Leorio
11 horas y 49 minutos hace
Cuando Leorio tiene su huevo hervido en la mano le pone un poco de sal, porque es lo único que lleva entre su kit de primeros auxilios, pero incluso sin aditivos el huevo sabe maravilloso. Nota cómo emerge un pequeño mercado entre los candidatos, incluso entre los que no aprobaron. Intercambian sal, pimienta, curry o hierbas frescas. Alguien guardó la mostaza de su propia estación al cocinar el cerdo, y otra persona guardó salsa de soya y mayonesa.
Leorio supone que todo el asunto es legal, porque ni los examinadores ni el presidente se molestan en detenerlos. Antes bien, el presidente se lanza a las telarañas riendo a carcajadas y unos segundos después está de vuelta con un montón de huevos.
Mientras recogen todo y el cabeza de frijol que les dio sus números los llama para volver a la aeronave, el cielo ha terminado de oscurecerse y la única luz en los alrededores es la que surge del enorme vehículo.
Los candidatos reprobados (y que siguen vivos) no suben a la aeronave con el resto. Leorio se pregunta porqué, pero un candidato chasquea la lengua y otro los mira con desdén. Quién sabe qué “accidentes” podrían ocurrir por pura venganza y habría poco qué hacer en medio del aire.
Una vez que están lejos de la depresión y la tensión de los candidatos eliminados, Leorio ve que los participantes restantes se relajan. La aeronave es ancha y está bien iluminada. Hay al menos diecisiete candidatos parados lado a lado sin tocarse, así que Leorio nota el tamaño colosal del vehículo en el que se encuentra.
Han dejado sus pertenencias en algunos de los camarotes, así que nadie está cargando con ellas en el momento en que se reúnen en el lobby de la aeronave para escuchar al presidente. Él y el señor frijol lideran la comitiva, parados frente a todos.
—Ahora aprovecharé la oportunidad de presentarme adecuadamente ante los restantes 42 participantes —anuncia el presidente. Leorio echa un vistazo rápido, ubicando a Hisoka bien lejos de él. Hay 42 personas y un mono—. Yo soy Netero, presidente del comité del examen de cazadores este año. Es un placer conocerlos.
—Y yo soy su secretario, Beans —se presenta el señor frijol. Bueno, no podía llamarse de otra forma si su cabeza es un frijol.
—Originalmente había planeado hacer mi aparición durante la fase final del examen, pero bueno, como ya estamos aquí... —Netero los mira a todos, como estudiándolos. Si es presidente debe ser más fuerte que todos los examinadores, incluso que Hisoka. Puede que nadie en esa aeronave sea más fuerte que él, así que Leorio se siente cohibido de pronto—. Debo admitir que no hay nada que me guste más que esta sensación de tensión en el aire. Así que creo que me quedaré por aquí el resto del viaje, ja, ja, ja, ja.
—El horario de llegada de nuestro destino es a las ocho de la mañana en punto —explica Beans, contento—. Encontrarán la comida servida en el comedor. También los invitamos a descansar, claro. Pueden hacer lo que deseen hasta que los llamemos, la noche es suya.
Leorio mira el reloj en la pared. 9:04 p.m. En verdad sucedieron tantas cosas que comprende que Killua bostece groseramente frente a un presidente y su secretario.
—Ven conmigo, Gon, vamos a explorar la aeronave —le dice el chiquillo a Gon, emocionado. El niño acepta la invitación de Killua y va tras de él, riendo.
—Tienen tanta energía —comenta Leorio, viéndolos irse—. Yo solo quiero dormir.
—Igual que yo —coincide Kurapika—. Sin embargo, hay una cosa que sigue preocupándome.
—¿Qué pasa?
Los candidatos comienzan a sentarse, a mirar por las ventanas o a irse del lugar para mirar los camarotes, el comedor u otros lugares a los que puedan acceder. Leorio, sin embargo, no se separa de Kurapika.
—¿Cuántas fases más hay en el examen?
—Sí, no han dicho nada de eso —Leorio está curioso. Tal como en la mañana, supone que no les dicen para agregar un peso psicológico en el asunto.
—Suelen ser cinco o seis —se entromete Tonpa con una sonrisa de oreja a oreja.
Leorio suspira por dentro, pero decide no ser maleducado—. Significa que nos faltan tres o cuatro fases.
—Pues, en ese caso, debemos descansar ahora que podemos —Kurapika está cada vez más relajado.
Y Leorio supone que a Tonpa no le gusta nada ese asunto, porque tan pronto como le dan la espalda para marcharse y buscar un rincón dónde dormir, el tipo les suelta—: Muy bien, pero tendría cuidado de ser ustedes. Ya oyeron al secretario, ¿no? Sólo nos dijo cuándo llegaríamos. No dijo que la tercera fase del examen no sería justo aquí, en la aeronave. Y ellos nos llamarán, pero quién sabe si será a las ocho o no.
—Aguarda, ¿es en serio? —Leorio está devastado. Y se siente aún peor cuando Kurapika, el centrado e inteligente, le da la razón a Tonpa.
—Podrían despertar y descubrir que el examen ya se realizó, ¡y que ustedes estaban dormidos! Si quieren pasar a la siguiente fase es mejor no bajar la guardia, ni siquiera aquí, ¿entienden?
—¡Por favor, dame un respiro! —Leorio no puede más. Anoche ni siquiera durmió lo suficiente con todo lo que pasó—. Bien, gracias por el consejo. Hasta luego.
—Lo... tendremos en cuenta —dice Kurapika, y sigue a Leorio.
—¡Mucha suerte para todos! —Tonpa está jovial.
Leorio y Kurapika se miran entre ellos sin decir nada. Un poco después, cuando ya no están cerca de él, Kurapika se encoge de hombros y le dice a Leorio, con confianza—: No le hagas caso.
Para Leorio estas palabras son suficientes. No necesita razones ni explicaciones. Si Kurapika lo dice, entonces pueden comer y dormir sin preocupaciones. Que Tonpa se vaya al diablo.
Hay pocos camarotes. Puede que haya unos veinte o veinticinco, aparte de las salas de máquinas, el comedor, el lobby y la puerta, pero Leorio no quiere compartir con nadie. No a menos que sean los niños, y esos parecen capaces de pasar la noche entera en vela.
Así que, seguro de que Gon y Killua pueden arreglárselas por sí mismos, Leorio cierra la puerta tras de sí y le pone seguro. El camarote es pequeñísimo y muy sencillo, apenas tiene un catre individual y un tragaluz cuadrado. Nada más.
—Vamos a dormir —pide Kurapika, exhausto. Se quita la casaca kurta y la examina. No tiene ni un rasguño, ni una mancha. Él también y su ropa también lucen inmaculados.
Su espalda delgada y su trasero pequeño saltan a la vista en cuanto Leorio se quita la camisa, porque se siente incómodo con una manga más corta. Parece estar perdido en sus pensamientos, porque ni siquiera se ha dado cuenta de que su camisa se desacomodó y está mostrándole los hoyuelos de Venus al que menos debería mostrárselos.
Leorio se concentra tanto en esa parte de Kurapika que se acerca, como hipnotizado, y apenas los roza con las yemas de sus dedos. Kurapika se estremece y se envara, girando la cabeza para confrontarlo.
—¡Dije que durmiéramos de verdad, idiota!
Dormir de verdad... Leorio está borracho de sueño, pero aun así comprende el malentendido de Kurapika. Aunque arma un alboroto y le grita con el ceño fruncido, Kurapika no aparta los dedos de Leorio, que acarician la piel debajo del elástico de su pantalón.
¿Por qué no lo aparta? ¿Su toque es tan bueno? Desearía tocarse él mismo y averiguarlo, pero no puede duplicarse. Aunque si se duplicara lo último que pensaría Leorio 2.0 es en tocarse a sí mismo.
No con semejante belleza en la habitación.
Leorio mete la mano bruscamente debajo de la ropa interior de Kurapika y le aprieta una nalga. Espera una patada, un puñetazo o una bofetada que le termine de hinchar la cara, pero Kurapika solo hace una mueca, contrariado, y tiene la cara roja.
Como no lo aparta, Leorio siente que su mente se despeja un poco y desliza los pantalones de Kurapika hasta abajo con un movimiento. Se arrodilla, admira las nalgas redondas del muchacho y lo tira boca abajo contra el pequeño catre.
Leorio acomoda las piernas de Kurapika, abriéndolas con suavidad para ver su coño perfecto, que se contrae con anticipación.
—Sabes que puedes apartarme si no te gusta, ¿verdad? —pregunta, sin dejar de acercar su cara a la entrepierna de Kurapika.
Él abre más las rodillas, levanta el culo para darle una vista perfecta a Leorio y entierra la cara en la sábana del catre—. Todo lo que haces me gusta, imbécil.
