Capítulo 50
11 horas y 58 minutos hace
En total, la expedición tardó casi veintiséis horas en volverse a encontrar. Las primeras en llegar a la enorme puerta de piedra (que solo era una expresión, pues se trataba más de una especie de rectángulo gigantesco sin relleno) fueron Beidou, Xinyan y Collei.
Después, mientras iban por un pasaje que conectaba con la parte de arriba de la enorme cueva, el grupo de Aether se volvió a dividir. Él, Paimon, Tartaglia y Mona tuvieron que correr por un lado, mientras que Kaveh y Bennett tuvieron que tomar otra ruta. Cuando le contaron la situación a Gorou, este no podía creerlo. El camino desde la entrada hacia la puerta de piedra solía ser uno solo, así que le sorprendía que de pronto se descubrieran caminos inexplorados por generaciones enteras.
Para Bennett y Kaveh las cosas no fueron fáciles. Kaveh cayó por un agujero en el que perdieron tres horas. Después, un montón de cicines persiguieron a Bennett. Luego fue una manada entera de slimes.
Kaveh terminó perdiendo las notas que había logrado transcribir de memoria y, furioso, terminó lanzando su cuaderno de notas a un hilichurl que se cruzó de repente en la trayectoria de una flecha. Kaveh se salvó de que su cuello fuese perforado solo por el increíble acomodo de la situación.
A Bennett se le cerró el planeador en plena huida. Cayó sobre sus piernas y se rompió la izquierda. Un hilichurl estaba a punto de darle alcance, pero Kaveh le lanzó su mandoble como si se tratara de un boomerang y derrapó por el suelo en su intento de llegar a Bennett.
—¡Mehrak! Busca a alguno de nuestros compañeros y regresa por nosotros. No puedo más. Por todos los cielos, ¿por qué no hicimos eso desde el principio?
Bennett se encogió de hombros, acostumbrado. No era como que pudiera pensar en planes correctos cuando hilichurls violentos lo perseguían con los arcos en ristre. Además, tenía la pierna rota, lo que solo contribuía a que se sintiera peor.
Pero su energía elemental se desbordaba, así que al menos podría hacer algo por Kaveh y por él. Contento, golpeó el suelo con su espada para formar el círculo de su habilidad definitiva. Sintió el alivio casi de inmediato, pero también pequeñas descargas eléctricas que le recorrieron el cuerpo y le hicieron cosquillas en los dedos.
—¿Qué le pasó a tu habilidad? —preguntó Kaveh, con más curiosidad que miedo.
Bennett vio las descargas moradas entrando y saliendo de su cuerpo. Eso no era todo: donde debía estar un enorme signo con el pulgar hacia arriba, solo había una flor negra de cuatro pétalos, con bordes de un brillante rojo y cuatro círculos, uno en cada pétalo. La flor estaba dentro de un círculo más amplio, negro como la noche, pero de bordes que parecían flamas.
—¿Ese no es el símbolo de los Fatui?
El engaño vibró en el pecho de Bennett. Esa maldita cosa estaba comenzando a contaminar su propio poder. Lo tomó y estuvo a punto de lanzarlo lejos. Tartaglia le creería si le decía que lo había perdido; o, al menos, Bennett esperaba que fingiera creerle.
Después se lo pensó mejor. Con o sin él, Bennett ya había sido mancillado por los Fatui. Un engaño no haría mucha diferencia. Y, después de todo, el artefacto ni siquiera era suyo.
A él no le gustaría que, por ejemplo, Tartaglia tirara por ahí sus googles o su espada. O, peor aún: su manual de aventurero. Siempre podría conseguir nuevas herramientas o descubrir una nueva super espada antigua, pero nunca podría recuperar los recuerdos valiosos de aquel manual, que le servía como mapa, como guía y como bitácora. Tenía anotado a mano qué lugares había visitado, así como pequeños monigotes de tinta que se suponía que eran los animales, las plantas y los enemigos con los que se solía encontrar. Pero también, como quien no quiere la cosa, procuraba anotar dónde se encontraban los lugares más hermosos: las vistas más impactantes, las alturas más bonitas y los valles más pacíficos.
Y, además, desde hacía un mes, solía dibujar estrellas en las paradas que hacía con Tartaglia. Hasta ese momento eran cinco: el Viñedo del Amanecer, el islote perdido en el Bosque de Piedra, la ciudad de Liyue, el otro islote donde Tartaglia había asaltado a un montón de bandidos y el Santuario Sangonomiya.
