Capítulo 48
11 horas y 57 minutos hace
—… o como se llamen, son unos bichos molestos —la voz de Itto irrumpió el silencio con el que el grupo de Aether descansaba. Todos despertaron al escucharlo. Claro, todos menos Tartaglia, que vigilaba los alrededores, sentado encima de una piedra.
—Será mejor que te controles, Itto. Esto es tierra hostil y lo último que necesitamos es otra persecución de hilichurls.
—Oh, ¡vamos, general! Será un poquito nada más.
—Nada. Nada de nada. Tenemos que encontrar a los otros.
—¡Ya te dije que todo está bien! Bueno, creo que dos personas estaban desmayadas, pero se detendrán para recuperarse. Sé a dónde tenemos que ir. Justo ahí.
—¿Seguro?
—¿No confías en mí, general?
—Tu sentido de la orientación es fatal.
—¡Como sea! —sonidos de movimiento—. ¿Cuánto más te vas a resistir, general?
—¡No es el momento!
—¡Nunca es el momento! Hah. Siempre me evitas cuando hablo de esto.
—Bueno, es que nadie se esperaría lo que me dijiste esa vez.
—¿Cuál vez?
—Tú sabes.
—¿Cuándo te descubrí poniéndote la peluca de Miss Hina?
—Es que, ¿en serio? ¿”No me importa qué cosa seas, sólo cásate conmigo”? ¿Cómo esperas que ceda ante una declaración tan tonta?
—Agh. ¿Se supone que debo recoger flores e hincarme? Si me pongo de rodillas te sigo viendo de frente… Mejor ven, tengo algo mejor que estar discutiendo todo el día —sonidos de movimiento. Un forcejeo por parte de Gorou—. ¡Vamos! ¡Uno y ya!
—¡Si te dejo hacerlo no vas a querer parar!
—¡Qué bien me conoces! —el sonido de un… beso, y luego voces que se iban haciendo cada vez más íntimas—. Vamos, Gorou, me encanta cuando me rodeas con tus piernas mientras haces ese puchero.
—¡Ah! —un gemido de Gorou. Mona y Kaveh se miraron, nerviosos—. ¿Cómo eres tan bueno quitando ropa?
—Sssh, relájate, Gorou. Así entrará más fácil. ¿Ves? —sonidos húmedos, cadenciosos—. Ni siquiera hemos empezado y ya estás mojado.
—Espera, Itto, ¡ah! ¡Ah! ¡Mmm!
—¿Qué es eso, Aether? ¿Están lastimando a Gorou? —Paimon se acercó al seelie, como si pudiera ver a través de él.
Aether se apresuró a tapar los oídos de Paimon mientras le gritaba a su seelie—: ¡¿Desde cuándo tienen una relación así?! ¡“Seelie de Itto”! ¡”Seelie de Gorou”!
—No funciona así —explicó Xinyan desde algún lugar en Enkanomiya. Los gemidos de Gorou eran cada vez más fuertes—. Ellos deben decir “cambio” para que sus seelies dejen de transmitir.
—Por todos los cielos —se quejó Mona, con la cara roja.
—Ábrete más, Gorou, es una vista magnífica cuando te la meto entera.
Kaveh se llevó una mano a la boca. Por un momento, todos creyeron que estaba conmocionado o molesto, pero luego se le escapó una risita.
—Esto no es gracioso —reclamó Aether.
—¡Hey! ¿Cuál es el chiste? —Paimon intentaba quitarse las manos de Aether—. ¿De qué se ríen Kaveh y Tartaglia?
—¡Itto! ¡Ah, ah! ¡Más fuerte! ¡Aaah!
—Ya sé porqué ese tarado se emocionó tanto cuando supo que vendría a Enkanomiya con el respetable general Gorou, ja, ja, ja —Beidou liberó una risa explosiva mientras hacía una pausa, seguramente para beber de su botella de ron—. Es bueno que los compañeros de viaje se lleven bien. Bueno, no tan bien para que uno le meta el pene al otro, pero…
—¡Tu pene se siente muy duro! ¡Me gusta! ¡Mmm!
—¡Basta de hablar de penes! —gritó Mona, perdiendo los estribos. Esta vez incluso Aether soltó la risotada sin querer—. ¡No es gracioso!
—¡¿De qué se ríen todos?!
—¡Itto, Itto! ¡Me vengo!
—Hazlo, bebé.
