Hunter x Kurapika

Slash
NC-21
En progreso
0
Fandom:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 149 páginas, 58.488 palabras, 32 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Kurapika

Ajustes
Ciudad Zaban, la siguiente parada en el recorrido hacia el examen. Tal como Kurapika pensaba, Leorio sí que poseía información verídica. Como sea, es mejor de esa forma, porque por lo visto han podido deshacerse de un montón de idiotas que se quedaron en el camino. Los kirikos los llevan volando durante casi tres horas. A Kurapika se le antoja complicado e incómodo el viaje, sobre todo porque las garras del kiriko le aprietan los hombros mientras se intenta agarrar de él. Cuando por fin es dejado en el suelo, a las afueras de Zaban, Kurapika siente como si se hubiera quitado una mochila del doble de su peso. Los kirikos se ocultan entre los árboles durante unos minutos. Solo salen los dos hermanos que simularon ser esposos. Ahora que los ve de cerca, Kurapika se da cuenta de que son realmente similares, aunque el hombre tiene cabello azulado y la mujer lo tiene rojo, casi rosa. —Podemos conseguirles una o dos habitaciones para que duerman esta noche —anuncia la mujer. Kurapika está deseando encontrarse con una cama. Sin embargo, la ciudad está abarrotada de gente. Al parecer muchos recibieron la misma información que Leorio. Aunque no representan problema alguno: solo los que tengan navegantes, como los kirikos, o información muy precisa, son quienes llegarán al sitio oficial del examen. Así que Kurapika camina detrás de los kirikos con confianza. Por supuesto, esa confianza se termina en el momento en que los kirikos los dejan en dos habitaciones, como prometieron que harían. El problema es que en ambas habitaciones solo hay una cama estrecha. Kurapika está decidido a irse a dormir con el pequeño Gon, pero este dice—: Vamos a decidir con el jan ken pon. —¿Qué? ¿Qué cosa? —Quién dormirá con Leorio. ¡Vamos! ¡Jaaan! ¡Keeen! —Kurapika se deja llevar por la situación y hace tijeras con la mano al mismo tiempo que Gon grita—: ¡Pon! —y hace piedra con la mano. Luego comienza a saltar, contento—. ¡Tengo la habitación para mí solo! ¡Hasta mañana! ¡No se vayan a ir sin mí! Gon va y se mete a la habitación que acaba de ganar y cierra la puerta antes de que Leorio y Kurapika se den cuenta de lo que está pasando. Ambos se miran entre ellos. Kurapika no puede avergonzarse por ambos, así que decide que actuará como el casi adulto que es. Entra a la habitación, que es pequeña y acogedora, y mira alrededor, como si buscara algo. Tiene una cama individual, un buró a cada lado, una mesita con una silla y un pequeño tocador con espejo. Kurapika ve a Leorio mirándolo con intensidad a través del espejo. —¿Qué? —le pregunta—. ¿Tienes alguna objeción con que durmamos juntos? —Ha sido un día muy largo, Kurapika. Pero tenemos que hablar. —No lo creo. —¿Disculpa? —No creo que haya necesidad de hablar —aclara, sin dejarse llevar por la fuerza que Leorio está impregnando a sus palabras—. No podemos permitirnos esto. Toda esta situación no es algo que esté dentro de mis planes. —Oye, Kurapika… —Leorio se queda callado un momento. Luego se sienta en el filo de la cama, contemplativo—. Tampoco estaba dentro de mis planes enredarme con un omega, ¿sabes? Sé mejor que nadie lo doloroso que puede ser… perder… —Estabas vinculado a un omega, ¿cierto? Leorio levanta la cabeza, estupefacto—. ¿Cómo lo supiste? —Eres como un libro abierto, Leorio —Kurapika le habla con suavidad, pero Leorio todavía frunce el ceño—. Escucha: no creo que salga nada bueno de nosotros dos juntos. Yo tengo mis planes, y estoy seguro de que tú tienes los tuyos. No quiero interponerme en eso. —Ese no es el problema, Kurapika —dice él—. ¿Qué pasa si estás embarazado? —¿Quieres tener un hijo? —¿Yo? —Bueno, evidentemente, eres el padre. —¿Un hijo? ¿Yo? —Leorio se queda callado mucho tiempo. Luego niega con la cabeza—. No lo sé. —Yo sí sé: no quiero. No es el momento. —Pero los omegas que abortan… —¡Ni siquiera sabemos si estoy embarazado! —Kurapika alza la voz. Leorio es un buen chico, lo sabe, pero también es desesperante—. Simplemente, déjalo estar, ¿sí? Lo único que quiero es… Kurapika siente el sabor de la fruta en su boca. Frunce el ceño, confundido por un momento. Luego se da cuenta de que está sudando. El ambiente no es tan caliente como para estar sudando como lo hace. Su corazón comienza a palpitar de forma errática y un calor perezoso se extiende desde su bajo vientre. —¿Kurapika? ¿Te mareaste? De repente te ves… —Leorio se levanta de inmediato, preocupado. A tres pasos de distancia, Leorio se tapa la boca y la nariz, pero apenas una bocanada es suficiente para que sus ojos se tornen dorados—. No lo estás haciendo a propósito, ¿cierto? ¡Vete a dormir con Gon, rápido! Kurapika retrocede dos pasos. Los ojos de Leorio brillan con intensidad y su cara se ha sonrojado por la excitación repentina. Kurapika sabe que debe salir de inmediato, pero su aroma ya está por toda la habitación. Aunque se vaya de ahí, cualquier otro alfa que ande cerca y lo huela irá a su encuentro, como un tiburón directo hacia la sangre. Aun así, cree que tiene más posibilidades que si se queda ahí, por lo que corre hacia la puerta. En el último segundo, Leorio lo alcanza, rompe el picaporte para que la puerta no pueda abrirse y carga a Kurapika sobre su hombro. Kurapika intenta deshacerse de su agarre con todo lo que tiene, pero Leorio es realmente fuerte. Este le descubre el trasero apenas en un movimiento y lo lanza contra la cama para ponerlo en cuatro. —¡No! ¡No lo hagas! Leorio no lo está escuchando. Se humedece dos dedos que invaden el interior de Kurapika apenas un segundo después. Kurapika grita, o acaso gime, no está muy seguro. —¡No! —repite, pero sus caderas se mueven al encuentro de los largos dedos de Leorio—. ¡Maldita sea! Luego de un minuto, Leorio comprueba que Kurapika está listo. Se desabrocha el cinturón, saca su pene erecto y lo mete sin más ceremonias en el ano húmedo de Kurapika. —¡Basta! —grita este, pero sabe que está moviendo sus caderas adelante y atrás para recibir el grueso miembro de Leorio—. ¡Detente! —Cállate, Kurapika —le ordena Leorio. Usa su voz de mando, pero, como siempre, no surte ningún efecto en el omega. —¡Cállame, imbécil! Leorio no se hace esperar. Levanta a Kurapika para encajarlo sobre su pene. Mientras este baila sobre él, arriba y abajo, gimiendo, Leorio le desnuda el torso, pellizca sus pezones y entierra la cara entre su nuca y su hombro, respirando el olor frutal que desprende su cuerpo. Luego le gira la cara y le mete la lengua en la boca. Kurapika suspira contra su aliento, perdido en el momento. La excitación puede más que el raciocinio, porque Kurapika sabe que en circunstancias normales no se hubiese girado para intentar desnudar a Leorio a toda prisa. El saco y el pantalón van a dar al suelo, también las calzas blancas de Kurapika. Los botones de la camisa de Leorio saltan por todos lados, pero es demasiado tarde para quitársela, porque su piel descubierta y húmeda es suficiente para frotarse contra la piel caliente de Kurapika. El pene de Leorio lo acaricia por dentro mientras este lo toca y lo muerde por todos lados. —Me gusta —confiesa Kurapika—. Sigue. Sigue, Leorio. Me gusta. —Cállate. Leorio es tan agresivo en la cama que a Kurapika le fascina. No es ese atolondrado y tontorrón hombrecillo que va por ahí quejándose hasta de quejarse. Así, desnudo y despeinado, con los lentes empañados y la camisa hecha trizas, parece una bestia a punto de comérselo. Leorio sigue y sigue empujando hasta que Kurapika siente que es llenado con su semen caliente. Él mismo termina en el pecho de Leorio un segundo después. El alfa se limpia el semen de Kurapika y se lleva los dedos a la boca, saboreando. Parece que le gusta lo que prueba, porque su pene se vuelve a endurecer dentro de Kurapika. Toma sus manos y las aprisiona arriba de la cabeza de Kurapika, luego le descubre el cuello, le voltea la cara y dirige su boca peligrosamente cerca. Aquello le hace entrar en razón a Kurapika. Su entusiasmo febril disminuye en los siguientes segundos. —Leorio, ¡Leorio! ¡Maldita sea, Leorio! Kurapika se retuerce, hace un esfuerzo magistral y entonces siente el sabor ferroso de la sangre. Este se extiende por todos lados como una bomba de humo y Leorio gruñe ante el olor. Es el último recurso de los omegas contra los alfas: un olor tan potente a sangre que consigue disfrazar cualquier otro olor que permanezca en el ambiente. Es la defensa final a la que los omegas pueden recurrir. Kurapika escupe sangre mientras los ojos de Leorio dejan de brillar y este se aleja, asustado. —¿Rompiste tu glándula de aroma? Estás escupiendo mucha sangre, Kurapika. —¿Y de quién es la culpa, grandísimo idiota? Kurapika vuelve a escupir, ahogándose. Leorio se levanta. A pesar de la situación, Kurapika no puede evitar admirar al alfa que se para ante él, sudoroso, desnudo y con el pene recto.  Es hermoso.
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección