Capítulo 71
11 horas y 56 minutos hace
—¿Qué planeas hacer a partir de aquí?A Bennett lo sorprendía la facilidad con la que esa pregunta le llegaba por boca de todos. Ajax se lo preguntó dos veces, Itto una y Charlotte tres. Cuando habló con Kaveh y Collei, antes de que se marcharan a Sumeru, le preguntaron lo mismo.Cuando Beidou lo invitó a subir a bordo de su barco y le dijo que se llevaría muy bien con el chico poeta que había recogido de Inazuma, le preguntó justo eso. Incluso cuando Xinyan se atrevió a abrazar a Tartaglia porque le parecía genial haber tenido no una sino dos aventuras junto a él.Esta vez era Mona. Se le acercó cuando ya todos los integrantes de la comitiva se habían dispersado. Arataki Itto había sido llevado de la oreja por su subordinada, Kuki Shinobu, una chica con una cinturita pequeña y ojos afilados. Gorou decidió descansar de él unos días, sobándose la espalda baja mientras anunciaba que dormiría una siesta. Seguro que Itto había comido hasta reventar.Al final solo quedaron los dos de Mondstadt. Ambos cenaban entre risas y silencios, hablando de los viejos tiempos.—Cuando vuelva les daré tus saludos a todos. Klee y Fischl se entristecieron mucho cuando te fuiste. Incluso Razor parecía decaído. Creo que hasta la diaconisa Bárbara estaba triste.—¿Bárbara, dices? —Bennett sintió que se sonrojaba ante la mención. En algún momento de su vida había soñado con ser el novio de la chica—. Solo le causaba problemas.—¡Y que lo digas! —exclamó la astróloga, comiendo sin parar—. Las diaconisas dicen que están mejor sin ti, pero en cuanto supieron que estábamos juntos me pidieron que te cuidara mucho. Hasta Albedo y la bibliotecaria notaron tu ausencia.—No sabía que tanta gente me conocía…—Aunque no lo creas Mondstadt es pequeño —Mona se encogió de hombros—. Todos conocen al aventurero desafortunado al que le llueven piedras bajo techo.Bennett echó una risita incómoda. Por supuesto que le sabían las cosas más absurdas. Que le llovían piedras, que le caían rayos y que le salían repollos en los cofres. Que era un imán para los enemigos y que las expediciones siempre salían mal por su culpa. Que, si ibas con él a Espinadragón, con certeza verías una avalancha.Pero a esas alturas ya no le importaba. Bien podría regresar en ese momento, porque tenía algunas historias por contar a sus amigos, a sus hermanos y a sus padres. Sin embargo, Bennett no quería tener solo “algunas” historias sino muchas de ellas.Cientos.O tal vez miles.Quería regresar con sus amigos, sus hermanos y sus padres, a su vida cotidiana, una vez que hubiese experimentado todo lo que se podía experimentar con Ajax en el vasto mundo de Teyvat. Y entonces esperaba ser una leyenda viviente.Y ya que el tiempo se les había ido encima con el asunto de Enkanomiya, Bennett pensó por un momento en recorrer toda la Nación Electro. Había muchos lugares por redescubrir, muchas cosas por hacer.Sin embargo, conforme pasaba la tarde, Bennett estaba cada vez más convencido de que ya no quería estar en Inazuma. Tenía miedo de encontrarse con la cantidad infernal de Fatui que había por ahí. No solo eso, sino que los ronin también le provocaban un miedo insano, tal vez porque eran tan grandotes como los soldados snezhnayanos.Así que, al final del día, Bennett pronunció un nombre, casi como si fuera una sentencia:—Sumeru.—¿Cómo dices? —Mona seguía atiborrándose de aperitivos. Bennett no comprendía a dónde iba a parar toda esa comida.—Creo que quiero… ir a Sumeru. ¿Crees que Ajax quiera ir…?—Mmm… te diré algo —Mona calmó las ansias por comer durante unos pocos segundos, suficientes para aportarle seriedad y seguridad a lo que estaba a punto de decir—: Ese tipo está loco por ti. Creo que si le dices que gire sobre sí mismo y ladre como perro podría hacerlo al pie de la letra.Bennett echó una carcajada al aire, porque no imaginaba a Ajax haciendo eso, aunque no era la primera vez en los últimos días que la gente le decía esto. Todos estaban de acuerdo en que Ajax haría lo que Bennett le dijera.El muchacho, sin embargo, no terminaba de estar de acuerdo. Lo mejor era comprobarlo, como un pequeño e inofensivo experimento, solo para que las palabras de la gente no siguieran molestándolo.Cuando Ajax volvió después de enviar el regalo de cumpleaños de Amy, se sentó junto a Bennett en el comedor. Parecía realmente hambriento, tanto que en cualquier momento asaltaría la mesa llena de comida.