Capítulo 55
11 horas y 52 minutos hace
Era la quinta noche funcionando como campamento cuando pasó. Muy en el fondo, Bennett pensó que lo veía venir.
Nadie volvió a mencionar a los Fatui frente a él, pero sabía que se aseguraban a sus espaldas de que ni siquiera uno de sus cabellos fuese visto. Los había por montones en Enkanomiya; en su primera expedición Bennett se había topado con muchos de ellos de frente. Pero en esta ocasión ni siquiera había podido verlos, a pesar de que ya estaban recorriendo las ruinas de la isla principal.
Para que todo fuese más rápido, acordaron dividirse en los grupos que componían cada una de las tiendas, uno por cada punto cardinal, de forma que cubriesen en menos de una semana un cuarto de isla cada uno. Entonces Aether y Paimon se fueron hacia el este, las chicas hacia el oeste e Itto, Gorou y Kaveh hacia el sur.
Así que a Bennett y a Tartaglia les tocaba ir hacia el norte. Sus esfuerzos se concentraban en las ruinas y en los caminos que parecían artificiales. Después de todo, no parecía factible que fuesen a encontrar los planos de un arma antigua tirados entre un montón de matorrales apartados de la mano de los dioses.
Por alguna razón, parecía que habían elegido la zona con menos Fatui. Lo único que podía encontrar por montones eran hilichurls, molestos por la intromisión humana. Fuera de ellos no había más señales de vida.
—Qué sitio tan deprimente —se lamentó Tartaglia.
Bennett sabía que Tartaglia era un luchador hecho y derecho. Languidecía y suspiraba con pesadez cuando parecía que no había nada qué hacer. Así que, en cuanto Bennett se tropezaba o le llovían flechas, la cara de Tartaglia se iluminaba y corría contento, como un perro detrás de una mariposa mientras ladra y agita la cola. Acababa con los campamentos de hilichurls y mitachurls muchísimo antes de que Bennett le diera alcance, así que cuando él llegaba, Tartaglia se iba apagando poco a poco hasta que volvía a decaer por la falta de ejercicio.
—Nuestra ropa es un desastre —comentó Bennett cuando parecía que solo eran ellos dos en todo el mundo. Hasta el zumbido de una mosca podría haberse escuchado perfectamente en ese momento—. ¿Por qué no levantamos el campamento y lavamos todo?
—Bien por mí —Tartaglia se encogió de hombros y se quitó la camisa antes de lanzarla a los brazos de Bennett.
Se giró, modelando sus hoyuelos de Venus y sus músculos tonificados por encima del cinturón. Bennett lo miró con tanta intensidad por unos segundos que, cuando Tartaglia se giró al sentirle la mirada, este se puso rojo, apartó la mirada y se apuró a sacar todo para ponerse a lavar.
Mientras tanto, Tartaglia se dedicó a saquear un campamento hilichurl para robar madera y una buena olla. Cuando improvisó una fogata y puso a cocer un montón de verduras y carne en conserva, el hombre se dedicó a montar la tienda de Aether.
La suya tenía el símbolo Fatui por todas partes, así que una hora antes de separarse las intercambiaron “por accidente” y eso fue todo. Cuando la montó, él y Bennett se dieron cuenta de que no podrían tender sábanas para dos plazas, como siempre, sino una sola. Después de todo, Paimon no dejaba de flotar ni siquiera cuando dormía.
—Dame tu pantalón y tus calcetines —pidió Bennett. Luego de unos segundos, le dijo—: Dame también tu ropa interior.
—¿Mi…? ¿Estás seguro?
—No nos hemos bañado. Al menos deberíamos llevar ropa limpia.
—¡Oh! De hecho, el mapa indica un pequeño lago a trescientos metros. ¿Quieres que lo busquemos mañana?
Tartaglia le dio el resto de su ropa sobre su hombro, así que Bennett no lo estaba viendo. Y aunque no lo veía, sabía que estaba completamente desnudo. Intentó no darle mucha importancia, pero su compañero de viaje se paseaba por el pequeño campamento con las pelotas al aire.
—Toma —Tartaglia le ofreció una toalla.
Serviría para cubrir lo fundamental. Él mismo parecía a punto de entrar a unas aguas termales, con una toalla fungiendo como una especie de falda, amarrada alrededor de su cintura.
Pero Bennett todavía podía ver sus pantorrillas torneadas, su abdomen esbelto y sus pectorales. Sus pezones estaban duros, tal vez por la brisa o porque eran observados.
Bennett tragó saliva, apartó la mirada y se desnudó él mismo antes de cubrirse con la toalla y seguir lavando. Cuando terminó, Tartaglia le ayudó a improvisar un tendedero cerca de la fogata, pero del lado contrario al humo. Si las ropas se ahumaban terminarían con dolor de cabeza por el olor.
Entonces comieron con un silencio cómodo, con los únicos sonidos de la cuchara golpeando el plato y el crepitar de la fogata. A veces la brisa se unía a la mezcla, y otras veces el frufrú de las toallas.
Cuando Bennett terminó agradeció por la comida deliciosa y se levantó. La toalla se le deslizó hasta los pies. Tartaglia dejó caer su boca y su plato al mismo tiempo, sorprendido.
—¡Ahhh!
Bennett se cubrió como pudo, pero ni siquiera sabía porqué la toalla de Tartaglia se estaba levantando a una velocidad alarmante. Este mismo cubrió su entrepierna casi por inercia, pero Bennett ya había visto que estaba duro.
Se volvió a poner la toalla como pudo y corrió a esconderse a la tienda.
