Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
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Capítulo 58

Ajustes
Kaveh estaba completamente harto. Tenía ojeras hasta la barbilla y ya ni siquiera se cortaba la barba. Lo poco valioso que le quedaba estaba resguardado dentro de Mehrak y se había resignado a solo comer lo que el general Gorou preparaba, aunque extrañaba la comida especiada de Sumeru. Pero lo que más extrañaba era el calor de su cama en Sumeru. Allá tenía todas las comodidades, aunque siempre se estuviese quejando de su molesto casero. Allá, por lo menos, no tenía que salir lo más rápido posible de una tienda de dormir en medio de la noche. Llevaba cinco días viajando junto al general Gorou y junto al idiota de Arataki Itto. Al menos el soldado era centrado y comedido, pero Itto no solo era un grandísimo idiota, sino que lo demostraba de formas que a Kaveh le molestaban mucho. Por ejemplo, cuando se ponía a pelear, el tipo invocaba a una maldita vaca bailarina y su garrote se agitaba por todos lados, imponiéndose incluso en el poco espacio que le dejaba a Kaveh. Este, que ya se estaba hartando de no tener espacio suficiente para pelear, tenía unas ganas tremendas de patearlo. O, como mínimo, de patearle a la vaca mugidora. Pero de cierto modo era tierna, así que se limitaba. Cuando Itto se metía en su camino y Kaveh salía malherido, Gorou era quien se dedicaba a curarlo. Entonces el oni se pondría de mal humor, como si no fuera su culpa que el soldado estuviera tan cerca de Kaveh, procurándolo. Para colmo, era el propio Kaveh el que terminaba pagando los platos rotos porque, a mitad de la noche y sin ningún tipo de aviso, Itto se le echaba encima a Gorou, así que a Kaveh le tocaba salir de entre un montón de brazos y piernas desnudas, forcejeando unas con otras. La primera noche, Gorou se disculpó. Tenía dos enormes chupetones a cada lado del cuello y por más que lo intentaba no podía ocultar el sonrojo de lo bien que era atendido por el oni. Kaveh simplemente sonrió y le dijo: —¡Oh! No te preocupes, general Gorou. Es normal que las parejas se demuestren tanto amor, ¿no crees? —¡Pero no somos pareja! —protestó el general. Nadie le creía nada, entre ellos Kaveh. Parecía que solo no le gustaba presumir de lo bien que se llevaba con ese tonto monigote. —Está bien, en serio. No es como que sea algo de todos los días, ¿o sí? Ese fue el gran error de Kaveh: subestimar el aguante monstruoso que podrían tener un hombre mitad bestia y un oni. Bueno, incluso si se quejaba a esas alturas, Itto solo lo miraba con una cara que lo invitaba no a salir, sino a huir de la tienda. Así que cuando Kaveh decidió caminar por un rato, siguiendo el rastro de campamentos desiertos y montones de ceniza, lo único que quería era alejarse lo suficiente para no volver a escuchar los gemidos de Gorou en toda su vida. No los odiaba, de verdad, pero necesitaba poner tanta distancia como pudiera entre él y la tienda que se agitaba como si estuviera en medio de un maldito vendaval. Al final no escuchaba más que el canto de las cigarras, el ominoso viento, su ropa al moverse y sus pasos llevándolo a quién sabe qué parte de la isla. Sabía que solo debía caminar hacia su espalda si debía volver con sus compañeros, así que no ponía cuidado sobre el lugar al que iba. Sin embargo, luego de un tiempo caminando, se dio cuenta de que tenía mucho sueño. O tal vez de verdad se había perdido. Porque, de otra forma, ¿cómo podría haber una tienda más pequeña que la de ellos agitándose de la misma forma? ¿Por qué todas las tiendas se agitaban mientras de ellas salían sonidos apasionados? ¿Era que todos estaban locos por el sexo? —¿Por qué ese estúpido erudito no sale nunca de vacaciones? —se quejó, fastidiado. Se sentó cerca de los rescoldos de la fogata. Se sentía exhausto, no había dormido bien en días, así que todo lo que quería era recostarse sin sentirse echado por la mirada de un idiota de dos metros. Tiritó cuando una ráfaga de viento le revolvió el estómago. Mehrak lucía una cara de