Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Capítulo 51

Ajustes
—Y… ¿Cómo han estado Paimon y tú? Tartaglia intentó hacerle conversación al viajero, pero era un reto difícil. Se había acostumbrado tanto a la voz de Bennett que, ahora que no lo tenía cerca, sentía que faltaba ruido en su entorno. Junto a Bennett no había necesidad de intentar entablar una conversación tensa. Todo fluía con naturalidad. Él hablaba de tal o cual aventura, como si se tratara de grandes experiencias. Casi siempre terminaba encerrado, perdido o herido, pero la expresión de encanto no se le iba de la cara. Los ojos le brillaban, las mejillas se le arrebolaban y la cara le brillaba por la emoción y la añoranza. Pero Aether siempre había sido de pocas palabras. En realidad, Paimon era como su altavoz andante. O, mejor dicho, su altavoz flotante. —Nosotros hemos estado bien. No sabíamos que nos íbamos a embarcar de último minuto en una expedición a Enkanomiya, pero las moras… es decir, la aventura que nos espera es genial. —La aventura, ja, ja, ja… —Tartaglia repitió la palabra, pero no se sentía del mismo modo cuando la pronunciaba Paimon. —Aquí entre nos, ¿qué hay entre tú y Bennett? —preguntó la pequeña. —Creo que ya había respondido esa pregunta. —Sí, pero… ¿por qué siento que nos estás ocultando algo? —En realidad, creo que Aether sabe muy bien lo que pasa. —¿Eh? ¿De verdad? ¿Y por qué no me has dicho nada? —Paimon se dirigió con molestia a su amigo, pero este apenas respondió: —No creo que sea de nuestra incumbencia —antes de seguir caminando. —Después de lo que pasó con Scaramouche en aquella mazmorra, ¿a dónde fueron? Tartaglia tanteó el terreno. Las andanzas de Aether y Paimon eran famosas y las noticias llegaban hasta Snezhnaya, producto del boca a boca que solían practicar los Fatui. —Solo hemos estado yendo de aquí para allá. ¡Oh! Y exploramos la Sima. Es un sitio nada encantador lleno de monstruos y Fatui. Y está oscuro. Y huele a pedo. Aether ya se cargó a un montón de los tuyos, para que lo sepas. Por supuesto, Tartaglia sabía esto. Según los informes, Aether no solo había conseguido llegar hasta la superficie de la Sima, sino que la había limpiado de decenas de campamentos de subordinados y de monstruos en solo una semana. Después entró de lleno a la Sima sin mirar atrás. Una semana más tarde emergió, no volvió por un tiempo y, cuando lo hizo, iba acompañado de Arataki Itto, una chica electro llamada Kuki Shinobu y la abogada Yanfei. Más tarde, Tartaglia recibió el informe de que el grupo se había perdido justo después de encontrarse con esa entrometida de Yelan y el tipejo que siempre hacía cara de asco cuando se lo encontraba por los caminos de Liyue: Xiao. Como Tartaglia sabía de las capacidades de algunos, como Yelan y Xiao, le preocupaba bien poco lo que pasara con ellos. Además, tiempo después, supo que Zhongli anduvo cerca de la entrada a la Sima. Quién sabe qué habría hecho, pero sus subordinados reportaron que el hombre intervino de alguna manera, porque fue hasta ese momento que el viajero y su grupo lograron salir a la superficie. Nunca logró tener los detalles completos de lo que se dijo o lo que pasó, porque por más que lo intentaron, sus subordinados les perdieron el rastro por completo. Podría ser que se hubiesen perdido para siempre como los aventureros y los Fatui que se adentraban hasta el fondo, o podría ser que simplemente sus subordinados ya estaban muy drogados por los gases tóxicos y no supieron informar bien. Fuese como haya sido, aquella pieza de información carecía de valor porque no había nada qué hacer con ella. De una u otra forma, el grupo llevaba dos abogadas con ellos, todos eran fuertes e incluso el mismísimo arconte que había creado ese sitio intercedió ante el destino para salvarles el pellejo. Así que cualquier cosa que dijera Paimon al respecto no era relevante en absoluto. Tartaglia solo dejó que siguiera hablando y hablando sobre las palizas que Aether les había dado a los Fatui y a “unos tipos tan grandotes como los electromartilladores”. Caminaban a través del único camino que habían tomado luego de correr hacia la puerta de piedra. A decir verdad, ni siquiera Tartaglia se creía que Bennett y Kaveh se hubiesen ido por otro sitio. Tal vez solo estaban desorientados, pero se sentiría más tranquilo en cuanto los viese por sí mismo. En realidad, solo se sentiría tranquilo viendo a Bennett, el otro ni le interesaba. —Oigan, hablé con el resto y creo que solo me faltan ustedes y ese sujeto que parece pájaro —Tartaglia cortó la cháchara de Paimon de tajo—. De ser posible, ¿podrían dejar de mencionar a los Fatui o cualquier cosa relacionada a ellos cuando estén frente a Bennett? —De poder, podemos, pero ¿por qué? —Bennett desarrolló cierta aversión. —¿“Cierta aversión” por los tuyos? No me extraña. ¿Y