Capítulo 56
11 horas y 53 minutos hace
Bennett lo miró de hito en hito. Pensó que en cualquier momento se echaría a reír, pero Tartaglia estaba mortalmente serio. No había estado tan serio desde sus primeros días en Liyue.
—Yo… no sé… nunca lo he hecho.
Nunca me dieron la oportunidad. Quería decirlo, pero no se atrevía.
Nunca había pensado siquiera en hacerlo de verdad. Sus experiencias con Razor habían sido torpes e ingenuas. Ninguno de los dos sabía qué hacer exactamente. Sabían que se sentía bien tocarse, escondidos de la vista en un rincón apartado del bosque. Se exploraban el cuerpo con ímpetu, febriles y conteniendo la respiración, pero sin saber qué hacer a continuación.
Sus penes se rozaban uno con el otro mientras se devoraban las bocas, desahogando la calentura adolescente que los aquejaba de vez en cuando. Pero ninguno de los dos iba más allá. Se habían tocado por debajo de la ropa, se habían mordido y chupado, pero nunca sabían qué más se podía hacer.
—Yo tampoco. Pero sé lo que hay que hacer.
Tartaglia siempre había sido el de arriba, Bennett lo sabía por su actitud dominante. Él llevaba la batuta y Bennett se dejaba hacer y deshacer en sus manos. Y ahora Bennett podía tener la batuta.
Así que hizo lo que su mente turbada le indicó.
Lo empujó suavemente contra la cama, se quitó el bóxer y volvió a montarse encima de él.
Lo besó con parsimonia, tomándose su tiempo para saborearle la boca húmeda. Amaba la sensación.
Cuando tuvo suficiente de su boca, se deslizó por su cuello, su pecho y su estómago.
Luego le retiró el bóxer y vio su pene en todo su esplendor. Estaba hinchado y ya le salía líquido preseminal.
Bennett tuvo el ligero impulso de besarlo, así que lo hizo. Un ligero roce, apenas nada, justo en el glande. Estaba caliente y tenía un olor almizclado. Tartaglia suspiró.
Después, Bennett se quedó congelado.
Tartaglia deslizó la mano por debajo de su pierna izquierda y se abrió para Bennett.
—Todo lo que tienes que hacer es aflojarlo, si no será doloroso —le instruyó. Se humedeció los dedos de la mano derecha y se acarició el ano con el dedo medio—. Esta parte de aquí, tienes que aflojarla.
—Pero es… muy pequeño —Bennett comenzó a asustarse de nuevo—. Si yo… si meto mi dedo… te va a doler.
—Si llorara por un dedo en mi trasero sería el hazmerreír —lo tranquilizó.
Así que Bennett se humedeció el dedo medio y dirigió su mano a donde Tartaglia estaba tocando. Todo era increíblemente suave. Tenía una consistencia muy distinta a la piel de su pecho, o a la humedad insistente de su boca.
Humedeció sus dedos una y otra vez hasta que se atrevió a deslizar su dedo medio con toda la lentitud de la que fue capaz. Tartaglia dejó escapar un sonoro gemido, agarrando con fuerza la sábana.
Seguro que dolía. Bennett lo sabía. Dolía como el infierno. ¿Y si sangraba? ¿Y si se rompía? Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
—No quiero hacerte daño —le dijo, acongojado.
—No lo haces —Tartaglia habló entre dientes—. No es que me duela… Es que… Nunca había sentido… Es mi primera vez —repitió—. Se siente extraño.
—¿Extraño mal? —Bennett recordó la pregunta de Tartaglia.
Este le dedicó una sonrisa lobuna.
—Extraño bien.
No obstante, aunque no quisiera dañarlo, Bennett ni siquiera sabía qué se hacía con exactitud para “aflojar” a alguien.
—Tienes que ser capaz de meter tres dedos, Bennett —Tartaglia volvió a instruirlo—. No es que tengas precisamente un pene pequeño. Si no me aflojas bien vas a dañarme.
—¿Cómo lo hago? —Bennett comenzó a entrar en pánico. Ni siquiera había sacado su dedo del culo de Tartaglia.
Este quería reírse, pero el movimiento apretaría su esfínter alrededor del dedo de Bennett y este podría asustarse. Así que lo ayudó sosteniéndose ambas piernas y le dijo:
—Todo lo que tienes que hacer es meter y sacar tu dedo hasta que sientas que puedes meter otro, luego el otro. Humedece todo para que sea más fácil. Solo chupa tus dedos. No te necesito con tu cabeza enterrada en mi trasero. Tómate tu tiempo.
Bennett sacó su dedo lentamente, intentando observar cada espasmo, cada movimiento de Tartaglia. Se humedeció los dedos una y otra vez, probando el sabor amargo, pero la maniobra era difícil y tardada. De no ser porque Tartaglia suspiraba y se contraía, expectante, Bennett pensaría que iba mal encaminado.
Sin embargo, luego de unos minutos se dio cuenta de lo ineficiente que era mojarse los dedos a cada rato. Se recostó justo frente a la entrada de Tartaglia y la miró con atención. Luego deslizó su lengua.
—¡BENNETT!
Tartaglia lo tomó por el cabello, pero no lo movió ni lo jaló, porque en ese momento Bennett metió dos dedos de golpe. El hombre volvió a soltar un gemido fuerte.
—¡Por todos los dioses, Bennett Ragnvindr! ¡Deja de…!
Bennett volvió a saborear su entrada. Tartaglia apretó su agarre, su recto se contrajo y otro gemido salió de su garganta.
—¿Qué demonios…? —se preguntó, respirando con dificultad.
Bennett comenzó su carrera, ayudado de su propia lengua. Comprendió el truco en ese momento. Todo dependía del nivel de excitación de Tartaglia. Si no estaba excitado, sería como un desierto seco, una tortura total.
Pero todo lo que había hecho falta era que Bennett le pasara la lengua para que Tartaglia echara la cabeza hacia atrás y se rindiera a su situación.
Cuando Bennett sintió que sus dos dedos entraban y salían con facilidad, respiró, se preparó mentalmente y agregó un tercer dedo.
Tartaglia gritó, apretó su agarre y le arrancó algunos cabellos al muchacho.
Este ni se enteró. Siguió con su tarea hasta que el pequeño orificio aceptaba con facilidad los tres dedos de Bennett. Entonces le anunció:
—Estás listo.
Tartaglia levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Asintió. Luego se preparó.
Pero Bennett, que se arrodilló con el pene derramando líquido preseminal, lo miró con indecisión.
—¿Estás seguro? —le preguntó.
—Solo porque eres tú —Tartaglia sonrió.
Bennett tragó saliva.
Tomó su pene. Era de menor tamaño que el de Tartaglia, pero intuía que su tamaño sería similar al de él cuando tuviera su edad.
Se posicionó entre sus piernas, cuidó que su glande estuviera justo frente al ano y lo introdujo lo más lento que pudo. Tartaglia volvió a gemir.
La sensación de penetrar algo era muy distinta a cualquier otra cosa que haya sentido antes. Restregarse contra algo o frotar su pene con las manos desnudas no tenían punto de comparación con lo que estaba experimentando en ese momento.
Un—: ¡Oh! —de sorpresa y placer se le escapó de los labios—. ¡Oooh!
A Tartaglia se le escapó una carcajada. El movimiento hizo que su recto se contrajera alrededor del pene de Bennett.
—¡Ah!
Bennett sintió un placer delicioso.
—Ahora muévete. Adentro y afuera. Usa tus caderas.
Bennett obedeció, pero parecía que su cuerpo sabía qué hacer. Sus caderas compusieron un vaivén, empujando una y otra vez su pene en el interior de Tartaglia. Este envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Bennett mientras las caderas hacían su trabajo para que pene y ano se encontraran con un choque húmedo y rítmico.
Luego de apenas unos segundos, Bennett eyaculó con fuerza. La abrumadora sensación y la poca experiencia lo hicieron venirse casi de inmediato, pero parecía que Tartaglia también disfrutaba la situación, por lo que Bennett se esforzó con todo lo que pudo.
En algún momento solo era su pene bombeando a través del ano de Tartaglia mientras este movía las caderas arriba y abajo, recibiendo todo, o cualquier cosa de Bennett. Parecía perdido en la sensación, con el cuerpo perlado de sudor, la respiración entrecortada y los ojos cerrados.
Luego, Bennett sintió el chorro de semen caliente mojando su abdomen y su pecho. Dejó de moverse en ese momento. Respiraba con fuerza, como si le faltara el aire, y todo lo que podía sentir era la plenitud de sus cuerpos tocándose, piel con piel, mojados, satisfechos y calientes.
Miró a Tartaglia a los ojos.
—Eso fue…
—¿No te gustó?
—Nunca… Nunca había sentido algo como eso.
Bennett sintió mariposas en el estómago. Se sonrojó con violencia, pero la situación no daba para actuar con inocencia. Se acababa de follar al hombre del que se había enamorado.