Capítulo 54
11 horas y 53 minutos hace
Con la comitiva vuelta a formar, todos decidieron que Bennett y Kaveh debían irse a grupos separados, en caso de que volviera a ocurrir algo similar. A esas alturas casi todos sabían de las cosas extrañas que solían suceder alrededor de Bennett, pero les era extraño tener también a alguien como Kaveh.
El hombre era risueño y sabía muchas cosas, pero también era huraño y desconocía muchas más. Cada que podía sacaba a flote a un tal Alhaitham y Xinyan le tenía una envidia insana porque se había mantenido esbelto gracias a la ayuda de Mehrak. Después de todo, era gracias a su extraño maletín que Kaveh podía caminar por ahí con el mandoble dando vueltas a su alrededor.
A eso de las ocho de la noche, Bennett despertó sintiéndose cada vez más familiarizado con las circunstancias. Estaba recostado en las sábanas que olían como a Tartaglia dentro de una tienda. Se desperezó, estirando el cuerpo.
Cuando se calzó las botas y salió de la tienda, tuvo un dejavú. Todos se emocionaron, como si no lo hubieran visto en años. Le pedían detalles acerca del extraño Emisario, ya que había sido el primero en verlo de verdad, le decían que se sentara y le prometían una cena deliciosa.
Entre Aether, Tartaglia y Collei se dedicaron a preparar un festín con los ingredientes que tenían a la mano. Mona e Itto birlaban cucharadas cuando creían que nadie los estaba mirando. Mientras tanto, Beidou, Xinyan, Kaveh y Gorou preparaban los acompañamientos del guiso que se cocinaba en la enorme olla que dominaba el campamento.
Además de la tienda de Tartaglia, había tres más levantadas. La más grande, ubicada frente a la de Tartaglia, pertenecía a Beidou y Xinyan; Collei y Mona se les unieron a partir de esa noche. La tienda de la derecha, que era mediana, sería compartida por Gorou, Itto y Kaveh. La última, que era de hecho la más pequeña de las cuatro, bastaba para que Aether y Paimon echasen el sueño. La distribución parecía correcta, así que nadie la cuestionó.
Todos improvisaron asientos alrededor de la fogata y la olla. Se sirvieron a gusto, sentados unos junto a otros.
—Me hubiese gustado traerme algunos escaradiablos —comentó Itto—. Así podríamos entrenar cada noche. Pero Shinobu es muy estricta. No me dejó llevármelos ni siquiera a la preselección.
Gorou resopló. Xinyan, en cambio, se estremeció.
El ambiente era relajado.
—¡Ah! Esos duelos de escaradiablos son divertidos —Paimon flotaba alrededor de Aether mientras comía—. Pero no creo que sea lo más práctico, Toreritto. No sabemos si podríamos mantenerlos vivos mientras corremos por ahí.
—Eres una calavanda flotante, tú no corres.
—¡Sabes a lo que me refiero!
—Paimon tiene razón —intervino Beidou—. Lo mejor que podemos hacer es cuidar de nuestros propios traseros sin cargar con otros seres vivos. Somos once y espero que sigamos siendo once cuando salgamos de aquí.
—He leído las estrellas, por las dudas —Mona tenía la boca llena de comida, pero se veía tan tierna que nadie le reclamaba por hablar. Tragó antes de seguir—. Lo único relevante que vi fue una rosa amarilla, pero las once estrellas que nos representan seguirán juntas incluso después.
—¿Cómo que una rosa amarilla? ¿Estás hablando de una profecía? —Paimon se asustó.
—Mi maestro me ha hablado del lenguaje de las flores —esta vez fue Collei. Su cara se puso roja cuando todos voltearon a mirarla—. Las ro-rosas ama-marillas representan… una tra… traición. Se dan a modo de disculpa… cuando una persona le ha sido infiel a otra…
Todos se quedaron callados por un momento.
—¡Pero bueno! —Paimon interrumpió el silencio, intentando distender la repentina intensidad—. ¡No es como que haya parejas aquí!
Gorou frunció el ceño, pero no dijo nada.
—¡Ya dejemos eso de lado! Seguro que la interpretación es un poco rebuscada, Collei —Itto habló con aspavientos, sin preocupación alguna—. Cambiemos de tema. Amigo snezhnayano, Yoimiya te manda saludos. Se sintió triste porque viniste a Inazuma, pero no fuiste a visitarla.
Bennett, que estaba más al pendiente de las reacciones de todos, se dio cuenta de que Tartaglia apretó la mandíbula antes de mostrar una sonrisa despreocupada.
—Todos sabemos que no había tiempo —se justificó—. Si regresamos con suficiente margen, me haré un espacio para ir a verla.
—¡Bah! No es que me importe. ¿Pero de verdad irás? Últimamente le estuve dando una tunda a tus amiguitos porque rondaban cerca del campamento de la abuela oni.
—¿Cuáles amiguitos? —preguntó Gorou, confundido.
—¡Ya sabes! ¡Los Fatui!
Bennett hizo una mueca. Aether, Collei y Beidou se llevaron las manos a la cara. Se hizo un silencio sepulcral en el campamento. Para que las cosas no siguieran por ese derrotero, Tartaglia aclaró:
—No son… mis “amiguitos” —pero su voz era tensa, como si en cualquier momento fuera a saltar sobre Itto con una flecha en la mano.
El ambiente decayó más.
—¿Quiénes harán guardia hoy? —interrumpió Bennett.
—Puedes irte a dormir, camarada —la voz de Tartaglia se suavizó un poco.
Bennett se despidió a las prisas y volvió a su cama en la tienda. Cuando se tapó por completo, compungido, escuchó la ola de suspiros y susurros furiosos de diez voces.
—Les pedí que no los mencionaran —reclamó Tartaglia.
—¡Lo siento! —Itto susurraba a las prisas, recibiendo coscorrones de todo mundo—. ¡Lo siento! ¡Se me olvidó!
—Bueno, Toreritto no se distingue precisamente por su inteligencia.
—¡Cállate, calavanda flotante! Antes ya te equivocaste con eso de que no hay parejas.
—¡Jum!
—¡Ah! ¡No me recuerden lo que pasó hace dos días! —gritó Mona de modo más audible—. Me voy a dormir. Despiértenme cuando sea mi turno de vigilar.
Bennett sintió que alguien entró a la tienda y se acomodó a su lado. Era Tartaglia. Se quitó las botas, el cinturón, la camisa y los accesorios, como su máscara y sus guantes. Bennett lo observó por un resquicio de la sábana.
—Estoy aquí, camarada —Tartaglia se anunció en voz baja, acomodándose de lado para tener a Bennett frente a él. Este se descubrió un poco. Tartaglia le acarició la mejilla y Bennett cerró los ojos, dejando que las lágrimas contenidas fluyeran—. Perdón, Bennett.
—No es tu culpa.
—Pero la simple mención te hace llorar. Perdóname.
—Eso tampoco es tu culpa, Ajax.
Tartaglia rio con tristeza. Ni siquiera puede llamarme por mi título Fatui, pensó.