Kurapika
11 horas y 49 minutos hace
Kurapika lo escucha hablar, sintiendo una cantidad tremenda de cosas. Enojo, frustración, estupefacción. Se siente ridículo. Se siente celoso. Pero, sobre todo, se siente como un imbécil por presionar a Leorio a que cuente sus verdaderas razones.
¡Su omega predestinado, nada menos! ¡Y además está muerto! Y Kurapika creía tener problemas suficientes por sí mismo. Ha escuchado las leyendas. Las parejas predestinadas son más un mito que una realidad, aun más extraños e irreales que la mayoría de las especies, los objetos y los lugares que los cazadores suelen perseguir.
Se dice que son capaces de encontrarse contra todo pronóstico. Se dice que no hay poder humano ni divino capaz de separarlos. Que se aman con locura, de verdad. Que, cuando están separados el suficiente tiempo, se marchitan en vida.
Y también se dice que, cuando uno de los dos muere, el otro no tarda días, ni siquiera horas, en seguirlo, porque no puede soportar el dolor físico y emocional de perderlo. Pero Leorio está ahí, vivo, respirando. Leorio sigue aquí.
—Era una enfermedad curable —explica Leorio. Se sume en sus propios pensamientos, dejando salir todo.
Es decir que, si tan solo hubiese tenido un poco de dinero, Leorio seguiría junto a él. Junto a Pietro. El nombre lo tiene Kurapika en la punta de la lengua. Sabe que es él, como sabe que la noche es oscura y el día claro.
Sabe que la muerte de Pietro es la única razón por la que Leorio está ahí junto a él, y eso le hace doler el corazón, lo que en el fondo le parece absurdo.
—Desde pequeño fue enfermizo —dice, mirando otros tiempos. Leorio no está ahí con Kurapika, está en otro lugar, con otra persona—. No era nada grave, pero su sistema inmunológico no era el ideal. Incluso en días soleados apenas aguantaba diez minutos jugando porque solía desmayarse. Aun recuerdo que ni siquiera podía reírse con ganas, como cualquier chico, porque perdía el aliento casi de inmediato... Murió porque la operación costaba una fortuna. ¡Fui ingenuo! ¡Creí que podría volverme un doctor para curar a los niños con la misma enfermedad y decirle a sus padres que no me debían nada! ¡Que era gratis! ¡Ese era mi sueño...!
Ah...
Así que eso es el motor de Leorio, su combustible. Lo que lo mantiene con vida. La llama de Leorio no se extinguió con la muerte de Pietro porque él sigue lamentándose de su incompetencia. Él quiere cambiar. Él quiere salvar a los niños que sufren como Pietro para salvarse a sí mismo, al niño u hombre que vio morir a su pareja predestinada sin poder hacer nada.
Leorio comienza a llorar en ese momento. Kurapika se siente mal, no solo por sí mismo, sino por lo que ha provocado.
—Una buena broma, ¿no? ¡Resulta que para volverse un doctor debes tener una obscena cantidad de dinero! ¡¿Lo entiendes?! ¡Todo el mundo se rige por el dinero! ¡Así que conseguiré todo el que pueda!
Kurapika solo puede ver su espalda tensa, los músculos flexionándose para hacer un esfuerzo y seguir delante de él. Y a pesar de la mescolanza de sentimientos, de las dudas, de la tensión entre ellos, Kurapika compone una pequeña sonrisa, aunque no sabe porqué exactamente está sonriendo.
Un momento después, Gon y un niño albino pasan junto a Leorio; es el mismo niño que llamó a Tonpa antes de que la prueba comenzara. Ambos niños están sonrientes y parece que están disfrutando del esfuerzo físico como si no llevaran casi ochenta kilómetros recorridos. Kurapika no sabe quién es este nuevo niño, pero supone que se les unió tal como él a Leorio y a Gon: así sin más.
—¡Los veré en la meta! —exclama Gon.
—¡Sí! ¡Nos vemos luego, viejo! —el niño albino es igual de risueño y extrovertido que Gon. Kurapika supone que hicieron buenas migas allá atrás.
—¡Oye! ¡No soy ningún viejo! ¡¿No ves que soy un adolescente igual que ustedes?!
Gon y el albino lo miran de hito en hito, sorprendidos. Kurapika también lo está. Hasta ese momento, suponía que Leorio tenía veinticinco o veintiséis años. En verdad no parece menor, mucho menos un adolescente como él asegura.
Los niños se burlan, se adelantan y los dejan atrás a ambos.
Kurapika decide, por su paz mental, no seguir hablando de cosas escabrosas. Ya tendrán otros momentos. Mientras tanto, se dedica a subir y subir escaleras. Nota en los alrededores que hay cada vez más luz. Las paredes son más claras, tomando un tono verdoso, y los colores apagados de las vestimentas y cabellos de los participantes también comienzan a avivarse.
Luego de un minuto o dos, alguien grita—: ¡La salida! —y un suspiro colectivo los invade.
