Leorio
11 horas y 50 minutos hace
Leorio sabe que sus feromonas están como un vapor a su alrededor, pero no le importa. En algún momento de su vida se acostumbró a olerlas en su cuerpo cuando estaba emocionado por las cosas, así que simplemente deja que se liberen sin ponerle verdadera atención.
No obstante, algunos corredores todavía componen caras de asco cuando están cerca de él. Está claro que no le importa, pero tampoco es como que pueda ignorar a cuatrocientas personas en una galería cerrada, así que después de un tiempo procura controlarse.
Gon y Kurapika corren a su ritmo, sin desesperarse. Es cierto que es una prueba de resistencia. Y, si lo que dice Kurapika es real, este no debería exigirse mucho. Aun no sabe lo que le dijeron en la clínica, así que Leorio está ansioso por obtener respuestas.
¿Kurapika está en cinta? ¿Es correcto ponerlo a correr cuando no se sabe lo que pasa con su cuerpo?
Leorio tampoco sabe qué pensar al respecto. Generalmente, los omegas y las chicas embarazadas suelen averiguar que están en estado cuando tienen al menos dos semanas desde la concepción. Incluso una semana es extraordinario con las pruebas de sangre más modernas.
¿Pero un día y medio? Es tan increíble que Leorio casi siente que le están mintiendo a la cara.
Como sea, no es como que sea algo improbable. Tuvieron sexo mientras Kurapika estaba en celo y Leorio tenía su rut. Incluso anudaron, lo que debería ser una prueba irrefutable. Pero, si aquello no lo convenciera, que Kurapika sea un omega dominante es casi un pase directo al embarazo.
Hay tres razones poderosas por las que él está en cinta, entonces, ¿por qué Leorio sigue teniendo severas dudas al respecto?
Tal vez porque nunca se imaginó que el embarazo se vería de esa manera: como si no ocurriera nada. Kurapika va por ahí, corriendo, como si nada hubiese pasado en los últimos días.
A Leorio casi que le molesta, pero sabe que está siendo irracional. Más bien, sería espantoso si Kurapika tuviera barriga a los dos días de concebir. Leorio se cagaría del miedo.
Por fortuna, ambos son humanos, no aliens.
Cuando pasan treinta minutos, Leorio todavía está firme, pues solo han recorrido unos siete u ocho kilómetros. Además, Kurapika y Gon están junto a él.
Al pasar una hora y seguir viendo el mismo escenario, Leorio está confundido. Ya han recorrido al menos 15 kilómetros, pero está comenzando a perderle el paso a Kurapika.
A las dos horas comienza a desesperarse. Llevan más de 30 kilómetros y el escenario es exactamente el mismo. Instalaciones lóbregas y destartaladas, mucho polvo, mucha gente sudando y respirando con fuerza. Algunos ya ni siquiera se molestan en controlar sus feromonas, así que el viaje se está haciendo más tortuoso conforme más avanzan. En este punto, los candidatos han comenzado a caer.
Leorio no ve a Kurapika por ninguna parte, pero sabe que no se ha quedado atrás, así que guarda una débil esperanza.
¿Qué rayos estaba pensando cuando me inscribí?, piensa Leorio, con los pulmones a punto de explotarle. Debes ser un monstruo para pasar el examen de cazador y estoy rodeado de ellos...
En ese justo momento alguien llama su atención. Es un chico que se desliza sobre su patineta, con su cabello en punta llegándole al codo a Leorio. Es albino, flaco y combina su ropa con su cabello y sus ojos: azul y blanco.
—¡Alto ahí, niño! —grita al ver que le adelanta sin esfuerzo alguno—. ¡Muestra un poco de respeto por el examen!
—¿De qué hablas? —el niño voltea a mirarlo de soslayo sin poner atención al frente. Ni siquiera está preocupado por chocar con alguien, lo que hace que Leorio se sienta más indignado.
—¡Hablo de que estás usando una patineta! ¡Eso es trampa!