Kaveh hizo una mueca burlona y se comenzó a carcajear de nuevo.
—¿Qué pasa? ¿De qué nos estamos riendo? —contra todo pronóstico, Bennett despertó justo en ese momento.
—¡Ah! ¡Itto! ¡Más duro! ¡Más! ¡Me vengo! ¡Mmm! ¡Mmm! ¡Aaah!
La cara de sorpresa y confusión de Bennett fue el detonante. Aether, Tartaglia, Kaveh e incluso Mona comenzaron a reír a mandíbula batiente.
—Ese par de locos. Supongo que cuando la calentura llama… Ah… Necesito visitar pronto la Cámara de Jade —Beidou susurraba entre dientes, pero todos la escuchaban a la perfección.
—¿Por qué mencionas la Cámara de Jade de repente? —la voz de Xinyan se escuchaba confundida. Segundos después soltó un—: Ah, ya entiendo —al mismo tiempo que Gorou gemía de manera muy audible.
—Ni loco cambio… —fueron las últimas palabras de Itto.
Aether soltó a Paimon, todavía riéndose.
—El tipo es tan tonto que activó y desactivó los seelies sin querer.
—¡Nadie me dice de qué se ríen!
—¿De qué me perdí?
—¡Oigan! ¿Por qué puedo escucharlos? —la voz de Itto, confundida, llegó desde la distancia.
Todos volvieron a reír a mandíbula batiente.
—¡Cambio! —exclamó Aether, sonriente.
Bennett todavía estaba ofuscado cuando los ánimos se fueron calmando en el campamento. Mona y Paimon parecían molestas por diferentes razones, pero los hombres por alguna razón estaban satisfechos por la tanda de risas que se acababan de echar.
—Eso que acabamos de escuchar eran Itto Arataki y el general Gorou, ¿verdad?
Mona respondió, asintiendo con la cabeza, luego suspiró.
—Algunas personas viven la gran vida… —se quejó. Luego se cubrió la cabeza con la manta, intentando dejar afuera al mundo.
—¿Cómo estás, camarada? ¿Todo bien con la cabeza? —Tartaglia se acercó silenciosamente a Bennett. Lo ayudó a levantarse y le observó el chichón que el muchacho se había hecho.
—Sí… Solo fue la conmoción del momento.
—Vamos a pasear. Aether, me lo llevaré un momento. No hay amenazas cerca, así que deberían dormir un poco. Cuando regresemos podemos ponernos en marcha rumbo a la puerta.
—Estás siendo muy conciliador y eso asusta —comentó Paimon, como externando los pensamientos de Aether. Este solo asintió, consintiendo que Tartaglia y Bennett se fueran. O tal vez estaba de acuerdo con las palabras de su compañera.
Kaveh y Mona no se hicieron del rogar y volvieron a dormir. Aether, más reticente, los observó marcharse hasta que no se podían ver más.
Tartaglia caminó en silencio junto a Bennett. Luego de un rato, el hombre se quitó el guante y tomó la mano del muchacho. Este lo permitió, confundido de que Tartaglia quisiera pasear de la mano en un lugar tan inhóspito.
—¿Consideras que somos cercanos, camarada?
Más que cercanos, diría yo, pensó Bennett. Pero no se sentía con el valor de hablar tan desenvueltamente con el hombre, así que solo asintió.
—Supongo que sí —se respondió Tartaglia en voz alta—. De lo contrario no me dejarías tomarte de la mano, ¿no?
—Me tomaba de las manos con Amy y Razor tan seguido que no me parece algo del otro mundo.
Tartaglia parpadeó, como si aquello hubiese sido un golpe bajo para él. Soltó la mano de Bennett y pasó el brazo por su espalda baja, de modo que parecía que lo estaba abrazando a medias. Sus dedos se deslizaron bajo la camisa de Bennett, así que se mantenían entre la cadera y el filo del short.
—¿Amy y Razor hacen esto?
—No exactamente, pero me abrazan y dormimos acurrucados.
Esta vez Tartaglia frunció el ceño, derrotado de nuevo. Bennett, sin querer, soltó una risa. Sus miradas se encontraron.
—Perdón, no es mi intención burlarme…
Tartaglia volvió a separarse de Bennett y lo rodeó por completo en un abrazo.
—¿Entonces no hay diferencia entre ellos y yo?
—La hay: eres demasiado alto —expresó Bennett contra el pecho de Tartaglia. Este hizo un sonido de molestia, pero Bennett volvió a reírse—. La verdadera diferencia es que contigo siempre se ha sentido diferente. Desde la primera noche en mi dormitorio.
