que no tenía más de una semana, muchacho, ¿qué han estado haciendo?
—¿Es posible hablar con la Shogun?
—¿Te sientes capaz de pararte frente a la Shogun después de que tu amiguita fuese incinerada por un rayo? Adelante.
Silencio tenso. Después, la voz de Tartaglia flotando hasta los oídos de Bennett:
—Esa mujer murió por su propia boca. No seré tan imbécil para seguir sus pasos.
La mujer suspiró, como cansada. Después dijo—: Quédate aquí, chico. La convenceré de que espere una semana. Tendrás que curarlo, o lo que sea que vayas a hacerle, en ese tiempo. Luego serán escoltados por un agente de confianza hasta donde sea que esté la expedición. Como sea, con Aether aquí, puede que mañana terminen.
—No —un sonido de zapatos y ropas, luego silencio de nuevo—. Vinimos hasta aquí porque Bennett quiere ese arco y le daré su maldito arco. Dile que me dé 48 horas… Él se tiene que enterar, tarde o temprano.
—Adelante. 48 horas no es descabellado. Alejaré a todos los curiosos.
Luego de unos segundos, Tartaglia ingresó a la habitación. Bennett cerró los ojos y se hizo el dormido, pero escuchó la risita que provenía del hombre y supo que no tenía caso fingir.
Cuando abrió los ojos se dio cuenta de que Tartaglia lo observaba muy de cerca.
—¿Cómo estás, camarada?
—¿Qué pasó? Lo último que recuerdo es que Mona se desmayó. ¿También me pasó a mí?
—Mona se desmayó, sí —la sonrisa de Tartaglia se cristalizó un poco—. Pero eso pasó hace cuatro días.
Bennett se levantó de golpe, asustado. ¿Qué había pasado con la prueba? ¿Con todo el esfuerzo? ¿Había sido eliminado? Pero si fuera así, la mujer desconocida y Tartaglia no hubiesen hablado sobre él en el pasillo. Porque hablaban de él, ¿no?
—Bennett, quiero que me escuches —la voz de Tartaglia se volvió seria. Estaban a centímetros de que sus alientos chocaran, pero Bennett estaba más preocupado por no poder recordar los últimos cuatro días—. Te voy a explicar algo y necesito que estés tranquilo.
—Lo estoy.
—Para nada. Necesito que aceptes con la mente abierta lo que voy a decirte. ¿Puedes sentarte correctamente y escucharme?
—… Sí.
Bennett se removió en su lugar, dándole vuelta a todas sus conversaciones con Tartaglia. Por alguna razón, no podía recordar ni siquiera cómo había sido su primer encuentro, o los posteriores. En realidad, ¿cómo era que habían llegado a ese punto sin que él pudiese recordar más que cosas desconectadas y de poca relevancia?
—Bennett, nos conocimos hace un año, en un bosque en las lindes entre Liyue y Mondstadt, cerca de las faldas de la montaña de Espinadragón. Un pelotón de Fatui te encontró en un campamento de hilichurls. Los ayudaste, pero uno de ellos se dio cuenta de que tenías un ritual de perdón y olvido, así que te encarceló. Hizo cosas terribles. Cuando conseguí que tus hermanos dieran contigo… Agh, esa mirada en tu rostro. Solo estoy diciendo la verdad, Bennett.
—No sé de qué me estás hablando, Tartaglia. Yo nunca he sido encarcelado por Fatuis.
—¿Recuerdas esa ocasión en que una megaflora se estaba haciendo pasar por el alquimista Albedo? Tú estabas…
—Ese día no podía creer mi suerte. Amber, Eula y el Viajero, incluso el verdadero Albedo, pelearon junto a mí contra la megaflora.
—¿Y dónde te encontró Aether?
—Ah… La verdad es que no recuerdo…
—Estabas en un campamento Fatui, dentro de una jaula.
Bennett frunció el ceño, extrañado. Recordaba sus aventuras en la nieve, los deslaves y las avalanchas, sus días perdido junto a Amber y Eula y el enfrentamiento final contra un enemigo que parecía bastante más poderoso de lo que en realidad era. ¿Pero había sido encarcelado por Fatuis? ¿En qué momento?
—Has sido capturado por los Fatui en, al menos, cuatro ocasiones. Conociste a dos de mis compañeros Heraldos. Scaramouche y Signora. ¿Te suenan sus nombres?
Bennett negó, porque era la pura verdad. No sabía qué disparates le estaba diciendo Tartaglia.
