Kurapika
11 horas y 51 minutos hace
Leorio es un tonto, pero Kurapika lo comprende porque ambos pasaron por exactamente el mismo día. No solo no descansaron bien, sino que corrieron durante casi ocho horas, unas tortugas gigantes casi los devoran, Hisoka casi los mata y unos tontos cerdos casi hacen que reprueben el examen.
El día estuvo repleto de tantos “casi” que, si Leorio se hubiese quedado dormido a mitad del asunto que tenían entre manos, Kurapika no lo hubiese culpado. Ahora, en la quietud del camarote, Kurapika se da un tiempo para pensar en lo que habló con Leorio.
Es más que seguro que el “predestinado” del que él habló, el que se pudo haber curado solo con una cirugía costosa, es Pietro. Kurapika piensa por un segundo que hablar sobre un “amigo” muerto hubiese sido mejor, al menos frente a él. Sin embargo, luego de unos minutos, mirando a Leorio medio desnudo y roncando a su lado, Kurapika se da cuenta de que Leorio es una persona sincera y leal que no se atrevería a llamar solo “amigo” a alguien a quien amó y por quien está ahí en ese momento.
Y, a lo mejor, por más improbable que parezca, tal vez Leorio no quería volver a decir el nombre de Pietro frente a Kurapika. Tal vez le tuvo suficiente consideración como para no decir eso. O a lo mejor solo es un estúpido que no tiene manera de saber el impacto de sus palabras. Del nombre de su predestinado muerto en sus labios.
Para Kurapika, la existencia de Pairo fue completamente distinta. Él solo quería redimirse y ayudarlo. No sentía un apego romántico por él, tampoco uno sexual. Pairo era más una representación del mal que Kurapika puede hacer en una persona. Solo un niño que perdió la movilidad en una pierna, la vista y después la dignidad, la vida y los ojos. Todo por culpa de Kurapika.
¿Cómo podría sentirse con el derecho de ser feliz cuando provocó que la vida de un niño inocente y bueno se convirtiera en un infierno de principio a fin? ¿Cómo se atrevió a enfurecer contra Leorio cuando Pietro escapó de sus labios la noche anterior? ¿Cómo?
Quiere despertarlo y pedirle perdón de rodillas, con la cabeza hasta el suelo. Quiere jurarle que nunca más se enojará si Pietro irrumpe de nuevo entre ellos. Pero por más que lo intenta, no puede.
En el fondo es mezquino y posesivo. Se siente como una verdadera escoria.
Sus pensamientos se ven interrumpidos porque alguien intenta entrar. Toca la puerta, grita—: ¡Hey! Los demás camarotes están llenos, ¿hay un poco de espacio? No sean así y compartan un poco.
Kurapika mira en derredor. En verdad parece que otros tres o cuatro podrían apretujarse para dormir. Además, Leorio está con él. Está tan seguro de que está embarazado que su aroma tampoco es un problema; los omegas que están gestando no secretan ningún aroma para proteger al feto. Y su glándula está lastimada. Así no tiene forma de percibir las feromonas de nadie más, ni siquiera de Leorio. Todo lo que pasó instantes atrás fue lujuria pura.
—¡Un momento! —exclama Kurapika.
Está casi seguro de que el camarote debe apestar a sexo, semen y feromonas, así que enciende el aire acondicionado, acomoda los pantalones de Leorio y lo cubre con una manta, antes de acomodarse su propia ropa y cubrirse con ella. Una vez que hace esto, Kurapika aspira aire, abre la puerta y enfrenta a quienes están afuera.
Son tres participantes, ninguno que ubique lo suficiente como para saber su nombre. Solo ve sus números: 86, 38 y 114. El primero, 86, arruga la nariz nada más ver la puerta abierta. 38 se asusta y retrocede, pero 86 lo detiene para que no se vaya. 114, que parece no darse cuenta de lo que pasa entre sus dos acompañantes, solo levanta una ceja al ver que hay dos personas encerradas y a oscuras. Kurapika puede determinar sus géneros casi tan bien con una sola reacción que parece una broma.
—¿Es en serio? Con razón parecía que estaban demasiado juntos —comenta 86, haciendo una mueca de asco—. Las feromonas de este tipo están por todo el camarote.
—¿Feromonas? —cuestiona 114—. Bueno, si terminaron de usar la habitación, yo voy a dormir.
114 pasa con confianza y saca de debajo del catre una colcha. Se envuelve en ella antes de comenzar a roncar con tanta rapidez que, en otras circunstancias, Kurapika se hubiera reído.
38, sin embargo, parece demasiado asustado como para entrar. Mira el cuerpo dormido de Leorio, como si fuese un animal que saltará hacia él en cualquier momento. Luego intenta alejarse de 86, pero este lo retiene.
Kurapika está seguro de que 86 está ejerciendo sus feromonas en el pobre tipo, pero no tiene forma de saberlo más que observando sus reacciones.
—Hey —Kurapika llama la atención de 38, quien voltea a mirarlo con el rostro pintado por el miedo—. Está dormido —señala a Leorio— y tú no pareces estar pasando por tu celo. Duerme un rato.
—Pero...
—Dudo que se despierte ni aunque la aeronave se estrelle —Kurapika se encoge de hombros—. Lo puedo tirar de la cama y así nos dormimos juntos, si te hace sentir más tranquilo.
