Kurapika
11 horas y 50 minutos hace
Kurapika no ha presenciado un ambiente tan pesado y poco amigable desde la primera vez que intentó presentar el examen de cazador. Todos los miran de arriba abajo, analizándolos, cuestionándose si un idiota enorme, un niño y un chico van a poder seguirles el ritmo.
—¿Soy yo o el ambiente aquí es muy lúgubre? —dice Leorio, dos pasos por delante de los dos omegas.
Kurapika ya está acostumbrado a tenerlo por delante, escudándolos a él y a Gon de cualquier imprevisto. El niño, sin embargo, se acerca a los desconocidos con una actitud amigable, aunque no le sirve en absoluto.
Un hombre en forma de frijol se acerca a ellos. Kurapika no está seguro sobre su especie, pero parece inofensivo. Leorio le recibe un círculo con el número 403. Mientras, Kurapika recibe el 404. Gon, el último, es el número 405.
Pero apenas se ponen los números en los pechos, Kurapika escucha la voz confiada de un tipo gordo y feo. Ostenta el número 16 en el pecho.
—No creo haberlos visto antes —dice, con una mirada condescendiente y una sonrisa presumida. Compone una cara amistosa, pero Kurapika ya ha notado sus intenciones—. ¡Hola!
—¿Sabe que es nuestra primera vez? —Gon está impresionado. Parece que a él cualquier cosa lo puede emocionar.
—Se ha vuelto más fácil. Es mi trigésimo quinto intento.
¿35 veces? El tipo debe estar loco. Se llama a sí mismo veterano y se presenta con presunción, pero Kurapika no podría confiar o siquiera comprender a quien lleva treinta y cinco años intentando obtener su título de cazador. Él y Leorio se miran; este tiene una mueca de confusión y lástima en la cara, y de hecho dice en voz alta:
—No es algo de lo que yo presumiría.
Kurapika quiere reírse, pero en su lugar pone cara seria y contesta—: Ni yo.
El pequeño Gon los ayuda sin querer, porque platica con el sujeto sin perder el brillo inocente de los ojos. Así Kurapika tiene tiempo para serenarse y ver qué sarta de tonterías va a soltar el tipo. Seguro que dice algo importante entre tanta cháchara.
—Yo tengo el récord, pero sí, hay otros —Tonpa, como se presenta el sujeto, mira a su derecha para presentar a los otros aspirantes que están tan locos como para haber intentado varias veces el examen—. Por ejemplo, ese hombre de allá —apunta con su dedo índice como si nada, sin importarle que todos se den cuenta de que está hablando de los candidatos—. El número 255, Todou, el luchador…
Tonpa señala a tres candidatos, uno más viejo que el anterior. Luego a un trío de hermanos, luego a un tipo con una enorme cerbatana. Todos parecen peligrosos de cierto modo, pero no lo suficiente como para intimidar a Kurapika. Ha lidiado con tipos peores.
Sin embargo, algo en ese momento lo hace activar todas las alarmas al máximo. Un tipo se choca con otro de peinado extraño, le reclama, pero el de peinado extraño y cara pintada como bufón le deshace los brazos. O tal vez es solo una ilusión óptica, pero el grito de terror del tipo mutilado parece real.
El bufón ostenta el número 44 y tiene la mirada más perversa que Kurapika haya visto en años.
—Vaya, ¡qué inusual! Parece que los brazos de este tipo se han vuelto pétalos de flores. Ahora los ven y ahora no —Gon aspiró, conmocionado—. Debes tener más cuidado y disculparte si tropiezas con otras personas.
—Perfecto, el psicópata volvió otra vez —Tonpa se queja en voz alta. Su cara se cubre con sudor frío. Parece que conoce bien al número 44—. “Hisoka el Mago”. Fue el primer elegido para aprobar el examen del año pasado hasta que casi mató a un examinador que no lo aprobaba.
Como siempre, Leorio es el primero en exaltarse.
