Capítulo 44
11 horas y 52 minutos hace
—Señor Tartaglia —Ivan hizo una senda reverencia. Aunque el hombre frente a él fuera el más bajo de los Heraldos, no quería decir que fuera débil. El respeto que inspiraba era auténtico—. Su Excelencia la Zarina solicita su presencia.
Tartaglia agradeció a Ivan, un soldado raso bastante manso. Si no se quitaba esa actitud de cordero, tarde o temprano lo mandarían a la vanguardia como carne de cañón. Probablemente fuera víctima de un aventurero cualquiera. Pero bueno, no era como que a Tartaglia le importara mucho.
Más bien, le daban igual todos y cada uno de sus subordinados. No era como que supusieran algún entretenimiento para él. Los únicos dignos de mención, en ese caso, eran los Heraldos y Su Excelencia, y aun entre ellos, Tartaglia era de los más fuertes. A veces extrañaba aquellos meses junto a Skirk.
Tartaglia entró a la Sala del Trono con la arritmia que caracterizaba a su corazón cada vez que se encontraba de frente con la Zarina. Era hermosa. O, más bien, sublime. Su mirada penetrante y su presencia aplastante eran suficientes para provocarle erecciones al muchacho. Después de todo, solo era un hombre en presencia de una diosa.
—Ajax —pronunció la Arconte cuando lo tuvo a quince metros de su magnífico trono de hielo.
Tartaglia intentó no hacer una mueca. Solo los dioses eran capaces de usar su verdadero nombre sin sufrir las consecuencias. Recordó, casi sin querer, la piel tersa de un dios que se regocijaba de placer bajo su toque, enredado en sábanas de seda y olores almizclados. Su cabello se extendía como hilos suaves y brillantes y sus ojos refulgían con el color del oro.
El hombre esperaba que la excitación de recordar aquello no se le notara en los pantalones. Para su comodidad, llevaba un largo abrigo de lana y algodón que lo hacía ver “sexy” y “caliente”, según algunas magas que se encontró en su camino al trono.
—Mis Heraldos han fallado constantemente en encontrarlo —explicó la diosa. Parecía apesadumbrada, pero Tartaglia sabía que, si no le respondía bien, la mujer tendría un berrinche—. Búscalo y tráelo ante mí. Es fácilmente reconocible. ¿Por qué llevan casi dos décadas buscándolo?
—Yo seré quien termine la búsqueda, Zarina mía. Déjelo todo en mis manos.
—Sabía que podía confiar en ti, Ajax —la diosa sonrió con encanto. Su dulzura no podía ocultar el desprecio que sentía por Tartaglia.
Cuando el hombre se giró, sonriente, sabía que no podía hacer nada con su mirada apagada y su decepción. Ahí estaba, una vez más, cumpliendo las demandas absurdas de esa mujer.
Primero Rex Lapis se burló de él y, en venganza, se lo cogió. A ambos les gustó tanto que la relación se fortaleció hasta un punto en el que Tartaglia se la pasaba más tiempo desnudo y encamado en Liyue que haciendo cualquier otra cosa.
Después la búsqueda de ese niño, hijo de los cojones. Para colmo, no solo lo perdió de vista, sino que se había llevado consigo la gnosis de la Diosa Electro.
Y, para colmo, su castigo no era otro más que retomar una búsqueda infructífera que tenía casi veinte años sin resolverse. Todo era un jodido desastre.
Para aliviar su mal humor, Tartaglia peleó en un gueto clandestino hasta que se llevó tres puñados de dientes como recompensa. Con las ropas empapadas por la sangre y la sonrisa febril de quien disfrutaba con la matanza y el duelo, Tartaglia se marchó de Snezhnaya.
Canturreaba mientras iba dejando un camino de dientes rotos, los pequeños trofeos de sus victorias.
Por supuesto, su búsqueda comenzó en su tierra natal. Quién sabe, podría ser como él, que cayó al Abismo y regresó meses después. Pero no encontró ni una sola pista ahí.
Después se fue a Natlan. Nada. En Sumeru y en Fontaine tampoco. Sí que había coincidencias, e incluso tuvo que pelear con esa odiosa de Arlecchino para obtener información. Pero todo era en vano.
Cuando tenía tres meses fuera de misiones, exhausto, Tartaglia llegó a Inazuma. Ahí conoció a una adorable artífice de fuegos artificiales a la que le encantaba jugar con los niños. Se llamaba Yoimiya. Era alta, de sonrisa fácil y curvilínea.
Y Tartaglia había estado ya casi un año sin actividades de alcoba y sin sentir la piel de otra persona. Siempre le daba igual si era una mujer o un hombre, mientras se inclinaran con el trasero al aire, a él le daba igual.
Pero Yoimiya era reacia. Solo quería jugar y trabajar. Al poco tiempo, Tartaglia se cansó de perseguirla. No le daban ganas de andar detrás de una cara bonita cuando debería estar en la búsqueda de la Zarina.
Todo se le antojaba irritable. Prefirió pasar una noche de borrachera. ¿Qué más daba? Los camaradas andaban cerca y no era como que esos cuentos infantiles sobre espíritus del bosque le fuesen a hacer nada.
—¡Uy! ¡Creo que tienes sed! —exclamó, atontado por el sake. Los inazumanos podían tener sus propias formas de divertirse.
El mapache al que le habló no se movió en absoluto. Más bien no podía moverse. Se trataba de un mapache de piedra. Tartaglia lo observó con absoluta molestia, balanceándose adelante y atrás mientras deliberaba con su mente embotada por el alcohol.
Entonces decidió que era buena idea desabrocharse la bragueta, sacar su miembro y disparar un chorro de orina contra el mapache. Se carcajeó de lo lindo, sobre todo después de sentir ese característico placer que seguía al vaciado de vejiga.
Lo que no preveía fue lo que pasó a continuación. Un montón de proyectiles le comenzaron a llover de todas partes. De los costados, de las ramas de los árboles e incluso parecía que se elevaban con fuerza desde el suelo.
Tartaglia se abrochó el pantalón y echó a correr, pero no dio más de cinco pasos antes de caer de rodillas, mareado. Los golpes eran dolorosos y él estaba desorientado. Cuando uno le dio en el ojo y le dejó un moretón de tres días, Tartaglia se dio cuenta de que era un piñón.
—¡Muéstrense, cobardes!
Las risas de un montón de niños lo rodearon. Niños de madrugada en un bosque que permanecía oscuro eternamente. Si Tartaglia no hubiese orinado ya, seguro que habría mojado los pantalones en ese momento.
—¡Ya que te gusta tanto tu pipí, haremos que siempre le des mimos!
—¡Para siempre!
—¡Siempre!
Las voces de los niños se arremolinaron. Tartaglia no podía saber de dónde provenían, si de un solo lugar o de todos al mismo tiempo. Vomitó y segundos después cayó desmayado sobre sus propios fluidos.
Cuando despertó sabía que había algo mal con él. Su entrepierna punzaba con un dolor más allá de lo indecible. No quería sentirse como un exagerado, pero se sentía a punto de explotar. Tan pronto como se la sacó del pantalón, la sintió rígida.
Tartaglia soltó un gemido profundo cuando la rodeó con su mano. La deslizó arriba y abajo, indignado. Estaba recostado sobre su propio vómito mientras se masturbaba a mitad de un bosque desconocido. Esperaba que al menos nadie lo estuviese viendo.
Dos o tres minutos después, sus gemidos se intensificaron cuando un chorro de semen salió disparado hacia los arbustos cercanos.
Se quedó tirado entre vómito y semen, intentando recordar qué demonios había pasado. Poco a poco, conforme avanzaban los minutos, Tartaglia fue consciente de todo. O casi todo.
Sabía que, contra todo pronóstico, había sido maldecido por los espíritus del bosque. Lo que no entendió era porqué. ¿Solo porque fue irrespetuoso con una maldita estatua de piedra? ¿En serio?
Se fue del bosque, refunfuñando por lo bajo. Que no se le pusieran en frente esos niños, porque los haría desaparecer o lo que sea que se les hiciera a los espíritus que no podían morir.
Su siguiente parada fue Liyue, pero todo era demasiado molesto. Tartaglia tenía que masturbarse durante dos horas diarias para poder pasar un día medianamente bien. Quiso acudir a Zhongli, pero los soldados se lo impidieron. Lo persiguieron hasta los caminos y no le permitieron la entrada en la ciudad.
Tartaglia salió de Liyue hecho una furia.
Cuando llegó a una zona limítrofe con Mondstadt, al campamento de algunos de sus soldados, ya estaba cansado de tener que masturbarse para sobrevivir. Si las cosas seguían el mismo derrotero terminaría dejándose el pene sin piel. Debía conseguir un agujero, y rápido.
Entonces una maga, oportuna, llegó al campamento. Se inclinó frente a Tartaglia y dio su informe rutinario.
