Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
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Capítulo 72

Ajustes
Cuando Mona fue depositada en una cama, lejos de miradas curiosas, Tartaglia sintió la mirada inquisitiva de Bennett sobre él. Sabía que debía responderle algo, sobre todo teniendo en cuenta que la chica estaba sana y salva, devorando platillo tras platillo, cuando Bennett se ausentó por un breve periodo. Su ausencia no había sido lo suficientemente larga como para que Mona colapsara por toda la comida que se había llevado a la boca, como Tartaglia había explicado. Aun así, Tartaglia no reveló ni pío acerca de las profecías. ―Ya estaba débil desde antes de que descendiéramos a Enkanomiya ―se escudó―. Recuerda que te dio su cantimplora de agua. Una sombra de angustia cruzó por la cara de Bennett, y Tartaglia se arrepintió casi de inmediato de haberle mentido. Acababa de poner sobre él una carga que no le pertenecía, así que decidió enmendarlo. ―Ella estará bien, te lo prometo. Le asignaré buenos doctores y en un santiamén podrá levantarse. Bennett tragó saliva, luego asintió. Parecía haberse comido un nudo en la garganta. Tartaglia recordó las palabras que le dijo a Paimon. Por supuesto que conocía a este chico, ¿cómo no hacerlo si era como un libro abierto? Tartaglia tenía que mantener su palabra a como diera lugar, de lo contrario, Bennett no volvería a confiar ciegamente en él. Cuando el muchacho salió de la habitación, todavía cabizbajo, Tartaglia llamó a uno de sus subordinados más cercanos. Se trataba de un Recaudador Pyro que lo admiraba muchísimo y que había estado ahí cerca en cada ocasión desde hacía mucho tiempo. Este Recaudador, un tipo llamado Vanka, estaba atrapado entre las edades de Bennett y de Tartaglia, pues contaba con tan solo diecinueve años. Se inclinó frente a Tartaglia, llevando una rodilla al suelo, y esperó con paciencia, como siempre, como cada vez que el Onceavo lo invocaba. ―¿Has escuchado mi conversación con Benny, cierto? ―Tartaglia preguntó, circunspecto―. Llama solo a los mejores Fatui y atiéndanla. Cuando despierte, asegúrate de que te entregue las tres últimas profecías. No importa el costo… ―Tartaglia se quedó pensativo un momento, porque el costo podía ser demasiado bajo para un Fatui, pero demasiado letal para cualquier otro―. Me corrijo. Devuélvanla sana y salva una vez que obtengan las profecías restantes. Dudo que se atreva a estafarme tres millones de Mora. Es todo. Vanka no se movió de su lugar, sino que levantó la cabeza. A Tartaglia ya se le había olvidado cómo era debajo de esa máscara genérica que utilizaban todos los Recaudadores Pyro. ―¿Qué? ―Le ladró de malos modos. ―¿De verdad piensa entrar en el territorio donde el Segundo y el Sexto andan a sus anchas? ¿Ya se le olvidó que lo castigaron por no atrapar al Sexto? ―la voz del Recaudador Pyro era diáfana. ―Me sorprende que a ti se te haya olvidado lo que le puedo hacer a los que me cuestionan, Vanka. ―Pero Bennett puede… Tartaglia apretó la mandíbula y asestó un fuerte puñetazo en la máscara de Vanka. Esta se partió en dos y reveló una cara que el Onceavo ya había olvidado. Nariz roma, cara angelical, cabello rubio, casi blanco. Tenía una pequeña cicatriz cruzándole la ceja izquierda, un recordatorio de que Vanka era un soldado hecho. Un hilillo de sangre se deslizó desde su nariz. ―¿Crees que tienes el derecho de llamarlo por su nombre? ¿Crees que por ser blando con él se me ha olvidado que soy el Onceavo? ¿Crees que me importa lo que sea que estén haciendo esos dos imbéciles? ―preguntó Tartaglia―. Contesta. ―He sobrepasado mis límites, señor ―Vanka volvió a bajar la cabeza, gotas de sangre manchando el suelo. Parecía a punto de llorar. Tartaglia tal vez sí se ablandó. Al menos con los chicos albinos. Vio al muchacho aguantando las ganas de llorar y recordó la angustia con la que Bennett lo miraba días atrás. Aguantó el suspiro que se atoró en su pecho y despidió a Vanka con un movimiento de la mano. Entonces, cubrió con su bota las gotas de sangre justo en el momento en el que Bennett regresó. ―¿Qué haces todavía aquí, Ajax? Mona no podrá recuperarse si la seguimos molestando. ¿Quieres ir a… a… dormir? Debemos descansar para partir rumbo a Sumeru. Tartaglia sonrió casi inconscientemente. Estar con Bennett era como tomar un vaso de leche caliente con miel en medio de una tormenta de nieve. Mientras iban de camino a la habitación que se les había asignado en el Santuario Sangonomiya, a pesar de la torpeza linda de Bennett, Tartaglia no podía dejar de sentirse inquieto por las palabras de Mona, e incluso por las de Vanka. Aunque se había