—¡¿Y qué rayos hace aquí?! —parece nervioso. Le transmite su incomodidad a Kurapika por medio de silenciosas y furiosas feromonas—. ¿Dejarán que tome el examen después de hacer algo así?
—Claro que sí. Cambian el contenido y los examinadores cada año. Y los examinadores eligen el nuevo material. El mismo diablo pasaría el examen si los examinadores dijeran que está bien. Así funciona todo… En fin, a nadie le agrada, yo me alejaría si fuera ustedes.
Gran consejo, en esto sí que te hago caso, piensa Kurapika. Mira de reojo a Leorio y este entrecierra los ojos, analizando al número 44.
—Definitivamente se ve peligroso —sentencia.
—¡Oh! ¡Casi lo olvido! —Tonpa vuelve a mostrar su sonrisa. Saca de su mochila (ya manida y sucia) una lata de jugo de naranja—. Brindemos por la amistad, ¿qué dicen?
Gon es el primero en sonreír abiertamente, luego Leorio. Son un par de tontos sin remedio. Kurapika solo lo mira con curiosidad.
—¡Oye, gracias! Sí, es buena idea. Ay, me muero de sed.
Gon y Kurapika aceptan sus latas al mismo tiempo.
—¡Sí, muchas gracias! —exclama el pequeño.
—Gracias…
Kurapika escucha una risa a lo lejos.
—¡Por los buenos amigos y la buena fortuna! ¡Salud!
Kurapika mira a Gon y a Leorio, felices por el regalo. Abre su lata, pero no con el mismo entusiasmo. En ese momento y sin ningún precedente, un olor como a pollo frito asalta sus fosas nasales. Kurapika mira a Tonpa, quien tiene una sonrisa malvada en el rostro. Luego voltea hacia sus amigos, pero es muy tarde: Gon ya está tomando de su lata.
El niño escupe casi de inmediato y compone una cara de pena. Kurapika, más tranquilo, no interviene.
—Creo que el jugo se echó a perder señor Tonpa. Sabe extraño.
Leorio escupe con más energía que Gon, llamando la atención de todo mundo.
—¿En serio? ¡Eso estuvo cerca!
—¿Eh? ¡Qué raro! Lo siento mucho, amigos, je, je.
¿Amigos? ¿Quién es tu amigo, idiota?, piensa Kurapika, pero no lo dice en voz alta. Solo voltea su lata y comienza a tirar el contenido al suelo, sin consideración alguna.
—¡Por favor perdónenme, no tenía idea de que el jugo estaba mal!
Gon de nuevo es el ángel salvador de la situación. En otras circunstancias, Kurapika le habría proporcionado un puñetazo al imbécil.
—¡Está bien! Probé toda clase de plantas y hierbas en la montaña donde crecí, ja, ja, casi siempre sé cuando algo está mal.
El olor a pollo frito se intensifica. Kurapika jura que proviene del tipo arrodillado en el suelo.
—Je, ese es un gran talento —dice Tonpa, sobándose la cabeza. Tiene el ceño fruncido por la preocupación y la sorpresa y suda con más ímpetu que antes—. Nunca había visto algo así… Disculpen otra vez, ¡nos veremos después!
Tonpa se levanta con calma y se va, pero Kurapika jura que quiere correr. Entonces Leorio suelta su queja al respecto:
—Creí que nunca se iba a callar.
Kurapika lo ve alejarse entre la gente. Cuando un chico, que parece de la edad de Gon, llama a Tonpa a voz en cuello con alegría, Kurapika deja de prestarle atención.
Gon y Leorio hablan animadamente sobre lo que tratará el examen. Parece que a nadie le importa el tipo sin brazos a siete metros de ellos. Kurapika tampoco le toma demasiada importancia. Si el tipo hubiese perdido los brazos en serio, habría liberado un olor inconfundible. O tal vez sí liberó el olor, pero nadie le prestó atención.
