Capítulo 62
11 horas y 55 minutos hace
Bennett no sabía porqué Tartaglia se estaba disculpando. Era tan raro verlo tan vulnerable, tan abierto, dadas las circunstancias. De hecho, no comprendía la situación.
Lo que Bennett sí comprendía era que él era el que debería pedir perdón. Sabía que nunca habían hablado hasta ese momento de ser exclusivos, y de que ese tipo de cosas, como los abrazos y los besos, deberían darse solo entre ellos. Pero también sabía que, si Tartaglia llegaba a besar, accidentalmente o a propósito, a otra persona, Bennett no podría soportarlo.
Se acurrucó en los brazos de Tartaglia con sentimientos encontrados. Este, que sintió la inquietud de Bennett, apretó sus brazos alrededor del cuerpo semidesnudo de Bennett.
—¿Estás seguro de que todo está bien?
—Sé que somos mierda —confesó Tartaglia—. No estoy de acuerdo con muchos de nuestros métodos. No me gusta no estar de acuerdo.
Luego se quedó callado.
Bennett no volvió a abrir la boca en toda la noche, pero notó que para Tartaglia era doloroso tratarse a sí mismo de esa forma. Así que solo se quedó así, entre sus brazos.
Tartaglia dijo—: Llama a Razor si te hago llorar —antes de que Bennett cayera en un sueño profundo.
No recordó el comentario de Tartaglia hasta mucho tiempo después.
Todo era normal entre ellos al día siguiente. O al menos eso pretendía Bennett. Cuando su pie se atoraba en algún hueco y estaba a punto de caer de bruces, Tartaglia lo sostenía por la cintura; entonces aprovechaba para acariciarle la piel debajo de la camisa. O cuando Bennett estaba a punto de ser atravesado con una flecha, Tartaglia saltaba de un lugar a otro en un santiamén e interceptaba la flecha con la mano que tuviese desocupada.
Bennett sabía que podía sentirse protegido junto a Tartaglia, pero sentía que seguían quedando rescoldos de la pelea de los días anteriores. Sea como fuere, Bennett no quería remover nada hablando sobre Kaveh o sobre los asuntos que debían hablarse. Solo lo dejaba estar, esperando que las cosas no le explotaran en la cara.
En cierto momento, Bennett olvidó que su elemento no era, de hecho, pyro. Un mago del abismo electro se acercó sigilosamente a él y lo atacó. Bennett, que no lo había visto venir, utilizó su habilidad elemental con confianza. Él no le hizo nada al mago, pero el mago a él sí.
Cuando Bennett cayó de espaldas, con un pitido que lo dejó sordo por unos instantes, Tartaglia gritó su nombre y peleó contra el mago hasta vencerlo.
—¡Oye, Bennett!
Bennett se agarró con fuerza a la mano de Tartaglia hasta que se sintió mejor. Luego, con un suspiro, le dirigió una sonrisa.
—Estoy mejor.
—Oye, camarada, ¿qué tal si…?
—¡Oigan todos! ¿Están ahí? Aether acaba de patearle el trasero a un tipo del Abismo y nos dio información. Puede que hayamos encontrado el lugar en donde están los planos —la voz de Paimon se escuchó a través de la quietud de Enkanomiya.
—Podemos dirigirnos al oeste, a la isla flotante que hay allá —sugirió Aether, dando la información—. Si peinamos el lugar entre todos, seguro que podremos encontrar los planos. Cambio.
—¡Wuju! ¡Ya es hora de salir de este lugar! —gritó Itto, emocionado—. Seguro que mis escaradiablos están a punto de morir de tristeza.
—Por milésima vez: esos escaradiablos no se acuerdan de ti. Cambio.
—Será mejor que nos apuremos —Beidou parecía circunspecta a través del altavoz de los seelies, no con su habitual ánimo—. Nos hemos topado con varios Heraldos del Abismo. Al parecer tienen un lago donde crían dragartos de las profundidades. Ya se dieron cuenta de que llevamos un tiempo acá abajo. En cualquier momento podrían emboscarnos. Cambio.
—Entonces nuestro siguiente paso es volver a estar juntos, ¿no? —preguntó Mona, resoluta—. Veámonos en el Dainichi Mikoshi y descansemos un poco. Cambio.
—Estoy de acuerdo —fue el turno de Tartaglia de hablar—. Bennett y yo estamos en el Desfiladero. Llegaremos al Dainichi Mikoshi en medio día. Cambio.
—Calculamos distancia de hasta un día —aseguró Gorou—. Veámonos mañana a las 10:00 p. m. en el Dainichi Mikoshi. Cambio.
Cuando todo el intercambio terminó, Bennett se entristeció en el fondo. Habían perdido un valioso día a solas, y todo había sido su culpa. Pero Tartaglia no solo no lo culpó, sino que lo hizo sentir atendido y protegido. Aquello no hacía sino acrecentar el arrepentimiento de Bennett.
Ya que estaban más cerca del Dainichi Mikoshi que otros equipos, decidieron descansar por esa noche y partir por la mañana, temprano. Alguien, no se sabía si Aether u otra persona, cambió la luz del Dainichi por la noche cuando dieron las ocho de la noche. Aquello era conveniente, porque todos se habían guiado por los cambios en la luz del Dainichi.
Una hora después, con la cena en el estómago y la expectativa de dormir a solas por última vez en un tiempo, Bennett se metió a las sábanas con nerviosidad.
—Oye, camarada —Tartaglia llamó su atención—. ¿Puedes recostarte un momento?
—¿Vamos a hacer cosas indebidas?
Tartaglia se rio con esa risa que tanto encantaba a Bennett, estremecedora y alta.
—Puedes hacerme lo que quieras, pero después de que terminemos lo que nos ocupa —Tartaglia empujó a Bennett con suavidad entre las sábanas—. ¿Cómo te has sentido en estos días? No hablo de tus emociones, exactamente. ¿Cómo has sentido tu cuerpo?
Bennett se puso rojo. Tenía todavía la enorme marca de mordida que Tartaglia le había hecho en el cuello unas noches atrás.
Sin embargo, Tartaglia estaba serio de una manera distinta. No era una seriedad juguetona, sino más bien una rutinaria, casi militar. Entonces Bennett supo a qué se refería.
—He sentido más cansancio de lo normal. Me duele el cuerpo al terminar el día. Me siento, no sé, viejo.
—No te preocupes —Tartaglia lo tranquilizó de inmediato—. Has estado usando un Engaño durante doce días. El Engaño ya te ha borrado cualquier marca o ritual. Estás limpio, pero el uso prolongado del Engaño puede llegar a matarte con facilidad. Lo malo es que tu cuerpo ya se ha acostumbrado a él, a tal punto que te estás convirtiendo en un usuario electro. Así que necesito que hagas algo por mí. Necesito que uses tu habilidad definitiva y te vacíes de energía elemental. Si todavía recuerdas cómo usar pyro, entonces no habrá mayores dificultades, pero si no…
—Confío en mis propias habilidades —intervino Bennett. En realidad, no lo hacía, pero no podía echarse para atrás cuando el plazo estaba hecho—. Acabemos con esto.
Bennett salió de la cama sin la camisa. El fresco viento de Enkanomiya le erizó la piel y los pezones, pero tanto él como Tartaglia estaban concentrados en lo que pasaría a continuación.
Bennett invocó su espada y la observó por un momento. Por alguna razón, Tartaglia pareció removerse con incomodidad cuando el muchacho tardó más de lo debido observando el filo de la espada.
Miró su visión, que refulgía con una luz medio apagada, y confió en que Tartaglia estaría ahí para sostenerlo si algo salía mal. Respiró hondo, se guardó la espada y agarró su visión con fuerza.
Entonces, en un instante, Bennett se impulsó en el aire, dio una voltereta, cayó sobre su puño e impuso su habilidad definitiva en el suelo. Un enorme puño pyro con orillas electro los rodeó a ambos.
Bennett apretó todo su cuerpo, e incluso rechinó los dientes, en un intento por mantener el control sobre la energía pyro que estaba desprendiendo. Sentía que su cuerpo entero zumbaba, como si se estuviese llenando de una electricidad apabullante.
Tartaglia, atento a lo que ocurría, entró al círculo de la habilidad con confianza, tomó el Engaño que colgaba sobre el pecho de Bennett y lo retiró con maestría. Un instante después, los alrededores del círculo elemental soltaron chispas, y eso fue todo.
Bennett sintió el cambio drástico en el momento en que no tuvo más el Engaño consigo mismo. Su cuerpo se sentía más ligero, incluso descansado. Sus extremidades comenzaron a tomar una temperatura corporal normal, y todo parecía regresar a la normalidad.
Bennett respiró el aire de Enkanomiya y se dio cuenta de que algo en él había cambiado de verdad. El ritual, que hasta ese momento se había estado borrando de su sistema poco a poco, dejó de funcionar en ese momento.
Y con la disipación de la magia sobre Bennett, un nuevo sentimiento de inquietud lo invadió. Uno que había permanecido desde el primer momento en que conoció a Tartaglia.
Este se guardó el Engaño donde siempre lo llevaba hasta que lo colocó en el pecho de Bennett. Después de que lo ocultó a la vista, parecía que era el mismo hombre de siempre.
Sonrió con picardía, salvó la distancia entre ambos y acarició las mejillas de Bennett con sus manos desnudas.
—¿Cómo te sientes ahora, Benny?
—Me impresiona que nada haya salido mal —confesó.
Tartaglia echó una carcajada limpia al aire.
—¿Qué te pareció ser usuario electro por unos días?
—No me lo tomes a mal, pero es horrible.
Tartaglia volvió a reír.
Entre preguntas, respuestas y risas, los dos se recostaron, hablaron hasta muy tarde y decidieron que el día se había acabado cuando Tartaglia comenzó a hacer círculos lentos en la espalda de Bennett mientras este respiraba lánguidamente.