Tartaglia no fue inmediatamente. Trasteó por un rato, porque los platos no debían quedarse sucios y la ropa no debía quedarse sin supervisión cerca de la fogata.
Después de unos minutos, Tartaglia entró en la pequeña tienda, encorvado, y vio que Bennett tenía los ojos cerrados. Suspiró.
Bennett se hacía el dormido. No tenía el valor para ver a Tartaglia a los ojos. Mientras estaba de espaldas a él, intentando respirar acompasadamente para que no se le notara que seguía despierto, escuchó el movimiento de ropa y luego el hundimiento que caracterizaba la llegada de Tartaglia a la cama.
—Buenas noches, camarada.
Bennett no le contestó, porque se suponía que dormía.
Tartaglia no lo presionaba en ningún momento. A pesar de la cercanía, y de los pocos centímetros entre espalda y pecho desnudos, Tartaglia no se le echaba encima. Dejaba todo el espacio que podía y cada noche tranquilizaba a Bennett antes de que se quedara dormido. No lo abrazaba ni le rozaba ni siquiera por accidente.
Era Bennett.
Siempre era Bennett.
Como aquella noche, por ejemplo. Cuando Bennett despertó porque sentía frío en las nalgas, se dio cuenta de que estaba acostado encima de Tartaglia, respirándole en el cuello.
El pene de Tartaglia estaba duro como piedra dentro del bóxer, y esta era la razón por la que este fruncía el ceño incluso en sueños.
Bennett intentó quitarse con todo el cuidado del que fue capaz, pero Tartaglia tiritó en cuanto sintió que el peso encima de sí mismo disminuía. Era como si se hubiera acostumbrado a dormir con Bennett encima.
Este, sin embargo, hizo lo que cada noche hacía: se volvió a acomodar a su lado e intentó conciliar el sueño una vez más. Ya no pudo hacerlo.
Tartaglia pronunció su entrecejo, sintiendo entre sueños que algo le faltaba. Se removió, se recostó sobre su lado y buscó a Bennett, tentando con la mano. Cuando lo encontró, lo atrajo hacia sí mismo, envolviendo con el frente de su cuerpo la espalda de Bennett y volvió a respirar acompasadamente.
Bennett siempre quería liberarse, pero, luego de un rato, desistía. Parecía que las únicas ocasiones en que Tartaglia dormía de verdad eran cuando tenía encima al aventurero o cuando lo tenía abrazado como un peluche de cama. Así que Bennett lo dejaba pasar, solo porque sabía que podía confiar en él.
Al día siguiente acudieron al lago, se bañaron y la lenta procesión hacia la cama volvió a realizarse.
Bennett entró primero y luego de un rato lo hizo Tartaglia. Bennett fingió que dormía, se durmió de verdad y despertó, luego de unas dos horas, de nuevo encima de él.
Esta vez ambos llevaban bóxer, pero nada más. La ropa se había vuelto a mojar porque Bennett tropezó con el lago nada más verlo y Tartaglia saltó para salvarlo. Hasta las botas crujían por el agua.
—Oye, Benny, apártate un poco —suplicó Tartaglia, medio dormido.
Bennett se removió, nervioso, pero en lugar de moverse hacia un lado, se deslizó un poco hacia abajo. Entonces su vértice topó justo con la entrepierna dura de Tartaglia. Bennett gimió, apretando los dientes.
Tartaglia abrió los ojos de golpe. Su respiración cobró energía y su corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Bennett?
Bennett crispó las manos e intentó hacerse el dormido, pero ya era una misión imposible. Tartaglia podía sentir perfectamente su respiración irregular y su corazón desbocado.
—Intenté quitarme —susurró, asustado. La entrepierna de Tartaglia palpitó. El aventurero abrió más los ojos, pero siguió sin apartarse—. Lo siento, de seguro tienes sueño.
—No tengo —dijo con voz ronca. Carraspeó—. Hazme lo que quieras.
Bennett intentó contener la risa, pero no pudo. Una carcajada ruidosa y nerviosa se le escapó de la boca. Tartaglia le dedicó una sonrisa ladeada. No le importaba ser objeto de las burlas de Bennett.
Se miraron a los ojos por unos instantes.
Después Bennett se deslizó sobre él y enfrentó sus labios a los de Tartaglia. él no se hizo esperar. Lo estrechó contra sí mismo mientras su lengua invadía la boca de Bennett.
Se besaron con sed, como si no hubiesen bebido agua en semanas. Las lenguas se enredaron en una lucha por el poder. Bennett le mordió el labio inferior y Tartaglia le succionó la lengua. Bennett le exploró el pecho con las manos y Tartaglia le masajeó las nalgas por debajo del bóxer. Bennett se lo permitió, soltando un largo suspiro mientras Tartaglia le exploraba el cuello con la lengua.
Con un movimiento fluido, Tartaglia se recostó sobre Bennett y le abrió las piernas. Iba a besarlo de nuevo, pero Bennett le puso ambas manos en el pecho y lo miró con miedo.
Bennett retrajo las piernas para escapar de Tartaglia y comenzó a temblar.
—No lo hagas —suplicó—. No quiero estar debajo. Me hace recordar…
Tartaglia se contuvo con todo lo que pudo, pero su bóxer estaba a punto de explotar con el arma que llevaba cargada. Cerró los ojos y cuando los abrió, parecía tener más determinación. No, más bien, parecía como si hubiese tomado una decisión.
—Entonces sé el que esté arriba.
Bennett escuchó cada palabra como si fuera un idioma nuevo y difícil de comprender. Tartaglia se había dado a entender a la perfección. Cada letra, cada palabra, pronunciadas con osadía.