Kurapika huele el sol en Leorio.
A la distancia, a unos cuatrocientos metros, Satotz llega al final del túnel, recortado por la brillante luz del final. Gon y el niño albino brincan hacia la salida en cuanto Satotz comienza a girar la cabeza para comprobar el número de participantes.
Kurapika, Leorio y el resto continúan avanzando, cada vez más cerca.
—¡Ganéee! —gritan ambos niños, riendo.
Aun desde la distancia, Kurapika sabe que llegaron exactamente al mismo tiempo, pero sus voces pueden escucharse cada vez más cerca, discutiendo.
Leorio deja atrás su mano, pero no voltea a ver a Kurapika. Sus orejas están rojas mientras le dice—: Vamos, un último esfuerzo.
Kurapika sonríe, le toma la mano y corren juntos el último tramo. Leorio está sudoroso y cansado, pero aun así hizo un esfuerzo monumental por estar ahí, Kurapika ahora lo comprende.
De hecho, Leorio comienza a batallar con su respiración. Parece que está a punto de desmayarse, pero sigue subiendo sin parar, sin ni siquiera darse cuenta de que ha soltado la mano de Kurapika. Este decide seguirle el paso desde atrás, por si se desmaya o algo así.
Sin embargo, al contrario de sus preocupaciones, Leorio llega al escalón final ya sin aliento, pero llega. Kurapika vuelve a correr y tres segundos después lo alcanza.
Ya hay un montón de participantes, y los niños están sentados junto a la puerta, esperando. El lugar es solo un montón de niebla cubriendo árboles a la distancia.
—¡Hola, Kurapika!
—Hola... ¿Este es nuestro destino? —Kurapika se queda parado junto a Leorio, esperando a que recupere el aliento. Mira alrededor mientras tanto.
—No, aun no.
—Mmm, ya veo. La niebla está aumentando.
A la distancia solo puede ver árboles, hierba, y niebla. Mucha niebla. Todo niebla.
—Los humedales Numere, también conocidos como Morada de los Truhanes —explica Satotz. Vaya nombre, piensa Kurapika—. Hay que cruzarlos para llegar a la fase dos del examen. Este lugar es hogar de una variedad de animales realmente extraños, muchos de los cuales son criaturas astutas que engañan y devoran a sus presas humanas. Así que, por favor, sean muy cuidadosos —Satotz voltea a ver a los candidatos como si fueran su público y él estuviese contando una historia de terror—. Si los engañan, podrían morir.
Un murmullo colectivo los invadió. Los participantes se quejaron, renegaron, unos incluso querían abandonar a esas alturas. Pero justo en ese momento la cortina de metal del túnel comenzó a descender detrás de ellos. Un participante de camisa guinda y el número 305 tropezó en los últimos escalones. Kurapika solo pudo ver su torso en el último escalón, gritando—: ¡Espérenme! ¡Oh, no! —detrás de la cortina.
Y aun con los sueños y esperanzas completamente destrozados de alguien a quien le faltó solo un segundo para alcanzarlos, Satotz continúa explicando como si nada hubiese pasado—: Las criaturas de los humedales no deben subestimarse pues usarán todos los trucos disponibles para engañar a sus presas. Este es un ecosistema en el que las criaturas cazan con el arte del engaño. Ahora bien, por favor síganme de cerca para que no los engañen.
Kurapika siente un pequeño rastro de molestia en Gon. Bueno, él también se siente un poco molesto. No había necesidad de ser tan crueles. Sin embargo, Leorio ya parece haber recuperado no solo el aliento, sino también la estupidez, porque dice con confianza:
—¿Está jugando con nosotros? Si sabemos que quieren timarnos, ¿quién se dejaría engañar?
—¡Que no los engañen! —grita alguien.
—Oye... ¿No dije que no nos engañarán?
—Que no los engañen —repite la misma voz, seguida de un hombre castaño con la ropa desgarrada y la cara golpeada—. ¡Él miente! ¡Ese hombre está mintiéndoles! —Señala, cómo no, a Satotz, que no muta la expresión mientras un dedo lo apunta con escarnio—. ¡Es un impostor! Un fraude total. ¡Yo soy el examinador, ¿entienden?!
—¿Impostor? —pregunta Leorio—. ¿Qué sucede aquí?
La audacia, piensa Kurapika. Sabe que el impostor es el que habla, pero continúa en silencio. Si el tipo puede engañar a unos cuantos y reducir los números, qué mejor.
—¡Se los probaré! ¡Miren esto! —lleva de la mano (o de la pata, Kurapika no está seguro) a una criatura humanoide.
Tiene el cuerpo similar al de un mono tamaño humano y una cara parecida a la de Satotz. Su mismo cabello, misma complexión e incluso el mismo bigote. Pero, a diferencia del examinador, este tiene una grotesca boca llena de incisivos, de la que cuelga una asquerosa lengua. Está inconsciente, o tal vez muerto.
Gon libera un pequeño olor que significa sorpresa. En el fondo, Kurapika piensa que es tierno.
—Vaya, se parece al señor Satotz.
—Es un mono cara de hombre de los humedales —explica el “examinador”.
—¿Un mono cara-qué? —las preguntas de Leorio, llenas de una mezcla de escepticismo y confusión, hacen que Kurapika se relaje. Mientras no le crea de verdad...
—Un mono cara de hombre. Aman el sabor de la carne humana, pero sus miembros son tan largos y delgados que son muy débiles. Por eso se disfrazan de humanos. Nos engañan para seguirlos a los humedales donde trabajan con otras criaturas para matarnos y comernos.
Mientras el “examinador” habla, Kurapika siente que los participantes más adelantados están rodeando a Satotz. Turba de imbéciles, le están creyendo todo.
—¡Es lo que él quiere! —el “examinador” vuelve a apuntar con su dedo índice a Satotz—. ¡Engañar a todos los candidatos del examen y devorar a cada uno de ustedes!
—¡Desgraciado! —exclama Leorio.
Kurapika suspira por dentro. Por supuesto, Leorio no sería Leorio si no fuera alguien fácil de engañar.
El calvo con el número 294 es tan tonto como Leorio, porque dice—: Pues eso explicaría porqué no camina como un humano normal.
Y, al mismo tiempo que 294 dice esto, Kurapika ve cómo Hisoka, el número 44, lanza seis naipes, tres para Satotz, tres para el “examinador”. Describen una línea recta a una velocidad alarmante y los tres del “examinador” se encajan en él como si fuese dagas. Cae muerto al instante.
Todos miran a Satotz, fresco, mientras sostiene los naipes como si fueran solo eso: naipes.
—Vaya, ya veo —dice con su voz amanerada, jugando con los naipes restantes en sus manos—. Eso lo resuelve. Usted es el verdadero —señala, mirando a Satotz.
Leorio aspira aire, impresionado. Kurapika solo se burla en silencio de él. El mono cara de hombre que había fingido estar inconsciente se da cuenta y sale corriendo. Al mismo tiempo, Satotz tira las cartas y continúa impasible.
—Los examinadores son cazadores —explica Hisoka—. Cada uno es elegido por el comité del examen para hacer su trabajo sin paga. Cualquiera que tenga el título que queremos para nosotros podría rechazar ese ataque. Y con mucha facilidad, debo añadir.
—Tomaré eso como un cumplido. Gracias... —Satotz mira a Hisoka por un momento—. Aun así, si decides atacarme otra vez por cualquier razón, no tendré otra opción que reportarte y serás descalificado. ¿Está claro?
—Muy claro —dice Hisoka.
Incluso desde la distancia, Kurapika sabe que está liberando feromonas. La gente se mantiene apartada de Hisoka no solo por el peligro, sino porque parece como si estuviese a punto de entrar en su rut. Parece más que emocionado de estar ahí. Parece excitado.
Un montón de aves carroñeras comienzan a devorar el cadáver del “examinador”. La sangre borbotea ante la visión asqueada y conmocionada de todos.
—La naturaleza puede ser brutal. Es duro verlo —expresa Leorio.
Tiene razón, pero Kurapika no deja de pensar que esta muerte, aunque no sea de un candidato, solo puede ser el comienzo de algo aterrador. Por un breve momento, casi tan breve que ni siquiera se da cuenta, Kurapika está a punto de llevar su mano al vientre.
—Ese mono cara de hombre quería confundirlos y atraer a algunos de ustedes. Esos intentos son de esperarse —explica Satotz, acercándose a los candidatos.
—No podemos bajar la guardia —dice el albino. Gon está de acuerdo.
—Por favor, tengan en cuenta que enfrentarán esos engaños con regularidad. Debo asumir que varios de ustedes cayeron en la trampa y dudaron de mi identidad —Leorio parece afectado; es un verdadero tonto—. Entiendan. Quiero dejar totalmente claro que si uno de ustedes me pierde de vista en la niebla, no tendrá ninguna esperanza de llegar a la segunda fase del examen. Ahora comencemos. Por favor, síganme.
Pasó el tiempo suficiente para que todos descansáramos y recuperáramos el aliento, piensa Kurapika. Es como si Satotz hubiese planeado ese engaño a propósito para que los que no fueran tan tontos lo siguieran de cerca.
Satotz se gira y comienza caminar. Sin embargo, a diferencia del trote ligero con el que comenzó la primera fase, esta vez todos se largan directo a correr detrás de él para seguirle el paso.
—Grandioso, otro maratón —se queja Leorio. Su corbata vuelve a ondear tras él como una capa ridícula.
—Pero esta vez estamos en el humedal y correr en tierra húmeda requiere mucha más energía.
Aun así, son muchísimos. Kurapika no sabe cuántos se quedaron allá atrás, pero está seguro de que fueron pocos. Además, ninguno fue devorado por los monos cara de hombre, así que, contra todo pronóstico, el examen podría volverse una pesadilla con tanta gente.