Capítulo 43
11 horas y 56 minutos hace
—Dame tu visión —ordenó Tartaglia.
Bennett tragó saliva cuando se desenganchó la visión pyro de la ropa. Sintió un escalofrío extraordinario en el momento en que Tartaglia tomó la visión de su mano y la depositó en el suelo, lejos de Bennett. Al verla apartada, tan lejos del alcance de su mano, Bennett se sintió enfermo. Era como si estuviese viendo sus ojos o sus dientes fuera de su cuerpo. Una anomalía, algo que no debía ocurrir.
—Quítate la camisa y los googles.
Bennett obedeció. Por alguna razón, su corazón martilleaba con insistencia en su pecho cuando se sintió observado por Tartaglia. No obstante, el hombre estaba serio y concentrado, así que Bennett decidió dejar sus dudas y sus pudores para después.
—Acuéstate.
Bennett lo hizo.
—Toma mi engaño en tus manos y ponlo contra tu pecho. Bien. Ahora, a la de tres vas a comenzar a infundir energía elemental. Voy a poner mi mano encima de las tuyas. Si veo que no hay suficiente energía, infundiré la propia. Puede que te desmayes. Pase lo que pase, NO sueltes el engaño. Aunque te duela. Aunque te queme. NO lo sueltes. Yo lo retiraré cuando crea conveniente. ¿Entendiste?
—… Sí.
—No tengas miedo. Eres más fuerte de lo que piensas.
Podría ser verdad, pero Bennett seguía pensando en que su fortaleza no era suficiente para esa situación.
—Infunde tu energía, ¡ahora!
Bennett hizo acopio de su energía elemental, lo que era difícil porque su naturaleza de fuego tuvo un choque inmediato con elemento electro. Sintió que se abrasaba casi de inmediato y soltó un alarido.
Quería soltar el engaño y lanzarlo lejos, pero Tartaglia aprisionó sus dedos con tanta fuerza que sabía que se había roto algunos. Bennett lloró, adolorido y asustado.
Sintió la mano de Tartaglia sobre su ombligo. Pero no había fuego o electricidad, sino agua fresca fluyendo de ella. Aunque sus manos estaban ampolladas y rotas, Bennett sintió un alivio inmediato gracias al hydro de Tartaglia.
Después de lo que se sintió una eternidad, un zumbido creciente comenzó a embotarle la cabeza. Era como si se hubiese dado un golpe muy fuerte en la coronilla. Comenzó a ver borroso y el zumbido fue creciendo en intensidad hasta que fue insoportable.
Gritaba, lloraba y pataleaba, sufriendo un dolor indescriptible que no se comparaba en absoluto con las heridas que le habían brindado su visión. Entonces se desmayó.
—Pecas de ingenuidad, Bennett —Diluc pule su Lápida de Lobo mientras dice esto. Se han adentrado tanto en el bosque de Boreas que por poco y tienen los pies dentro de su guarida. El hilichurl extraño los observa a lo lejos, curioso—. ¿De verdad crees que puedes hacerte amigo de los ladrones y los Fatui?
—¿No sería tan malo tenerlos como aliados, no, señor Diluc?
—Hah… Llámame “hermano”, Bennett. Padre te adoptó de buena gana, y yo también estoy de acuerdo.
—Hermano… Diluc.
—¡Señor Diluc! ¡Señor! —un hombre grita a lo lejos. Parece nervioso y no le importa alborotar a los temibles lobos en su propio territorio—. ¡Señor! ¡Señor! ¡Oh, señor…! ¡Y amo Bennett!
—¿Yo?
El hombre cae de rodillas. Tiene la mirada desencajada y suda copiosamente—. Amo Diluc, el amo Crepus… ¡El amo Crepus…!
—¿Qué pasa con mi padre?
—El amo Crepus… ¡está peleando! Pero todo es muy extraño. Él no tiene visión, pero está usando el poder de los elementos. No sé cómo es posible. ¡Tiene que venir conmigo, por favor!
Diluc se levanta de golpe, tirando todo por todas partes. Tiene la urgencia en la mirada. Bennett sabe que el hombre está dispuesto a abandonarlo a su suerte en el bosque con tal de no cargar con él. Lo acepta de buena gana. Después de todo, su adopción se concretó hace menos de dos semanas.
