Capítulo 49
11 horas y 56 minutos hace
Tartaglia se había atrevido a ignorar por un momento aquello que le impedía volver a tomar su engaño por un tiempo. A pesar de que sabía que sus hombres eran los culpables de que Bennett estuviese pasando por experiencias traumáticas, Tartaglia todavía fue tan desquiciado como para pensar en que podía acercarse a él de una forma más íntima.
Lo vio ofrecerle una mirada lastimera, casi llena de autocompasión, como si Bennett se sintiese culpable por vomitar. El muchacho estuvo a punto de decir algo, pero Tartaglia se acuclilló junto a él y le despeinó el cabello con una leve caricia.
—No te preocupes, Bennett. Yo soy quien tiene la culpa.
—Tartaglia…
—Tú no tienes la culpa de nada, ¿de acuerdo? Yo soy quien debe protegerte, no hacer que vomites por los recuerdos. Pero ¿no quedamos en algo la última vez? Creo que me ibas a llamar por mi nombre.
Bennett se sonrojó como solo él sabía hacerlo. A Tartaglia le gustaba el rubor en sus mejillas y la forma en que sus labios se fruncían. La rojez le alcanzaba las orejas y a veces incluso el cuello y el muchacho se veía encantador, porque sus ojos verdes resaltaban aun más con su cara sonrojada y su cabello albino.
—Creo que no estoy listo, Tartaglia.
—Creí que ya no querías llamarme así.
—¿Es muy importante cómo te llame? —Bennett aceptó la cantimplora de agua que Tartaglia le ofreció. Se enjuagó la boca mientras lo escuchaba.
—Bueno, es mejor que me llames “cariño” a que me llames “idiota”, ¿no? —Bennett se atragantó. Tartaglia, que había estado tenso, se rio a expensas de Bennett y le palmeó la espalda. Siguió hablando, intentando transmitir lo que sentía a través de su mano—. Llámame como quieras, camarada. Puedes llamarme Estúpido o Compañero, Amigo o Imbécil.
—… O Taru en lugar de Tartaglia. Así no tendré que decir ese… título.
—O Taru. No me importa mientras te sientas a gusto conmigo.
—¡Lo hago!
—El desayuno en el suelo no opina lo mismo.
A pesar de la seriedad con la que se estaban tomando las cosas, Bennett no pudo evitar reírse por el último comentario. A su vez, Tartaglia se rio junto a él, se acomodó la ropa y le pasó un brazo por los hombros, en actitud de camaradería.
—Oye, ¿de verdad Itto y Gorou tienen, ejem, ese tipo de relación…?
—Bueno, nos ofrecieron un espectáculo que me dejó dur… digo, que me hizo tener pensamientos impuros… —sobre ti, pensó.
—Sí, pensamientos impuros… —repitió Bennett, sintiéndose avergonzado por un momento.
—Camarada…
—¿Sí…?
—Comprenderé si quieres dormir alejado de mí. Si no quieres estar cerca de mí hasta que te sientas cómodo…
—Nunca me he sentido incómodo contigo —mintió Bennett.
Tartaglia sonrió. Bennett había demostrado su incomodidad casi desde el primer momento, pero el hombre decidió no incriminarlo ni hacerlo sentir peor. Suponía que todo ese rechazo era natural, viniendo de Bennett. Aunque el muchacho no lo recordara, tal vez su cuerpo sí lo hacía.
Lo que era, de cierta forma, peor.
Tartaglia no sabía cuándo se sentiría mejor Bennett. No era que fuera un perro en celo, impaciente por ponerle las manos encima, pero no se creía capaz de soportar lo suficiente. ¿Cuánto tiempo debía ser? ¿Y por qué no podía preguntarle directamente? Aunque sentía que no era muy sensato de su parte.
Sus relaciones siempre habían sido poco más que conocidos o amigos, pero casi nunca amantes. Si tenía que ser sincero, su relación más larga había sido con Zhongli. Era el único que, contra todo pronóstico, lo había aceptado en su cama o dentro de sus pantalones más veces de las que quisieran aceptar ambos.
Tartaglia descubrió, casi con sorpresa, que tenía una preferencia inusitada por los hombres cuando volvió, después de la paliza de Aether, para desquitarse con Zhongli. Los ojos del hombre brillaron, anticipando el peligro de muerte, pero Tartaglia solo supo ponerse caliente y quitar las capas de ropa que lo separaban de su cuerpo.
Entonces Tartaglia supo lo que le gustaba exactamente. Después de Zhongli experimentó con varios, incluso con más Fatui de los que quisiera admitir, pero no sentía mucho. O, al menos, no se sentía tan bien como cuando estaba con ese arconte a sus expensas en la cama.
Por supuesto, todo cambió cuando lo volvió a ver. Aquel chico que había sido maltratado más allá de lo humano por sus subordinados, que se esforzaba contra dos megafloras y un montón de slimes como si estuviese peleando contra un dragón. A Tartaglia le pareció tan tierno.
