Leorio
11 horas y 50 minutos hace
Leorio siente cómo su calentura va bajando con rapidez. Su nudo, punzante y tenso, comienza a deshincharse. Kurapika respira con dificultad, sosteniéndose de donde puede para aguantar el dolor.
Leorio intenta calmarlo mientras puede, pero sabe que dentro de unos minutos Kurapika se olvidará del dolor y comenzará a suplicarle una nueva ronda. Después de todo, los ciclos de celo de los omegas dominantes son muy parecidos a los rut de los alfas. La única diferencia es que los omegas engatusan, casi sin saberlo, a cuanto alfa se les cruza.
—Es increíble que a estas alturas siguieras siendo virgen, Kurapika —Leorio no está en sus cabales, pero nadie puede culparlo. Se ha resistido al aroma de Kurapika lo suficiente como para seguir consciente—. Voy a sacarlo un momento…
Pero Kurapika ya no lo escucha. Se remueve sobre su pene, se gira hacia él y comienza a agitar su cadera, con la mirada perdida. El pene de Kurapika vuelve a estar duro, a pesar de que no han pasado dos minutos desde que eyaculó.
—¡Espera! ¡Wow!
El movimiento y el aroma de Kurapika vuelven a poner duro a Leorio. Aprieta con fuerza su cintura esbelta y se encaja con frenesí en su interior. Kurapika suelta un gemido alto, cargado de placer. Está completamente ido en su propia lujuria, así que no sabe que se ha quitado la camisa y que está desnudo, cabalgando el pene de Leorio como si no hubiera un mañana.
Su movimiento es caliente y delicioso. Leorio no puede aguantar mucho tiempo la erección. Eyacula de nuevo, pero el muchacho sigue duro, agitándose.
Leorio lanza a Kurapika contra el suelo de madera y este, solícito, se sostiene el interior de las rodillas y expone su culo a la vista de Leorio. Este intenta ponerse duro una vez más. Restriega su pene blando contra el escroto y el perineo de Kurapika y, casi de inmediato, Kurapika le rodea el cuello y mete su lengua en la boca de Leorio.
El hombre suspira, duro una vez más. No pierde el tiempo en nimiedades. Aprisiona a Kurapika contra el suelo, lo penetra con energía y, cada vez que le golpea la próstata con el glande, Kurapika grita, excitado. Sabe que están haciendo un ruido como para escucharse hasta el continente más cercano, y que la lluvia amainó hace rato, pero dejó de importarle en el momento en que comenzó a ver todo borroso.
Sabe que es culpa del aroma de Kurapika. Sabe que, si fuera un hombre cualquiera, hace rato que se movería por puros impulsos carnales, sin conciencia. Pero, aunque su fortaleza sea menor a la de otras personas, Leorio está orgulloso de no haberse dejado llevar por la lujuria como para perder la razón. Al menos sabe que está follándose a este kurta y que, muy probablemente, acaba de inseminarlo.
Aunque dijo que no le importa, que se responsabilizaría de sus acciones, muy en el fondo Leorio está asustado. No conoce a este chico, más allá de que sepa que su cuerpo es suave y hermoso, y que sus gemidos son el sonido más bello en la tierra. Pero ¿qué hay de su historia de venganza y de sus problemas hormonales?
La mente de Leorio comienza a llenarse de un torbellino de preguntas, así que decide pensar solo en el aquí y en el ahora. Está en un barco con rumbo desconocido, teniendo sexo con el omega más hermoso que ha visto nunca en la vida.
Leorio cierra los ojos, concentrándose en las sensaciones. En la forma en que él se envuelve a su alrededor, con sus piernas y brazos rodeándolo y su interior contrayéndose, húmedo.
Leorio no piensa más que en penetrarlo, una y otra y otra vez. Hasta que de su boca se escapa un suspiro audible:
—Pietro…
Abre los ojos, dándose cuenta del error que acaba de cometer. Se encuentra con los ojos rojos de Kurapika. Este lo mira con una mezcla de enojo y asco. Se desenreda de él y lo empuja con poca fuerza, porque en sus circunstancias no puede hacer otra cosa que ponerse a disposición de los alfa.
—No… no te vayas —Leorio suplica, conmocionado por su estupidez. Su pene sigue duro, dentro de Kurapika—. Solo, deja que… —no puede evitar moverse, presa del momento.
—¡Eres una maldita bestia! —Kurapika llora lágrimas de rabia. Despertó de su sueño de lujuria con tan solo un nombre. Uno que no es el suyo—. ¡Quítate!
Kurapika grita furioso, pero, aunque le ordena que se quite, él mismo no puede dejar ir el pene que lo acaricia. Leorio lo sabe, y maldito sea su cuerpo, pero solo está obedeciendo a la lujuria desbordante de Kurapika. De repente son dos conciencias atrapadas en la lucha entre dos cuerpos que se quieren separar y no pueden.
Por más que lo intenta, Kurapika no puede decir si sus manos están alejando o agarrando a Leorio. Y este, loco de placer, no puede dejar de fustigar el interior de Kurapika aunque sabe que hace rato debió haberse alejado de ahí. Simplemente no puede, no cuando Kurapika suplica un beso a pesar de que tiene la cara deformada por la furia.
—¡Lárgate!
—¡Suéltame!
Kurapika lo golpea, pero no son más que agasajos de alguien que disfruta ser penetrado. Leorio sigue y sigue, sabiendo que, si Kurapika recupera la fuerza suficiente, podría arrancarle el pene o la cabeza, lo que tenga más cerca. Lo sabe y no le importa en absoluto.
De hecho, puede que le guste. El sexo así, con odio, con Kurapika dirigiéndole la más terrible de las miradas mientras le chupa el labio inferior, encajándole las uñas y los talones en protesta al mismo tiempo que agita sus caderas, hace que Leorio se sienta más excitado que nunca.
Su chorro de semen sale con tanta potencia que Kurapika grita con frenesí y se desmaya por un momento. Después despierta y, con energías renovadas, Kurapika se enreda a su alrededor y esparce su aroma para que Leorio se ponga duro una y otra vez.
Cuando comienza a amanecer, Kurapika descansa entre los brazos de Leorio con una expresión beata, como si tener sexo como un salvaje durante ocho horas no le hubiese supuesto ningún esfuerzo.