—Se me antoja un poco de chocolate —soltó Bennett de repente, suspirando.Ajax se levantó sin mediar palabra. Mona y Bennett lo vieron salir y luego se vieron entre sí. Unos minutos después, Ajax volvió con una caja de dos palmos de ancho, repleta de chocolates. Ni Mona ni Bennett comprendían cómo había sido capaz de conseguir algo que solo se hacía en el lejano Natlan.—¿Te conté que Paimon perdió una apuesta estúpida contra mí? —soltó, como si eso fuera lo importante en ese momento—. Adelante, Mona, no tienen afrodisiaco o algo así.Mona y Bennett comieron unos cuantos chocolates, mirándose entre ellos. Ajax también tomó uno por el simple hecho de hacerlo, aunque no le gustaban especialmente.—¿Crees que podemos quedarnos a dormir hoy y partir mañana por la mañana? —preguntó Bennett, tanteando todavía el terreno.—Como desees —Ajax se encogió de hombros, despreocupado—. Podríamos ir a la ciudad a comprar un nuevo Rompeolas y a aprovisionarnos. El pago por encontrar los planos y por la venta de tus mapas también te serán dados mañana.—¿Tú no recibes pago? —preguntó Mona, extrañada. Se llevó otro chocolate a la boca. Todos, incluyendo Paimon, habían sido obsequiados con una bolsa con un millón de moras, acorde con el nivel de peligro de la expedición.—Mi pago fue de cinco millones de mora —dijo, sonriente—. No solo gané una apuesta contra Paimon (y Aether tuvo que cederme su cena y su dinero), sino que Sangonomiya Kokomi prometió darme el triple que a ustedes si regresábamos todos los integrantes de la expedición junto a los planos. Aunque, si soy sincero, no lo hice por el dinero. Tengo más en el banco de lo que podría ganar haciendo encargos suicidas para Inazuma.Mona se atragantó y Bennett lo miró de hito en hito. Él no estaba enterado de ninguno de esos dos arreglos.—¿Y de qué se trató esa apuesta? —Bennett frunció el ceño, desconcertado.Ajax suavizó el entrecejo del aventurero con un toque suave antes de decir—: Paimon no me creía cuando le dije que te conozco mejor que nadie.A esas alturas, Bennett no lo apartaba ni se escandalizaba cuando Ajax tenía esos pequeños gestos. Se tocaban en público sin ningún reparo, como si fuera completamente normal orbitar en el espacio del otro.—Quiero ir a ver el Sabzeruz —soltó Bennett, preparado para que Ajax se mostrara huraño porque quería ir a la nación del tipo Lechuga al que asaltó en la tienda muchos días atrás.Por unos momentos, Bennett pensó que había fracasado y que no debería confiar tanto en los puntos de vista de la gente. Por supuesto que Tartaglia no haría lo que él quisiera a pies juntillas, por supuesto que…—Sí, claro. Vayamos después de aprovisionarnos. Me encantaría verte con esa ropa que usan las bailarinas de Sumeru para entretener al público…Bennett ahora sí se sonrojó hasta las orejas. Ajax soltó una pequeña risita, más de ternura que de diversión.—Voy al baño —anunció, tropezándose con su silla y golpeándose el costado al emprender carrera hacia la puerta.Mona y Ajax se quedaron solos, con la caja de chocolates salvando la distancia.—Hey, astróloga —Ajax se dirigió a ella con el tono firme y seco que solía usar para todos los demás. El empalagoso y tierno estaba reservado para Bennett—. Hazme unas cuantas predicciones, ¿quieres?—Mis servicios son caros, Onceavo —Mona no se anduvo con nimiedades. Aunque compartieron casi un mes de expedición y muchas aventuras juntos, todavía se atrevió a cobrarle lo justo.Ajax se lo pensó un momento, pero no mucho.—Once millones. Es lo que tengo en el bolsillo en este momento.Los ojos de Mona brillaron. Enderezó la espalda, se limpió las comisuras de los labios y miró a Ajax con avidez. Si él no estuviese hechizado por Bennett, seguro que hubiese caído tan solo con ese cambio de actitud en la astróloga.