Cuando se sentó al filo de su cama para que él le cerrara las heridas, Tartaglia vio que Bennett apenas lograba sobrepasar su altura de esa forma. Pero lo que más lo impactó no fue esto, o la forma tan descuidada en que mostraba piel por aquí y por allá, sino que su olor no parecía ser algo común. Era como oler el viento, como la sensación del aire deslizándose entre los dedos.
Pero, por supuesto, su visión no era anemo. Era pyro, lo que era aun más raro. Bennett debía tener una voluntad férrea y un deseo magnánimo por la aventura, pero no parecía que tuviera ninguna de las dos. Parecía más bien endeble y cobarde, pero cuando habló de su mala suerte y esta se manifestó (como en ese momento, que una roca venida de quién sabe dónde le golpeó la coronilla), Tartaglia comprendió lo que estaba pasando.
Bennett se había convencido de forma irremediable de que la mala suerte lo perseguía. Lo hacía de forma tan fuerte, que estaba siendo víctima de su propia autosugestión. Al menos eso era lo que Tartaglia tenía por hipótesis, dados los eventos.
Después de todo, ¿por qué solo en plena naturaleza era que le ocurrían cosas extrañas, pero dentro de las ciudades o lugares civilizados no? Aquello no tenía sentido, a menos que su “mala suerte” se activara en automático solo en lugares en donde no podía salir afectada mucha gente.
Y lo de las bendiciones de los arcontes no lo creía ni por error. Esa Hu Tao debía haber estado jugando, como siempre, cuando habló acerca del ying y el yang, y acerca de cómo la mala suerte de Bennett se anulaba porque los arcontes andaban cerca.
—¿Qué es lo más peligroso que te ha pasado en tus aventuras por tu mala suerte? —preguntó Tartaglia.
Se arrepintió casi de inmediato, justo en el momento en que vio el engaño contra el pecho del muchacho. Pero este, como si quisiera aligerar el asunto de una vez, se puso a pensar y luego de unos segundos le dijo:
—Tengo dos días: cuando era un recién nacido y cuando recibí mi visión.
—¿Recién nacido?
—Sí. El maestro Cyrus me contó que padre Stanley fue quien me encontró en uno de sus viajes a Mare Jivari. ¿Qué tan desafortunada debe ser una persona para nacer en un mar ardiente sin viento? Y lo peor es que después padre Stanley sufrió muchas secuelas, porque parecía como si el lugar entero se opusiera a que yo saliera de ahí.
—¿Ese hombre todavía vive?
—Él lo hace, pero parece que no recuerda nada. ¿No es triste? Aunque no parece tan herido como mis padres me han contado. Como sea, no me atrevo a contradecirlos. Ellos dicen que padre Stanley me encontró en el Mare Jivari y yo no tengo porqué decirles que aquello no tiene sentido.
—¿Y cuándo recibiste tu visión? ¿Fue tan peligroso?
—Había perdido mucha sangre. ¿Ves estas cicatrices? Estaba en verdadero peligro. Fui un tonto. No sabía qué quería demostrar, pero seguí adelante a pesar de que tenía la ropa empapada de sangre. Pero… cuando llegué al final de mi camino… vi tres cofres… y no había nada adentro. Ni polvo. Al parecer, unos aventureros llegaron antes que yo, exactamente un día antes. Se llevaron todo. Pensé que regresar con las manos vacías era parte de la aventura, pero aun así… la falta de sangre y comida, y que no recibiera ninguna recompensa material por todo ese maldito esfuerzo me hicieron desmayarme. No sabía si estaba furioso, decepcionado o triste. Lo que sea. Cuando desperté todas mis heridas estaban cauterizadas y algo palpitaba cálidamente en mi mano. Era mi visión.
—Una visión pyro.
—¿Es tan raro? Mi hermano mayor también tiene una.
—Es curioso. Él tiene el cabello rojo, una ambición arrolladora y una voluntad intimidante.
—Sé qué vas a decir: yo soy pequeño, albino y para nada parezco usuario pyro. Solo mira a Xinyan, a Xiangling y a aquella señorita rara de Liyue: todo en ellas indica que son usuarias pyro.
—Las mujeres pyro suelen tener ese tipo de personalidad… brillante —Tartaglia recordó a Yoimiya, a quien por fortuna todavía no se había cruzado—. Pero debo disentir en algo, camarada: la verdad es que tú sí eres usuario pyro. No por la apariencia o algo así. Creo que va más allá de la personalidad o el espíritu. Algún día podría definirlo mejor.
—¿Esperas que estemos juntos para que ese día llegue?
—Te prometo que ese día llegará. Y te lo dije: ya nunca te dejaré, aunque tú me dejes a mí.
—¿Eso significa que nosotros…?
—¡Ahí están! —la voz chillona de Paimon hizo saltar a Bennett—. ¿Por qué se alejaron tanto? Empezaba a preocuparme. Aether dice que deberíamos movernos antes de que los hilichurls nos encuentren.
¿Que nosotros… qué?