Capítulo 53
11 horas y 52 minutos hace
Cuando Bennett recobró la conciencia sabía que estaba siendo cargado como una princesa. Dos brazos fuertes lo sostenían de la espalda y del interior de las rodillas y su cabeza estaba apoyada contra el pecho de su protector. Decidió mantener los ojos cerrados, adormecido en la sensación cómoda.
—¿Qué tal está el chico pájaro? —preguntó la voz de Tartaglia. Sus palabras suaves reverberaron en el costado de Bennett.
—Respira bien —contestó Aether.
—¿Pero estás seguro de llevar a Bennett? Creo que Mehrak podría llevarlos a ambos —la vocecilla de Paimon se escuchó más cerca que la de Aether.
—Es mi deber —contestó Tartaglia con firmeza. Apretó por un momento sus dedos alrededor de la piel de Bennett; por primera vez llevaba puestos los guantes. Tal vez era por el terrible episodio de Bennett vomitando. O tal vez porque había ojos mirándolos—. El maletín flotante puede hacer su trabajo por su dueño. Yo no tengo ningún problema.
—Pero tienes costillas rotas y tu cara parece puré —protestó Paimon—. Bennett es el que debería estar cargándote.
Bennett abrió los ojos justo en el momento en que Tartaglia rio con suavidad y dijo—: No me lo imagino… ¡Camarada! ¿Cómo te sientes?
Bennett lo miró. Tenía un ojo morado, la nariz reventada y el labio partido. Toda su ropa estaba manchada de lodo, icor y sangre. Respiraba con dificultad.
—¡Bájame! —le pidió, contrariado.
Tartaglia exhaló, casi con alivio, cuando Bennett se paró sobre sus dos pies. Aunque estaba sucio y exhausto, sus golpes y heridas no eran nada comparados con los de Tartaglia.
—¡Bennett! ¿Cómo te sientes? El tipo ese nos dio una paliza porque Tartaglia se olvidó de devolverle la espada a Aether. Casi morimos.
En efecto, Aether no estaba mejor. Parecía que tenía un brazo roto, múltiples moretones y la cara magullada. El Emisario había sido cruel. Pero, si todos estaban vivos y caminaban por un sendero más iluminado, significaba que al final lo habían vencido.
—Lo siento mucho —Bennett se sintió angustiado—. Por mi culpa un Emisario los atacó.
—No es tu culpa —aseguró Aether—. No es culpa de nadie.
—No sabíamos que se podía acceder a lo más profundo de Enkanomiya mediante túneles secretos —esta vez fue Paimon quien habló—. Todo está bien, Bennett. Además, obtuvimos información sobre la hermana de Aether.
—Sobre… ¿tu hermana? ¿De parte de un Emisario del Abismo? —Bennett se sintió desconcertado.
Él no sabía quién era la hermana de Aether. Los pósters donde detallaban sus características estaban repartidos por toda la ciudad, incluyendo el tablero de ofertas de El Obsequio del Ángel. Respondía al nombre de “Lumine”, era idéntica a su hermano y cualquier información debía ser dada al Caballero Honorario de Mondstadt.
Supuestamente, solo los arcontes y gente muy conocedora eran quienes podían darle respuestas a Aether. Él y Paimon ya habían recorrido todo Mondstadt, todo Liyue y todo Inazuma en busca de respuestas, pero parecía que les rehuían. Y resultaba que nada menos que un Emisario del Abismo era quien les había dado una pista nueva.
Bennett iba a comentar acerca de Lumine cuando escuchó un pequeño resuello por parte de Tartaglia. Volteó a mirarlo, pero este ya estaba disimulando el dolor con una cara de tranquilidad.
Bennett se revisó a sí mismo y se dio cuenta de que él estaba lleno de moretones y golpes, pero nada grave. El Emisario había sido muchísimo más suave con él de lo que había sido con Aether y Tartaglia.
Invocó su espada, decidido.
—¿Pueden acerca a Kaveh? Voy a lanzar mi habilidad definitiva —anunció—. Aunque no sé si vaya a funcionar.