—Ningún movimiento sospechoso. Los Ragnvindr planean ofrecer un banquete mañana. Podríamos medir su nivel de riqueza. Tienen un hijo menor, adoptado hace algunos años; si lo raptamos, puede que nos ofrezcan un generoso rescate.
—¿Un hijo adoptado? —Tartaglia observaba las curvas que la maga ocultaba debajo de la ropa, simplemente imaginando su polla dentro de la boca de la mujer.
—Es joven, trigueño, de cabello albino.
La atención de Tartaglia se movió a sus palabras.
—¿De qué color son sus ojos?
—Ah… no tengo ese dato, señor. ¿Quiere que lo raptemos cuanto antes?
Tartaglia pensó por un momento. Todavía tenía que continuar con el jodido encargo de la Zarina y resolver el problema de su amiguito. No tenía tiempo para retozar con una maga.
—Déjenmelo a mí. Mondstadt es tan aburrido que, si no me muevo mañana, no podré hacerlo nunca.
Pero Tartaglia no aguantaba más. A medianoche asaltó a la maga y esta, encantada, le ofreció el trasero. Se sintió como un maldito violador.
Amaneció de una forma tan hermosa que Tartaglia olvidó sus preocupaciones por un instante. Mondstadt era, de cierta forma, una de las naciones más bellas. Los campos eran color verde esmeralda y el cielo de un intenso color azul.
Tartaglia caminó de un lado a otro desde muy temprano, pero a eso del mediodía estaba tan fastidiado que no se lo podía creer. Incluso en Liyue se podía divertir mientras embestía a las crías de dragarto geo. En Mondstadt solo había hilichurls estúpidos, mitachurls estúpidos y samachurls estúpidos a los que ni siquiera se molestó en vencer; solo los pateaba como pelotas y estos describían un arco perfecto antes de morir hechos ceniza.
Toda esa paz y serenidad lo comenzaron a poner de mal humor. Era horrible. ¿Por eso Mondstadt era la nación más débil? ¿Por qué siquiera tenían a los Caballeros de Favonius, si los tipos solo andaban cerca de los caminos, paseándose como si nada? Era ridículo.
Se acercó al Viñedo del Amanecer cuando se decidió a raptar al dichoso hijo menor. Así al menos obtendría algo de acción.
Desde lejos vio a una caravana de gente. Hombres y mujeres bien vestidas, campesinos que cargaban cajas y cajas de objetos, y soldados y aventureros que vigilaban los alrededores del camino.
Tartaglia sonrió con sorna. Formó una flecha de agua y disparó contra un barril de esencia de flor dulce cuando nadie estaba viendo.
El caos comenzó de inmediato. Los slimes se deslizaron y saltaron desde todos lados, como chinches que olían la sangre. Tartaglia se regocijó.
Estaba a punto de acudir a la acción cuando tres personas llegaron corriendo. Uno tenía ropa harapienta y cabello largo, albino, pero no parecía ser el hijo de los Ragnvindr. Su visión era electro. La única mujer era una chica delgada y rubia que invocó a un cuervo nada más llegar. Ella también era usuaria electro.
El tercero era joven, trigueño, albino, tal como la descripción. En cuanto se presentó, dos megafloras pyro surgieron del suelo.
—¡Los que no puedan hacer nada, apártense! ¡Amy, Razor! —ordenó. Parecía acostumbrado a dar órdenes de este estilo.
La situación se puso bajo control casi de inmediato, lo que volvió a indignar a Tartaglia. No obstante, se sintió decepcionado demasiado pronto, porque entonces vio cómo dos proyectiles iban directo a la cara del muchacho. Él solo atinó a protegerse y esperar el impacto.
Tartaglia se movió con la velocidad de su engaño e interceptó los proyectiles. Formó flechas de agua y se deshizo de los monstruos.
—Ahh, había estado tan aburrido. Mondstadt es tan aburrido, hay demasiada seguridad en los caminos… —se quejó, guardando su arco. Antes de girarse percibió un ligero olor, como a flores de los caminos. Algo palpitó en su entrepierna, pero lo ignoró. Giró para encontrarse cara a cara con el muchacho.
Sus ojos eran verdes, como los campos de Mondstadt.
—¡Camarada! ¿Cuál es tu nombre?
—Bennett… ¡Ragnvindr! ¡Gracias por salvarme!
Bingo.
No solo quería raptarlo.
Quería follárselo. Ahí mismo, de preferencia.