desquitado con él, lo cierto era que tenía razón. La habitación se sentía cálida, tal vez porque Bennett estaba ahí. Se sonrojó con violencia con el mero hecho de quitarse las botas, y Tartaglia estuvo a punto de carcajearse ahí mismo. ―Toma un baño, camarada ―le dijo, en un tono íntimo que no admitía excusas―. Cuando duermes fresco, descansas mejor. ―Eso es… cierto ―dijo, antes de golpearse los dedos de los pies con una pata de la cama. Maldijo por lo bajo, volvió a tropezarse y entonces logró entrar al baño. Tartaglia hizo su ritual nocturno. Se quitó la casaca y la dobló, desenfundó sus armas, comprobó los filos, se quitó los guantes, luego la camisa, luego las botas y los calcetines. Hacía rato que no escuchaba el agua de la ducha, así que suponía que Bennett ya se habría vestido para dormir. Últimamente usaba solo ropa interior, un logro más de su convivencia con Tartaglia, porque el chico estaba aterrorizado de encontrarse con slimes (o con algo más), y se negaba a soltar incluso su espada mientras dormía. Ya había tenido muchos accidentes con el filo, demasiados como para que Tartaglia lo convenciera de que él sería quien estuviese armado y alerta de noche. Tartaglia estaba decidiendo si valía la pena asustar a Bennett metiéndose a la bañera en ese momento. Siempre era agradable ver sus reacciones. Se quitó el cinturón con la Visión y con el Engaño, y desabrochó su pantalón. Justo en ese momento, los brazos de Bennett se deslizaron por su cintura y se aferraron a él, de espaldas. Tartaglia se sorprendió y, por un momento, incluso se asustó. Había bajado tanto la guardia con él que ni siquiera lo había sentido salir del baño. Luego se dio cuenta de que el corazón desbocado de Bennett le martilleaba la espalda. Sabía que una sonrisa lobuna le adornaba la cara cuando acarició los antebrazos de Bennett y este se estremeció. ―¿Quieres que me desvista para ti? ―preguntó, paciente, aunque no se lo podía creer. Él siempre obtenía lo que quería, siempre. Con Bennett había aprendido que la paciencia y el consentimiento eran sus mejores amigos, aunque a veces los odiara por la tortuosa espera. Como en ese momento. Bennett respiraba cada vez más fuerte, y su piel se sentía como fuego. No estaba enfermo. Era algo más. Era… lujuria. Algo punzaba contra los pantalones de Tartaglia. Él sintió que Bennett asentía. Incluso así, bromeó al respecto. ―No puedo verte, Benny. ¿Quieres que me desvista y me abra para ti? Tartaglia sintió todo el temblor, las dudas y el miedo de Bennett. Miedo a ser rechazado por sus impulsos, por su lujuria. Tartaglia no podía comprender todo lo que él estaba sintiendo, porque nunca vivió ese infierno por el que pasó. Su infierno personal, el que pasó con tan solo catorce años durante sus meses en el Abismo, siendo torturado por el entrenamiento tenaz de Skirk, no era ni remotamente parecido al del chiquillo que había encontrado amordazado, desnudo y molido a golpes en Espinadragón. Tartaglia al menos se había podido defender de los monstruos. Pero Bennett era un ser humano, y tenía derecho a sentirse como se sentía. Tenía derecho a sentir lujuria, a querer sentir placer, como cualquier ser humano. Eso sí que lo comprendía Tartaglia. Por eso esperó y esperó, y se mantuvo firme hasta que Bennett susurró un casi inaudible―: Sí ―en su espalda. Entonces Tartaglia obedeció. Se quitó el pantalón de una patada, se deshizo de su ropa interior y entonces, cuando se inclinó sobre la cama, con el culo al aire, se dio cuenta de que Bennett estaba completamente desnudo. Este cayó encima de él por inercia, con todo su cuerpo deslizándose en la espalda y las nalgas de Tartaglia. Estaba fresco y perfumado por el agua, y eso hizo que se sintiera excitado, algo que no conocía de sí mismo. ―Quiero verte ―suplicó Bennett. Tartaglia obedeció. Se giró sobre la cama y vio al muchacho temblando sobre él, con el miembro ya en ristre. Respiraba pesadamente y un suave rubor le coloreaba las mejillas. Era hermoso. Le acarició el cabello laceo y detuvo sus dedos en la pequeña oreja del chico, acariciando su lóbulo. Bennett se estremeció, estuvo a punto de voltear los ojos con ese simple gesto. Tartaglia descubrió otra zona erógena del chico, como los muslos, la nuca y las muñecas. Siempre le gustaba hacer esos pequeños descubrimientos e irlos anotando en su bitácora mental de Bennett Ragnvindr. Lo miró a los ojos, feliz con su propia situación. Bennett atacó su boca primero. Después de unos días, se había vuelto un experto besando. Movía su lengua al ritmo de la de Tartaglia, suspirando y gimiendo contra su cara, como si toda la pasión del mundo se concentrara en ese par de labios. A Bennett le encantaba besarlo, repitiendo su nombre entre suspiros como un mantra. ―Ajax, Ajax… ―decía, incansablemente, reafirmando la presencia de Tartaglia. Mientras lo hacía, recorría el cuerpo del Fatui con su propio cuerpo. Se deslizaba sobre él, ayudado por sus propias manos, que exploraban cada centímetro como si no lo conociera ya a la perfección. Repasó sus bíceps, sus pectorales y sus abdominales perfectos. Tartaglia se dejó tocar, consciente del ardor que provocaba en Bennett. Y cuando él dijo: ―Ajax… tócame ―su desenfreno no se hacía esperar. Tartaglia chupó el cuello de Bennett, recorrió su espalda con los dedos. Bennett se estremeció bajo su toque y líquido preseminal mojó el abdomen de Tartaglia. Seguro que se estaba aguantando desde que le sugirió que se fueran a dormir. Tartaglia masajeó las nalgas de Bennett, un paso más cerca de tocarlo en lo más profundo, pero nunca pasando el límite. Sabía a lo que se atenía cuando dejó que Bennett fuera el activo aquella noche en la tienda. Tal vez pasaría mucho tiempo, años incluso, antes de poder ser el activo nuevamente, pero no le importaba en absoluto. Quería a Bennett, lo anhelaba como al aire que respiraba. No le importaban las manos callosas de Bennett abriendo sus piernas, ni su dedo tembloroso entrando en él, como pidiendo permiso a esas alturas. No le importaba esa extraña sensación inicial, ni el trabajo cuidadoso y exacto que Bennett hacía con su agujero cada vez que metía un nuevo dedo. Tartaglia se deshacía en maldiciones, arrugando la sábana con sus dedos. Su miembro rogaba por atención, y Bennett se la dio de la mejor forma que podía: metiéndolo hasta el fondo en su garganta. Tartaglia abrió los ojos y gritó casi al mismo tiempo en que Bennett aprovechó para meter tres dedos en él y sonreír triunfal. La misma sonrisa de satisfacción cada que encontraba un cofre lleno de Mora. Maldito chico con su maldita sonrisa, eso era lo que tanto había cautivado al Fatui. Volvió a deslizarse sobre Tartaglia y mordió su barbilla, provocándolo. Si tan solo pudiera voltearlo y penetrarlo ahí mismo… Pero Tartaglia no lo haría. No si Bennett no quería. Además, lo que Bennett quería ya era bueno. El muchacho introdujo su miembro en Tartaglia lentamente, torturándolo de una forma deliciosa. Gimió al sentir el interior de Tartaglia rodeando su miembro. Se pegó a él, con su aliento golpeando el cuello de Tartaglia. Luego comenzó a embestir. No fue suave ni paciente. Su galope era una carrera por terminar de dominar al Onceavo. Lo tomó por las caderas, intensificó su trabajo, ansioso. Lo hizo una y otra vez, duro, fuerte, como si no fuera el chico melindroso y torpe que se golpeaba con las esquinas de las cosas. Tartaglia rio a carcajadas y Bennett redobló sus esfuerzos, así que la risa de Tartaglia se convirtió en gemidos. No les importaba hacer ruido y que todo Inazuma se enterara. Parecía que a Bennett había dejado de importarle incomodar a la gente cuando Itto lo insultó y nadie lo defendió. Y a Tartaglia nunca le había importado en primer lugar, así que no se medía, dejando que la cama rechinara y se deslizara sobre el suelo en un vaivén incontrolable. Bennett eyaculó dentro de Tartaglia, y siguió y siguió hasta que el mismo Tartaglia estaba a punto de suplicar que parara por un momento. Su miembro estaba sensible y cualquier roce de la piel de Bennett se sentía como una caricia bienvenida. El muchacho siguió y siguió su carrera, bombeando dentro de Tartaglia con fuerza, como si no fuera solo un aventurero campestre. Gemía contra el cuello de Tartaglia, audaz, como si fuera él quien estuviera debajo del Fatui. Bennett rodeó el miembro de Tartaglia con una mano y lo masturbó una, dos, tres veces. Siguió embistiendo, gimiendo en su cuello. Tartaglia se corrió con fuerza, abriendo la boca para dejar escapar un profundo gemido. Bennett era el único en todo Teyvat que había conseguido las reacciones más escandalosas de él. Y parecía ufano al respecto, porque volvió a sonreír en medio de su agitación. El muchacho sacó su miembro con cuidado y se desplomó sobre Tartaglia, exhausto. Puso su oreja contra el pecho de Tartaglia, su respiración cada vez más acompasada. Luego se quedó dormido. Tartaglia acarició su cabello, su cintura, ahora sucios de sudor y semen. Parecía cómodo, así que no lo despertó. Solo apagó la lámpara, dejó que la oscuridad de la noche los devorara y empezó a tararear la canción de cuna que ya estaba acostumbrado a susurrarle al oído. En medio de su sueño, la cara de Bennett se relajó por completo y sonrió por tercera vez esa noche.
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