Gon
11 horas y 49 minutos hace
Luego de un sonido amable y fuerte sonando por toda la aeronave, Gon despierta de golpe y escucha la voz del señor Beans en el altavoz.
—Mis sinceras disculpas por la larga espera —dice. Gon se levanta de un salto mientras continúa—: La aeronave llegará a su destino en breve. Pasen al comedor para desayunar. Descenderemos a las 8:30 a. m.
Gon mira por uno de los ojos de buey, emocionado. Una laaarga torre en la planicie de una enooorme colina corta el amanecer en la distancia.
Gon se viste rápidamente. Su ropa ya comienza a oler a sudor y eso podría ser malo si tienen que seguir combatiendo contra animales. Por suerte no parece haberlos en los alrededores de la torre, así que Gon se encoge de hombros y corre hacia el camarote donde dejó sus cosas anoche.
Kurapika y Leorio ya están platicando entre ellos y esperan a que Killua despierte. Gon los saluda mientras observa alrededor. Parece que hubo otras tres personas con ellos, pero apenas queda rastro, porque el aire acondicionado es capaz de borrar esa clase de cosas.
Lo que no puede borrar el sistema de la aeronave es el olor fuerte de Leorio cubriendo a Kurapika. Parece que cada noche Leorio lo cubre con su olor. Además, el olor frutal de Kurapika desapareció desde la mañana anterior; Gon ya no lo huele más por ninguna parte.
Lo que sí puede oler es la sangre ya seca en la mano derecha de Killua. Sangre nueva, no el olor característico de sus manos. Seguramente, Killua desquitó su enojo con alguien.
—Oye, Killua —le habla. Kurapika parece tensarse un poco al ver que Gon se acerca como si nada, pero este le dirige una mirada de confianza—. Hey, están sirviendo el desayuno. Vamos a comer.
Gon mueve a Killua y este despierta dando un gran bostezo y desperezándose. Kurapika se relaja en su lugar y sigue platicando con Leorio, quien parece no darse por enterado de este pequeño intercambio.
—Ustedes también deberían comer —sugiere Gon—. Quién sabe si nos pongan a hacer un montón de cosas divertidas antes de tener oportunidad de probar bocado.
Leorio y Kurapika se miran, toman sus cosas con rapidez y corren al comedor. Gon tiene razón, por supuesto. Es mejor comer con tranquilidad ahora que tienen tiempo y no buscar el tiempo para llevarse un bocado a la boca.
Además, quién sabe si seguirán vivos para cuando tengan oportunidad de comer. Gon es positivo y tiene confianza, pero también trata de ser realista. No será la primera vez que se encuentre con Hisoka o con personas parecidas a él, así que lo mejor será tener en cuenta que puede morir o ser asesinado en cualquier momento.
Eso lo hace más interesante, por supuesto. Solo puede imaginar a su padre, un chiquillo de doce años como él, y siente que su espíritu competitivo se renueva. Su padre, Ging Freecs, tenía una pequeña ventaja: era un alfa que ya se había manifestado para cuando presentó el examen. La agilidad y la energía de un niño combinadas con la dominancia, fuerza y resistencia de un alfa, seguro que le dieron ventaja a Ging sobre sus competidores.
Y Gon está deseoso de demostrar que es igual o más capaz que su padre.
El caso de Killua parece ser el mismo que el de Ging. Es ágil, resistente y tiene toda una serie de trucos que hacen que Gon, muy en el fondo, se sienta amedrentado y un poco envidioso. Killua parece haber sido entrenado desde muy joven, y por su aura está más que claro que es un alfa manifestado.
Gon apenas el día anterior comenzó a sentir pequeños piquetes al percibir las feromonas de otros alfas, así que a lo mejor, muy pronto se manifestará su segundo género. Solo espera que le de tiempo suficiente de realizar el examen en buenas condiciones, porque si se manifiesta a mitad de alguna prueba podría ser desastroso.
