Leorio
11 horas y 49 minutos hace
Leorio está cada vez más avergonzado. Quería parecer un adulto, pero Kurapika no se lo permite. Sigue llamándolo por su nombre, haciendo comentarios despectivos y mirando con desinterés al capitán.
Kurapika es implacable. No se amilana. Leorio pensó que la manzana le sentaría bien, pero el chico ni siquiera lo ha volteado a ver.
Aún así, Leorio sigue y sigue adelante, a pesar de la estúpida discusión sobre su nombre. Libera cantidades descomunales de feromonas para impregnar tanto a Gon y a Kurapika, para que nadie se dé cuenta del olor afrutado que proviene del rubio.
Parece que ni siquiera él se da cuenta. Incluso parece como si estuviese aguantando y prolongando su ciclo de celo con la cara serena.
Dicen que los kurta son omegas dominantes en su mayoría, que por eso lograron sobrevivir durante tanto tiempo a pesar de que eran perseguidos por sus ojos. Leorio puede ver el pináculo de los kurta en Kurapika: es hermoso, esbelto, inteligente, sereno y feroz.
A pesar de las lentillas, sus ojos cambian de color cuando Kurapika menciona a la Brigada Fantasma. Leorio lo interrumpe, porque está comenzando a liberar su aroma. No sabe qué está diciendo, pero lo que sí sabe es que necesita liberar más, más feromonas, aunque el pobre Gon se desmaye y no pase la prueba. Es mejor a que ambos omegas sean sometido por los tres alfas presentes.
El capitán y el otro marinero mantienen su distancia, simplemente liberando feromonas en su propio rango. Leorio sabe que hace bien en impregnarlos a ambos, prefiere eso antes de que alguien más se de cuenta de que Kurapika está entrando en su ciclo de calor.
—Vamos afuera —Leorio llama a Kurapika con su voz de mando. Él ni siquiera se inmuta, como es de esperar. Como no se mueve, añade—: Hora de terminar con el sucio linaje kurta de una vez por todas.
Leorio camina tan campante, pero siente la repentina hostilidad hacia él. Evita estremecerse. De verdad que Kurapika da miedo.
—¡Retira lo que dijiste, Leorio! —Kurapika llama su atención.
Por un momento, Leorio se siente impelido a arrodillarse y pedir perdón, pero se queda parado. Así que así funcionan los kurta: la voz de mando no les afecta porque ellos tienen la propia. Pero Leorio ya abrió la puerta para airear el lugar y le dice, con desparpajo:
—Es señor Leorio.
Se gira y vuelve a caminar hacia afuera. Kurapika lo sigue por detrás con toda la intención de matarlo.
—¡Oigan! ¡No he terminado con ustedes!
Pero Leorio ya no está para exámenes. Necesita sacar a Kurapika a la lluvia para que su aroma se disfrace, antes de que cualquier alfa que ya se haya recuperado se le tire encima.
La tormenta arrecia y se oye un fragor estruendoso. La lluvia repiquetea con fuerza en la cubierta y Leorio termina empapado al instante. Cuando Kurapika también se moja con la lluvia fría, su aroma afrutado desaparece.
Entonces Leorio se gira y lo ve. Kurapika está furioso, y no es para menos. En circunstancias normales, Leorio no se metería con la familia muerta de alguien más, no cuando él perdió a Pietro.
—¡Retira lo que dijiste sobre mi clan! —exige Kurapika. Esta vez no usa su voz de mando. Algo parece haber cambiado en él, pero Leorio no puede descifrarlo—. Si lo haces, te voy a perdonar.
Los marineros, Gon y Katzo salen corriendo a cubierta. Gritan algo sobre una tromba y jalan cuerdas por todos lados para arriar las velas.
—Tú eres el que debe pedir una disculpa, y no lo diré otra vez —Leorio sí usa su voz de mando, pero no está funcionando ni un poco—. No me arrepiento de nada, ¿me oyes?
Leorio saca un cuchillo. Kurapika, decidido, saca sus propias armas: un par de palos a modo de chacos. Parece que van a pelear de verdad, aunque Leorio no quería llegar a eso.
—¡Señor Katzo! —el grito de Gon llega a sus oídos a pesar del estruendo del agua.
Katzo pasa a través de ellos, sin poder sostenerse de nada. Leorio se lanza hacia él; Kurapika hace lo mismo, pero Katzo va muy rápido y no logran sostenerlo.
Un segundo después, Gon los atraviesa y agarra las muñecas de Katzo. Leorio y Kurapika se abalanzan contra los pies de Gon y lo sostienen.
Cuando Gon jala a Katzo y lo abraza, se dan cuenta de que está desmayado. La lucha de feromonas y el clima hostil debieron haber hecho mella en él.
—¡Rápido, hay que subirlos a cubierta!
Los marineros se avocan a subir a todos a cubierta, evitar la tromba y salir vivos. Cuando parece que el barco se ha desviado lo suficiente, un marinero recio y sereno carga a Katzo y eso es todo.
Los tres, Leorio, Gon y Kurapika, se quedan en la cubierta mientras la tormenta amaina.
—Honestamente eres un idiota, Gon. ¡Me debes tu vida! —Leorio le grita, todavía sorprendido de que el niño se haya lanzado al mar sin ningún plan.
—Es cierto, eres descuidado —Kurapika está sereno, pero Leorio ve las yemas de sus dedos ponerse blancas. Está cruzado de brazos, pero aprieta sus dedos contra la camisa, intentando por todos los medios que no se le note que él también está a punto de desmayarse.
—Pero me atraparon —Gon sonríe, inocente—. Fueron los dos. Ambos me salvaron juntos… Creo que iré a descansar un rato en lo que la tormenta se calma. Después hablamos, ¿sí?
Gon parece notar que las cosas no han terminado entre Leorio y Kurapika. Se despide con torpeza y baja a la cabina del barco.
Cuando ya no se ve nadie en cubierta y ambos vuelven a estar solos, Leorio mira con intensidad a Kurapika.
—Sé que entraste en tu ciclo de celo, Kurapika —el muchacho respinga, descubierto, pero no hace nada más. Se niega a mirarlo—. Desde que el barco entró en la tormenta, has estado liberando tu aroma. Te impregné con feromonas, pero creo que te hicieron entrar en celo, ¿verdad? Lo lamento, de corazón. Los alfas no tocarían a un niño como Gon, además su aroma es todavía muy débil. Pero tú eres casi un adulto, y además un kurta. Corres mucho peligro si te quedas aquí.
—Dime, ¿de verdad no me hiciste entrar en celo a propósito? —Kurapika usa su voz de mando.
Esta vez, Leorio obedece y le responde—: Te lo juro. Lo hice para protegerte.
—Entonces protégeme una vez más, Leorio —Kurapika se tambalea. Leorio acude a él, presto para sostenerlo. A pesar de la lluvia, su aroma se vuelve a intensificar y envuelve al hombre por completo—. Calma mi celo, por favor. Si sigo así no podré llegar al sitio del examen.
—¿Estás consciente de lo que me estás pidiendo?
—Cállate y hazlo, tómame.