Leorio
11 horas y 49 minutos hace
Leorio tiene que demostrar que no es ningún tonto. Aunque creyó en las palabras de una criatura devorahombres, Leorio se consuela pensando en que dicha criatura evolucionó para cazar de esa manera. Si no cayera nadie en sus trampas, hace años que se habrían extinguido. Es la ley del más apto, supone. El que no se adapta, no sobrevive.
Aun así, las acciones de Hisoka el Mago son aterradoras. Hace lo que quiere, cuando quiere, incluso atacando a Satotz. Así pues, Leorio decide mantener un ojo en él. No quiere ser atacado de repente por sus naipes asesinos.
Todos corren unos detrás de otros. Los niños van en el centro de la turba. Hisoka anda detrás de ellos, separado por algunos candidatos. Kurapika se mantiene junto a Leorio, así que para él es un consuelo verlo cerca.
—La niebla está aumentando poco a poco —Kurapika parece preocupado por este hecho desde que dejaron el túnel, pero Leorio está empeñado en no perderlo de vista, aun si ambos se pierden juntos.
Killua escucha a varios candidatos detrás de Hisoka, hablando entre ellos como si nadie los estuviese oyendo. Es ahora o nunca, dicen. Está un poco preocupado por su nuevo compañero, así que llama su atención.
—Movámonos al frente. Pongamos un poco de distancia entre Hisoka y nosotros. Es peligroso estar cerca de él. Puedo olerlo.
—Olerlo, ¿eh? —Gon examina el aire delante de él, buscando algo—. Yo no creo que huela —Killua piensa que es un poco ingenuo—. ¡Oigan, Kurapika, Leorio! ¡Killua piensa que debemos movernos al frente!
—¡Oye, calma! ¿No sientes la tensión en el aire?
Sentir tensión, oler el peligro, piensa Killua. Su padre y su abuelo ya le han hablado sobre esto en el pasado. Los omegas son unos expertos en percibir esta clase de cosas, así que, si quiere ser un perfecto asesino, Killua debería poder hacer que bajen la guardia alrededor de él. Puede que Gon no sea un omega, sino un simple beta y por eso es tan ingenuo.
—¡Qué tonto! ¡Si pudiera llegar al frente ya estaría ahí! —la voz molesta de Leorio cruza la niebla detrás de ellos. Killua se burla por un momento.
—¡Vayan, los veremos allá! —exclama Kurapika. Tan pronto como dice esto y deja de escuchar a los niños, todo comienza a tornarse de un blanco sucio—. Esto es malo. No podemos saber a dónde vamos.
—Tranquilo —Leorio sigue corriendo con confianza—. Mientras no perdamos de vista a los que van en frente de nosotros...
Pero un segundo después, Leorio pierde la confianza... Porque alguien pierde la cabeza. Literalmente la cabeza se le cae de los hombros. Solo pueden ver las siluetas borrosas por culpa de la niebla, pero Leorio sabe lo que acaba de ver y esto lo asusta.
Una, dos, tres cabezas más, y las siluetas desaparecen justo después. Están a solo seis metros de ellos... Así que él y Kurapika se detienen en el acto.
—¡¿Qué rayos está pasando?! —grita Leorio, conmocionado. Quiere mantener la serenidad frente a Kurapika, porque la dignidad la perdió cuando se quitó la ropa. No obstante, no puede tranquilizarse.
Las cabezas comienzan a flotar, rojas. No, no son cabezas, son... ¡fresas! ¡Fresas del tamaño de cabezas!
Esto, luego de hacerlo perder los estribos, lo hacen recuperar un poco de calma. Uno de los participantes se les adelanta con cautela y camina hacia las fresas y entonces el morro gigantesco de un animal lo atrapa entre sus dientes y lo alza en el aire. Parece un reptil de cuello largo con una cabeza del tamaño de un carro. Tiene un caparazón de tortuga que está cubierto de pequeños árboles coronados en fresas.
Todo es tan malditamente raro que Leorio piensa que está alucinando, pero todos los candidatos junto a él parecen estar teniendo la misma visión.
Aparece otra tortuga, y otra más. Los candidatos corren en desbandada hacia cualquier dirección, condenándose. Leorio y Kurapika, más sabios, se colocan espalda con espalda y se toman la mano por un breve momento.
—¿Qué hacemos? ¡Kurapika! ¡¿Qué hacemos?!
—¡Cállate y déjame pensar! —Kurapika mira alrededor, atento—. ¡Los troncos! ¡Hay troncos por todas partes! Supongo que esas cosas no solo comen humanos si no son tan frecuentes. ¡Si nos devoran estamos acabados!
Leorio lo comprende. Mejor que devoren troncos y no a ellos. Pero justo cuando carga uno, tan pesado como dos Kurapikas juntos, una tortuga acerca su morro a él y abre el hocico. Leorio le atora el tronco como puede, pero la tortuga alza la cabeza y Leorio se va con ella, aferrado al tronco como si no hubiera un mañana.
—¡Leorio! —grita Kurapika desde el suelo.