—Oler miedo. Oler sangre —Razor sale de alguna parte y se sienta junto a Bennett—. Ir. Bennett aquí.
Diluc no mira atrás una vez que sabe que Bennett está seguro.
Esa noche Crepus Ragnvindr muere por culpa de un engaño.
Bennett sabe que esos Fatui van a experimentar con todos esos hilichurls y no puede permitirlo. Aunque los hilichurls sean salvajes y agresivos, todavía los ve como una especie de animales a los que no hay que acercarse. Incluso los animales tienen derecho a la libertad, no deberían experimentar con ellos.
Se acerca lentamente al campamento, planeando el mejor momento para liberarlos. Si tan solo hubiese aprendido alguna de las palabras que Ella Musk pasa el día entero gritando en la biblioteca… Pero no tiene tiempo para recordarlo, porque todo lo que necesita es acercarse sin hacer ruido y…
—¡Ah, niño listo!
Alguien lo agarra del cabello y lo arrastra, riendo a carcajadas.
—¿Quién…? —una mujer rubia está en la tienda más grande del campamento. Se contonea con seguridad y todo en ella exuda desprecio absoluto, hacia todo y todos—. ¡Oh! Un aventurero de pacotilla… ¿con una marca de perdón y olvido? Algo viste, niño. Enciérrenlo junto a los hilichurls. Si sobrevive, lo sueltan.
—De inmediato, Signora.
Bennett es arrojado a una jaula llena de hilichurls que están desesperados por atacar, morder y golpear. Quería liberarlos, pero, al final, termina matándolos.
Regresa a casa dos días después, con varios huesos rotos, mientras los Fatui detrás de él se ríen a mandíbula batiente de su aspecto y su figura renqueante.
—¿Y ese quién es? ¿Por qué tiene la marca de perdón y olvido? —pregunta un muchacho. Bennett lo ve a través de la sangre que le nubla la vista.
Es un hombrecillo sádico de cabello corto, ropas oscuras y un amplio sombrero.
—El muy idiota cayó en una de nuestras trampas de osos. Parece ser un aventurero de esta nación. Su manual de aventuras no marca expediciones más allá de estas zonas —el Fatui que sostiene a Bennett lo hace sin cuidado, sin importarle la sangre o el dolor.
—Mmm, ¿un aventurero sin chiste con marca? —el muchacho comienza a reírse—. Puede que Signora tenga fetiche con los mondstadianos, después de todo. Déjenlo ir, no me importa. Tenemos cosas más importantes por hacer.
El Fatui suelta a Bennett y este cae inconsciente al suelo. Regresa a casa al día siguiente, cuando un jabalí lo despierta porque le quiere masticar la ropa.
—¡Oye, buenos movimientos!
—¿En serio? ¡Me gusta ayudar! —Bennett está complacido.
Un soldado electromartillador que se encontraba en peligro inminente fue salvado por el muchacho. Como agradecimiento, el soldado lo ha invitado a su campamento, en algún rincón olvidado de Espinadragón.
—Pero, amigo, tengo una duda, ¿qué es eso que tienes en el cuello? —el soldado está sonriendo. No obstante, por alguna razón, Bennett presiente que no es una sonrisa sincera—. ¿Alguna vez te has encontrado con alguno de nuestros Heraldos?
—¿Qué es eso?
Un agente pyro se acerca al escuchar la conversación. El soldado le susurra algo que Bennett no alcanza a oír. Entonces ambos voltean a verlo. Tienen un aura y una mirada que él jamás ha visto en una persona.
El agente le arrebata la espada, y el soldado, la visión. El agente le rasga la camisa, y el soldado, lo tira contra el catre duro que hay en la tienda.
—¡¿Qué hacen?!
El agente le golpea la mejilla con la mano bien abierta. Bennett se atonta por el dolor repentino. Siente frío porque el soldado lo ha desnudado por completo. Intenta cubrirse. Intenta levantarse. Intenta huir.
Todo es en vano.
El agente le aprisiona las manos mientras el soldado lo abre de piernas y se escupe en la mano. Bennett siente húmedo en lugares que solo él ha tocado. Luego un dedo invasor, dos, tres.
El dolor es real. Grita y el agente lo vuelve a golpear. Llora. Entonces el agente le mete la lengua en la boca.