Para Bennett parecía como hubiese pasado más que tan solo unas semanas. La vida con Tartaglia era agitada y llena de acción, y al muchacho le fascinaba saber que le quedaban un montón de aventuras por delante.
Cuando por fin estaban más o menos recuperados y más o menos secos, habían pasado más de seis horas. Kaveh había perdido sus notas por segunda ocasión, así que solo decidió dejarlas ir.
—Solo eran un montón de papeles acerca de mis percepciones sobre las construcciones en alturas en las islas de Inazuma. Creo que esa información se vendería bien entre los eruditos, sobre todo entre aquellos que quieren ampliar la ciudad hacia colinas que no han sido muy bien exploradas. Pero qué va, siempre me tienen que pasar estas cosas. Si Alhaitham estuviera aquí seguro se estaría burlando de mí…
—¿Quién es ese Alhaitham? Parece un mal tipo.
—Es el peor hombre en el mundo entero. Estoy seguro de que solo me ayuda por caridad, lo que es gracioso, porque considero que no soy una persona que debería recibir la caridad ni la lástima de nadie. Me sé cuidar perfectamente yo solo. Pero claro, eso no le importa en absoluto. Todos los días va y me compra el más caro de los döner kebabs que venden en el mercado, como si eso compensara el hecho de que siempre olvida devolverme las llaves que se supone que mandó a hacer para mí. Y no importa cuántas veces le pida las dichosas llaves o le advierta que le romperé la ventana del estudio si vuelvo a encontrar la puerta con llave, siempre se olvida de dejar la puerta abierta y tengo que entrar por la ventana de su habitación. ¡Es horrible!
—Eh, yo creo que lo hace a propósito…
—¡Eso es lo que pienso! Y lo sigue haciendo cada noche. Y no puedo solo ir y romperle la ventana del estudio porque ya le debo hasta la vida. Me moriría si le debiera un centavo más a ese papanatas.
—¿Y por qué tienes que entrar por la ventana de su habitación?
—Porque la mía no tiene ventanas, solo un tragaluz pequeñísimo, por supuesto.
—Por supuesto.
—Así que me toca tragarme mi orgullo y entrar como un maldito ladrón a oscuras a su habitación. ¡Ah! Un día de estos le daré lo que se merece, es un idiota. Pero primero debo pagarle lo que le debo. La renta de estos años, la comida, los materiales y los muebles que he comprado con su dinero…
—Y tu vida.
—Y mi vida. Oh, por Kusanali, nunca podré pagarle. ¿Cómo se le paga a uno la vida? Debí echarme a morir por ahí cuando pude.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Bueno, estaba muy borracho, no tenía dinero ni dónde caerme muerto. Cuando desperté, al día siguiente, tenía un pijama nuevo en una habitación sobriamente decorada. Salí de la habitación y ahí estaba él.
—¿Alhaitham?
—El amor de mi vida.
—¡Oh!
—Me vio en mi peor momento y me recogió como si fuese un gato callejero. Hasta hoy sigo pensando en que ese estúpido cree que soy un gato, porque me compra comida sin consultarme y espera que cada noche entre por la ventana de su habitación.
Bennett no pudo evitar reírse por la comparación. Kaveh parecía una persona que hablaba hasta por los codos, pero tenía tanto conocimiento que parecía una biblioteca andante. El muchacho suponía que solo estaba liberando años de estrés y poco contacto humano, porque Kaveh aprovechaba casi cada momento que podía para ponerse a hablar y hablar.
No era como Itto, que solía decir burradas típicas de un tipo tontorrón, ni como Amy, que no podía callarse una vez que le dabas cuerda. Era distinto, en el sentido en que, si sabías guiar la conversación, Kaveh comenzaba a hablar sobre ángulos, colores, formas, antecesores, eruditos, política, cosmología y cualquier otra cosa que influyera en la arquitectura de los lugares. Por el contrario, si la conversación no era guiada, Kaveh solo se dejaba llevar y sus derroteros siempre iban a parar hacia su tema favorito: Alhaitham.