Desde que tenía su visión pyro consigo, Bennett siempre había coloreado su habilidad definitiva de un bonito y fulgurante color rojo. Ahora que su espada lanzaba chispas rosadas no estaba muy seguro de que su efecto de curación fuese a funcionar. Pero bueno, al menos podía intentarlo.
Mehrak se acercó junto a su dueño desmayado. Aether, Paimon y Tartaglia hicieron lo propio. Apenas había espacio suficiente para que Bennett se moviera. Este se estiró, hizo una mueca de dolor y a continuación golpeó el suelo con su puño y su espada.
Un enorme círculo morado se manifestó en el suelo. Tenía el símbolo de los Fatui y los imbuyó a todos en energía electro, pero la habilidad funcionó a la perfección. Bennett se recuperó casi por completo, Kaveh abrió los ojos, la cara de Tartaglia se restauró y dejó de respirar con superficialidad y Aether sonrió. Todos habían sido curados.
Sin embargo, Paimon todavía lanzó un gritito de susto y se escondió cerca del cuello de Aether.
—¿Por qué tu curación ahora tiene ese símbolo? —preguntó, sorprendida.
—¿Qué tiene? Lo que acaba bien, bien está —Tartaglia se encogió de hombros y se acercó a Bennett para cargarlo en volandas y devolverlo a sus brazos, como si fuera una princesa.
—¡¿Qué haces?! —la cara de Bennett brilló de rojez.
—¿Qué tiene? —repitió Tartaglia, sonriente—. Es mi agradecimiento por darme una de mis mejores batallas en lo que va del año. Y, si te llevo cargado, no habrá posibilidad de que te pierdas, ¿no?
Aether volvió a sonreír, esta vez con complicidad.
—Te, je, je —Paimon se tapó la boca para que su risa burlona no escapara—. Es como si fueran novios… —susurró, pero todos la escucharon.
Kaveh, contento de poder vivir un día más, procuró adelantarse en silencio junto a Aether y Paimon. Mehrak revisaba el camino, liderando, con la esperanza de que no se volvieran a perder.
—¿Bennett?
—¿Me vas a bajar? —preguntó. No sabía si estaba más molesto que nervioso.
—Descansa un poco más. Si el grupo se vuelve a dividir, no me importa quién se ponga en peligro, tú vas conmigo.
—¿Aunque alguien me necesite?
—¿No quieres que yo sea el único que te necesite?
Bennett no dijo nada. A veces Tartaglia tomaba esa actitud posesiva. Sus ojos brillaban con astucia y todo en él gritaba ¡PELIGRO!, pero Bennett decidía ignorarlo, como si no estuviera ahí. No sabía si estaba haciendo mal, pero lo cierto era que, hasta ese momento, Tartaglia no había hecho daño ni a Bennett ni a sus acompañantes.
—Sé que no puedo ser el único que te necesite —dijo luego de un rato—. Pero al menos puedo ser el único al que necesites.
—Creo que eso es peor.
Tartaglia se rio como si fuera un chiste.
—Ni siquiera mis hermanos me llevaban la contraria como lo haces tú siempre, camarada. Nadie se atreve a provocar mi furia.
—¿Eres capaz de enojarte conmigo? —tentó Bennett, mirándolo a la cara.
Tartaglia se detuvo, porque sabía que era una cuestión importante. Lo miró a los ojos, apretó su agarre y le dijo, con una cara que juraba:
—Nunca me enfadaría contigo, aunque me traicionaras. Moriría con una sonrisa si me atravesaras el corazón con tu espada.
—Tu forma de ser romántico es extraña.
Tartaglia volvió a reír, reanudando la marcha.
—Estoy tan feliz de tenerte de nuevo conmigo, camarada.
Bennett lo estudió durante unos segundos. Después decidió que aprovecharía la amabilidad de Tartaglia un poco más y volvió a recargarse en su pecho.
—¿Crees que haya una situación en la que yo te atravesaría el corazón? —preguntó, intranquilo.
—La habrá. Estoy preparado.
Bennett apretó la mandíbula. Odiaba que Tartaglia tomara esa actitud críptica, más que la actitud posesiva. Sabía que le ocultaba cosas. Solo esperaba que todo aquello que le ocultaba no fuese el motivo por el que Bennett estaría dispuesto a perforarle el corazón en el futuro.