—¿Por qué? —esta vez el niño gira su cabeza por completo hacia su izquierda para mirar a Leorio. Su curiosidad es genuina, pero también muy molesta.
—¡¿Por qué?! ¡Es una prueba de resistencia, por eso!
—¡No lo es! —interviene Gon, que viene junto a Kurapika detrás de Leorio y el niño.
Aquello desconcierta a Leorio, quien ya tiene la cara empapada en sudor y las venas en su frente están a punto de explotar—. ¿Cómo que no lo es? ¡¿Qué es lo que estás balbuceando, Gon?!
—El examinador solo dijo que lo siguiéramos, ¡es todo!
—¡Oye! ¡¿De qué lado estás ahora?! —pregunta, estupefacto.
En ese momento, el niño baja un poco la velocidad de su patineta para igualarse a Gon y le habla—: Hola, ¿qué edad tienes?
—Doce años.
Leorio no puede verle la cara al niño, pero puede que haya decidido que Gon le caerá bien, porque se baja de la patineta y comienza a correr junto a él. Apenas los ve juntos, un par de chiquillos de la misma estatura en un examen mortal, Leorio piensa lo inevitable: serán inseparables.
—Me llamo Killua —se presenta mientras ambos comienzan a adelantar a Leorio, enfrascados en su propia plática.
—¡Hola, soy Gon!
¡Malditos niños! ¡No dejaré que se burlen de mí!
Los pensamientos de Leorio despotrican contra los más jóvenes sin consideración, pero todo lo que puede hacer es seguir corriendo para alcanzarlos. No importa que los músculos de sus piernas vacilen y su respiración se sienta cada vez más pesada.
A las tres horas, Leorio se da cuenta de que Tonpa está haciendo tratos para desmoralizar a los más atrasados. Los candidatos comienzan a llorar o a gritar, desesperados por alcanzar a la multitud.
A las cuatro horas, sesenta kilómetros después, Leorio solo ve al frente.
A las cinco o seis horas, Leorio ya no sabe, ya solo está poniendo un pie delante del otro. Lo suyo ni siquiera puede llamarse caminar. Los candidatos le llevan veinte metros de ventaja.
Veintiún metros...
Intenta llevar aire a sus pulmones y no puede.
Veintidós metros...
Su visión se está tornando borrosa.
Veintitres... Veinticuatro... Veinticinco...
Los novatos casi nunca pasan el examen de cazador. Leorio lo sabe. Solo uno cada tres años en promedio... Yo soy un hombre promedio... Y ese promedio no es nada alentador. Leorio no puede ser el único idiota reprobado de los cuatro (porque ya considera a Killua dentro del cuadro).
Mira al número 61 pasar junto a él, todavía con la suficiente energía para alcanzar al resto de candidatos. En cambio, Leorio ya se está doblando sobre sí mismo, cada vez más exhausto para continuar.
No tengo oportunidad... ¿Qué rayos estaba pensando? ¡Maldición!
Con otra bocanada de aire, el 229 lo sobrepasa y lo deja en último lugar. Leorio suelta su maletín en ese momento, deja caer las manos sobre las rodillas y tose con sequedad, deseando fervientemente un sorbo de agua y un descanso.
Cuando levanta la mirada, Killua y Gon se han detenido también. Se ven pequenísimos en la distancia oscura, pero Leorio sabe que son ellos. Kurapika ni siquiera se ha dado cuenta de lo que sucede, pero es que un omega dominante no debería tener ningún problema en someterse a una prueba de ese estilo. No en los primeros cincuenta kilómetros, al menos.
—Oye, olvídalo, debemos continuar —le dice Killua a Gon.
Objetivamente tiene razón, pero Leorio lo odia por un segundo. Aun así tiene problemas más acuciantes, pues está a punto de desmayarse. Le falta el aire, le duelen las piernas, el pecho, las entrañas, quisiera solo acostarse y recuperarse.
Pero no puede.
Kurapika está allá adelante.
Kurapika lo sigue intentando. Incluso los más avezados tendrían problemas con más de sesenta kilómetros, ¿por qué un omega embarazado sería distinto? No, no y no.