El tronco está a punto de ceder. Si se parte, Leorio puede irse despidiendo de sus brazos. Pero Kurapika salta en el aire, saca su arma y la encaja en uno de los ojos de la tortuga. Esta exclama con un grito de dolor y suelta el tronco.
Leorio cae de sentón y se golpea la rabadilla. Solo puede mirar a Kurapika descender sobre sus dos pies. Parece pan comido para él.
Ni siquiera parece un omega embarazado, piensa Leorio. Kurapika lo sigue protegiendo incluso de coléricas bestias comehombres.
—¡Leorio! —Kurapika vuelve a llamarlo. Qué bonito es su nombre en los labios de Kurapika, por cierto—. ¡Debemos huir! ¡Corre!
Leorio asiente en silencio y lo sigue. No sabe a donde, pero reitera su pensamiento. Mejor juntos y perdidos a separarse. En un rincón de su mente se mantiene pensando en Killua y en Gon, esperando que estén bien y no hayan sido devorados por una rana gigante o algo así.
Pronto dejan atrás a las tortugas con fresas y los árboles comienzan a rodearlos. No piensan dejar de correr, pero en medio de la niebla correr en un bosque es casi tan peligroso como enfrentarse a criaturas gigantes.
—Parece que perdimos de vista a los demás —Kurapika mira hacia todos lados, pero no hay más que árboles.
—¡Rayos! ¿Hacia dónde debemos ir? —Leorio busca junto a él hasta que, a su izquierda, recortada por la neblina, una figura se hace presente.
Cuanto más se acercan a ese claro del bosque, menos dudas tiene Leorio.
Es Hisoka.
Y está rodeado por un montón de participantes que han sacado sus armas.
Leorio detiene de inmediato a Kurapika y le advierte.
—Mira hacia allá —le susurra.
Al menos una decena de personas están alrededor de Hisoka.
—No tienes madera de cazador. Lo he pensado desde que nos conocimos hace un año —dice uno de los participantes.
—Te perdonaremos la vida si prometes no volver a presentarte al examen —asegura otro.
—¡Claro! ¿Por qué no? —Hisoka cede con suma facilidad—. Pretendo pasarlo, así que no tendré que volver a presentarme.
—¿Ah, sí? ¡Qué idiota! ¡Mira la niebla! ¿Realmente crees que puedes descubrir a dónde se fueron todos desde aquí?
—¡Es cierto! ¡Todos fallamos este año! No hay forma de que podamos alcanzar a los demás.
Hisoka ríe con socarronería. Leorio, muy en el fondo, está de acuerdo con su actitud. Por si nadie lo había notado, Satotz se ha puesto un perfume que solo los alfas y los omegas pueden percibir a kilómetros de distancia. Incluso algunos betas serían capaces de percibirlo. Si esos idiotas que rodean a Hisoka no pueden, entonces no deberían estar ahí, arriesgando el pellejo.
—¿Es todo entonces? ¿Fracasaron y ahora se creen examinadores? —se burla Hisoka—. Un cazador requiere una presa. ¿Por qué no soy yo el examinador? Todos ustedes creen tener madera de cazadores, pero yo seré el juez...
—¡Ya cierra la maldita boca! —grita el que parece ser el líder de este grupo absurdo.
Todos se lanzan a atacar a Hisoka a la vez, como cobardes. El bufón, sin embargo, apenas hace un movimiento y decapita a nueve de ellos, que caen formando un círculo grotesco de cuerpos, cabezas y sangre alrededor de él.
El líder está conmocionado. Pierde fuerzas en las piernas y cae de sentón cuando Hisoka lo mira. Tiembla como perro mojado. Comienza a gatear para alejarse de él, pero Hisoka camina como si estuviese de paseo.
—Auxilio... ayúdenme... —el líder habla con voz temblorosa. Suelta feromonas de pánico y tanto Leorio como Kurapika pueden sentirlo desde su lugar—. Ayuden...
Un naipe se encaja en su cabeza, matándolo en el acto. Todo se queda en silencio mientras Hisoka se acerca para recuperar su naipe.
Leorio se vuelve a adelantar un paso a Kurapika, a punto de protegerlo con su cuerpo, cuando Hisoka mira hacia ellos y dice—: ¿Y bien? —lo que se escucha con claridad porque el bosque está en silencio—. ¿Qué hay de ustedes dos? ¿Quieren jugar al examinador?
Hisoka se gira hacia ellos y comienza a caminar.
Oh, no.
Leorio tiembla, pensando a toda marcha. Hisoka parece ser buenísimo matando gente, así que, aunque se quede a pelear contra él para ganarle tiempo a Kurapika, duda de sus propias capacidades. Está casi seguro de que será la primera víctima y entonces dejará a Kurapika a su merced.
E incluso si Kurapika vuelve a protegerlo, como hace unos minutos, Leorio no quiere. No frente a un ser humano, si es que Hisoka es uno. Ya tiene suficiente con parecer un imbécil quejica y débil frente al chico que le gusta.
—Oye, Leorio, espera a mi señal y corremos en direcciones opuestas —susurra Kurapika, serenándose.
