Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
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Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
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Capítulo 45

Ajustes
Bennett despertó sintiéndose afiebrado y un poco constreñido. Aunque por un momento pensó que era horrible despertar y pensar que estaba de nuevo en aquel catre helado, lo cierto era que la situación no podría ser más distinta. Estaba perfectamente vestido, a pesar de que sus ropas yacían empapadas de sudor. Había una manta cubriéndolo de cuello a pies, y esa era la culpable de que se sintiera aplastado. Giró su cabeza hacia la izquierda, pues su mano sobresalía de la cama. Alguien sostenía su mano, con sus dedos entrelazados en unos largos y ásperos, que siempre iban desnudos cuando se trataba de tocarle la piel a Bennett. Sobre una silla, Tartaglia permanecía expectante mientras le sostenía la mano. Su pierna izquierda estaba flexionada en una actitud relajada, pero Bennett podía saber, por la fuerza que ponía en sus dedos, que Tartaglia estaba preocupado. No importaba que tuviera una sonrisa llena de sorna o la mirada apagada, que tuviera una postura relajada y cansada o que todo en él pareciera indicar que no pasaba nada. Ahí pasaba todo, y Bennett lo sabía. Lo miró a los ojos, sin saber qué decir o qué hacer. —Gracias por despertar —Tartaglia fue el primero en abrir la boca—. Sé que tienes preguntas. Te contestaré a todas con honestidad. —… No quiero saber nada de ellos. Ambos sabían que Bennett estaba hablando de los Fatui. Aquello era una instrucción específica: no volver a mencionarlos ni por error. —No quiero toparme con ellos. No quiero absolutamente nada que ver con ellos. Ajax… —Tartaglia mostró su tensión por primera vez—. No quiero continuar este viaje con el hombre llamado… “Tartaglia”. Tartaglia cerró los ojos, incapaz de sostenerle la mirada al muchacho. —Me pides que reniegue de mi nombre y mi lealtad. Bennett apartó la mano. Sintió como si hubiese perdido algo. —Eres uno de ellos. Siempre lo serás. —No puedo irme de tu lado, Bennett. Si me aparto, el permiso hacia “Graf” y Bennett Ragnvindr cesará de inmediato y serás enviado a casa. —No me importa. —… El permiso es solo una excusa. Diluc sabía que te quedaba poco tiempo antes de que comenzaras a sufrir las consecuencias del ritual. Sabía que debía llevarte conmigo. Y que necesitas seguir usando el engaño si no quieres morir. Tartaglia llevó la mano a la manta y la levantó. Debajo, la mano derecha de Bennett estaba amarrada al engaño del Fatui. Ya no sangraba ni estaba ampollada, pero seguía pulsando. —Pero también sabía que eres un amante de las aventuras. Lo disfrazó todo para que yo fuera una especie de representante, aunque en realidad… solo estoy intentando corregir el error de decenas de mis hombres que… te hicieron daño. Así que, Bennett… no los volverás a ver, no volverás a saber de ellos… No mataré a ninguno, a nadie. Seré… discreto… cuando necesite estar en contacto… Ni siquiera te darás cuenta, te lo juro. Bennett no podía estar más incrédulo. Intentó buscar la mentira, pero sabía que no la encontraría. Sabía que Tartaglia no mentía. Podía decir verdades a medias, ocultar u omitir las cosas, pero si las decía, Bennett podía confiar en que Tartaglia las decía con el peso de la verdad. Bennett no podía cambiarlo, así como no podía cambiar que él fuese un aventurero mal hadado, huérfano y sin chiste. Había muchas cosas que simplemente no podían ser de otra forma. El trauma de Amy. El rezago mental de Razor. El rencor de Diluc. La forma en que el viejo Stanley lloraba cuando creía que nadie lo estaba viendo, o cómo se fijaba en las risas estridentes del bardo borracho, o cómo murmuraba que ambos estaban sustituyendo a personas que eran mejores que ellos. Todos y cada uno de los risueños, alegres y escandalosos monstadianos tenían sus propias luchas. Tristezas, rencores y asuntos inacabados. Incluso Lisa. Incluso Kaeya. Más Kaeya, de hecho. Así que Bennett no era la excepción, solo que simplemente no lo recordaba. No recordaba todas las vejaciones, abusos y violaciones que había sufrido a