Kurapika no puede ir solo.
Kurapika lo necesita. E incluso si no lo hace, Leorio cree que sí.
—¡Pues al diablo! —grita, sintiendo una repentina descarga de energía—. ¡Me convertiré en cazador A COMO DE LUGAR!
Y comienza a correr de verdad. No a trotar ni a andar rápido, sino a realizar una verdadera y espantosa lucha contra su cuerpo para obtener la victoria.
—¡MALDITA SEAAA!
Pasa por delante de los niños sin mirar atrás.
Corre y corre y corre...
Y corre...
¡Y el camino comienza a ascender! ¡Hay escaleras! ¡Dios mío! ¡Escaleras que van hacia arriba después de sesenta kilómetros corriendo para alcanzar a un maldito hombre!
Leorio se quita el saco empapado en ese momento. No, la camisa y la camiseta también son un problema. Pues al diablo, piensa nuevamente. Se amarra la camisa y el saco a la cintura y deja ir la camiseta. Lo único que no se quita es la corbata, porque no puede quitarse el número de candidato del pecho y su sudor claramente no cooperará.
Y justo entonces, cuando ya no puede más, otra vez, lo ve a la distancia. Sube escalón tras escalón como si anduviera en un feliz día de paseo. Lo ama y lo odia a la vez porque para él sigue pareciendo muy fácil a pesar de que ya llevan seis horas corriendo.
—¿Estás bien, Leorio? —le pregunta con su suave voz. Leorio tenía miedo de no escucharlo más. Siente que, de ser necesario, Kurapika lo dejará atrás sin contemplaciones. Y razones no le faltan a Leorio para creer esto.
—¡Muy bien! ¡Jamás estuve mejor! —exclama. Mi voz es tan aguda, cielos...—. ¡Si olvido lo ridículo que me veo...! ¡Es mucho más fácil seguir adelante!
Kurapika se ríe. Leorio lo escucha y su corazón da un vuelco. Decide que, ya que perdió la dignidad ante Kurapika, lo mínimo que debería hacer sería pasar la prueba. O el examen, si se puede.
Siente unas energías renovadas y comienza a correr de nuevo.
Kurapika se quita la casaca de Kurta, la guarda en su bandolera y comienza a igualar a Leorio en su carrera. Es tan repentino que Leorio siente que se eriza y se calienta al escuchar los gemidos de Kurapika.
Se regaña interiormente. Solo está corriendo, maldito pervertido. Solo está corriendo...
—¡Ah, ah, ah! —Kurapika suspira como una acción mecánica, producto de su esfuerzo al correr, pero Leorio solo puede pensar en quitarle la ropa y meterle su pene cada vez más duro—. ¡Leorio, tengo una pregunta para ti!
¿Me preguntará si podemos ser novios? ¿Si le daré el apellido al niño? Un niño... ¿O una niña? Una niña con la cara de Kurapika...
—¿Qué pasa? ¿Esta fase es demasiado fácil para ti y la quieres hacer más complicada con preguntas? ¡Guarda tu aliento, Kurapika, vas a necesitarlo! —le dice. Leorio no cree que deban hablar sobre asuntos serios mientras están sudados y agitados.
Claro que, si el sudor y la agitación fueran por razones distintas...
—¿Por qué quieres ser un cazador? ¿Realmente se trata sobre el dinero? —No creí que hablaríamos de esto tan pronto, piensa Leorio, mientras Kurapika expone sus razones—. No nos conocemos desde hace tanto, ¡pero no pareces ser asi! Es decir, ¡sí! Tu actitud es terrible y tampoco eres muy brillante... —esta vez, Leorio hace una mueca—. Aunque... Ser superficial no es uno de tus defectos. He conocido a muchos cuya única pasión en la vida era el dinero, y tú no te pareces a ellos.
—Crees que lo sabes todo, ¿no?
Leorio lo adelanta para que no pueda ver su cara. No sabe cómo mirarlo a los ojos cuando sabe lo que necesita revelar. No quiere, así que se queda callado.