No.
Esto no puede estar pasando.
Cuando el soldado levanta la mano, está ensangrentada. A pesar de eso, sigue adelante y se desabrocha la bragueta. Bennett intenta liberarse, pero ambos hombres son más fuertes que él.
Patea al soldado al que acaba de salvarle la vida, pero este ni se inmuta. Ríe como si presenciara el chiste más divertido del mundo, se coloca entre las piernas delgadas de Bennett y lo penetra.
Bennett vomita contra la boca del agente. Es golpeado una vez más y pierde el conocimiento.
Despierta. Siente un dolor indescriptible en todo el cuerpo. Ardor. Su carne molida. Intenta decir algo, pero solo leves quejidos salen de su boca. Ni siquiera puede levantar los brazos. Alguien se los rompió y los amarró al catre.
—No eres más pendejo porque no eres más grande, Nikolay. ¿Cómo se te ocurre…? Da igual. ¿Cómo está?
—¡Y a mí qué me importa! Que agradezca que lo caliento.
El tal Nikolay se incorpora a medias. Es el soldado al que Bennett le salvó la vida. Es fornido, peludo y sus piernas son del grueso de la cabeza del muchacho. Este yace junto a él, con su desnudez apenas cubierta por un cobertor hecho con piel de hurón de las nieves. No puede moverse debido a la conmoción.
—¿De verdad crees que alguien le hizo el ritual solo para cogérselo?
—Mira, yo no sé tú, pero es pequeño y débil, y definitivamente no es snezhnayano. Los únicos Heraldos que han venido a Mondstadt en los últimos años son…
—La Signora y el Baladista.
—Tuvo que haber sido uno de esos dos. Así que yo… solo estoy aprovechando.
Bennett llora. Le duele. Duele.
Despierta una vez más. Hay un alboroto. Cuando Bennett abre los ojos, un nuevo hombre está parado frente a su cama. Es alto y esbelto. Tiene la mirada vacía, el cabello cobrizo y una cara dura.
—¿Así que lo han estado violando durante una semana, sin alimentarlo ni cuidar de sus heridas solo porque alguno de Los Once se lo cogió y no le quitó la marca?
—Es cuestión de curarle las heridas, señor. El niño tiene capacidades curativas. Si lo dejamos curarse los brazos con su visión, puede que escape y nos delate.
—Ah, Nikolay. Amigo… Te prohíbo volver a tocarlo. Volveré por la noche.
Bennett cae en el sopor del dolor y la inanición segundos después.
A pesar de la orden del hombre de la mirada vacía, Bennett despierta cuando siente algo duro invadiendo su boca. Tiene arcadas, pero no puede moverse. Alguien lo obliga a practicarle sexo oral.
Las comisuras de sus labios se han desgarrado. También su ano. Tiene los brazos rotos y los ligamentos de las piernas fueron cortados. Sangra. El hambre que siente es mordaz, y el frío es infinitamente peor.
No muerde el pene invasor, porque ya lo hizo una vez y las consecuencias fueron catastróficas. Le rompieron dos costillas mientras lo fustigaban con una escopeta.
Bennett no puede estar más deshecho.
Alguien le abre las piernas. Aquí van, de nuevo.
Van a violarlo y no puede hacer nada por evitarlo.
Un águila anuncia la llegada inminente de alguien. Segundos después, el Fatui que le invade la boca se convierte en cenizas.
Bennett tose con vehemencia. Levanta la cabeza a pesar del ramalazo de dolor. Justo en ese momento, una estalactita de hielo atraviesa al Fatui que está a nada de penetrarlo. El Fatui se lleva las manos al pecho, pero ya es tarde. Cae muerto.
—¡JEAN! —la voz descompuesta de Diluc se alza sobre el repentino alboroto. Hay choques de espadas, explosiones y disparos—. ¡JEAAAN!
La maestra Jean se acerca corriendo. Su mirada resoluta pasa al más absoluto terror cuando ve a Bennett. Las lágrimas se desbordan por su cara. Se lleva una mano a la boca, conmocionada.
—¿Cómo es que sigues vivo? Dios mío, Bennett…
La voz se le descompone. Llora unos segundos. Luego, como si nada hubiese pasado, Jean Gunnhildr desenvaina su espada, la sostiene en vertical frente a ella y un círculo anemo rodea el catre de Bennett.