—¿Diferente mal?
—… Diferente bien.
—Quiero besarte.
Se quedaron abrazados en silencio por mucho tiempo. Luego de otro tiempo más, Bennett levantó la mirada y se encontró con la mirada penetrante y deseosa de Tartaglia.
—¿Querías besarme esa primera noche? —cuestionó.
—Cada centímetro del cuerpo. Si pudiera besarte cada pestaña lo haría.
Bennett volvió a reír porque lo que decía era absurdo y cursi, pero le encantaba. Se puso en puntas para alcanzar la cara de Tartaglia y este no se hizo esperar. Acercó el cuerpo de Bennett con sus brazos y juntó sus labios con los de él.
Bennett sintió que un montón de explosiones le recorrían el cuerpo entero, pero luego de unos instantes, Tartaglia se alejó, le plantó otro beso en la frente y se dio por satisfecho. El muchacho frunció el ceño, confundido.
—Creí que los besos eran más…
—¿Más?
—No sé. ¿Húmedos? Cuando Razor me besó…
Tartaglia apretó la mandíbula. Parecía afectarle sobremanera no ser el primer beso de Bennett, porque regresó a sostenerlo contra sí mismo, puso sus labios contra los de él y los abrió, introduciendo su lengua.
Bennett gimió, sorprendido y asustado a partes iguales. ¿Dónde ponía sus manos? ¿Debía tener los ojos abiertos o cerrados? ¿Cuándo tenía que respirar? ¿Él también debía usar su lengua? ¿Debía inclinar su cabeza como Tartaglia lo estaba haciendo? ¿Y qué tenía que hacer con su corazón desbocado y con las mariposas en su estómago y con los fuegos artificiales en su piel? ¿Por qué se sentía caliente en su bajo vientre? ¿Por qué…? ¿Qué…? ¿Qué…?
Tartaglia se sentó en una piedra cercana y puso a Bennett a horcajadas sobre sus piernas, explorando su espalda por debajo de la camisa. Bennett, que no sabía la respuesta a ninguna de sus preguntas, encontró el descanso de sus manos en el abdomen descubierto de Tartaglia.
Separaron sus bocas por un momento, mientras Bennett tocaba temblorosamente la piel de Tartaglia por primera vez. Bennett lo miró por un momento, buscando su aprobación. Por toda respuesta, Tartaglia se desabrochó la casaca y la camisa y posó sus manos en la piedra, exponiendo su pecho y su abdomen a la vista de Bennett.
—¡Oh!
Bennett acercó lentamente su mano al pectoral izquierdo de Tartaglia. Era suave. Como agua corriendo entre los dedos. Cuando palpó mejor, se dio cuenta de que era duro. Ambos pectorales lo eran. Sus manos apenas podían cubrirlos por completo. Entonces tocó sus aureolas, que eran suaves como flores. Sus pezones se endurecieron al tacto y Tartaglia soltó un gemido.
Bennett sabía que algo se estaba levantado bajo los pantalones de Tartaglia. Lo conocía muy bien. Era grande y grueso, pero Bennett sabía que no estaba listo para volver a verlo. El engaño todavía pulsaba contra su pecho mientras el muchacho exploraba a sus anchas el pecho y el abdomen del hombre.
—¿No vas a probarlo? —sugirió Tartaglia.
Bennett siguió adelante. ¿Cómo era? ¿Cuál era el sabor? ¿Qué se sentiría contra su lengua? Acercó su boca y chupó, rozando con la punta de su lengua el pezón de Tartaglia. Este soltó un suspiro audible, que seguro se habría escuchado hasta el campamento.
Bennett pellizcó el otro pezón, encantado con la sensación, perdido en el sentimiento.
—¿Quién te enseñó a hacer eso? —cuestionó Tartaglia, gimiendo.
¿Quién…? ¿Quién me enseñó?
Las preguntas se mezclaron con el resto, pero, a diferencia de las demás, estas sí tenían respuesta. “Hoy te voy a enseñar a ser una puta” le había dicho él, “solo tienes que aprender a succionar como la puta que eres”.
Él.
Él.
Bennett se apartó con un manotazo, corrió, se derrumbó y vomitó.
Cuando Tartaglia lo alcanzó, todo lo que salió de la boca de Bennett fue:
—Nikolay.
Él.