Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
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Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
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Capítulo 60

Ajustes
Bennett confió en las palabras de Kaveh y decidió ser paciente con Tartaglia. Seguía sin comprender lo que pasaba, la razón por la que Tartaglia estaba tan furioso con él como para no haber regresado en todo el día, pero no podía ser precipitado. Nunca había estado solo en Enkanomiya, así que se sentía más solitario y miserable que de costumbre. Incluso había estado acompañado mínimo por Tartaglia. Era la primera vez en semanas enteras que no había nadie a su lado. El estómago comenzó a rugirle al ver el chisporroteo de la comida siendo calentada encima del fuego improvisado, pero Bennett no tenía ganas de comer. Levantó la tienda como pudo, porque estaba acostumbrado a que Tartaglia, más alto y con brazos y piernas más largos, se pusiera a levantar en un minuto algo que a Bennett le llevaba media hora. Se desvistió, dejando solo su ropa interior. Kaveh tenía razón: ahí solo había plantas, insectos y lagartijas. Estaba seguro de que no había enemigos a kilómetros de distancia, así que realmente no importaba si estaba preparado para la batalla o no. Solo se quitó todo lo que era posible quitarse y se recostó sobre las sábanas, esperando cualquier cosa. Se sentía cansado y amodorrado. Se recostó sobre su estómago, luego volvió a acomodarse sobre su espalda y entonces recordó. El sabor dulce, afrutado, distinto al sabor de Tartaglia. El sabor de Kaveh. Abrió los ojos, sorprendido. No solo por lo que acababa de recordar (y porque la actitud entera de Kaveh a lo largo del día cobró sentido de pronto), sino porque una mano enguantada se coló a través de la entrada de la tienda. —¿Tartaglia? Era, en efecto, Tartaglia. Pero tenía esa mirada vacía que tanto inquietaba a Bennett los primeros días en que lo conoció. Estaba mortalmente serio y tenía la ropa manchada de sangre, tierra y cenizas. Tartaglia entró a la tienda con el mismo movimiento con el que se desnudó de la cintura hacia arriba. Bennett lo vio en toda su gloria, arrodillado con las rodillas a cada lado de sus caderas, mirándolo con intensidad. Un enorme bulto se le estaba formando en el pantalón. Sin emitir ningún sonido, Tartaglia alargó una mano y deslizó los dedos con suavidad sobre el pecho de Bennett. Este sintió su corazón arder y martillar con frenesí. —Yo no sabía —dijo, asustado—. Sabes que no te traicionaría de esa forma. Tartaglia no respondió. Era como si las palabras de Bennett solo hubieran rebotado contra las paredes de la tienda y caído en el olvido. El hombre solo acarició con lentitud exasperante el cuerpo desnudo de Bennett. —Tartaglia… El hombre se cernió sobre él y le lamió los labios. Su presencia, abrumadora e intensa, comenzó a asustar a Bennett. —Tartaglia… —repitió, sin obtener respuesta alguna. Tartaglia lo besó con frenesí, lo levantó y lo terminó de desnudar con un movimiento. Tartaglia se sentó sobre sus talones, separó las piernas de Bennett y lo sentó sobre su erección. Invadió su boca con ímpetu mientras lo sostenía. —Tar… Tar… ta… glia… —intentaba decir Bennett, pero el hombre no lo dejaba hablar. Entonces las manos de Tartaglia descendieron por la espalda de Bennett en una lenta procesión. Le separó las nalgas y Bennett sintió el dedo de Tartaglia acariciándole. Su corazón comenzó a bombear con frenesí y sintió algo parecido al terror, recorriéndole el pecho y el abdomen con una velocidad abrumadora. Bennett separó la boca de Tartaglia, intentando poner sus manos entre los dos pechos desnudos que se tocaban. —¡Tartaglia! ¡Tartaglia! —Bennett comenzó a gritar, temblando—. ¡No! Forcejeó, intentando quitar las manos de Tartaglia de su trasero. —¡No! ¡Dijiste que harías lo que yo quisiera! ¡Tartaglia! Un dedo invasor se coló en su ano. Bennett gritó y comenzó a respirar con dificultad. Sentía que el aire no le llegaba al cerebro. No podía ver. No sabía dónde comenzaba su ser y dónde terminaba su miedo. —¡No! —su voz se quebró—. ¡Me lo juraste! ¡No! Las lágrimas mojaron su cara. Solo sentía un dedo hurgando, forzando su entrada. Bennett arañó la mano de Tartaglia, sintiendo que la sangre brotaba. —¡ALÉJATE! ¡BASTA! Bennett consiguió renovar su energía, mordió la boca de Tartaglia, lo empujó con fuerza y corrió como pudo, gateando antes de pararse sobre sus dos pies y echarse a correr. Estaba desnudo, dolido y humillado. Lloraba tanto que no podía ver el camino y le dolían las piedras encajándose en las plantas de sus pies. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Siempre sería lo mismo? ¿Los Fatui siempre harían lo que quisieran con su cuerpo? ¿De qué servían tantas promesas y tantos juramentos si al final todos serían rotos? ¿De qué? ¿De qué? ¿De quién era la sangre? ¿De quién era el dolor? Tomó el Engaño con tanta fuerza que se encajó las uñas en la piel desnuda del pecho. Lo jaló, haciéndose daño. —Los odio —aseguró, con la voz quebrada—. ¡LOS ODIO! ¡LOS ODIO! Lanzó el Engaño tan lejos como fue capaz. Ya no le importaba. Tal vez si se volvía loco podría dejar de soñar con ellos. Con el catre helado y el enorme Nikolay encima de él. Podría dejar de sentir frío en los huesos rotos y en la carne molida. Podría dejar de sentir miedo y lástima de sí mismo. Tal vez no dolería tanto. Tal vez era todo lo que necesitaba. Que no doliera. —Seelie… de Tartaglia —pronunció Bennett con la voz hecha pedazos. Su seelie se materializó a su lado—. Tú… lo prometiste… Lo juraste… ¿Es que de verdad no importo? ¿Por qué siempre me pasan estas cosas…? Eres un… maldito Fatui. Debí saberlo desde el principio. Ustedes solo son escoria. Bennett cayó de rodillas. Entonces vio que tenía la espada en la mano. Kaeya se la había regalado. Era una espada bonita, la misma que los Caballeros de Favonius usaban para combatir contra los enemigos. Le faltaba lustre, pero el filo era divino. Bennett lo sabía porque su propia piel ya lo había probado. Como en ese momento. Cortó desde el centro de su muñeca hasta el codo interior en ambos brazos, sintiendo un ardor quemante. Luego se recostó sobre el suelo fresco y tomó la espada por el filo con ambas manos. La puso contra su cuello. —Esta vez no tengo a Razor para detenerme —dijo en voz alta—. Esta vez quiero morir de verdad. Tartaglia… Tartaglia… Extraño la época en que Nikolay no estaba en mi mente todo el tiempo. Sintió la sangre brotando de su garganta a una velocidad alarmante. Era tarde. Muy tarde. Lloró, y sus lágrimas se mezclaron con el charco de sangre que le comenzaba a mojar la nuca y la espalda. —Tartaglia, por favor… me prometiste… que nunca me harías llorar. La visión se le tornó borrosa. El mundo dio vueltas a pesar de que estaba recostado. Sintió frío. La espalda mojada. Y la cara. Todo estaba mojado. Todo eran lágrimas. Todo era sangre. Todo era como era. Cerró los ojos y dio un último suspiro.
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