El ardor es el primero en desaparecer. Luego la sensación de entrañas molidas. Los huesos rotos soldan. Las heridas se cierran. El esfuerzo deja tan exhausta a la maestra Jean que sus piernas flaquean. Kaeya la sostiene en brazos cuando la mujer pierde el conocimiento porque Bennett le ha drenado la energía por completo.
El hombre de cabello cobrizo se acerca al catre en medio de la refriega. Está embadurnado de sangre y su mirada parece más vacía que la primera vez que Bennett lo vio. A pesar de la visión aterradora, Bennett no tiembla.
El desconocido lleva una rodilla al suelo, agacha la cabeza, sumiso y le dice:
—Todo aquel que le haga daño pagará con su vida, señor. No habrá contemplaciones.
—¿Quién eres?
—Solo un camarada. Puede confiar en mí. Duerma ahora. Cuando despierte esto solo será un sueño. Lo prometo.
Bennett se mete al agua. Nadie lo ve. Guardó la daga en un descuido. La saca y su filo brilla a la luz de la luna. La sumerge. Hace tres cortes limpios en su muñeca izquierda. Otros tres, escabrosos, en su muñeca derecha.
Los peces se espantan al oler la sangre invadiendo su territorio.
Los lobos aúllan.
Cuando Razor lo arrastra fuera del agua y corre con él a cuestas hasta la ciudad, Bennett se da cuenta de que fue una mala idea hacer aquello cerca del olfato agudo de su amigo.
Bennett se siente incómodo con el calor corporal de Amy. Se aparta, con el corazón martillándole el pecho. Martillando. Como el electromartillador al que salvó de la avalancha de nieve, que martillaba desesperado.
Corre, ciego, hasta que se da de bruces con un lago pequeño, que parece más un charco. Desenvaina la espada, se sumerge todo lo que puede y corta, corta. Las heridas de la última vez no han sanado.
—¡Ojou-sama! —Bennett escucha el graznido de Oz sobre su cabeza.
Esos malditos animales, siempre frustrándole los planes.
Bennett se acerca al campamento de los Fatui. Busca con la mirada, pero él no está ahí. El hombre de cabello cobrizo. Quiere preguntarle quién es, cómo se llama, porqué lo salvó, porqué lo llamó “señor” si él no es más que un mocoso mancillado y débil.
No parece haber nadie.
Ve una jaula abierta. Qué curioso.
Justo lo habían metido en una, ¿no?
Cuando se voltea está encerrado.
Genial.
Pasan horas y horas hasta que Aether y Paimon aparecen por un recodo del camino.
—¡Camarada! ¿Cuál es tu nombre?
—¡Bennett… Ragnvindr! ¡Gracias por salvarme!
—No es nada. No es nada. Hay muy poco por hacer en Mondstadt, ¿lo ves? Tuve que meterme en una pelea ajena para tener un poco de acción, espero que no te importe.
—¡Para nada! ¿Cómo se llama… señor?
—¿Señor? —se ríe—. Puedes llamarme Tartaglia. Nada de señor, no soy tan viejo.
—¡Es un don! Solo piénsalo, eres un buscador de peleas natural. ¡Es fantástico! Camarada, vámonos en una expedición. Tengo dinero y tiempo, podemos ir a donde tú quieras. El Mare Jivari, o Enkanomiya…
—Te ves adorable asustado, Bennett.
—Todavía no es muy tarde para abandonarme.
—¿Y perderme de la diversión de estar contigo? Ni loco.
—Tartaglia…
—Camarada…
Ríen.
El señor Zhongli.
Hu Tao.
Las monedas antiguas.
El rompeolas destruido.
Tartaglia, desnudo y glorioso, sin poder contener su lujuria.
Bennett lo recordó todo. Todo aquello que había olvidado sobre los Fatui. Todo lo que había olvidado sobre Tartaglia. Todo sobre sus intentos de suicidio, sus terrores nocturnos y la verdadera razón por la que el contacto humano le parecía tan incómodo. La razón por la que solía caer en trampas como si fuese parte de su mala suerte, aunque solo era su propia tendencia suicida.
Abrió los ojos.
Entonces rompió a llorar a lágrima viva.