Mito se ha quedado muy preocupada al respecto. Le suplicó a Gon que se quedara en casa hasta que pasara por su primer celo, para que supiera a lo que se enfrentaría, pero Gon no estaba dispuesto a ceder. No cuando esto podría destruir su sueño de convertirse en cazador a la misma edad que su padre.
Por fortuna, Gon ha conocido a un omega que parece tener experiencia en el asunto. Kurapika le lleva cinco años, pero parece llevarle el doble de experiencia. Si Gon se junta con él, seguro que Kurapika lo orienta sobre lo que debe hacer al respecto.
Además, Leorio es una buena persona. Gon recuerda que solo debe pedirle orientación y no ayuda física, aunque sigue sin comprender a qué se refiere Kurapika.
Quien le preocupa es Killua. Gon quiere ser su amigo y estar junto a él, pero la voz de Mito le taladra la cabeza sin cesar. “No te juntes con alfas”, “Nunca te quedes junto a un alfa”, “Pide ayuda a un adulto de confianza si tu primer celo viene de repente”, “Aléjate de los alfas en tu primer celo”.
Bueno, Gon ni siquiera está seguro de qué es lo que pasa en un primer celo, pero comprende lo que significa. Cuando estaba en el bosque, jugando con las ardillas o buscando nidos, los cazadores solían decir que una hembra “estaba en celo” cada vez que los machos iban tras ella. También hablaban de una “temporada de apareamiento”, que era cuando las hembras solían quedar preñadas. Así que, incluso sin las instrucciones precisas de Mito, Gon comprende a grandes rasgos qué es lo que va a pasar en su primer celo.
Cuando están satisfechos, Gon y sus amigos bajan de la aeronave. Ya casi todos los participantes están en el techo de la torre.
Mira a su alrededor y solo hay suelo hecho de piedra y cemento, de un tamaño tan espectacular que la aeronave podría parecer un puntito en la distancia, comparada con el techo de la torre. No tiene ninguna protección, así que con el viento suficiente combinado con un poco de mala suerte, alguien podría caer al vacío.
El lugar está tan soleado que cuesta abrir los ojos. El cielo resplandece y las nubes parecen esponjosas. Gon se pregunta si las nubes tienen sabor en el momento en que el señor Beans carraspea y llama la atención de todos.
—Candidatos, aquí será la tercera fase del examen. Competirán en la Torre de las Trampas —explica. ¡Trampas!, es todo lo que puede repetir la mente de Gon—. Para poder pasar esta fase deben llegar vivos a la base de la torre. El tiempo límite son 72 horas... Y con eso, la tercera fase del examen comienza ahora. ¡Buena suerte a todos y a cada uno!
Todos comienzan a murmurar y a discutir entre ellos mientras el señor Beans vuelve a subir a la aeronave y esta despega, dejándolos a su suerte. No hay comida, agua, mantas ni equipo para bajar escalando o algo así. Todo lo que hicieron fue dejarlos tirados ahí y decirles que tienen tres días para bajar.
Gon se acerca hasta el filo de la torre, con sus amigos tras él. Se echa a gatear en el último metro y mira hacia abajo. La visión le provoca vértigo y él solo puede exclamar—: ¡Wow!
Sus amigos se asoman sin miedo, parados junto al filo.
—¿Y ahora qué? ¿Se supone que bajemos por ahí? —pregunta Leorio.
—Yo espero que no, sería un suicidio —este es Kurapika. Gon está de acuerdo. Por más que le gusten las cosas extremas, no está seguro de si podría descender por su propia cuenta una torre tan larga.
Un hombre ríe a sus espaldas y llama su atención. Tiene el número 86 en su pecho y apesta con locura a un olor rancio. Este comienza a descender, confiado, mientras explica—: ¡Para un alpinista experto como yo, este será un juego de niños!
—¡Vaya! —se sorprende Killua.