Pero Kurapika, en su lugar, solo dice—: Ojos escarlata. Por eso el clan Kurta fue exterminado... Los ojos escarlata son un rasgo que solo pertenece a mi clan. Cuando nuestras emociones fluctúan, nuestros ojos toman un tono escarlata. Uno de los siete colores más bellos del mundo —explica—. Y tienen un precio muy alto en el mercado negro.
—¿Y por eso los atacó la Brigada Fantasma? ¿Solo por sus ojos? —pregunta Leorio. Desde que conoció a Kurapika se lo ha estado preguntando incontables veces. Creía que era por su extrema rareza como clan, que querían despojarlos de su humanidad esclavizándolos o traficándolos pero, ¿solo por sus ojos?
—Arrancaron los ojos de los cadáveres de cada uno de mis hermanos, ¡ni uno solo escapó de la profanación! —Kurapika cierra los ojos. Si su color cambiara a escarlata sería muy malo, ¿no?—. Incluso ahora puedo oírlos, los gritos angustiados de sus cuencas vacías... ¡Juro por mi vida que capturaré a la Brigada Fantasma y entonces...! ¡Vengaré a mi clan, recuperando sus ojos!
—¿Por eso quieres ser un cazador? —Leorio siente que está impregnando un poco de reproche en sus palabras, pero no puede hacer mucho al respecto, porque no deberían subir escaleras corriendo mientras hablan de algo tan importante.
—¡Exacto! Si me vuelvo un cazador por contrato con clientes ricos tendré acceso a la información del mercado negro.
—¡Pero...! ¡Tendrás que ser la clase de cazador que odias! —Justo el tipo por el que me reprochabas tanto—. ¿Crees que podrás tragarte tu orgullo cuando lo necesites?
—El golpe a mi orgullo no es nada. Nada comparado con... el sufrimiento de mi clan.
—¡Bien! ¡Lo siento, pero no tengo una causa noble como tú! ¡Lo único que quiero es dinero!
—¡No es cierto!
—¡Claro que sí!
—¡No lo creo! ¡Sé honesto! ¡¿Realmente crees que el dinero lo compra todo?! ¡Di la verdad!
—¡Claro que sí! —repite Leorio.
Kurapika acaba de manipularlo. Soltó, así como si nada, una razón noble y digna de un lobo solitario que aguanta sesenta kilómetros mientras un bebé comienza a gestarse en su abdomen. Leorio no quiere hablar sobre él mismo. No así.
—¡Por el precio correcto puedes comprar corazones, tesoros, sueños y hasta la vida de la gente! —Oh Dios, acabo de decir algo como eso, piensa, pero ya es tarde.
—¡Retira lo dicho, Leorio! ¡No me quedaré aquí a dejar que insultes a los Kurta!
¿Qué hago? ¿Qué digo? ¿Cómo remedio esto? ¿Le digo?
—¡¿Qué?! ¡Es la verdad! ¡¿O no?! —Leorio no puede más. Su cara demacrada aparece frente a sus ojos y de pronto es solo él sosteniendo una mano huesuda. Un dolor sordo lo invade: el mismo que sintió cuando él murió. Así que decide no ocultarlo más. Voltea hacia Kurapika, desesperado, y le grita—: ¡Si hubiera tenido dinero mi predestinado seguiría con vida hoy!
Kurapika compone una cara de sorpresa. Leorio cree verle un atisbo de sentirse traicionado, así que vuelve a mirar al frente, conmocionado por su propia estupidez. Pudo haberle dicho “mi amigo”, ¿o tal vez “un conocido”? Aunque “Pietro” no es una opción, no después de lo que le hizo la noche anterior.
Pero, ¿su predestinado? ¿Así sin más?
Sin embargo, parece que Kurapika se lo toma con más calma de la que Leorio previó, porque le pregunta—: ¿Estaba enfermo?
—Sí... —susurra, luego levanta la voz. Kurapika siempre es extraordinario, centrado, siempre firme. Leorio se averguenza de ser un tonto junto a él—. Era una enfermedad curable...