—Así que quieres once profecías. Un número que te queda bien, supongo —Mona se levantó, convocó un mapa estelar hecho de agua y miró una vez más a Ajax—. ¿Te sientes listo para confrontar lo que sea que vaya a decir? ¿Tienes dónde anotar o prefieres dejar que el destino siga su curso?—¿Hará diferencia si lo escribo?—Nunca se sabe —Mona Megistus soltó estas palabras como si fueran el pan de cada día—. Nunca puedo saberlo. Ni siquiera los dioses que nos observan desde Celestia. Aún así, ¿quieres continuar?—Hazlo —la orden del Heraldo fue tajante, sin consideraciones.—Muy bien —Mona suspiró. El aire se llenó de un olor extraño, como velas e incienso, algo que no tenía nada qué ver con el mapa de agua que flotaba frente a la mujer.Ella reconfiguró cada anillo de agua, los giró. Pequeños clic-clic-clic, como si programara un reloj, inundaron el ambiente. Lo suyo no era exactamente un mapa, si no una especie de calendario circular, o un cruce entre ambos. Ajax no comprendía mucho sobre estos temas.Mona comenzó a hablar atropelladamente, intentando pronunciar las palabras una a una, como si se le escaparan—: No arrebates a un hombre su cuchillo si no piensas matarlo —Ajax se quedó boquiabierto un segundo, recordando las palabras exactas que le dijo a Bennett cuando este se lanzó a él en su primer juramento—. No, esas no son las palabras correctas. “No arrebates a un hombre su cuchillo si no piensas matar el destino que empuña; de lo contrario, te seguirá cortando por dentro”. Debes matarlo, o él te quitará el nombre que llevas con orgullo.La mano de Ajax se crispó en un puño. Apenas era la primera profecía.—“Hay un corazón dispuesto a ser atravesado si con ello las margaritas voladoras persisten un solo día más” —Mona pronunció la segunda profecía, sin que Ajax pudiese regodearse en su frustración por la primera. Casi de inmediato, sentenció la tercera—: “El yin y el yang se separan en la tierra que el Arconte Anemo sopló fuera de este mundo. Solo volverán a estar juntos si es el yang quien busca al yin esta vez”.Ajax recordó las palabras de Hu Tao, su tono burlón. Él el yin. Bennett el yang. ¿Cuál se supone que era la tierra de la que Mona hablaba? Ajax debía asegurarse de nunca pisarla junto a Bennett.Mona siguió latigueando al destino para que le desvelara sus secretos, así que soltó la cuarta profecía cuando la sonrisa lobuna de Hu Tao se borró de la mente de Ajax—: “Nuevos amaneceres idénticos y una luna tercamente nueva: cuando la fiesta repita sus pasos, no despiertes solo… o no despertarás”. ¿Qué se supone que significa eso? ¿Una repetición infinita? Oh, aquí viene otra: “Un nombre de nieve te reclama sangre y herencia. Si lo pronuncias alto, la ciudad del vino tendrá invierno en pleno verano”.—Mondstadt —pronunció Ajax. Por alguna razón, lo único que llegó a su mente en ese momento fue la larga cabellera roja del empresario vinícola más importante de Mondstadt. Seguro que a esas alturas ya se estaba enterando de la jugosa información que Charlotte logró sonsacarle a Bennett.—“Cuando el sabio cierre el libro, la casa seguirá abierta. El techo que discute guarda a quien cae” —Mona siguió y siguió, y de pronto no parecía ella misma, sino que su trance hablaba por ella—: “Si pones tus estrellas a la venta, te comprarán el cielo. Pero el recibo dirá ‘propiedad de otros’”.Y cuando parecía que había terminado, Bennett entró a la habitación mientras Mona pronunciaba una última profecía, casi como una afirmación—: “Tú también dudas. Sus ojos y los de ella no son los mismos, después de todo”.Mona perdió el conocimiento en ese momento, frente a una mirada estupefacta y una mirada confusa. Las miradas se cruzaron por un breve instante y todo pareció eterno.—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Bennett, frunciendo el ceño de nuevo.—El destino —respondió Ajax, cada vez más inquieto.—Por los dioses, se desmayó de verdad —Bennett intentó despertar a Mona, aunque en vano—. ¿Puedes ayudarme a llevarla a una cama? Necesito ir por un doctor. ¿Ajax? ¿Me vas a hacer caso?Ajax obedeció como un tonto. Todas y cada una de las profecías de Mona se le grabaron en la mente sin necesidad de tinta.