—¡Va muy rápido! —exclama Gon, emocionado. Kurapika parece molesto con él por alguna razón, así que permanece junto a todos con los brazos cruzados, sin decir nada al respecto.
Cuando lleva unos veinte o veinticinco metros descendidos, el poderoso sonido de unas alas los alerta a todos, incluyendo al número 86. Gon y sus amigos voltean hacia todos lados hasta que ¡cuatro aves gigantes salen al paso!
Tienen cuerpo de bebé y dos pares de brazos, además de un par de enormes alas para sostener sus pesados cuerpos. Tienen dientes afilados y todas ellas son de color rojo, lo que debería ser indicativo de su peligrosidad. Rugen como un montón de bestias feroces y una de ellas no tarda en pescar al número 86 entre sus fauces y salir volando junto a las demás.
Gon está sorprendido, pero las aves no están atacando a nadie más, solo al número 86, quien grita pidiendo auxilio, pero poco hay que se pueda hacer en ese caso.
—Ay, creo que no podemos bajar por este lado —dice Leorio, quien abraza su maletín con fuerza. Parece aterrado por lo que acaba de pasar.
Por el bien mental de Leorio, todos deciden poner un poco de distancia con el filo de la torre. Se dividen en parejas, así que Gon se queda con Killua cerca de la orilla y Leorio pasea junto a Kurapika más cerca del centro.
—Mira a esos tórtolos. No disimulan para nada —escupe Killua, echando una mirada de desdén a Leorio y a Kurapika—. Se adueñaron de la cama y por eso tengo dolor de espalda. ¡Diles algo, Gon!
Gon se ríe, divertido—. ¿No parece como si fuera una especie de “papá” y “mamá”?
—Si tú lo dices —Killua se encoge de hombros, fastidiado—. Aunque creo que será divertido ver lo bien que Kurapika aguanta a alguien como Leorio.
Gon vuelve a reírse. Kurapika parece severo y estricto, pero también dulce y amoroso. Leorio, aunque quejumbroso e irritable, es bondadoso y divertido. Parecen hechos el uno para el otro, y más aún, parece que era su destino conocerse en ese barco tres días atrás.
En ese momento, alguien se acuclilla y examina el piso. Una de las losas desciende y hace caer al hombre rápidamente ante los ojos de los niños, así que estos corren para intentar hacer lo mismo, aunque no funciona.
Ambos comienzan a buscar alrededor, tratando de averiguar si hay más. Gon pisa una de las losas de piedra y siente cómo desciende. Quita su pie rápidamente, mira a todos lados, pero solo Killua se ha dado cuenta, así que sonríe.
Los dos se apuran a buscar más losas similares, hasta que ubican cinco de ellas en un espacio estrecho. Son suficientes para ellos dos, Leorio y Kurapika, así que deciden llamarlos.
—¡Kurapika, Leorio! —exclama el niño. Ellos se acercan de inmediato—. Miren esto. Encontramos una trampilla, observen.
Gon hace descender la puerta un poco como demostración. Está claro que así es como casi la mitad de los candidatos han desaparecido de la cima de la torre.
—Entiendo —dice Kurapika, llevándose una mano a la barbilla. Gon recuerda brevemente su pensamiento de “mamá Kurapika” y sonríe—. La única manera de llegar a los niveles inferiores es girando esas piedras.
—Muy bien, gran trabajo —Leorio palmea el hombro de Gon, contento—. ¿Qué les parece si bajamos?
—Pero estoy confundido —alega Gon, luego echa mano de su habilidad olfativa y de su memoria y comienza a señalar con confianza—: Allá hay una, y otra, y otra más, y otra por aquí. Son muchas trampillas.
—¿Cinco puertas ocultas en la misma área? —Kurapika vuelve a razonar—. Parece un poco sospechoso. Sin duda alguna son trampas.
¡Trampas!, vuelve a exclamar Gon en su mente.
—Por lo que vi, cada una de estas trampas solo puede usarse una vez —asegura Killua—. Así fue como encontramos estas.