causa de los Fatui. Lo cierto era que no podía culpar a Tartaglia. El hombre fue certero y justo en todo momento. Cuando lo conoció (y no fue en la fiesta), Tartaglia se ocupó, junto a muchos monstadianos, de arrasar por completo el campamento que mantenía preso a Bennett. Una y otra vez, Tartaglia le demostró a Bennett que no tenía intenciones de dañarlo. Sus erecciones eran producto de un castigo sobrenatural, sus tendencias homicidas se limitaban (curiosamente) a los Fatui y parecía que solo pensaba en pelear, así como Bennett pensaba en aventuras. Para el caso, Tartaglia jamás le había roto un hueso o le había arrancado la ropa sin su consentimiento explícito. Aunque la urgencia los acompañara, Bennett sabía que aquella noche en la tienda él estaba por voluntad propia, a diferencia de su infierno en aquel catre helado. Bennett recordó cada segundo, cada instante en la tienda. Las manos de Tartaglia sobre él, el placer, el semen por todos lados. No aguantó un segundo más en esa posición. Se levantó, haciendo un lío con la manta, y quiso salir corriendo. Tartaglia fue más rápido. No era que lo quisiera retener, sino que acunó la mano de Bennett para comprobar que el engaño seguía tocando su piel. —Hoy apenas es el segundo día. Debes sostener el engaño y darle energía elemental durante doce días —explicó. Las piernas de Bennett estaban a punto de ceder. El muchacho miró hacia arriba. Tartaglia lo miraba con una mezcla de sentimientos que no podían distinguirse unos de otros. —Esa noche… en la tienda… hiciste algo que realmente me molestó. Tartaglia suspiró, apesadumbrado—. Lo sé, lo sé… yo… estaba bajo una maldición y todo lo que pensaba era en… —Eso no me molestó en absoluto —confesó Bennett en un murmullo. Sabía que su cara se estaba tornando de un intenso escarlata, porque los ojos de Tartaglia brillaron por un instante—. Antes… de que yo saliera corriendo… Tartaglia levantó la mano y acunó la mejilla de Bennett. Con la otra mano, tomó la de Bennett y la deslizó lejos de su pecho. Bennett dio un paso adelante, expectante. Sus hombros llegaban al pecho de Tartaglia, y sus miradas se observaban desde los pocos centímetros que había entre cuerpo y cuerpo. —Me sentí como un maldito enfermo por tocarte de esa manera. Tú no sabías todo lo que te había pasado, pero yo sí. Recordé tu cara demacrada, tus huesos rotos. Me sentí como una escoria porque todo en lo que pensaba un minuto antes era en que quería… follar… te. Tartaglia tragó saliva. Pensaba que nunca lo tendría que confesar en voz alta. Pero ahí estaba, sintiéndose como un chico primerizo, a punto de caer sobre sus piernas. Lo único que lo consolaba era que Bennett parecía estarla pasando peor. —Si eres tú… ¿lo harías? No… no ahora. No quiero… pensar en eso ahora. Pero… ¿lo harías? —¿Bennett? —la estupefacción estaba en cada centímetro de la cara de Tartaglia—. ¿De verdad me lo estás pidiendo? —¡Sssí! Demonios, ¡sí! —Bennett cerró los ojos, presa del pánico—. ¡Lo que hiciste esa noche me gustó! ¡Me gusta cómo acaricias mi espalda y mis manos! ¡Me gusta cómo dices mi nombre! ¡Me gusta cómo me miras! —¿Te gusto? Bennett aspiró el aire y se calló de golpe, como si acabara de darse cuenta de su desliz. El momento fue extraordinariamente tenso, lento y magnífico. Entonces Tartaglia salvó la distancia de golpe y presionó sus labios contra los de Bennett. Fue un beso casto, pero el muchacho sintió como si pequeñas explosiones de fuegos artificiales le cubrieran la piel. —Haré solo lo que quieras que haga, cuando quieras, donde quieras. Te lo juro. Tartaglia susurró a su oído en una posición íntima. Bennett sentía que cada centímetro de su piel se quemaba con la proximidad del hombre. Era increíble. Después, Tartaglia rompió el contacto, volvió a su fanfarronería habitual y echó una risita antes de girarse rumbo a la puerta. —Debes comer antes de partir hacia Enkanomiya, camarada —le aconsejó. Luego, antes de abrir la puerta, lo miró para decirle—: Tarde, pero seguro. Bennett se dejó caer en la cama con el corazón a punto de explotarle y la cara más roja que la visión que le colgaba del cinturón.
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