—No, no —38 comienza a relajarse—. En realidad estoy muy cansado. Además, parece que en unos minutos el olor se va a disipar. Puedo soportarlo.
Hace un esfuerzo monumental por librarse del control de 86 sin darle señales a Kurapika, pero falla. Entonces lo empuja, entra corriendo al camarote y se refugia en la espalda de 114, lejos de Leorio.
Kurapika voltea a ver al último de ellos, 86, quien sigue clavado en el pasillo.
—Bueno, nosotros vamos a dormir —le anuncia.
—Hey, 38, ven acá. ¡Rápido!
—Amigo, déjalo en paz —murmura 114, medio dormido—. Eres un hombre, puedes pasar un día sin follar.
86 parece cada vez más molesto, así que se gira a Kurapika para reclamarle.
—¿No crees que deberían ser más considerados? Están teniendo sexo y ocupando un espacio a costa de molestar a los demás...
—No puedo decir que no sea así —argumenta Kurapika—. Pero me pregunto si dirías lo mismo con ese tipo despierto. Lo último que necesito es un alfa calenturiento que está dispuesto a forzar a un omega mientras me habla de consideración.
86 traga saliva, profundiza su mueca de asco y se retira. Puede que se haya dado cuenta de que no tiene ninguna oportunidad contra un omega dominante, su novio alfa y un beta dispuesto a defender a 38 solo para tener una noche tranquila.
Kurapika cierra la puerta pero no coloca el seguro. A lo mejor los niños o algún otro participante todavía buscarán donde dormir, así que es mejor no tener que levantarse cada vez.
—Hey tú, 38 —llama, mientras el hombre respinga. Está bien formado y parece fuerte. Si llegó entre los primeros candidatos a la primera prueba y está ahí, debe tener una condición física de lujo—. Si estás en problemas pide ayuda, cretino.
—No lo entenderías.
—Ambos somos omegas...
—Ya pero, ¿por qué alguien ayudaría a un omega tan masculino como yo? Solo se burlarían y dirían que puedo defenderme solo. La mayoría de la gente no comprende el poder que un alfa ejerce sobre nosotros.
Kurapika enfurece y no le dice nada, así que prefiere subir al catre y envolverse en la manta que cubre también a Leorio. Pero las palabras de 38 no lo dejan dormir, así que prefiere sentarse con la espalda en la pared, de cara a la puerta. Además, eso ayudará en caso de que 86 haya decidido que vale la pena arriesgar su vida por un omega a su disposición.
Ahí no solo hay un omega sino dos, y los alfas suelen cometer crímenes si con eso puede follar.
Un tiempo después, la puerta se abre. Kurapika solo entreabre los ojos. Es una chica. Ve que hay cuatro hombres y duda por un segundo, pero parece dispuesta a arriesgarse porque tiene una cara de cansancio que se notaría a kilómetros. Así que se acuesta cerca de la puerta, de cara a los hombres, y pronto se queda dormida.
Alrededor de otra hora después, pasada la medianoche, la puerta se abre sigilosamente y es Tonpa. Ve que su plan ha fracasado, porque Leorio duerme como un bebé y Kurapika finge, así que hace una mueca de enojo y se marcha. Kurapika ríe para sus adentros.
Unas dos horas después, cuando está por quedarse dormido, Kurapika siente una extraña perturbación, así que abre los ojos por completo. Son las 2:20 de la madrugada.
La puerta se abre. Killua tiene una mirada aterradora, sus camisas en una mano y sangre goteando de la otra. Kurapika salta del catre y protege a Leorio, quien sigue profundamente dormido, y sabe que sus ojos se están tornando de color escarlata. No debería mostrarlo a nadie más que a Leorio, pero él no suele usar las lentillas de color cuando duerme.
—Oye, ¿de verdad me crees capaz de matar al viejo? —reclama Killua, pero su mirada aterradora y su voz cadenciosa siguen ahí. Tiene la misma aura asesina que Hisoka cuando lo encontraron decapitando gente en el humedal—. No quiero dañar a los amigos de Gon. Deberías tranquilizarte.
—Si le hiciste algo a Gon...
—Ya te dije que... —Killua suspira, cierra los ojos un momento y cuando los abre, es el mismo niño de doce años que conocieron por la mañana—. Estoy un poco cansado, ¿sí? Hablemos mañana. Hay una tensión horrible en este lugar y ya me estoy arrepintiendo de haber venido para dormir.
Kurapika también siente esa tensión. La chica parece haber olido la sangre en killua. 38 mira desde su rincón, aterrado. 114 se remueve, dando a entender que está despierto. El único que parece ajeno al mundo es Leorio, que ronca pacíficamente, con un hilo de baba mojando la almohada.
Pero Kurapika decide darle un voto de confianza a Killua. Es cierto que no ha demostrado ninguna clase de lealtad, pero tampoco ha mostrado lo contrario. Al menos, entre Killua, Tonpa y Hisoka, Kurapika escogería al niño.
Además, puede que el niño haya elegido por sí mismo a Gon. Parece dispuesto a protegerlo física y emocionalmente para que él siga riendo, y por suerte sus criterios incluyen “cuidar de los amigos de Gon”, así que Kurapika se relaja.
Lo cierto es que hasta ese momento el examen ha sido un poco aterrador, y apenas es el primer día.