El susodicho era alto, al parecer tan alto como Tartaglia, pero de una contextura más recia. Según las palabras de Kaveh, Alhaitham era musculoso y vestía una camisa casi transparente que mostraba muy bien su torso definido. Combinaba los colores negro y verde azulado con motivos dorados, y calzaba botas dos tallas más grandes que los zapatos de Kaveh. Su cabello era grisáceo, pero se volvía blanco en las puntas. Tenía una mirada afilada, de color verde, y llevaba puestos todo el tiempo unos canceladores de ruido. Kaveh siempre tenía algo qué decir respecto a este aparato.
—O sea, siempre los ha tenido, desde que lo conocí, pero no entiendo porqué. No funcionan. Es decir, se supone que cuando los traes puestos no deberías escuchar nada, pero él sieeempre tiene la última palabra sobre mis ataques de inspiración a las tres de la mañana. Que si grito mucho, que si nunca descanso, que si siempre estoy murmurando algo. ¿Cómo podría saberlo él si se supone que nunca se los quita?
—¿Y qué pasa con el resto de la gente?
—Pues que los ignora. Estoy seguro de que esos canceladores de ruido son solo para que la gente crea que es un maniaco del silencio, porque a mí me habla, me recrimina y me espeta todo el tiempo, pero con los demás es una piedra. Nunca habla a menos que sea estrictamente necesario. Ni siquiera les responde.
—Bueno, comienzo a creer que es un buen tipo.
—¿Qué?
—Sí. En casa tengo un hermano mayor, Diluc, que es tan arisco como un gato, pero si lo tratas por mucho tiempo te das cuenta de que es la persona más dulce del mundo. Mi otro hermano, Kaeya, lo quiere tanto que casi se volvía alcohólico cuando mi hermano Diluc se fue de la casa. Creo que hay algo entre ellos, o sea, no en sentido fraternal.
—Pero son hermanos, ¿no?
—Son hermanastros. En realidad, ninguno de los tres estamos relacionados por sangre —Bennett siguió hablando, pensando en lo fácil que era revelarle su vida entera a Kaveh—. Padre Crepus me adoptó unos días antes de… de morir. Mis hermanos crecieron juntos, pero parece que desarrollaron una relación extraña. Creo que, como se tienen suficiente amor entre ellos, no hubo problemas en que yo entrara al registro familiar. De hecho, aunque Diluc sea el legítimo heredero, Kaeya y yo también recibimos nuestra parte de la herencia. La cantidad que me corresponde es incluso mayor a la de Kaeya porque yo sí llevo el apellido de padre Crepus. Kaeya siempre se ha negado a llevarlo. Diluc me contó que, cuando era más joven, Kaeya decía que quería seguir siendo un Alberich porque de esa manera, cuando volviera su verdadero padre, sabría identificarlo de inmediato.
—Tu historia familiar es más que interesante.
—Ese Alhaitham también parece interesante.
—No quieres conocerlo. Es un completo imbécil. Aunque, si vas a Sumeru, pregunta por su casa. Así podrás encontrarme.
—Va lo mismo para ti, Kaveh. Si algún día vas a Mondstadt, pregunta por el Viñedo del Amanecer para que mis hermanos te reciban. Dentro de la ciudad está la taberna El obsequio del ángel, la administra mi hermano Diluc.
—Uh, creo que llegaré a la taberna primero.
Bennett volvió a reír.
—Oye, ¿Mehrak siempre tarda tanto?
Kaveh volteó a mirar el camino por donde el maletín se había ido flotando. Todo estaba en un quieto y contenido silencio. Además, estaba muy oscuro.
—“Seelie de Beidou” —llamó, intranquilo—. Oiga, capitana, ¿ven cerca a Mehrak? Cambio.
—¿De qué hablas, Kaveh? ¡Chicos! ¿Alguien ve la maleta flotante de Kaveh? ¿No? Kaveh: ¿qué pasa? Cambio.
—Mandé a Mehrak por delante para encontrar un camino hacia ustedes, pero no ha regresado. Cambio.
—Kaveh, solo hay un camino de ida y venida desde la entrada hasta la puerta. ¿Dónde están? Cambio.
—Por Kusanali… No sabemos. Quiero ir tras la ruta que siguió Mehrak pero no quisiera arriesgarnos. Cambio.
—Tartaglia y el viajero volverán por ustedes. No se muevan. Probablemente se encuentren con Mehrak en el camino. Cambio.
—Entendido. Adiós.
Kaveh y Bennett se miraron.
—Mala suerte al cuadrado, ¿supongo? —trató de bromear Kaveh.
¿Cómo se podría alguien perder en un camino sin recovecos ni atajos?