¿Qué fue lo que cambió? Se pregunta Leorio mientras deposita besos suaves debajo de las nalgas desnudas de Kurapika. Su lengua recorre la piel del muchacho, saboreándolo. Sabe a sudor, como un regusto salado, pero eso es más que obvio. Lo extraño sería que no hubiera sudado ni una gota.
Kurapika está agitado y suspira mientras la boca de Leorio se va acercando a su centro. Sus manos se cierran en puños, incluso los dedos de sus pies se doblan sobre sí mismos conforme la boca de Leorio muerde sus caderas, luego sus hoyuelos, y al final, lenta y deliciosamente, Leorio separa sus nalgas y lo saborea a lo largo como si fuese una paleta.
Kurapika se estremece y suelta un largo gemido, amortiguado por la sábana. Leorio lo prueba con maestría, sintiendo su entrepierna cada vez más dura. El pene de Kurapika asoma entre sus piernas, también erecto. Leorio lo toma, introduce su pulgar en el ano de Kurapika y prueba su sabor una vez más.
Sigue flojo por lo que han hecho los últimos tres días. El dedo de Leorio entra y sale con facilidad, sintiendo el interior cada vez más húmedo y caliente de Kurapika. Él gimotea y sus caderas se mueven adelante y atrás en un movimiento hipnótico, casi inconscientemente, y parece enviciado con la sensación.
Sus piernas pierden fuerza y cae de lado sobre el catre. Leorio supone que debe estar cansado. Él mismo también lo está, pero no puede detenerse. Saca su pene duro y restriega la punta, húmeda con líquido preseminal, en la entrada de Kurapika.
Él lo mira, como esperando, así que Leorio cumple con sus expectativas y lo penetra con un movimiento. Kurapika grita por la sorpresa y aprieta el pene de Leorio.
—Oye, oye, tranquilo... A este paso me vas a castrar —le advierte entre susurros, dejando que su aliento acaricie la oreja sensible de Kurapika.
Leorio se apoya en sus rodillas, ancla sus manos al pene y a la nuca de Kurapika y comienza a azotarlo con maestría. Una, dos, tres veces, cada vez más intenso hasta que el catre cruje a un ritmo salvaje debajo de ellos y Kurapika no puede contener más los gemidos.
Kurapika se tapa la boca, intentando amortiguar aunque sea el sonido de placer que sale de su garganta, pero Leorio le muerde el dorso de la mano y la aparta a un lado para besarlo.
Sus lenguas se enredan, húmedas y calientes, y de pronto solo puede escucharse el boing-boing-boing de los resortes de la cama cada vez que Leorio mete y saca su pene de Kurapika.
Leorio muerde su labio inferior, impidiendo que Kurapika pueda cerrar la boca, y entonces pellizca uno de sus pezones y aprieta su pene al mismo tiempo. Kurapika gira los ojos hacia atrás, abrumado por la cantidad de sensaciones.
Leorio creía que no podía amarlo más hasta que lo ve poner la mirada en blanco y gemir cada vez más fuerte, más rápido. Se aferra a Leorio y lo araña mientras este lo penetra con una fuerza cada vez mayor.
Leorio quiere llegar hasta el fondo, hasta su ombligo, o tal vez hasta su corazón. Parece que lo está logrando porque Kurapika se estremece, gimotea, llora, está excitado, aprieta más y más el pene de Leorio y luego, con un grito agudo, Kurapika eyacula en la mano experta de Leorio.
Él continúa, durísimo y caliente bajo las atenciones de Kurapika. Se concentra en penetrarlo, pero no deja de acariciar su cabello, su cuello vendado, sus pezones. Acomoda a Kurapika debajo de él y le aprieta las nalgas para azotarlo con toda la fuerza que es capaz de imprimir en sus caderas.
Kurapika lo abraza, rasguñándole los omóplatos, los hombros, los antebrazos. En algún rincón de su mente, Leorio piensa que será un fastidio atenderse esas heridas, pero ahora solo piensa en follarse a este chico aunque él le deje la espalda en carne viva.
Cuando está por acabar, Leorio saca su pene y una lluvia de semen se mezcla con el propio semen de Kurapika en su estómago y su pecho. Leorio lo mira con asombro, exhausto.
Quiere ayudarlo a limpiarse, ser un buen tipo y darle un aftercare digno de un novio de primera, pero ahora que ha cumplido su deseo y le ha dado placer a Kurapika, lo único que desea casi tanto o más que follar, es dormir. Así que se echa junto a Kurapika, enreda sus piernas y sus brazos en su cuerpo caliente, sudoroso, sucio y cansado y se queda profundamente dormido.