preocupación, pero no podía hacer mucho al respecto. Un maletín no era suficiente para cubrir el cuerpo entero de un hombre. Se durmió arrullado por otros gemidos. Esa era definitivamente la tienda del viajero rubio, pero de ningún modo era él quien suspiraba de amor ahí adentro. Cuando despertó, se sentía sofocado porque alguien estaba a un paso de subírsele encima. Se quejó, todavía adormilado, pero la persona a su lado le respiraba en el cuello mientras lo abrazaba con el brazo y la pierna encima de él. Abrió los ojos para encontrarse con la cabeza despeinada de Bennett dándole un olor a ceniza y agua. El muchacho apenas vestía el short de su atuendo habitual. No había nadie más dentro de la tienda, pero era obvio que alguien lo había acomodado con cuidado entre las sábanas. Dudaba que hubiese sido Tartaglia. Este lo trataba de lechuga por su visión dendro e incluso lo llamaba Chico Pájaro porque decía que su cabello lo hacía parecer uno. No parecía del tipo que acomodaría amablemente a un hombre imprevisto en su propia tienda. Muchísimo menos si los escuchó teniendo sexo. Como fuera, Bennett parecía tranquilo. Aunque tenía cicatrices y heridas que parecían habituales en un aventurero, también tenía otras marcas, entre mordidas y chupetones, repartidas por el cuerpo. En los brazos, en las piernas, en el cuello y en la espalda. No alcanzaba a ver si también en el abdomen o en el pecho, pero Kaveh suponía que sí. ¿Los gemidos eran de él? ¿Su voz se engrosaba cuando gemía? Kaveh tragó en seco, porque no sabía qué pensar al respecto. De pronto, una mano se cerró como un grillete en su tobillo. El corazón de Kaveh saltó en su pecho y este mismo sintió que la presión se le aceleró de repente. —Tócalo y te mato —la voz de Tartaglia estaba desprovista de emoción. Kaveh solo podía ver su mano dentro de la tienda. El resto de él estaba afuera, tal vez vigilando. Pero Kaveh intuía de lo que era capaz el hombre. No en vano tenía un manejo inigualable de armas y los ojos de un asesino. Aun así, a pesar de las circunstancias, de que él estaba a merced de Tartaglia, todavía le dijo: —Ni siquiera he follado a un hombre en mi vida, imbécil —Tartaglia apretó su agarre y Kaveh se quejó, pero siguió aguantando el grito en la garganta—. Tenía la ligera sospecha de que algo pasaba entre ustedes. Nunca había visto a uno de Los Once siendo un perro fiel de un simple aventurero. Pero ahora entiendo porqué. Supongo que nadie se puede resistir a una buena polla, ¿no? —Bennett tenía razón. Te encanta hablar, Lechuga —Tartaglia soltó el tobillo de Kaveh, a lo que este pudo respirar—. Tú crees que lo sigo porque me encanta que me folle, y yo no te sacaré de tu error. Duérmete. Si no te gusta, será mejor que tomes tu turno de hacer guardia. —¿Pero no debería ser al revés? No sabía que fueras como yo. Tartaglia lo jaló fuera de la tienda. A su vez, Kaveh se abrazó a Bennett, y este se despertó. —¡¿Qué?! ¡¿Qué?! —preguntó, completamente desorientado, cegado por la oscuridad. Bennett se sentó en la entrada de la tienda, medio dormido, Kaveh tenía la mitad de su cuerpo fuera y Tartaglia lo miraba como si quisiera matarlo en ese momento. —¿Ya es hora, Tartaglia? —Duerme, Benny —Tartaglia le habló al oído con dulzura. No le quitaba la mirada a Kaveh, que intentaba zafarse de su agarre. —Sí… vamos a dormir un poco más… Bennett no abrió los ojos. En su lugar, se montó encima de Kaveh y lo abrazó. Este y Tartaglia se congelaron en ese momento. Bennett rio entre dientes, adormilado. —Siempre me sorprende tu corazón… lo rápido… Tartaglia conjuró una larga cuchilla y la balanceó por encima de la cara de Kaveh. Él vio su vida terminada. O al menos hasta que Bennett levantó la cabeza, todavía con los ojos cerrados, y le plantó un beso en la boca. —Abrázame —le pidió—. Abrázame, Ajax. —Yo no soy… Tartaglia tenía la cara desfigurada por la furia. Se vistió a toda prisa, pues apenas tenía puesto el pantalón. Después desapareció, tragado por la oscuridad de la isla.
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