Como sea, a Kurapika tampoco le importa. A menos que Gon se haga daño o el idiota de Leorio se le pierda entre tantas personas, a Kurapika le importan menos que un rábano los otros 402 participantes. No le importa si viven, mueren o pasan. Él solo está concentrado en que su grupo de tres siga siendo el mismo.
Una alarma extraña suena al otro lado de la pared metálica, al fondo del lugar. Cuando la alarma se detiene, la pared comienza a ascender, mostrando tras de sí una enorme y ancha galería con pequeñas luces rojas que se pierden en la oscuridad.
Detrás de la pared, vestido con elegancia y parado con un porte inigualable, un hombre de bigote y ojos caídos, sin boca, habla con firmeza y desenvoltura.
—Me disculpo por la tardanza, gracias por esperar. El periodo de entrada para los candidatos a cazador está oficialmente cerrado. Así que, sin más preámbulos, el examen de cazador comenzará ahora.
Leorio se envaró con entusiasmo. Gon apretó las asas de su mochila y sonrió.
—Una última advertencia —el hombre siguió hablando con calma, seguro de que todos le ponían atención—. Si tienen poca suerte o habilidad, tengan en mente que hay una posibilidad muy real de que acaben malheridos. La muerte es otra posibilidad clara. Si quieren aceptar los riesgos incluidos, les pido que me sigan ahora —dicho esto, el hombre extiende su mano izquierda hacia los participantes—. Para los que no quieran arriesgarse, salgan por el ascensor que se encuentra detrás de ustedes.
El hombre deja un espacio de silencio considerable. Abarca a todos con la mirada, pero nadie se mueve. Luego de unos segundos de espera, el hombre se para con firmeza y anuncia:
—De acuerdo. Muy bien. Los 404 candidatos participarán en la fase 1.
Dicho esto, da media vuelta, levanta la pierna derecha en ángulo recto, sin doblar la rodilla y pisa con fuerza. Luego la pierna izquierda, luego la derecha de nuevo. Lleva una velocidad de un paso por segundo.
Los candidatos delanteros lo siguen con calma, así que Kurapika, Leorio y Gon se mezclan entre la gente y comienzan a caminar.
—Sí, no creí que nadie se fuera a ir —dice Leorio. Siempre debe tener un comentario para todo—. Pero esperaba que algunos se escabulleran.
La marcha de un paso por segundo se duplica. Luego se triplica. Los candidatos de adelante comienzan a trotar de pronto.
—¡Creo que los de adelante empezaron a correr! —exclama Gon, siguiéndole el paso a la gente.
Kurapika cuida su bandolera mientras trota al lado de Gon—. Es porque está acelerando el paso…
—¡Qué grosero! ¡Olvidé presentarme! —el hombre sin boca sigue su camino sin detenerse—. Soy Satotz, su examinador de la primera fase del examen. Mi responsabilidad es llevarlos a todos a la segunda fase.
—¿Segunda? ¿Qué pasó con la primera? —alguien pregunta entre los candidatos delanteros.
—¡La primera fase ya está en marcha! La primera fase es muy simple: lo único que deben hacer es seguirme a la segunda fase. Así que no se retrasen.
—¿Seguirlo? ¿Eso es todo? ¿Nada más?
—Así es, no puedo decirles cuándo o a dónde deben llegar. Solo necesitan seguirme.
—Ya entendí —Kurapika comienza a usar los brazos para impulsarse.
—Este examen es extraño —se queja Gon.
—Esto me suena a una prueba de resistencia básica. Esto sí es lo mío —Leorio sonríe con socarronería y confianza. Libera sus feromonas con olor a sol porque está emocionado—. ¡Sigue corriendo amigo, yo te seguiré!
No saber qué tanto correrás es mentalmente estresante, sin mencionar la presión física, pensó Kurapika. Tuvo el impulso de llevar su mano a su vientre, pero se contuvo. Este es un examen de fortaleza mental también.
En ese momento, todos los candidatos están corriendo. Intentan alcanzar a Satotz, pero este parece volar muy por delante de todos.