Leorio lo mira de soslayo y cierra los ojos, derrotado. Tiene tres días de conocerlo y se está dando cuenta de que Kurapika es la persona más centrada, inteligente y capaz de sobrevivir.
Es un buen plan, pero ninguno de los dos sabe cómo reaccionará Hisoka. Aun así, es lo único que tienen.
—¿Deberíamos?
—Aquí lo importante es que él tiene más experiencia en combate real —asegura Kurapika. Bueno sí, acaba de matar a diez personas sin ni siquiera esforzarse—. No tenemos oportunidad contra él. Se acaba el tiempo. No podemos desperdiciarlo en una pelea que no podremos ganar.
¡Carajo! ¡Maldita sea!
Leorio está furioso por su propia incompetencia. Si fuese más fuerte o tuviese más experiencia Kurapika no tendría que estarle diciendo lo obvio. Mira a los cadáveres detrás de Hisoka, cubriéndose por la niebla, y a este cada vez más sonriente mientras se acerca a ellos.
Camina con parsimonía, liberando feromonas de excitación. Es solo un cazador que juega con su presa antes de devorarla. Sabe que no tiene que apurarse, sabe que no tiene que esconderse. Los que deben correr, o mejor aún, suplicar, son Leorio y Kurapika.
Un nuevo naipe aparece en la mano derecha de Hisoka. Apenas hace ademán de mover su brazo, Kurapika grita—: ¡Ahora, corre!
Leorio obedece. Pone pies en polvorosa y escapa hacia la derecha, poseído por el miedo. Kurapika ni siquiera mira atrás al irse por la izquierda.
Pero Leorio, tan pronto como ve una buena rama, maciza, contundente, la toma y vuelve hacia Hisoka, decidido. Una maldita rama no va a hacerle ni cosquillas, pero ahora que Kurapika se ha ido a toda marcha, Leorio sabe que puede ganarle tiempo.
—Simplemente no pude irme. Tal vez no sea mi pelea, pero no puedo fingir que nada pasó. No es mi estilo —dice, porque es verdad. Puede que esos idiotas que acaban de ser descabezados merecían un castigo por atreverse a atacar en grupo a una sola persona, pero Leorio siente que fue excesivo el tratamiento. Además, Hisoka lo escucha en silencio, clavado en su lugar—. La cuestión es... ¡que no puedo huir!
—¡Leorio! —la voz de Kurapika se escucha ya muy lejos.
Sí. Leorio siente que gritó para que Kurapika lo escuchara, para que se diera cuenta de su acto suicida. Tal vez, si Hisoka lo mataba en silencio, nadie sabría que Leorio fue hasta él para detenerlo. Pero ahora Kurapika sabía y seguro que haría algo con esa información, como reportarlo a Satotz, por ejemplo.
Debería ser ilegal matar a diez (casi once) candidatos y salir impune.
Leorio corre hacia Hisoka, decidido a darle con el palo. Pero tan pronto como golpea, la figura de Hisoka se desvanece en el aire y él está a su lado, detrás de él, alargando el brazo para matarlo.
Leorio piensa a toda velocidad. Kurapika. Embarazo. Riesgo. Por qué. Doctor. Gon. Killua. Kurta. Examen.
Pietro.
Leorio se inclina y se deja caer hacia adelante, con una rodilla en el suelo. Sigue luchando. No se rinde. Entonces el gancho de una caña de pescar golpea de lleno a Hisoka en la mejilla, sacándole sangre. Ambos se quedan estupefactos en sus lugares.
Ahí, a la distancia, sosteniendo la caña de pescar, está Gon. Cansado y sin aire, pero sano y salvo. Al menos mientras Hisoka se mantenga quieto.
—¿Llegué a tiempo? —pregunta. La respuesta es obvia. Kurapika y Leorio están a salvo, y es lo que importa.
—No estuvo mal, pequeño —Hisoka fija su vista en su nuevo objetivo.
Dios mío, ¡carajo! No me salvó un omega embarazado, sino un niño que ni siquiera ha manifestado su segundo género. Leorio está perdiendo la cabeza, tratando de entender porqué demonios Gon está ahí con él y no con Killua.
—¿Es una caña de pescar? ¡Qué original! —Hisoka parece encantado. El golpe no debió dolerle, porque parece que ni se acuerda. Comienza a caminar hacia Gon, dándole la espalda a Leorio. Las feromonas alrededor de él comienzan a expandirse, a gritar, como un peligroso vapor—. Quisiera verla, ¿te importa?
Si se acerca unos metros más, Gon podría estar en peligro en más de un sentido.
—Déjalo tranquilo —Leorio saca energías renovadas para defender al niño, corriendo hacia Hisoka con el palo en la mano.
Gon es demasiado joven. Se ha mantenido puro e ingenuo a pesar del mundo tan horrible, así que Leorio quiere que siga así. Si él y Killua quieren ser solo niños risueños de doce años, Leorio hará todo lo posible para que siga siendo así.
—¡Tu pelea es conmigo...!
¡PUM! Leorio siente un dolor inmenso en la mejilla, donde el puño de Hisoka impacta. Da vueltas en el aire, cae de lado y sus ojos se cierran contra su voluntad.