—A juzgar por el tamaño de las puertas solo puede pasar un candidato a la vez —sentencia Kurapika.
—Así que probablemente tendremos que separarnos —señala Killua. Eso desanima un poco a Gon, porque no esperaba tener que competir con sus amigos tan pronto. Sin embargo, Killua lo convence en su momento—. Decidimos que cada quien pase por una puerta y veremos qué pasa.
—Sin resentimientos si alguna es una trampa —aclara Gon—. ¿Qué opinan ustedes? ¿Qué harán?
—Funciona para mí —Leorio está confiado y sonríe—. Parece que la suerte es parte del juego.
—No tengo objeción —Kurapika se para junto a Leorio, contagiado de su alegría. En verdad parece que están destinados a estar juntos si permanecen en el mismo espacio—. Está acordado.
Leorio toma la mano de Kurapika y la aprieta, pero este niega con la cabeza, le sonríe y se separa de él. Los niños observan la interacción en silencio.
Los cuatro se posicionan en cuatro losas, mirándose entre ellos.
—A la cuenta de tres todos saltamos al mismo tiempo, ¿vale? —Leorio parece haberse resignado y en su lugar destila alegría. Tal vez no quiere que los niños se preocupen por asuntos de adultos.
—Creo que significa que es un adiós por ahora —Gon comienza a desanimarse, pero Kurapika dice con confianza:
—Nos veremos en la base de la torre.
—¡Vamos a hacerlo! —exclama Killua, el único que parece de verdad emocionado—. ¡Una!
—¡Dos!
—¡Tres! —gritan todos al mismo tiempo que saltan a las trampillas.
Los cuatro son tragados a la vez. Gon desciende y pone una rodilla en el suelo. Una fracción de segundo después, ve a Killua caer sobre sus dos pies, a Kurapika descender con gracilidad y a Leorio caer de cabeza.
Puede que no le hubiera importado hacer el ridículo a solas, pero cuando levanta la cara (golpeada por segunda ocasión en el examen) y ve que Kurapika y los niños están ahí, se sorprende.
Los demás también se miran sorprendidos. Gon voltea a mirar a Killua y ambos se sonríen, riendo.
—Esa fue una despedida muy breve —dice Kurapika, limpiándose la casaca.
—¿En serio? —Leorio ya no parece sorprendido luego de unos segundos—. No creo que alguien esperara que las trampillas nos llevarían al mismo cuarto, ¿o sí?
Pero Gon ya no le presta atención a su amigo. Hay una mesa en forma de cilindro con cinco pulseras y un mensaje colgado en la pared—: “Los cinco que caigan en esta cámara deben hallar su camino hacia abajo por consenso de la mayoría”.
Las pulseras tienen cronómetros (que marcan 71:19:01, 71:19:00, 71:18:59...), además de dos botones, una X y una O. Todos se ponen una de las pulseras mientras Kurapika suelta una bomba sobre algo que Gon pensó de pasada:
—¿Ustedes creen que sea posible que no podamos salir de este cuarto hasta que alguien más caiga y se una a nosotros?
—¡Bien dicho! —una voz desde un altavoz sorprende tanto a los cuatro que hasta Killua suelta una exclamación de susto—. Me llamo Lippo. Soy el custodio de esta prisión, sin mencionar, el examinador de la tercera fase.
—¿Dijo prisión? —Kurapika parece un poco preocupado.
—Nos tomamos la molestia de preparar multiples rutas para bajar —explica Lippo—. Y la que eligieron ustedes es la de la regla de la mayoría. Si quieren pasar, y estoy seguro que así es, la cooperación es esencial para el éxito. Si una persona actúa con egoísmo puede descarrilar a todo el grupo. Y claro está, no se les permitirá empezar hasta que haya cinco miembros presentes. Es todo, caballeros, ¡mucha suerte!
Pues no queda de otra, piensa Gon, mientras mira junto a los demás hacia el techo del cuarto.