por qué a ti sí te tolera? ¿Es por lo de “no es de nuestra incumbencia”? —Exacto. Bennett me ve como un compañero y no como un Fatui. No me tiene miedo. —¿De verdad? —Aether rompió el silencio por primera vez en minutos—. ¿Estás seguro de que no te tiene miedo? Tartaglia frunció el ceño. Hasta hace un segundo, estaba muy seguro. Pero Aether era como Zhongli, o como Pantalone: le gustaba soltar comentarios y preguntas crípticas cuestionándolo todo. Tartaglia siempre había pensado en este viajero como un viejo sabihondo con cara de niño. —Bueno, hasta ahora no ha mostrado señales de… —recordó a Bennett a cuatro patas en el suelo, vomitando. Su última palabra salió en un hilo de voz—: miedo… —Creo que lo sabes mejor que nosotros, porque por alguna razón has pasado más tiempo con él, pero Bennett suele esconder sus verdaderos sentimientos, sobre todo cuando son sentimientos malos. —Eso es cierto —coincidió Paimon—. Cuando está alegre o emocionado se le nota en la cara, pero cuando está herido o cansado lo esconde tan bien que nos cuesta averiguar qué es lo que pasa. —Y no llora ni grita —dijo Aether—. Es decir, no grita de dolor. Sus gritos son más bien de sorpresa. —Y siempre es retraído, habla un poco más que Razor, pero parece que se acostumbró a ser de pocas palabras, como Diluc o como Kaeya. —¿Qué están diciendo? —Tartaglia, si acaso, estaba más confundido—. Él es la persona más expresiva que conozco. Es un libro abierto. Come la carne con fruición, pero no le gusta el picante, se le nota en la cara. Se preocupa cuando está a punto de abrir un cofre. Llora mucho. Es un llorón total. Y grita cuando… no, eso no debería decirlo. Pero grita mucho. —Estás mintiendo —aseguró Paimon—. Bennett no es para nada como dices. —¿Quieres apostar? —Apuesto la cena de Aether a que todo es mentira. —¡Hey! —Aether protestó. —Y yo apuesto lo que traigo en la bolsa. Unos cientos de miles de moras, creo. —¡Hecho! —Muy bien, establezcamos las pautas. —Pongamos a Bennett en tres situaciones distintas. Como… ¡un concierto con Xinyan! Je, je, je —Paimon parecía divertida, imaginándose la situación de antemano—. ¡Y una sesión de adivinación con Mona! —Y lo último puede ser un poco de entrenamiento conmigo. Así vas a ver de primera mano cómo se comporta en realidad. —Agh, ¡muy bien! ¡Ve preparando esos moras para mí! Tartaglia y Paimon siguieron discutiendo los pormenores de la apuesta durante un buen rato. Sin embargo, los tres se miraron entre ellos en silencio unos minutos después. Frente a ellos tenían el lago de la entrada a Enkanomiya. No habían visto a Bennett, a Kaveh ni a Mehrak por ninguna parte. Ni siquiera un rastro. Un sonido, tierra removida, montones de ceniza de hilichurls o cuerpos de dragartos. Nada. —“Seelie de Bennett” —pronunció Tartaglia de inmediato—. ¡Bennett! ¿Estás ahí? Cambio. —¡Tartaglia! ¡Tartaglia, hay un tipo! ¡Se hace llamar Emisario del Abismo! ¡Es electro! ¡Cambio! —¿Dónde estás? Cambio. —¡No lo sé! ¡Tartaglia, tu engaño hizo que mi energía se volviera electro! ¡No puedo derrotarlo! ¡Kaveh está a punto de morir! —“Seelie de Mona” —Aether llamó a su vez—. ¿Estás ahí, Mona? ¿Tienes forma de ubicar a Bennett y a Kaveh en este momento? Cambio. —¿Qué sucede? Cambio. —¿Puedes hacerlo? ¿Ya? Cambio. —A ver, no puedo ubicarlos tal cual… No, espera, los seelies son como chinchetas en mi mapa astral. Mmm… ¿Por qué los están buscando? Si los tienen junto a ustedes. Cambio. —¡Tartaglia! ¿Dónde estás? Escuché lo que dijo Mona. Dime que puedo quitarme el engaño o esto será un desastre. Cambio. Tartaglia miró hacia arriba, pero sabía que solo había piedra pura y dura. Así que solo había un camino: hacia abajo. —Pase lo que pase no te quites ese engaño, Bennett. Tú y el chico lechuga van a vivir. De eso me encargo yo. No cortes la comunicación. Cambio… Aether, tu espada. Aether dudó por un segundo, pero invocó su espada y se la cedió a Tartaglia. Este, sin detenerse por nimiedades, sacó un engaño geo de su bolsillo y se lo colgó al pecho. Luego infundió la espada en poder geo y comenzó a sobrecargarla de energía elemental. —Agárrense fuerte. Tal vez el agujero que haga sea de centímetros, pero si el lugar es lo suficientemente frágil, podría derrumbar el lugar entero. Paimon se sujetó del brazo de Aether de inmediato. Este se preparó con el planeador a la mano. Entonces Tartaglia saltó, se apoyó en la pared de piedra para impulsarse más arriba, descendió en picada y encajó la espada en el suelo. Un fuerte chasquido hizo retumbar el lugar entero. Parecía haberse escuchado en todo Enkanomiya. Un momento después, Tartaglia, Aether y Paimon comenzaron a caer junto a un montón de piedras enormes y una cascada de agua que comenzó a vaciar el lago, desde un hueco de treinta metros de diámetro.
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección