Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
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Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
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Capítulo 57

Ajustes
—¡Agh! —Tartaglia cerró las piernas cuando Bennett se recostó a su lado—. No sabía que las caderas podían doler de esta forma. Todo esto es nuevo. Bennett lo miraba sin apartar la vista. Tartaglia, que seguía quejándose mientras se acomodaba, ofreció a Bennett su brazo como almohada y este aceptó. También permitió que Tartaglia posara su mano en su cadera, envolviéndolo en una posición íntima. —Todo esto se siente raro —Bennett susurró, con su aliento golpeando el pecho de Tartaglia—. ¿No te sientes ofendido o molesto? —¿De qué estás hablando? —Es que, no sé… siempre creí que la primera vez que lo hiciéramos serías tú el que iría arriba. —¿Quieres que vaya arriba? —¡No! —Bennett crispó las manos y se tensionó, pero Tartaglia comenzó a hacer círculos lentos con sus dedos en la espalda del chico. Este volvió a relajarse—. No quiero. No quiero, pero… —Si no puedo follarte yo a ti, entonces me follas tú a mí, y asunto resuelto —Tartaglia lo dijo como si no tuviera importancia—. Bennett… —Él lo miró a los ojos, con la cara enrojecida por la cercanía—. Quiero tocarte, quiero besarte y quiero tener sexo. Solo estamos intercambiando papeles. No es que me sienta menos hombre o algo así. —¿De verdad? —a Bennett se le anegaron los ojos de lágrimas. —¿Por qué eres tan tierno? —Tartaglia estrujó a Bennett, riendo. Bennett le pasó las manos por el cuello y volvió a tomar la iniciativa para besarlo. Le parecía correcto. Natural. Tartaglia lo sostuvo de la nuca y de la espalda baja. Sus cuerpos, que no terminaban de enfriarse, volvieron a calentarse con el contacto. Tartaglia manejaba a Bennett como un experto, tocándolo aquí y allá para que el muchacho gimiera, pero cuando ambos estaban duros y a la expectativa, el hombre volvió a abrirse de piernas para Bennett, concediéndole el permiso en silencio. Bennett lo miró a los ojos. Tartaglia tenía la mirada nublada por el placer y la esperanza. El muchacho arremetió con decisión. Enfiló su pene en el ano húmedo y lo metió hasta el fondo en un solo movimiento. —¡Ahh! —Tartaglia arqueó la espalda. Apenas tuvo tiempo de acostumbrarse, porque el ímpetu de Bennett era inigualable. Después de todo, un aventurero pyro no era precisamente alguien tranquilo o parsimonioso. Una vez que Bennett comprendió lo que tenía que hacer, abrió él mismo las piernas de Tartaglia, sosteniéndolas, y comenzó a empujar contra él, entrando y saliendo una y otra y otra vez mientras suspiraba por el vaivén delicioso de las caderas del hombre yendo al encuentro de su pene. Las caras que Tartaglia le mostró no eran caras que hubiese mostrado a nadie más. Llevaba los ojos hacia atrás, con la boca abierta, las facciones relajadas y el entrecejo ligeramente fruncido. O se mordía el labio inferior, intentando contener la sarta de gemidos. Su mirada permanecía nublada y sus mejillas estaban arreboladas. Tenía el cabello revuelto y húmedo, e incluso las gotas de sudor que se deslizaban por su cuello parecían dulces. Bennett le lamió el cuello con torpeza. Era más bajo que Tartaglia, así que no podía cubrirlo correctamente, pero incluso su torpeza parecía tener cierto encanto sobre el hombre, porque arqueó la espalda y descubrió el cuello, yendo a su encuentro, ofreciéndole cada centímetro de piel. Cuando terminaron, había semen por todos lados y ambos estaban exhaustos, pero liberaron, por fin, la tensión que los había acompañado desde que durmieron juntos por primera vez. Se bañaron una vez más junto al pequeño lago y, cuando estaban dentro de la tienda, peleándose con la ropa, Bennett se quedó dormido con la camisa a medio poner. Tartaglia se volvió a reír, le acomodó la camisa y se acomodó junto a él, luego cayó en un profundo sueño.   —Lleva un Engaño electro que lo transforma en una bestia capaz de usar el elemento hydro y el electro —Bennett escuchó estas palabras como si fuera la primera vez. No podía ver a la persona que le hablaba desde su costado izquierdo, pero juraría que era un hombre sonriente—. Según él le gustaban las jovencitas con faldas pequeñas, pero recientemente ha encontrado una nueva fascinación en un hombrecillo cercano a su edad. En este momento está en una misión, asignada por la mismísima Zarina, y si no cumple con su parte, puede que vaya a ser decapitado antes del próximo Año Nuevo. —Pobre Graf —dijo Bennett. No reconoció su propio tono. No era indiferente, como la primera vez que lo pronunció. Tenía un tinte de preocupación y ansiedad—. ¿Entonces solo estarás conmigo hasta Año Nuevo? No. Tal vez tengas que irte antes. Tienes que cumplir con tu misión. —Sí, pobre de mí. Pensar que me he desviado de mi misión por andar tras los pantalones de un tipo… ¿Quieres conocerla? Bennett ya no tenía al hombre risueño sentado a su lado, sino que estaba arrodillado junto a él. Este yacía en un catre helado, con las piernas rotas y la carne molida por los moretones. El hombre risueño no reía más. La sangre le salpicaba la cara y la ropa y su mirada es vacía y siniestra. Agacha la cabeza, sumiso, como si no se