—¿Recuerdas lo que pasó en mi tienda hace unas noches, antes de la tercera prueba?
Bennett volvió a negar, desconcertado. ¿Algo había pasado de noche en la tienda de Tartaglia?
—¿Recuerdas quién me visitó en Liyue cuando nos hospedamos ahí? ¿Recuerdas los sitios exactos en los que hay Fatui apostados? ¿Las conversaciones con Diluc y Kaeya acerca de tus enfrentamientos contra los Fatui “por tu mala suerte”?
A cada pregunta, Bennett pasó del desconcierto a la sorpresa y luego al miedo. ¿Tartaglia se estaba inventando todas esas preguntas? ¿Lo quería molestar? ¿Era un tipo malo? Pero no había ninguna necesidad…
—Camarada, hay algo que tengo que mostrarte. ¿Recuerdas que Aether te dijo que no debías acercarte a cierto Heraldo?
—¿A un… Heraldo? —no lo recordaba, nada en absoluto.
—Aether te dijo hace un tiempo que lo mejor era mantener la distancia de Nobile, el Heraldo que liberó a Osial en Liyue. Estuvo a punto de matar a mucha gente. Es un hombre con visión hydro… y engaño electro —Tartaglia se descolgó del cinturón un cristal pulido de color morado. Bennett lo vio brillar ante la luz de la tarde—. Yo soy Nobile. O Graf. O Tartaglia. Ninguno de esos es mi nombre real.
Bennett se quedó con la vista fija en el engaño. Recordó la rabia de Diluc como si la estuviera presenciando en ese momento. Pero lo único que se deslizó hasta su lengua fue el nombre escuchó de los labios de un desconocido en algún balcón del pasado—: Áyax.
—Sí. Si todavía recuerdas ciertas cosas significa que no todo está perdido —Tartaglia sonrió—. Voy a curarte, camarada. Pero va a doler. Mucho. No solo en sentido físico. ¿Quieres librarte del sello de tus recuerdos?
—¿Puedo elegir no pasar por esto?
—No puedes —Tartaglia no fue tajante ni grosero. Sus palabras eran suaves y preocupadas—. Si te niegas, puede que, dentro de una semana, o menos… empieces a enloquecer. Te desconectarás completamente de la realidad y te volverás un inútil con dolores de cabeza tan frecuentes que tendrán que hospitalizarte… o encerrarte… por el resto de tu vida.
Bennett se sintió perdido. No quería enloquecer. Tampoco quería pasar por un proceso doloroso. ¿Qué le revelaría su curación? No quería.
Los dedos largos de Tartaglia se deslizaron sobre la piel de su mano. Bennett levantó la vista de golpe. Sus ojos, que siempre eran dos pozos insondables de azul sin brillo, esta vez destellaban con algún sentimiento que Bennett no podía identificar. Sus ojos estaban brillando. En algún lugar dentro de sí mismo, Bennett sabía que era la primera vez que veía los ojos de Tartaglia mostrando emociones.
—Va a doler mucho. Puede que duela para toda la vida. Aun así… prefiero que sufras ese dolor.
—… ¿Qué dices?
—Será la prueba de que eres fuerte y sano, y que superaste este obstáculo. No te preocupes. Juré estar junto a ti mientras no me apartes.
—Yo no recuerdo…
Tartaglia retiró su mano y sacó una daga de entre sus ropas. Bennett se alarmó cuando vio que dirigía la daga a sí mismo. Se abalanzó, intentando quitarle el arma. ¿En qué demonios pensaba?
—¡¿Por qué harías algo como eso?!
Pero Tartaglia no se molestó ni se apartó. Dejó que Bennett sangrara con la daga entre sus manos y le dedicó la más triste de las sonrisas que el muchacho había visto nunca.
—La primera vez tampoco me dejaste jurar con mi sangre. Tuve que jurártelo con todo el fervor del que fui capaz.
La primera vez… Eso ya había pasado. Ya había pasado y Bennett no podía verlo, escucharlo o sentirlo en absoluto. No recordaba. No había nada en su mente acerca de este hombre frente a él. ¿Quién era? ¿Por qué parecía que estaba a punto de llorar? ¿Por qué hacía todo eso por él?
—Por favor, Bennett…
Bennett. Solo lo llamaba así en ocasiones especiales. No un simple “camarada”, sino Bennett.
Bennett, Bennett, ah, Bennett.
—Hazlo. Cúrame.