atreviera a mirarlo. —Todo aquel que te haga daño pagará con su vida, Bennett. No habrá contemplaciones. —¿Quién eres? —Soy Tartaglia, el Undécimo de Los Once. Puedes confiar en mí. Duerme ahora. Cuando despiertes esto sólo será un sueño. Entonces Bennett despertó. Por un momento se sintió ofuscado, como si hubiera pasado de -20° a 20° en un segundo, pero después comprendió que había soñado. Apenas recordaba fragmentos, pero hubo algo en especial que no se le fue de la mente: que Tartaglia debería estar cumpliendo con su misión en lugar de acompañarlo a Enkanomiya a una expedición. Marzo se había terminado y daba comienzo abril cuando Bennett se desperezó, solo en la quietud de la pequeña tienda. Para él se había vuelto una rutina despertar solo. Siempre que salía, Tartaglia estaba haciendo una de dos cosas: o entrenaba aun, o ya estaba preparando el desayuno. Bennett intentaba despertarse temprano por todos los medios, pero la condición militar de Tartaglia era tal que el hombre podía mantenerse despierto por noches enteras. Aun así, en los últimos días había estado relajándose, al menos mientras Bennett le pedía que se fuera a dormir al cambiar el turno de guardia. Cuando salió Tartaglia estaba ahí, poniéndole sal al guiso del día. El hombre sirvió la comida en dos cuencos. Luego apartó la cacerola del fuego y comenzó a comer junto a Bennett. Solían sentarse encima de las mochilas, o directamente en el suelo. A ninguno de los dos les parecía incómodo. Lo que era nuevo era la nueva tensión que se respiraba en el aire. No era la tensión contenida que hasta la noche anterior los había caracterizado. Una donde el hombre o el muchacho se dirigían miradas de soslayo, como si el otro no se diera cuenta de lo que estaba pasando. O el hecho de que Tartaglia tenía un skinship arrollador con Bennett, tocándolo por todos lados, en los dedos, en las manos, en la cara, en la espalda, como si fuera completamente natural. O el otro hecho de que todos sabían que Tartaglia solía rozar sus dedos con la piel de Bennett, pero parecía que a este no le molestaba en absoluto. Así que ahora que se habían entregado por completo a la lujuria de los cuerpos, Bennett estaba con la cara tan roja como la visión, sin poder sostenerle la mirada a Tartaglia, y este, de hecho, estaba más callado que nunca. No hacía bromas, no se acercaba a Bennett y procuraba no mirarlo mucho. Pero cuando el muchacho se levantó para lavar su cuenco, Tartaglia lo miró como embelesado, como si no se pudiera creer que un chico que le llegaba al pecho se lo hubiera follado la noche anterior con tanto ímpetu. Entonces la tensión creció, Bennett dejó caer su cuenco cuando Tartaglia se incorporó y ambos se sostuvieron la mirada. Un segundo después, Tartaglia abrazó a Bennett y le devoró la boca. Este le pasó las manos por el cuello, levantándose de puntas. —Volvamos a la tienda —pidió Bennett. No se reconocía. Bennett estaba avergonzado de su propia propuesta. —Dejémoslo para la noche, camarada —Tartaglia se mostró risueño y confiado, besuqueando la cara de Bennett—. Si nos metemos a la tienda no volveremos a salir en un rato. Tartaglia le dio un último besito en la mejilla antes de girarse y pretender seguir con su día. —Lo sabía —las palabras temblorosas de Bennett dejaron a Tartaglia clavado en su lugar—. Comenzarás a ser frío y distante, ¿no es así? Como ya obtuviste lo que querías… Lisa me dijo que a veces las personas son muy amables, sobre todo cuando quieren algo que no pueden pedir a la primera… Tartaglia se giró, se plantó frente a Bennett y llevó la rodilla al suelo. Le tomó las manos y lo miró desde abajo, con el ceño fruncido. —No, no, Bennett, nunca… no juego contigo. —Pero… —Entonces no me creerás —Tartaglia agachó la cabeza por un momento, soltando las manos de Bennett. Luego se sentó sobre sus piernas y se desnudó del torso hacia arriba. Bennett jadeó cuando sintió las manos desnudas de Tartaglia en su cintura y su beso encima del ombligo—. Haré que me creas. ¿Quieres que me desnude? ¿Quieres que te de placer sin obtener nada a cambio? Haré cualquier cosa. —Lo que quiera, cuando quiera y donde quiera. —Lo que sea. Si quieres que sea tu perro seré tu perro. —Estás… exagerando —Bennett volvió a jadear cuando Tartaglia le pasó la lengua en la línea alba, desde su ombligo hasta la cintura de su pantalón corto. Tartaglia sostuvo entre dientes el botón del pantalón y miró con anhelo a Bennett—. ¿Por qué estás siendo tan extremista? —Te convertiste en mi dueño, Bennett. Iré contra todo y contra todos. Si me pones una correa y me dices que ladre o que baile desnudo, lo haría feliz. Bennett intentó dilucidar todos y cada uno de sus momentos con Tartaglia. No podía recordar algo tan drástico. ¿Firmó algún contrato sin darse cuenta? ¿Era por lo que había pasado la noche anterior? ¿Qué estaba pasando ahí? Tenía muchas preguntas en mente, pero solo se le ocurrió decir: —Busquemos ese plano. A Tartaglia se le escapó la risa. Aunque Bennett no le dijo nada importante, su actitud entera lo gritaba por él. Estaba sonrojado, su corazón se escuchaba como si tamborileara con fuerza y sus ojos brillaban con alegría. Para Tartaglia aquello fue más que suficiente.
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